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a) Un cuadro sumario, pero que debería ser lo suficientemente claro, de los grandes rasgos de la lírica griega arcaica, agonal y simposíaca.

b) Visión panorámica, de conjunto, de la poesía pindárica – en par- ticular de los Epinicios.

c) Análisis de los métodos y procedimientos de la mediación lati- na, lo que supo y pudo salvar, aquello a lo que tuvo, inevitablemente, que renunciar. Me centraré –como he indicado, y como es inevitable, por otra parte– en Horacio.

d) Rápida evocación de cómo otras literaturas nacionales incorpo- raron la tradición de la oda griega: Francia primero (con la Pléiade), a continuación Italia, Inglaterra después; finalmente, Alemania, bas- tante más tarde.

e) ¿Cómo habría podido sonar la Musa pindárica en el caso de que hubiera halladosu trujimán castellano? El primer hito (y prácticamen- te el único, en un panorama más bien desolador) lo constituye fray Luis de León, quien, incluso desde las prisiones de la Inquisición vallisole- tana, solicitaba las obras del tebano (Ortega, 1984, p. 58), y que ensayó una excelente versión poética de la Olímpica I.

f) Después del sigloXVI, el Humanismo hispánico deviene más pre-

cario todavía. Terminaré mi texto con una visión muy rápida de las pos- teriores versiones españolas de Píndaro, hasta llegar casi al sigloXX.

LOS GRANDES RASGOS DE LA LÍRICA ARCAICA,AGONAL Y SIMPOSÍACA

Como nadie ignora, la palabra moderna «lírica» constituye la trans- cripción pura y simple de un término griego; pero las diferencias se- mánticas son considerables. En griego, «lírico/lírica» significa simple- mente «con acompañamiento de la lira»; ninguna de las incrustaciones que el curso de los siglos pueda haber añadido a este término, tan con- notado como ambiguo, son aplicables de entrada a la palabra griega. Lo que llamamos lírica griega arcaica fue un conjunto de cantos (de los que solamente nos han llegado restos ínfimos y, en general, en muy mal estado de conservación; pero nos bastan y nos sobran para reco- nocer lo que nosotros podríamos denominar su extraordinaria «calidad literaria»); cantos con acompañamiento musical siempre (de lira o de flauta; pero los pormenores musicales y métricos no pueden preocu- parnos ahora y aquí); entonados por un coro o solista (que podía coin- cidir con el mismo compositor, pero no siempre, ni necesariamente), en ocasiones habitualmente públicas o semipúblicas, y de naturaleza muy diversa.

Estamos mal informados, por desgracia, acerca de las ocasiones en que los griegos entonaban sus cantos líricos; y esta ignorancia es casi tan grave como su carácter fragmentario, porque la pérdida irrepara-

ble de semejante contexto provoca dificultades difícilmente supera- bles a la hora de hacerse una idea global de su alcance y sentido. Los estudiosos han debatido, y debaten, esta cuestión hasta la saciedad; pero, en el contexto presente, me basta con indicar de modo sumario que –como síntesis de una serie de tentativas de reconstrucción muy vario- pintas– se ha llegado prácticamente al consenso (siempre provisional) de que las ocasiones en que los griegos arcaicos entonaban sus cantos líri- cos pueden resumirse en dos bloques fundamentales: a) fiestas en honor de divinidades diversas de su panteón antropomórfico; b) el simposio3.

Sabemos, naturalmente, que, en las festividades religiosas de la Grecia arcaica, la música, el canto y la danza desempeñaban un papel fundamental; hasta el punto de que notabilísimos estudiosos (como, por ejemplo, John Herington) han podido referirse a esta sociedad –si- guiendo, en última instancia, las ricas y complejas observaciones de Platón, sobre todo en la República y en las Leyes– como a una «cul- tura gímnico-musical». (No hay que olvidar que mousikê, en griego, tiene un alcance mucho mayor que «música», su correspondiente mo- derno: se refiere a todo lo que atañe a las Musas.) El contenido de se- mejantes composiciones poético-musicales lo constituía una combi- nación de mitos y gnômai (máximas sapienciales). Evocando en sus cantos y danzas las leyendas sagradas (es decir, los mitos ancestrales, que vehiculan tanto el pasado heroico de la estirpe como un sistema de valores objetivos, anclados en la tradición), y repitiendo las máxi- mas, fórmulas memorables en las que había cristalizado su antigua cul- tura, la colectividad entera de las poleis arcaicas –pero de un modo muy especial los jóvenes, varones y muchachas– recordaban, asumían y reactualizaban un complejo de relatos, creencias y valores sobre los que reposaba la identidad colectiva. No se debe a la casualidad, pon- gamos por caso, que los Partenios de Alcmán se integrasen en el complejo sistema iniciático de las adolescentes de la Esparta arcaica4. Por otra parte, el hecho de que las divinidades de los griegos hayan asumido una dimensión antropomórfica tan radical y tan marcada per- mitía que estas festividades gímnico-musicales acogieran asimismo esferas y dimensiones de la experiencia humana a las que los moder- nos no solemos otorgar una dimensión religiosa, o público/religiosa. La Oda a Afrodita de Safo, por ejemplo, no constituye (como un con- tumaz tópico pseudo-romántico se obstinaba todavía en mantener, hasta hace muy poco) el largo y profundo lamento de un alma solita- ria, que impetra de su diosa el cumplimiento de su apasionado deseo,

