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8. M Y C LOSING T HOUGHTS
La Sierra Norte estuvo históricamente enmarcada durante siglos por el sometimiento del que han sido víctimas las culturas prehispánicas que se establecieron en la región. Se reconoce que años antes de la llegada de los españoles a esas tierras. Moctezuma I mantenía subyugadas a varias poblaciones las cuales estaban obligadas a rendir tributo, la región de la Sierra Norte principalmente aportaba manta y resina de ámbar aromática en pago como tributo.
Al parecer, la zona estaba poblada densamente; según fuentes antiguas, la agricultura era temporalera y la población se mantenía dispersa y se practicaba un cultivo de roza, tumba y quema que necesitaba grandes extensiones para evitar el empobrecimiento del suelo. La producción era de
autosubsistencia, intercambiando algunos productos que por diferencias ecológicas no provenían de poblaciones cercanas; además gran parte de lo obtenido era para pagar tributo y para los gastos del culto.3
“Los grupos sociales altos estaban formados por caciques o señores, de donde surgían los hombres que desempeñarían los cargos religiosos y, probablemente, también los militares. El grupo bajo, que era la mayoría, estaba compuesto por guerreros, agricultores y esclavos. Es también probable que existieran comerciantes profesionales.”4
La llegada de los españoles la región de la Sierra Norte es mencionada como clave para las alianzas que se darían para combatir y provocar la caída de la Gran Tenochtitlan. Los españoles trataron de mantener la organización nativa de los indígenas sin alterarla en lo fundamental. La nueva forma adoptada fueron los repartimientos como una forma de seguir obteniendo tributo y trabajo para caminos, plantaciones, construcciones y servicios personales, etcétera, que obtenían los conquistadores como recompensa de sus servicios a la corona, teniendo la obligación de protegerlos y catequizarlos.
“Eliminaron a los sacerdotes, a los militares y, en caso de haber existido, a los comerciantes y artesanos. Los viejos jefes y caciques fueron intermediarios entre los españoles y la población indígena, pero en caso de rebelión o desobediencia eran cambiados por otras autoridades nativas. El tributo fue mantenido tal como estaba hasta que, paulatinamente, conforme avanzó la
3 Cfr. Ruiz Andrés, Cafeticultura y economía en una comunidad totonaca, México,
D.F., INI. p. 51
evangelización, hubo que dar tributo a la Iglesia, además del que ya se daba antes. La encomienda duró lo suficiente para dar al traste con la antigua organización y otros aspectos básicos de la cultura totonaca.”5
Las tierras arables, maderas y las fuentes de agua fueron en su totalidad comunales, excepto en los casos en que pertenecían directamente a los jefes nativos. Los españoles se establecieron en la cabecera, que era núcleo de una serie de asentamientos cercanos y de los cuales era su centro político y religioso. Incluso al día de hoy por paradójico que pareciera respecto a la pequeña propiedad de los habitantes de Tepanyehual, gran parte de las tierras de la región se mantienen bajo un régimen comunal, es en virtud de esta situación que al menos por vías legales la venta de éstas presenta un freno inicial.
