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El problema de la exclusividad salvífica universal de Jesús de Nazaret se planteó ya en los mismos orígenes del Cristianismo. Aunque de una forma muy distinta y después de acalorados debates al interior de la comunidad de judíos cristianos.

Con esa pretensión de exclusividad, la primera predicación apostólica podía ser incluso percibida como más restrictiva que la del pueblo judío en su pretensión de ser el depositario exclusivo de las promesas hechas por Dios a Abraham y a su descendencia. En efecto, la realización de esas promesas se concentraba ahora personalmente en Jesús de Nazaret. No bastaba, pues, con pertenecer, como buen judío, a la descendencia de Abraham, sino que a partir de ahora había que ser judío creyente en Jesús. Ser circunciso y, además, bautizado en el nombre del Señor Jesús, tal como lo proclamaba el discurso puesto en boca de Pedro: “Sepa con certeza todo el pueblo de Israel que Dios ha constituido Señor y Mesías a este Jesús (…). Conviértanse, pues, y que cada uno de ustedes se haga bautizar en el nombre de Jesús, el Mesías, para obtener el perdón de los pecados, y así recibirán el don del Espíritu Santo” (Hech 2, 36-38).

Es verdad que, según el mismo texto de Pentecostés, la irrupción del Espíritu se da también sobre mucha gente que podía ser no judía (“Partos, medas y elamitas, habitantes de Mesopotamia…”, Hech 2, 9s). Sin embargo, el reconocimiento de esa ampliación de la irrupción del Espíritu hacia los gentiles no resultó nada fácil. Muchos judíos y sus autoridades, no querían renunciar al carácter exclusivo de pueblo escogido representado por las mediaciones institucionales que el mismo pueblo se había dado a lo largo de su difícil historia, particularmente a partir del exilio babilónico. Fue por esa razón que se resistieron con tanta fuerza a la pretensión judeocristiana de reconocer a Jesús como el único mediador para la verdadera realización de las promesas hechas a los Padres. Tal situación se vio acentuada una vez que Pablo entró en escena, después de su personal experiencia del Resucitado, transformándose súbitamente de fanático perseguidor de la nueva comunidad judeocristiana, en el principal promotor de su causa en el mundo de la diáspora. A partir de entonces se convirtió también en el principal escándalo para las autoridades judías de Jerusalén. Santiago, el “hermano del Señor”, fundándose en su parentesco con Jesús, había sustituido a Pedro en la dirección de la comunidad de judíos cristianos de Jerusalén. Su actitud de judío practicante le daba el prestigio necesario para que el Sanedrín no pusiera obstáculos a la nueva comunidad de judíos cristianos, que seguían practicando celosamente la Ley y el culto en el Templo de Jerusalén. Entre estos cristianos judíos había, sin embargo, algunos que tenían posiciones más duras respecto a la necesidad de mantener todas las prescripciones legales y que solo aceptaban el cristianismo como una forma renovada de vivir el judaísmo ancestral. Según ellos, solo los practicantes de la ley judía podían ser cristianos. Mientras que los gentiles interesados en ser bautizados como cristianos debían antes judaizarse, circuncidándose y cumpliendo las prescripciones legales del judaísmo. El debate entre estos judíos cristianos, presididos por Santiago, líder de la comunidad de Jerusalén, por una parte, y, por otra, las

comunidades de judíos cristianos de la diáspora y de comunidades cristianas constituidas ya por gentiles, fundadas por Pablo y Bernabé, fue muy intenso. De hecho se suscitaron rupturas violentas, como la que tuvo lugar en Antioquía de Pisidia, cuando, un día sábado, se reunió toda la ciudad para escuchar la palabra de Pablo y Bernabé. Un grupo de judíos comenzó entonces a insultarlos, provocando el endurecimiento de los dos apóstoles que, a partir de entonces, decidieron dirigirse a los paganos, puesto que los judíos no querían escucharlos (Hech 13, 46). Además, Pablo comenzó ya también a bautizar a gentiles incircuncisos, provocando mayor escándalo aún por parte de ciertos judíos cristianos.

