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La apuesta por una restauración del símbolo en la filosofía retoma de alguna manera el punto que Aristóteles señala en el comienzo de la metafísica cuando afirma que la filosofía en su indagación acerca de las causas y principios parte de la admiración por lo maravilloso.

Lo que en un principio movió a los hombres a hacer las primeras indagaciones filosóficas fue, como lo es hoy, la admiración. (…) Ir en busca de una explicación y admirarse es reconocer que se ignora. Y así, puede decirse, que el amigo de la ciencia lo es en cierta manera de los mitos, porque el asunto de los mitos es lo maravilloso.16

Para Ricoeur una filosofía que incorpore los símbolos y los mitos a la reflexión no rebaja la exigencia del rigor y se aleja, como ha señalado Peña, de “la tentación del alegorismo y la gnosis. No se trata de pensar «detrás de los símbolos» como lo

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hace la alegoría, sino a partir y según los símbolos. El segundo fraude consiste en racionalizar los símbolos como tales, es la tentación de una mitología dogmática propia de la gnosis”17.

Para afrontar esta tarea Ricoeur plantea que una comprensión del símbolo que sea simultáneamente un pensamiento “en el símbolo y más allá de él”18 debe seguir tres

etapas: una fenomenología del símbolo, una hermenéutica del símbolo y una reflexión a partir del símbolo. La primera etapa consistiría en realizar una doble labor. En primer lugar, la descripción comparativa del símbolo, que explore y describa “las múltiples valencias de un mismo símbolo a fin de comprobar su carácter inagotable”19, su significación y relación

con otros símbolos afines, su función dentro de tal o cual mitología, relato o ritual, así como los niveles de experiencia o representación entre los que oscila su significado. Y en segundo lugar, esta etapa fenomenológica deberá mostrar la cohesión de una suerte de sistema simbólico que se puede apreciar tras la primera exploración. En esta etapa dirá Ricoeur, “interpretar significa hacer aparecer una cierta coherencia”.20

17 J. Peña Vial, El mal para Paul Ricoeur, Cuadernos de Anuario Filosófico (nº 211), Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, Pamplona, 2009, p.73.

18 P. Ricoeur, “Hermenéutica de los símbolos y reflexión filosófica (I)”, (C.I. III) p. 35.

19 P. Ricoeur, “Hermenéutica de los símbolos y reflexión filosófica (I), (C.I. III), p. 36.

20P. Ricoeur, “Hermenéutica de los símbolos y reflexión filosófica (I), (C.I. III) p. 36.

La segunda etapa de la filosofía del símbolo exige una mayor nivel de compromiso por parte del filósofo. Mientras que la primera etapa sólo aspira a mostrar un coherencia sistémica, independiente del valor de verdad del símbolo y sus significaciones, en esta etapa se trata de acometer la cuestión de la verdad de los significados. La pregunta que propone Ricoeur para esta etapa es tan sencilla como exigente: tras desvelar la coherencia del sistema hay que responder a la cuestión ¿creo yo esto?; es decir, ¿qué hay de verdadero más allá de la armonía interna de los símbolos?

La segunda etapa tendrá como objetivo una tarea de interpretación rigurosa, una exégesis que sea verdaderamente una hermenéutica. Para tal propósito, el hermeneuta debe colocarse dentro y fuera del símbolo, dejar que la comprensión preceda a la crítica y la informe en su tarea. La actitud será similar a la que propone San Agustín cuando se refiere a la postura del teólogo con respecto a la fe: credo ut intelligam et intelligo ut credam. Para Ricoeur el círculo de la hermenéutica no es un recorrido estéril, sino un impulso para el pensamiento, en la medida en que la donación de sentido que ofrece el símbolo como en un enigma conlleva ya una comprensión de la que el exégeta no debe prescindir, sino todo lo contrario. La pre- comprensión y la empatía es el punto de partida necesario a partir del cual el exégeta puede interrogar al símbolo para explicarlo. “En efecto, el intérprete no se acercará jamás a lo que

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dice su texto si no vive en la anticipación del sentido que se interroga”.21

Esta creencia no es sin embargo una ingenuidad que traicione la función crítica de la que la filosofía ya no se puede desprender. La creencia de la que habla Ricoeur es una creencia metodológica que Ricoeur aplica en La simbólica del mal y que puede extrapolarse a los símbolos en general.