Aunado a la conquista, el proceso evangelizador, o lo que Richard llamó la conquista espiritual, fue llevado en su primer momento por los franciscanos, a partir de 1523, siendo las figuras principales fray Andrés de Olmos, quien rápidamente aprendió el totonaco, el náhuatl, habiendo estado primero en la huasteca en la Misión Pánuco: Fray Pedro Cintos, que era uno de los encomendaderos de Huaytlalpan y Tlatlauqui (que, al parecer, pasaron más tarde a manos de la corona) y Fray Francisco Toral. Poco a poco el sistema de encomiendas fue declinado; de hecho, entre 1531 y 1534 las encomiendas fueron pasando a manos de la corona, convirtiéndose en corregimientos con un oficial real designado por la audiencia y encargado de su gobierno y la recolección de tributos. Cuando las encomiendas ya habían pasado a manos de la corona se sabe que las haciendas no tuvieron mucho auge y por ende no contaron con demasiada importancia en la región de la sierra, dichas haciendas buscaron el punto más lejano que representarán mejores condiciones geográficas para el establecimiento y bienestar de los españoles. Por su parte la propia conquista, las epidemias, así como el
trabajo arduo e inhumano provocaron que la población indígena se viera diezmada en un gran número. Fue hasta el siglo XIX que la población indígena se comienza a recuperar de la fuerte baja ocurrida desde la conquista. Al parecer, todos estos cambios permitieron un acaparamiento de tierras por parte de los españoles y el clero, resquebrajando el poder que la nobleza indígena había podido conservar, principalmente a nivel de comunidad. Durante la independencia la región de la Sierra Norte tuvo una fuerte participación, la razón por la que se considera tal presencia se debe a que la las diferentes comunidades contaban aún con tierras comunales, y se considera que la respuesta de apoyo para con el movimiento independentista se dio como una respuesta a la crueldad con fueron sometidos por tantos años, crueldad dirigida contra las comunidades por parte de los realistas que en sus incursiones por la región acostumbraban con arrasar comunidades enteras quemándolas agrediendo frontalmente a la población civil. Además, se sabe que, debido a estas incursiones por parte de los realistas, así como la férrea política de dominación previa que ejercieron los españoles, la población indígena en su afán de mantener una resistencia, optó por penetrar en lugares apartados y aislados, con lo cual se aumentó la frontera agrícola al realizar el desmonté de las tierras. Según Melgarejo, en junio del mismo año es decretada la desamortización de fincas rústicas y urbanas en propiedad de corporaciones civiles eclesiásticas dejándolas a la venta en una medida que anunciaba las Leyes de Reforma. En 1857 éstas volvieron a inquietar a la población indígena: la ley de desamortización mató en el terreno legal a dichas comunidades las cuales, sin ningún valor ante la ley, no pudieron ya justificar el derecho de propiedad sobre sus tierras que así les fueron arrebatadas y puestas en el arca oficial para el pago de servicio públicos.6
“Las leyes de desamortización generaron grandes cambios, es probable que al sur de Totonacapan hayan favorecido, la propiedad comunal pasó a ser privada; en el curso de tres meses la tierra que no fue transferida en ese plazo devino en propiedad pública y podía ser adquirida por cualquiera que pagara su legalización.”7
Otra consecuencia de estas leyes fue el hecho de que las tierras ociosas, o que no eran cultivables, también pasaron a ser públicas, rompiendo con el sistema indígena de cultivar, que dejaban terrenos en descanso durante un largo periodo de tiempo para después rotarlas, siendo ésta una forma ancestral que evitaba la erosión del suelo. Práctica que aún en gran parte de la región se conserva, sin embargo, fue en el último tercio del siglo pasado cuando dicha técnica fue perdiendo terreno frente a la comercialización a gran escala de los llamados paquetes tecnológicos, aunque es bien sabido que la entrada de dichas prácticas productivas no fue tan impactante en virtud de que la orografía no lo permitía.
La Sierra Norte sufrió otra fuerte convulsión durante la intervención francesa; fue una zona que opuso gran resistencia, librando batallas hasta la derrota y expulsión de los franceses. Las fuerzas estuvieron compuestas principalmente por indios de la zona (Xochiapulco, Tetela, Zacapoaxtla, Huachinango, Villa Juárez, Chignahuapan, etcétera). Las fuerzas estuvieron al mando de Juan Nepomuceno Méndez que al ser herido fue sustituido por el coronel Márquez, siendo su comandante Juan Crisóstomo Bonilla y Juan Francisco Lucas su capitán, éste, una vez derrotados los franceses, continuó la guerra en un intento de consolidar su poder en la zona, su levantamiento es sofocado y posteriormente es perdonado. Juan Francisco Lucas, más tarde y gracias a la relación que estableció con Porfirio Díaz en el sitio de Puebla, fue nombrado jefe militar de la Sierra Norte de Puebla, pasando a ser la figura que controlaría la sierra a lo largo de toda su vida en una especie
de “cacicazgo benevolente”, con lo que mantuvo cierto respeto a la autonomía de las comunidades. En las postrimerías del siglo XIX es cuando se registran las primeras migraciones de extranjeros que se establecerán en la sierra y que posteriormente conformarán, por lo general, los grupos de familias más poderosas en lo económico y en lo político, al lado de algunos indígenas ricos.
