State of Connecticut Office of the Treasurer
WORKPLACE, AND ENVIRONMENTAL ISSUES
B. MacBride Principles
Hablar de las bondades de la cotidianidad, incluso de sus desafíos, termina siendo confortable cuando lo habitual es tener cubiertas las necesidades básicas y no carecer de nada. Lo que experimentan a diario los pobres es algo bien diferente y, en cierta manera, constituye una realidad tan ajena y tan lejana que cualquier discurso parece una osadía. Pensar el significado de la vida oculta de Jesús para quienes están en los márgenes, para quienes se hallan brutalmente «decrecidos», para quienes sufren en sus carnes cualquier forma de injusticia, es un ejercicio que solo podemos emprender pidiendo perdón y estando un poco más dispuestos a dejar que el evangelio de Jesús nos desinstale.
Un doble sello marca la vida cotidiana de los pobres. El primero es el sello de la miseria, entendiendo esta en sentido literal como falta de lo necesario para una vida digna. La miseria representa un terrible infortunio en la medida en que plantea multitud de obstáculos para desarrollar una existencia plenamente humana. Este fenómeno se visualiza de inmediato en el contexto de los países gravemente empobrecidos, donde la gente entabla una lucha diaria entre la vida y la muerte. El escenario usual para millones de personas lo componen el hambre, la desnutrición, las enfermedades y la imposibilidad de acceder a la educación más elemental. Según las últimas estadísticas publicadas por el Programa de Alimentación Mundial, en el año 2014 todavía hay 870 millones de personas que no pueden comer lo imprescindible para subsistir; ello supone que uno de cada ocho habitantes del planeta tierra se va a dormir cada noche con el estómago vacío, y esto a pesar de que la erradicación de la pobreza extrema constituye el primer objetivo del milenio. Es escalofriante pensar en la cantidad de seres humanos que no podrían imaginar la vida fuera de esas coordenadas infernales, en las que nacen, se reproducen y mueren, de generación en generación. Pasar hambre es, verdaderamente, la experiencia más cotidiana de una significativa parte de la humanidad.
También en los países del norte enriquecido, como consecuencia de la crisis que atravesamos, los tentáculos de la miseria ahogan cada vez a más personas. Si las bolsas de pobreza, que nunca han faltado en las sociedades opulentas, estaban hasta hace poco tiempo bien localizadas y enmascaradas con habilidad, en la situación actual no dejamos de ver cómo las filas de los pobres se alargan a diario. La jornada de muchas personas se organiza con puntualidad en torno a lugares fijos: los contenedores de basura, las oficinas de servicios sociales, los comedores gratuitos, los medios de transporte, el dormitorio de la calle. Estos espacios se rigen según sus propios tiempos. Unas horas son más propicias que otras para encontrar comida entre los residuos, los trabajadores sociales solo atienden en unos horarios determinados, para acceder al comedor hay que esperar largo rato en la fila, conviene pedir o cantar en los trenes que van más llenos, y hasta para conseguir un rincón resguardado en la puerta de un cajero automático es preciso llegar antes que los demás. Otras zonas de los márgenes están ocupadas por masas de
trabajadores, sobre todo migrantes, que soportan condiciones laborales cada vez más precarias; entre ellos son las mujeres quienes sufren con frecuencia mayores atropellos, reducidas a un silencio que las mantiene en la invisibilidad. Estas referencias espacio- temporales, lejos de ser imaginarias, pautan la vida de millones de personas que habitan las mismas ciudades que nosotros. Tampoco resultan superfluas en este relato, pues describen una cotidianidad tan real como desapercibida, que quizá nunca nos hayamos detenido a considerar porque a sus protagonistas ni siquiera les vemos como tales.
Más allá de que en determinados ámbitos, también cristianos, comienza a resonar el decrecimiento como paradigma alternativo de transformación, el cuidado de los pobres ha sido siempre una constante en la Iglesia. Tratamos de ayudar a los marginados en sus necesidades perentorias, de denunciar situaciones que vulneran los derechos y de promover un orden social más justo. Tanto los profesionales del ámbito social como los miles de voluntarios que engrosan las listas de otras tantas organizaciones se comprometen cotidianamente en esta difícil tarea. No obstante, en este quehacer, sin duda necesario, el protagonismo de «los pobres» en sus propios procesos no siempre es evidente. Incluso seguimos buscando la palabra adecuada para designar a las personas que acuden a nuestros centros, sin que términos como «usuarios» o «beneficiarios» lleguen a convencernos. Situados generalmente a este lado de la mesa del despacho, o del mostrador del comedor, o de la moneda que damos, apenas somos capaces de intuir el peso de la cotidianidad para quienes están al otro lado, soportando la lluvia en la calle o repitiendo mecánicamente la misma canción en todos los vagones del metro.
Sin embargo, es precisamente el concepto de «protagonismo» el que nos revela un segundo sello impreso en la vida cotidiana de los excluidos. La realidad deja ver que, dentro de la miseria, quedan aún resquicios para la esperanza y el cambio. Un solo ejemplo de este fenómeno son los miles de procesos de reivindicación colectiva que han logrado transformar poco a poco inmensos barrios de chabolas en zonas de viviendas dignas, de modo que se estrena no solo una casa sino también una nueva cotidianidad. El resultado global es muy distinto cuando se adjudica sin más una vivienda que cuando los sujetos participan activamente en su construcción. Lo que día a día se proyecta y se sufre, lo que requiere esfuerzo y resolución de conflictos, es al mismo tiempo lo que genera relaciones diferentes con un espacio que se percibe como propio y con unos vecinos que ya han sido compañeros. Podríamos hallar otros muchos rostros de esta cotidianidad, que se transforma a partir de las posibilidades de sus propios protagonistas, en campos como los pequeños emprendimientos laborales surgidos de microcréditos o la promoción de jóvenes a través de la cultura.
