Pero el principal debate sobre el suicidio asistido que se ha suscitado desde la segunda mitad del siglo XX no se ha planteado en los términos abstractos arriba descritos. Se ha centrado en un supuesto concreto -el de aquellas personas que se encuentran en unas condiciones de salud muy dramáticas e irreversibles- y en una forma de asistencia al suicidio muy determinada: la de los médicos. Veamos cada uno de esos dos aspectos.
¿Cuál es esa condición tan gravosa para la propia existencia que justificaría el recurso al SMA? Se han hecho muchas propuestas.
1. Que la persona padezca una enfermedad terminal, con un pronóstico de vida inferior a seis meses (ese es el único supuesto autorizado en un Estado del mundo, concretamente en Oregón, EEUU);
2. que se trate de una enfermedad terminal o incurable acompañada de grandes dolores (aquí se podrían incluir, por ejemplo, las personas terapléjicas o que sufren de parálisis cerebral);
3. que se trate de una enfermedad o condición incurable que la persona experimente como incompatible con sus valores fundamentales.
Las dos últimas son mucho más coherentes si se toma como punto de partida el derecho de la persona a disponer de su vida. Si uno tiene derecho a disponer de su vida, ¿por qué sólo aceptar que se le puedan facilitar los medios para acabar con ella cuando está ya en una fase terminal de su vida y no cuando se encuentre en un estado de salud irreversible, que subjetivamente le resulte difícil de sobrellevar?
El problema del suicidio deja de ser un problema básicamente moral y se convierte en jurídico desde el momento en que se pide la autorización para que un tercero nos proporcione los medios para acabar con la vida humana. Para que esos sean eficaces y, en la medida de lo posible, no ocasionen sufrimientos, se requiere el concurso de alguien que pueda tener
este tipo de conocimientos, es decir, de un profesional de la salud. Ahora bien, ¿son los médicos los únicos que pueden llevar a cabo este tipo de asistencia? Evidentemente no. Se puede adquirir un conocimiento adecuado para prescribir medios letales sin necesidad de tener la condición de médico. Ahora bien, ¿tiene sentido formarse para procurar medios de muerte indolora a los que lo soliciten? Pero lo más importante es que, en el momento mismo en que se adjudicara a la clase médica este trabajo, se estaría desfigurando el carácter de la profesión médica tal como se ha definido desde Hipócrates. Medicina viene del latín "mederf que quiere decir "curar". Esa ha sido la finalidad de la medicina hasta el presente. Esa misión, que tiene como objeto un bien fundamental de la persona, se confió en exclusiva a una corporación: la de los médicos. Mediante una alianza entre la sociedad y los médicos, aquélla confiaba en exclusiva a éstos el cuidado de la salud de las personas; los médicos, por su parte, se comprometían a procurar ese bien - l o s cuidados para la salud de las personas- incluso por encima de sus propios intereses. ¿Tiene sentido pedir ahora a los médicos que hagan justo lo contrario de aquello para lo que se formaron y en lo que consiste su ejercicio profesional?
Dos argumentos conducen a un rechazo categórico del SMA. En primer lugar, la indisponibilidad de la propia vida, que deslegitima a cualquiera para pedir los medios con los que acabar con su vida; y prohibe a cualquiera suministrar o prescribir esos medios letales. En segundo lugar, el sentido de la profesión médica impide que estos profesionales puedan utilizar sus conocimientos para facilitar los medios con los que acabar con la vida de otro. Con el primer argumento se cierra el paso a cualquier autorización del suicidio asistido. Con el segundo se rechaza el SMA, pero no necesariamente cualquier forma de asistencia al suicidio.
Estos dos argumentos no son unánimemente compartidos, o porque se niega que la vida sea un bien indisponible, o porque se rechaza que la profesión médica tenga un contenido que no pueda ser moldeado a petición del paciente. Incluso así, el rechazo al SMA sigue estando muy extendido por razones de tipo prudencial, entre las que destacan las siguientes, que a continuación se especifican.
En primer lugar, es generalizada la idea en algunos lugares de que mientras no esté totalmente garantizado el acceso a unos cuidados paliativos, practicados con competencia, no tiene sentido hablar de SMA. Se insiste en que los cuidados paliativos acabarían con muchas peticiones de suicidio asistido, puesto que detrás de las mismas se sostiene bien el temor de quien no quiere pasar por lo que vio en parientes que ya fallecieron, o bien la sensación de pérdida de dignidad o de autoestima cuando la persona se enfrenta a un final sin sentido y lleno de dolor. Precisamente los cuidados paliativos están para mitigar eficazmente el dolor y ayudar a la persona, en la medida de lo posible, a que encuentre sentido a la etapa final de su vida. Por ejemplo, sería muy importante que el enfermo comprobara que no es más que una grave carga para su familia. Para lograrlo, los cuidados paliativos deberían integrarse con servicios sociales que proporcionaran a las familias las ayudas necesarias.
En segundo lugar, se plantea una cuestión muy práctica, que conduce a sospechar del SMA: ¿es fácil determinar la voluntad libre e informada de una persona de acabar con su propia vida? Y mucho menos cuando la persona que la manifiesta se encuentra en un estado de debilidad, sufrimiento y quizá incluso de soledad o abandono. Ante esa duda, ¿qué es más razonable: permitir que algunas personas se puedan dar muerte a ellas mismas, por las difíciles circunstancias por las que atraviesan y no porque ellas lo hayan querido libremente
y con plena capacidad; o impedir que algunas personas que querían morir sabiendo perfectamente lo que hacían y por qué lo hacían, lo puedan hacer? Parece que habrá que inclinarse por la segunda opción, ya que alguien que continúa viviendo puede que llegue a encontrar sentido a su vida, mientras que el que se suicida sin que en el fondo lo quisiera, sufre una pérdida absoluta e irreparable.