3Johnson (1982, pp. 24-75); Fitzgerald (1987, pp. 1-72); Pòrtulas (1991, pp. 697-702); Miller (1994, pp. 9-51 y 78-100).

sino la celebración del poder de esta diosa (manifiesto, precisamente, a través de este mismo deseo) en el contexto, público o semipúblico, del thiasos(el grupo de muchachas que, también con propósitos funda- mentalmente iniciáticos, se congregaban en torno a Safo de Lesbos)5.

En cuanto al simposio, constituía la institución (utilizando este tér- mino en un sentido laxo) fundamental en la vida social, religiosa, polí- tica, cultural e incluso amorosa de la aristocracia del arcaísmo y del tar- do-arcaísmo6. Al anochecer, después de la comida principal del día, los hombres se reunían en largas sesiones de bebida –sin la presencia de mujeres, excepto las de condición servil o semiservil: flautistas y corte- sanas–. El vínculo entre los hetairoi (= camaradas, compañeros), aun- que no exactamente institucionalizado, era de gran intensidad: religio- so (puesto que les unía el potente vínculo del juramento, amén de llevar a cabo en común ciertos actos cultuales, como las libaciones), políticos (la hetairia funcionaba como un grupúsculo de acción política), inte- lectuales, sociales, frecuentemente amatorios (de naturaleza homoerótica, evidentemente), etcétera. El canto de composiciones poéticas –propias o ajenas, tradicionales o improvisadas, de autor conocido o anónimas– constituía un vehículo de expresión privilegiado en el seno del simpo- sio7, al servicio de toda suerte de opiniones, sentimientos, pareceres o pasiones.

No cabe duda de que las composiciones pindáricas se integraban ora en uno ora en otro de estos dos ámbitos, el festival y el simposía- co; resulta difícil ser más preciso. Parece de sentido común que las composiciones destinadas al simposio fueran habitualmente las ejecu- tadas a una sola voz (= monodias), mientras que las destinadas a una audición colectiva en el marco de un festival eran confiadas a un coro; pero (contra lo que se pensó durante mucho tiempo) carecemos de cri- terios objetivos para distinguir de una manera neta y tajante, poema por poema, ambas modalidades de ejecución, la coral y la monódica8. Creo que no arriesgamos demasiado, sin embargo, al suponer que la gran mayoría de los Epinicios pindáricos (aunque no todos, cierta- mente) estaban destinados a la ejecución pública en el marco de un festival u otro9.

5Cfr., ex. gr., Gentili (1996, pp. 196-219 y 441-453). 6Murray (1990, passim).

7Murray (1990, passim); Gentili (1996, pp. 71 ss.; 219-237; 329 ss.). 8Cfr. Lefkowitz (1991, pp. 1-71 y 191-206).

9Sólo en cuatro pasajes de los epinicios Píndaro se refiere explícitamente al simposio. Son los siguientes: Ol. 7.1-10; Íst. 6.1-9; Pít. 4.291-299; Nem. 9.46-55. Cfr. Clay Strauss (1999, pp. 25-34).