El conflicto entre los judíos cumplidores de la Ley y los judíos cristianos, asociados a los nuevos gentiles cristianos, podía provocar la expulsión de la sinagoga de aquellos judeo-cristianos. Y era lo que Santiago quería evitar. Por eso, algunos miembros de ese círculo cercano a Santiago viajaron desde Judea a Antioquía para notificar a miembros de aquellas comunidades cristianas de la diáspora lo siguiente: “Si no se hacen circuncidar de acuerdo a la Ley de Moisés no podrán ser salvos” (Hech 15, 1). Frente a ello, Pablo y Bernabé reaccionaron con dureza. Entretanto, Pedro había tenido ya la experiencia, en Cesárea, que culminó con la irrupción del Espíritu sobre el pagano Cornelio y toda su familia. Ante lo cual, no le quedó otra alternativa que bautizarlos, argumentando: “‘¡Quién podría negar el agua del bautismo a estos que han recibido el Espíritu Santo igual que nosotros!’. Y de inmediato mandó que los bautizaran en el nombre de Jesucristo” (Hech 10, 47-48).

La audacia innovadora de Pedro, sumándose a la de Pablo y Bernabé, estuvo a punto de provocar un cisma al interior de la primera comunidad cristiana, tanto más cuanto que entre los judíos cristianos de Jerusalén había algunos miembros importantes del grupo de los fariseos, quienes exigían que los gentiles decididos a ser cristianos debían antes someterse a la ley fundamental judía de la circuncisión (Hech 15, 5). Para evitar esa ruptura, los apóstoles principales se reunieron y, una vez que hubieron escuchado el testimonio de Pedro, tras su experiencia en casa del pagano Cornelio, así como la labor realizada por Pablo y Bernabé entre los gentiles, el líder de la comunidad judeocristiana de Jerusalén, Santiago, de acuerdo con los demás apóstoles allí presentes, envió “a los hermanos no judíos de Antioquía, Siria y Cilicia” una carta apostólica en la que les transmitía las conclusiones del acuerdo “conciliar”. Referente al punto central respecto al conflicto, los gentiles incircuncisos podían ser bautizados exactamente igual que los circuncisos y ser reconocidos como cristianos en plenitud. Por lo tanto, no era necesario ser judío para poder ser cristiano. Solo asumido ese punto fundamental del acuerdo, la carta apostólica firmada por Santiago añadía luego algunos requisitos judaizantes, como normas de buena convivencia entre cristianos judíos y no judíos: “Ha sido la opinión (dogma) del Espíritu Santo y (por tanto) la nuestra el no imponeros más cargas que estas indispensables: abstenerse de comer la carne sacrificada a los ídolos, de la sangre, de los animales estrangulados y de la impureza (porneia). Haréis bien en guardaros de estas cosas” (Hech 15, 28-29).

de Jerusalén fue aumentando. Y, tal como lo narra Flavio Josefo, el año 62, el Sumo Sacerdote Anás convocó una reunión de jueces, “haciendo presentar ante ellos a Santiago, el hermano de Jesús, denominado Mesías”, junto con un grupo de judíos cristianos. Como resultado de ese proceso, todos ellos fueron condenados a muerte por lapidación, imputándoseles la culpa de haber transgredido gravemente la Ley de Moisés1.

Entre ese año 62 y el 66 en que se inició la primera guerra judía contra Roma, los judíos cristianos, huérfanos de la protección que había representado frente al Sanedrín el prestigio de Santiago, huyeron a la localidad de Pella. Y tras la destrucción del Templo y la culminación de la insurrección judía mantenida por celotes y esenios, en la masacre final de Mazada, el judaísmo se concentró en la enseñanza rabínica que logró sobrevivir gracias a Johanan Ben Zakkai y la escuela rabínica por él fundada en la localidad galilea de Jamnia. Después de un enfrentamiento muy duro entre la mayoría rabínica de la línea shamaíta de los “zugot”, más cerrada en la interpretación literal de la Torah y el grupo minoritario “hillelita”, acabó por imponerse la línea dura shamaíta en la interpretación rabínica de la Ley judía. Como resultado de ello, determinaron que la innovación judeocristiana de la tradición judía era incompatible con la ortodoxia. Y los judíos cristianos fueron obligados a renunciar a esa innovación si querían mantenerse en la sinagoga. Algunos lo hicieron, retornando a la judaización de su vida. Pero los que prefirieron mantenerse fieles a la reinterpretación del judaísmo hecha por Jesús fueron expulsados de la comunión sinagogal. Y, a partir de entonces, el cristianismo se transformó rápidamente en una religión de gentiles. A pesar de ello, para evitar la total ruptura de los lazos con la sinagoga, algunos intentaron hacer una síntesis judeocristiana, dejando de lado el carácter humano-divino de Jesús, como fue el caso de los llamados

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