En tercer lugar, se hace referencia a la pendiente resbaladiza. Si empezamos asistiendo al suicidio de los enfermos terminales, es prácticamente inevitable que terminemos atendiendo a cualquier persona que manifieste su deseo de no seguir viviendo. Y en relación con ello, y más grave aún, existe un gran riesgo de incurrir en abusos; en especial sugiriendo a los enfermos, de formas sutiles - p e r o , al mismo tiempo, eficaces por la debilidad en la que se encuentran- que darse muerte a sí mismos es una buena opción. Ese riesgo de incurrir en abusos no es en absoluto descabellado puesto que la cultura dominante tiende a despreciar toda vida que no sea productiva y el sistema sanitario se desenvuelve en un ambiente de escasez de recursos y voluntad de optimizar su asignanción. El utilitarismo social con sus evidentes contradicciones internas no es la mejor política social que sirva a la persona humana en toda su biografía. Es urgente remover las causas profundas que animan al hombre a dejarse seducir por la tentación de saberse dueño absoluto de su vida. El hombre puede conocer que su vida es, a la vez, relativa y absoluta. Relativa, porque está llena de un sentido; absoluta porque es única. Desde esta deducción, el hombre vivirá desde la gratuidad y la donación. Toda la vida social y política vale en la medida que persiga esta verdad y el bien común auténtico que sostiene la dignidad de todo el hombre y de todos los hombres que vienen a este mundo.
Definición
1. Comprensión del término
Se entiende por suicidio, como la propia palabra indica: (del latín "suf, de sí mismo, y "caedére", matar), el acto consciente de aniquilación autoinducido; la acción de quitarse la vida de forma voluntaria y premeditada; la total destrucción de la propia vida física; el darse muerte a uno mismo.
Según el psicoanálisis, el suicidio es un homicidio contra uno mismo a causa del abandono vivido por los demás. La agresividad que se siente hacia el entorno se dirige hacia uno mismo y por ello se suicida.
Los postulados de Sneiman pueden ayudar a adentrarnos en la comprensión de este fenómeno:
- El suicidio es la búsqueda de solución a un problema que genera sufrimiento. - Es una manera de cesar la conciencia, no necesariamente la vida.
- El dolor que no controlamos es un riesgo de suicidio para acabar con ese dolor incontrolable.
- Para el suicida, el acto siempre es lógico.
- La emoción del suicidio es la desesperanza y el desamparo.
- Su actitud: la ambivalencia. Vivir y morir a la vez por uno de lo sentimientos que urge con más fuerza.
- El estado cognitivo es la "visión del túnel". Oscuridad en el horizonte
- El suicido es un acto de comunicación interpersonal con "pistas" a modo de señales que ha ido dejando el ejecutor.
2. Expresiones afines
Intentando delimitar términos hemos de analizar una serie de expresiones en las que aparece el término bien como sustantivo bien como adjetivo.
- Suicidio frustrado: Es la acción de suicidio que no ha conseguido su fin, teniendo el paciente auténtica intención de llegar a él.
- Suicidio consumado: Es el intento que ha tenido éxito bien como expresión de los auténticos deseos suicidas o como una casualidad no deseada dentro del comportamiento suicida.
- Conductas suicidas: Son las encaminadas a conseguir, consciente o inconscien- temente, su fin de muerte propia o el aniquilamiento de una de sus partes.
- Intento de suicidio: Daño infringido con diferente grado de intención de morir y de lesiones.
- Ideación suicida: Pauta de afrontar los problemas que tiene cada persona.
- Gesto suicida: Amenaza con hechos sobre una conducta autodestructiva que se llevará a cabo. Suele estar cargada con simbolismos.-
- Suicidio colectivo: La conducta autodestructiva la llevan a cabo varias personas a la I
vez. En este tipo de suicidios lo normal es que una persona del grupo sea la inductora I
y le resto los dependientes.
- Simulación suicida: Es la acción de suicidio que no llega a su fin, por no existir auténtica I
intención de llegar a él.
- Riesgo de suicidio: Es la posibilidad de que un paciente atente deliberadamente c o n t w su vida. Dicho riesgo se incrementa si existe alguna de los siguientes supuestos: 1
la idea de minusvalía de la vida, deseo de muerte por considerarla un descanso, 1
amenazas y tentativas suicidas previas.
- Suicidio racional: Una persona que tras una larga enfermedad incapacitante, p o r l ejemplo, llega a la conclusión de que lo mejor que puede hacer es suicidarse.
- Parasuicidio: El para-suicidio o lesión deliberada sería el conjunto de conductas donde I
el sujeto de forma voluntaria e intencional se produce daño físico, cuya consecuencia I es el dolor, desfiguración o daño de alguna función y/o parte de su cuerpo, sin la I
intención aparente de matarse. Incluimos en esta definición las autolaceraciones (como I
cortes en las muñecas), los autoenvenenamientos (o sobredosis medicamentosas) y 1
las autoquemaduras.
Para delimitar la moralidad que implica tal comportamiento es importante ver q u é ! voluntariedad se esconde bajo el mismo fenómeno. Así los moralistas hablan de:
a. Voluntariedad directa: cuando uno pone una acción u omisión deliberadamente, cuya I
causalidad real tiene como efecto inmediato la propia muerte, bien se quiera ésta I
como un fin en sí mismo bien como medio preconcebido para poner fin a otros males I
(dolor, soledad, frustración amorosa, familiar o profesional).
b. Voluntariedad indirecta: cuando la muerte no se quiere como medio ni como fin, sino I
que sólo se prevé como posibilidad a seguir de una acción-actitud-omisión, cuya I
causalidad es distinta y no se ordena de por sí a la muerte.