Creo que el ser aún puede hablarme, ya no sin duda bajo la forma precrítica de la creencia inmediata, sino como la segunda inmediatez a la que tiende la hermenéutica Esta segunda ingenuidad puede ser el equivalente post-crítico de la hierofanía pre-crítica. 22

Tras la exégesis interpretativa de los símbolos puede comenzar la tercera etapa, que es el momento de la reflexión filosófica sobre la base fenomenológica y hermenéutica precedentes. En esta tercera etapa, el pensamiento filosófico se mueve entre dos polos, una reflexión que se propone aislar los conceptos que contienen los símbolos en un movimiento regresivo, por un lado, y un pensamiento especulativo que refleje –en el sentido más etimológico del término – los conceptos que jalonan una historia con sentido que muestre la inteligibilidad del símbolo o el mito.

21 P. Ricoeur, “Hermenéutica de los símbolos y reflexión filosófica (I), (C.I. III) p. 37.

22 P. Ricoeur, “Hermenéutica de los símbolos y reflexión filosófica (I), (C.I. III) p. 37.

Ricoeur propone una filosofía conforme a sus propios límites respecto del misterio, sin renunciar a agotar todas sus posibilidades de comprensión. En este sentido, el pensamiento que reflexiona sobre los símbolos y en los símbolos es capaz de llegar a categorías que si bien no proporcionan un saber absoluto, sí son capaces de hacer aflorar categorías novedosas que ahondan en la comprensión de un concepto ampliando así el espectro de inteligibilidad de lo humano. La tarea de comprensión del símbolo es la tarea de una filosofía que confía en las indicaciones simbólicas y las sigue en una labor de comprobación.

Esta apuesta se convierte entonces en la tarea de comprobar mi apuesta, de saturarla de inteligibilidad en cierto modo; en contrapartida, esta tarea transforma mi apuesta: al apostar por la significación del mundo simbólico, apuesto al mismo tiempo que recuperaré mi apuesta en forma de poder de reflexión, dentro del elemento de un discurso coherente.23

Como se puede apreciar, la piedra angular de la propuesta ricoeuriana se encuentra en su peculiar propuesta de interpretación, una tercera vía que esquiva las tentaciones pseudo racionales de la gnosis y la interpretación alegórica que Ricoeur denomina una interpretación creadora que opera al modo de una deducción trascendental, y que consiste en

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“justificar un concepto mostrando que hace posible la constitución de un ámbito de objetividad”.24

Pero esa no es la única transformación a la que apunta la apuesta del filósofo francés. En la línea de su crítica a la modernidad encerrada en la ilusión del cogito fundante, Ricoeur pretende una “transformación cualitativa de la conciencia reflexiva”. 25 La filosofía a partir del símbolo no sólo amplía el

campo de introspección de la conciencia reflexiva, sino que la empuja a confrontarse con un ámbito ontológico y no ya gnoseológico.

El símbolo nos habla como un índice de la situación del hombre en el corazón del ser en el que se mueve existe y quiere. A partir de ahí la tarea del filósofo guiado por el símbolo consistirá en romper en recinto encantado de la conciencia de sí, en acabar el privilegio de la reflexión. El símbolo hace pensar que el cógito está en el interior del ser y no al contrario. (…) Todos los símbolos, todos los mitos dicen la situación del hombre en el ser del mundo; la tarea entonces consiste en elaborar unos conceptos existenciales, es decir, no sólo unas estructuras de la

24 P. Ricoeur, Finitud y culpabilidad, p. 488. Estos conceptos que pueden resultar opacos en una descripción abstracta, quedan muy bien esclarecidos en la aplicación que Ricoeur hace de esta vía en sus análisis de los mitos y los símbolos del mal. No me ocuparé aquí de mostrar la aplicación de esta reducción trascendental al problema del mal, puesto que aquí sólo interesa introducir estos conceptos sin ahondar en su aplicación a una zona parcial del mundo simbólico, tal como hace Ricoeur. Para ello se puede ver los ensayos de El conflicto de las interpretaciones (III) y La simbólica del mal.

reflexión, sino unas estructuras de la existencia, en tanto que la existencia es el ser del hombre.26

Se encuentra aquí nuevamente la inclinación existencial del pensamiento ricoeuriano que también está presente sus análisis de L’homme faillible, pero que a su vez procede siempre desde una postura de inteligencia intencional de la realidad que le permite ampliar sus indagaciones al campo del lenguaje y el mundo como el lugar, a partir del cual, el pensamiento debe dilucidar y explicitar sus supuestos, en lugar de suprimirlos.

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