LA POESÍA PINDÁRICA

Llegados a este punto, parece imprescindible consagrar un excurso al «Epinicio», la forma poética a la que la fama de Píndaro se vincula de modo indisociable. Ello se debe –pero sólo hasta cierto punto– a un azar de la transmisión. Sabemos que, en la edición alejandrina de las obras del poeta tebano, los Epinicios ocupaban únicamente cuatro li- bros (los cuatro últimos, concretamente), sobre un total de diecisiete; pero sabemos también que siempre fueron considerados como particu- larmente característicos y representativos de su «manera» poética, e, in- cluso, más altamente valorados que las demás formas de su poesía10. La «manera» típica de Píndaro es sencillamente la alabanza, el elogio (el término griego es épainos)11, alabanza que puede consagrarse ora a los dioses (en los himnos, los peanes en honor de Apolo, los ditiram- bos en honor de Dioniso, etc.), ora a los hombres (encomios, thrênoi fúnebres, o epinicios, precisamente). El epinicio celebra siempre a un triunfador en las diversas pruebas de los grandes Certámenes panhelé- nicos (Olimpia, Delfos, Nemea, el Istmo), que tenían un papel princi- pal en los cultos en honor de Zeus, Apolo y Posidón. Era ejecutado o bien in situ, inmediatamente después de terminar los Juegos (tal es el caso de ciertas composiciones pindáricas, entre las menos extensas y elaboradas), o bien cuando el vencedor regresaba a su patria, donde era objeto de una recepción solemnísima y se le tributaban las honras más excepcionales (muchas veces en el contexto de un festival religioso, preferentemente en honor de la misma divinidad en cuyos Juegos la victoria había sido obtenida). A semejante contexto corresponden los Epiniciosmás elaborados, que constituyen la mayoría del corpus, y que se caracterizan por una interrelación profunda entre cuatro ele- mentos regulares12: la actualidad del vencedor, su victoria, su familia y su polis (lo que se denomina, en la jerga del oficio filológico, los rea- lia); la narración mítica; el elemento gnómico-sapiencial; y las procla- maciones de poética (es decir, los pasajes que no faltan en ninguna oda, y que a veces alcanzan una extensión excepcional, donde Píndaro

10En conexión con este argumento, resulta tradicional citar el testimonio de Eustacio de Tesalónica, en su Proemio a Píndaro, que se puede en el volumen iii de la edición de los escolios pindáricos por A. B. Drachmann (1964 [1927]): los Epinicios fueron ya en la An- tigüedad la obra más divulgada del poeta tebano, porque son más inteligibles, contienen me- nos mitos (oligomythoi) y resultan más inmediatos para los hombres (anthrôpikôteroi). La famosa «obscuridad» pindárica (quizá demasiado famosa, en realidad), constituye el argu- mento central, el pivote en torno al que gira el reciente estudio (importante, aunque muy dis- cutible) de J. T. Hamilton (2003).

11Nagy (1990, pp. 146-98); Gentili (1996, pp. 241-327).

12Ortega (1984, pp. 34-38); Bádenas de la Peña & Bernabé (1984, pp. 18-21); Suárez de la Torre (1988, pp. 25-31), Fraenkel (1993 [1962], pp. 411-466); Hamilton (2003, pp. 81-83).

celebra la dignidad y la importancia de su propio cometido glorifica- dor)13. Entre los helenistas, se ha llegado más o menos a un cierto con- senso, en el sentido de que comprender las complicadas articulaciones e interrelaciones entre estos elementos fijos (sobre todo entre el mito y los realia) equivale, grosso modo, a comprender el alcance y sentido de cada poema14.

No estará de más que ofrezcamos, antes de proseguir, algunos da- tos biográficos sobre Píndaro; pero no sin advertir previamente que aquello que podemos saber con un grado razonable de certeza sobre su vida es muy poco. Tales datos dimanan fundamentalmente de dos tipos de fuentes, ambas escasamente fiables: a) las Vitae antiguas que encabezan ciertos manuscritos15; b) lo que los filólogos han creído po- der deducir de los propios poemas. Ni que decir tiene que este segun- do procedimiento suele ser tan arbitrario como gratuito. La poesía de Píndaro (como casi toda la poesía antigua, de hecho) no es en modo alguno autobiográfica; las técnicas filológicas para extraer informa- ciones que el poeta no tiene ningún interés en proporcionar suelen ra- yar en lo absurdo – en la medida, sobre todo, en que ignoran alegre- mente las estrictas convenciones y codificaciones de unas tradiciones poéticas ancestrales, muy distintas de las nuestras. En el caso de Pín- daro, ello viene agravado además por la convención del «Yo poético»: cuando el Tebano emplea en sus poemas la primera persona del sin- gular, resulta difícil, en muchísimos casos, dilucidar si se refiere a sí mismo o habla en nombre del coro; pero tenemos derecho a sospechar que esta eventualidad no es infrecuente16. Incluso cuando hay razones más o menos objetivas para sospechar que habla en nombre propio, sus aseveraciones no suelen referirse a la persona concreta, al indivi- duo, sino más bien al personaje público que asume hasta las últimas consecuencias el rol de poeta en el ámbito colectivo.