El movimiento revolucionario de 1910 tuvo algunas repercusiones en la zona, pero se podría considerar más como un escenario de luchas entre las fuerzas villistas y carrancistas principalmente, que una participación masiva de los indígenas en la zona. Se tienen también noticias de que tropas zapatistas al mando de Daniel Bonilla y Tranquilino Quintero, originarios de Tetela, llegaron a la sierra para reclutar gente y obtener víveres, pero fueron emboscados en las cercanías de Papantla. Otro personaje importante fue el general Vega, villista nativo de Cuetzalan, quien combatió contra federalistas y después contra carrancistas, estableciendo su cuartel en Tecuantepec. Poco después abandonó las filas villistas para irse del lado de Obregón, pero al proponérsele su traslado a Oaxaca, prefirió abandonar las luchas y retirarse a Cuetzalan.
Se menciona que los primeros mestizos arribaron hasta después de iniciado el siglo pasado, y la ubicación de estos migrantes fue principalmente apoyada y promovida por Barrios ya que se trataba de gente que había luchado a su lado, y con esto saldaba en parte la deuda de su lealtad, además de brindarle un mayor cimiento a su poder. Por su parte, la trayectoria propia de Barrios y con ello el liderazgo que ejercía en la región comenzó su declive al brindarle aparente apoyo a Carranza para posteriormente traicionarlo y consolidarse al lado de Obregón. Transcurrido el periodo revolucionario en la lógica de la región se presentan un conjunto de situaciones que inciden para problematizar aún más, la aparente estabilidad que se comenzaba a asentar en la región. Alejandro García nos detalla que durante la década de los cuarenta ocurrió un desgaste “natural” de la dinámica interna social, cultural, económica y ecológica que generó
rupturas en las relaciones sociales establecidas; que se vino a acrecentar por lo que ocurría de igual manera en el plano nacional. Según García la dinámica propia del país durante esta década agudizó la serie de contradicciones internas al presionar para crear nuevas formas de relación de las sociedades dentro de la región, que hasta entonces permanecían más o menos aisladas, o cerradas. Esto señala el mismo autor corresponde, a la lógica modernizadora que desde el Estado Mexicano se orquestaba como política nacional, donde se perfilaban nuevas formas de subordinación del trabajo, del producto, así como de los procesos culturales propios de la población indígena y campesinas. Teniendo como resultado un crecimiento demográfico exponencial de la región. Situación que trajo como resultado una costosa ampliación de la frontera agrícola tomando los bosques, y ocasionando un desequilibrio del ecosistema al ir avanzando sobre porciones de suelo cada vez más altas en las montañas. De igual manera, detalla García, que lo anterior no viajó en solitario al traer consigo actividades que antes no eran propiamente de la región, al menos no a esa escala como lo representó la ganadería. En la década de los cuarenta con el desabasto de leña para el consumo familiar, que se podía sobreponer acarreando leña de los alrededores, pero el autor detalla que ya se comenzaban a sentir los primeros visos de impacto directo en las economías campesinas, traducidos estos, en el paulatino aumento de la incapacidad para lograr la subsistencia y la reproducción social a partir de la unidad de producción familiar. Comenzado más tarde por tener los primeros casos de migración hacia los centros urbanos, así como a las zonas donde se practicaba ya la agricultura intensiva durante largos periodos del año. El proceso, detalla Camacho, corrió bajo la misma lógica incluyendo también la década de los cincuenta, pero para los veinte años siguientes se habla ya de un fuerte proceso de industrialización y urbanización que trajo consigo requerimientos en la construcción de infraestructura, carreteras, ampliación de zonas urbanas. Con los nuevos derroteros que presagiaba el advenimiento de la década de los sesenta y los setenta, las zonas urbanas de la región se convierten en un polo de atracción para los campesinos e indígenas. Se establece