Sea ello como fuere, el poeta nació en Cinoscéfalas de Beocia, aldea cercana a Tebas, probablemente en el 518 a.C.; las indicaciones acerca del nombre de su padre oscilan entre Pagondas o Pagónidas, Deifanto y Escopelino17. Algunas bellas leyendas rodearon su infancia; pero care-

13Acerca de la función «inmortalizadora» del epinicio pindárico, cfr. Pòrtulas (1985, pp. 207-243).

14Cfr. Pòrtulas (1977, passim); Crotty (1982, passim); Newman & Newman (1984, passim); Hubbart (1985, pp. 133 ss.); Carne-Ross (1985, passim); Most (1985, pp. 11-41), etcétera.

15Para lo que aquí nos importa, se trata, en definitiva, de cinco documentos: las Vitae

Metrica, Ambrosiana y Thomana, a las que hay que añadir la entrada correspondiente de la

Suda(una enciclopedia bizantina del siglo x) y la Introducción de Eustacio, obispo de Te- salónica en el sigloXII. Cfr. Ortega (1984, pp. 8-9) y Suárez de la Torre (1988, p. 20).

16Lefkowitz (1991, pp. 1-71; 111-146; 161-168, y passim).

17Ortega (1984, pp. 9-10); Bádenas de la Peña & Bernabé (1984, pp. 39-41); Suárez de la Torre (1988, p. 20).

cen de valor histórico –y lo que es más, exegético–; sólo pueden «ayu- darnos a comprender la alta estima y popularidad de la que gozó el poe- ta» (Suárez de la Torre, 1988, p. 20). Parece probable que completase su educación musical en Atenas, aunque no es seguro que fuera bajo la tu- tela de Laso de Hermíone, renovador del ditirambo y colaborador en la política cultural de los Pisistrátidas, como afirman algunas tradiciones18. Su poema más antiguo fechable con certidumbre (a partir de los esco- lios, que recogen las listas de los vencedores en Olimpia y en Pito, pero no en el Istmo y en Nemea) es la Pítica X, de 498 a.C.; el poeta, por lo tanto, frisaba en los veinte años.

Los ríos de tinta consagrados a elucidar la posición de Píndaro a lo largo de las Guerras Médicas (durante las que Tebas, su patria, abrazó el partido del invasor persa hasta las últimas consecuencias) probablemen- te se habrían empleado de manera más productiva en cualquier otra ta- rea19: carecemos, y probablemente careceremos siempre, de informa- ciones fiables al respecto. En su defecto, muchos filólogos se han dedicado a interpretar arbitrariamente ciertos poemas como la Ístmica VIII o el fragmento 110+109 Snell-Maehler (un Hipórquema para los Tebanos)20. El elevado número de odas con destinatarios sicilianos (con Hierón de Siracusa y Terón de Agrigento a la cabeza) hacen (casi) inevi- table admitir que Píndaro viajó a la gran isla occidental; pero las circuns- tancias, la duración e incluso las fechas exactas de este viaje (o viajes) permanecen en una suerte de bruma. No hay que olvidar que la presen- cia del poeta en la representación coral de sus odas debía constituir la práctica habitual, desde luego; pero no era, en modo alguno, un requisito imprescindible21. La última composición de Píndaro datable con alguna certeza es la Pítica VIII del 446, la más bella –y la más profunda– de las odas consagradas a vencedores procedentes de la pequeña isla de Egina. No quiere decirse con ello que no tengamos ningún poema posterior, sino simplemente que carecemos de medios para identificarlo. También igno- ramos la fecha exacta de la muerte del poeta (hacia 438, posiblemen-

18Tradiciones discutidas por Ortega (1984, p. 12), que acaba rechazándolas; en cam- bio, Bádenas de la Peña & Bernabé (1984, p. 10) y Suárez de la Torre (1988, p. 20) mues- tran inclinación a aceptarlas.

19Ortega (1984, pp. 13-14; 304) acumula especulaciones irrelevantes; más cautos, Bá- denas de la Peña & Bernabé (1984, p. 11) se limitan a apuntar: «Aunque no se puede aven- turar cuál fue la actitud del poeta, lo cierto es que en lo que conservamos de su obra no apa- rece ningún eco de admiración por la coalición, como por ejemplo reflejó Simónides...».