entonces ya para los setenta como una práctica habitual que algunos de los hombres viajen a los poblados urbanos más grandes a trabajar como peones de albañil, incluso García comenta de la agudización de otros procesos migratorios cíclicos que sin ser nuevos, comienzan a crecer durante esa década, tales como los enganchadores de los ingenios azucareros, así como de los beneficios cafetaleros, los cuales llegaban hasta diversos poblados de la región en busca de contratar para el periodo de la zafra a familias enteras, comenzado con ello a verse el fenómeno de procesos migratorios estacionales con una puntual regularidad. Lo anterior comenta García devino en gran medida, en el aumento de los asentamientos en la periferia de las ciudades de Puebla y de México, y teniendo como resultado un vaivén de las familias de la ciudad al campo y del campo a la ciudad durante el periodo de un año. Fue a mediados de la década de los setenta y hasta poco antes de entrar a los noventa, cuando se desarrolla con una mayor rapidez la desarticulación de la precaria estabilidad de la sociedad regional y se establecen en forma más amplia otros modos de articulación de la economía local con la economía regional y nacional. Particularmente destacado el abandono de las faenas del campo que corresponde a la mayor parte de la generación del sustento, y dejando sólo algunas tareas de menor impacto para la economía familiar. Pareciera que el escenario que García comenta fue un capítulo aparte durante que duró congelado casi tres décadas más para Tepanyehual, y aun cuando presenta variables similares, lo que ahora sabemos es que esta comunidad joven permaneció ajena a la lógica que se desarrollaba en el resto de la región. Para muestra está el hecho de que sus habitantes no participaron de manera activa en las organizaciones sociales de la región, sino por el contrario permanecieron al margen del accionar social y político.
Es precisamente durante estas casi dos últimas décadas cuando se dan a conocer diversos programas sociales impulsados desde el Estado a la región, y con ello se busca incorporar aceleradamente a las comunidades indígenas y campesinas de lleno a la “modernización” y al “desarrollo” que
se vive en el país. El esquema de este modelo fue el de la creación de una red de tiendas comunitarias subsidiada por el Estado, que llevaba productos a precios relativamente bajos, que incluía no sólo el maíz y el frijol, sino además productos alimenticios industrializados que fueron modificando los patrones de consumo, que hasta ese momento aún no se presentaban como determinantes; de igual manera también llegaron las primeras clínicas rurales, se crean más escuelas de nivel básico, se continúa con la ampliación de los caminos rurales y se dota a una gran cantidad de comunidades de energía eléctrica.
García concluye que esta “rearticulación” de la sociedad y la economía local en la sociedad regional y nacional generó más pobreza, ya que no se abrieron propiamente posibilidades de “revitalización” de las unidades de producción familiares, sino que por el contrario estas se deterioraron a un ritmo mayor bajo el contexto de encontrarse en un ecosistema cada vez más dañado y desequilibrado, donde los campesinos e indígenas tuvieron que incorporarse a la sociedad en un primer momento por el mercado de trabajo y de productos, buscando con ello asegurar su sobrevivencia bajo ese contexto, convirtiéndose así en dependientes de ubicar su fuerza de trabajo y de la compra de productos básicos en las tiendas comunitarias impulsadas por el Estado. García reconoce el esquema de la salida de los hombres para colocar su trabajo y entonces poder comprar aquellos alimentos (que hoy figuran como exigencias de bienestar con el cambio de patrones de consumo) que ya casi no se producen en lo que otrora fuera su unidad productiva dentro de la región. García cierra con lo siguiente:
“Es, paradójicamente, una situación de pobreza absoluta en una economía local distorsionada y en una cotidianidad social y cultural que produce aún más pobreza: hay caminos, carreteras, energía eléctrica y hasta casetas telefónicas, clínicas, tortillerías, juegos electrónico y más tiendas (especialmente en la cabecera
municipal), pero la subsistencia de las familias campesinas y los flujos económicos se sostienen con los ingresos por la venta de la fuerza de trabajo fuera de la región. Junto a esto hay un evidente pérdida, abandono y negación de patrones culturales: la escuela genera pobreza cultural, se abandona la lengua, se niega la identidad indígena como modo de acceso a otra realidad cultural; y un evidente proceso de deterioro de los ecosistemas. Es esta la situación actual y en la cotidianidad del mundo de vida de las comunidades…”8