20Fr. 120 Turyn. Este pasaje presenta difíciles problemas de exégesis, relacionados en parte con la interpretación que propone una de sus fuentes secundarias, el historiador Poli- bio de Megalópolis.

21Por otra parte, algunas de las odas sicilianas, como las Píticas II y III (y también, por razones distintas, las Nemeas I y IX) no resultan fáciles de fechar. Éste no es el lugar para entrar en complicadas cuestiones de cronología; me limitaré a remitir a las discusiones de Bádenas de la Peña & Bernabé (1984) y Suárez de la Torre (1988).

te)22. La leyenda de que murió en las gradas del teatro de Argos, ador- meciéndose suavemente sobre las rodillas de su amado Teóxeno de Té- nedos, es tan bella y evocadora como poco probable.

Las características más notables del arte de Píndaro pueden ilustrar- se egregiamente con la Olímpica I. Dejamos su análisis pormenorizado para más adelante, para cuando estudiemos la notable versión castella- na que fray Luis de León produjo de este poema emblemático (véase in- fra,pp. 101-107); por el momento, me limitaré a indicar las circunstancias externas que rodearon su gestación. La Olímpica I celebra la victoria de Hierón, tirano de Siracusa, con el caballo de silla, en la Olimpíada LXXVI (476 a.C.). El hecho de que fray Luis tradujera esta oda y no continuara la tarea no tiene nada de particular; es así como han proce- dido multitud de traductores en épocas, lenguas y países muy diversos. Aparte del hecho material –y hasta cierto punto anecdótico– de que en- cabece la edición de los epinicios pindáricos (disposición que remonta ya a los editores alejandrinos)23, la Olímpica I es emblemática por mu- chos motivos a la vez24, a pesar de que no son demasiados, probable- mente, los estudiosos de Píndaro que la considerarían su oda predilec- ta. Hierón de Siracusa es el más ilustre de los dedicatarios de los epinicios pindáricos; y esta victoria, la más gloriosa entre las suyas –en- tre las que Píndaro llegó a celebrar, se entiende–. Porque, aunque la co- rona suprema se obtenía no con el caballo, sino con la cuadriga, cuan- do Hierón, finalmente, obtuvo la ansiadísima (y largamente demorada) victoria olímpica en esta especialidad (en 468 a.C.), su cantor, por ra- zones que desconocemos –y que muy probablemente desconoceremos siempre, a pesar de las hipótesis desbocadas de tantos filólogos–, no fue Píndaro sino su rival Baquílides25. De modo, pues, que la Olímpica I ce- lebra la gloria del certamen olímpico, incluso más que la de Hierón de Siracusa; y esto es lo que le confiere el valor emblemático sin parangón al que antes nos referíamos.

LA MEDIACIÓN LATINA

No resulta dificil comprender que una poesía que surgió y floreció en ámbitos tan peculiares, en circunstancias tan específicas, como la

22Ortega (1984, p. 19); Bádenas de la Peña & Bernabé (1984, p. 12).

23No resulta demasiado difícil estar de acuerdo con una observación ocasional de New- man & Newman (1984, p. 189): «The Alexandrian editors who brought these poems toget- her [= las tres primeras Olímpicas] may have divined the poet's intention correctly».

24Cfr. Newman & Newman (1984, p. 145): «A favourite since Antiquity, it illustrates the poet's art in its most classical pure form».

25Cfr., acerca de estos pormenores, Bádenas de la Peña & Bernabé (1984, pp. 39-41); y Suárez de la Torre (1988, p. 55).

lírica griega arcaica (circunstancias que evocan mucho más el canto de los pueblos prealfabéticos, estudiado por los antropólogos, que las líricas europeas posteriores)26no podía sobrevivir al triunfo de la pa- labra escrita como medio privilegiado –y muy pronto casi exclusivo– para la expresión poética sin experimentar transformaciones radicales. Los grandes alejandrinos –Calímaco en especial– fueron muy cons- cientes de las complejas relaciones que les unían y enfrentaban al mis- mo tiempo a sus ilustres predecesores arcaicos: rivalidad por una par- te; necesidad de preservarlos, por otra; y, sobre todo, la tentativa audaz de superarlos27. Pero los logros helenísticos (que fueron, ciertamente, extraordinarios) han quedado a la postre oscurecidos durante muchos

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