Era necesario describir esta cotidianidad, que suele pasar desapercibida en las costuras de la historia, antes de leerla a partir de la vida oculta de Jesús. Lo contrario sería muy peligroso y conviene evitar el riesgo de incurrir en ideologizaciones de uno u
otro signo. Hemos de reconocer en este punto que Jesús no vivió como marginado dentro de la sociedad judía; no fue mujer ni extranjero ni enfermo ni esclavo. Pero también es cierto que Jesús perteneció a un pueblo sometido a la dominación romana y situado en los márgenes del Imperio; además, su condición social y cultural le colocaban en el escalafón social de los pobres no indigentes, obligados a esforzarse duramente para sobrevivir.
Dos visiones, históricamente desenfocadas, distorsionan en direcciones opuestas la imagen de Jesús en este terreno. La primera, extremadamente estática, presenta un Jesús recluido durante treinta años entre los muros de su taller, pegado al banco de carpintero, trabajando junto a José mientras María se aplica en la costura. El riesgo de esta imagen radica en la inactividad que proyecta, como si Jesús hubiese pasado su vida ausente de la realidad, de las tensiones sociales y políticas de Galilea, estando de hecho más en el cielo que en la tierra. Una invitación que puede desprenderse de aquí es la pasividad ante la opresión, convirtiendo el evangelio en un opio indeseable. Ya tuvimos ocasión de ver cómo, durante la revolución industrial, no faltaron autores cristianos que exhortaran a los trabajadores a vivir con resignación la adversidad, teniendo como modelo a Jesús Obrero. La segunda deformación pendula hacia el extremo opuesto, convirtiendo a Jesús en un revolucionario social según el paradigna de otros grandes líderes. En fidelidad al dato bíblico, tal imagen es insostenible y en ningún modo puede reivindicarse para los años de la vida oculta.
Ciertamente, la información directa que nos ofrece el Nuevo Testamento sobre los años nazarenos de Jesús no basta para reconstruir los detalles de ese período, ni autoriza explicación alguna acerca de lo que Jesús hizo o dijo entonces respecto a los marginados de su entorno. En este punto resulta particularmente interesante interpretar la vida oculta en estrecha conexión con la vida pública. Dicho de otra forma, puesto que Jesús es verdadero hombre, la visión del mundo que expresa en sus palabras y signos no la adquiere súbitamente por una vía extraordinaria, sino que se va configurando con el tiempo a través de cada vivencia y cada relación. Los relatos de los evangelios están atravesados por la certeza de que lo pequeño alberga fecundidad y fuerza transformadora; de ello dan buena cuenta las imágenes del grano de trigo y el puñado de levadura, la exhortación a hacerse como niños o la advertencia de que conviene esperar al momento de la siega para separar el trigo de la cizaña. Lo que Jesús descubre en Nazaret no es que el mundo hay que dejarlo como está, sino que el reino crece desde abajo. Este lugar sociológico llamado «abajo», precisamente porque carece de poder, está preñado de una fuerza inaudita; es la fuerza del Espíritu de Dios, que impulsa a liberar a los cautivos y a dar la vista a los ciegos dejando que ellos mismos, abiertos a la acción de Dios, sean protagonistas de sus procesos.
El contenido liberador de la vida pública de Jesús se va fraguando, pues, en el anonimato de Nazaret. Por el mero hecho de que Jesús ha asumido la insignificancia de los pobres, el misterio de su vida oculta posee la virtualidad de alentar el caminar diario de aquellos que no cuentan para nadie. Pero, además, el mensaje de Jesús es una llamada permanente a descubrir las posibilidades de cambio que permanecen vivas en cada persona y en cada colectivo, a pesar de todos los expolios que puedan haber padecido con anterioridad. La vida oculta no puede constituir jamás una disculpa espiritual para aceptar las realidades injustas como queridas por Dios. Todo lo contrario: este misterio de la vida del Señor, leído en continuidad con la vida pública y los acontecimientos pascuales, apoya sin cesar todo progreso que tiende hacia un mundo más acorde con el proyecto de su Creador y, muy especialmente, todo proceso que comienza desde abajo y que incluye como agentes activos a quienes yacen despreciados en los rincones del mundo.
1. H. U. VONBALTHASAR, Teología de la historia, Madrid 1964, pp. 26-27. Las cursivas son nuestras.
2. V. CODINA, Una Iglesia nazarena. Teología desde los insignificantes, Santander 2010, p. 15.
3. La expresión «teología nazarena» es de Víctor Codina, quien en la obra y página citadas hace la propuesta siguiente: «puesto que el mundo de los pobres entre los que se encarnó Jesús tiene una especial densidad humana y teológica para comprender la Palabra de Dios, la misma teología ha de ser nazarena».
4. K. BARTH, Esbozo de Dogmática, Santander 2000, p. 119. Cursivas en el original.
5. Ibid.
6. H.SCHÜRMANN, El destino de Jesús, Salamanca 2003, pp. 24.25.
7. M. BORDONI, La cristologia nell’orizzonte dello Spirito, Brescia 1995, p. 238.
8. H. U. VONBALTHASAR, Si no os hacéis como este Niño, Rafaela 2006, p. 42.
9. J. GRANADOS, Teología de los misterios de la vida de Jesús, p. 43.
10. G. URÍBARRI, La singular humanidad de Jesucristo. El tema mayor de la cristología contemporánea, Madrid 2008, p. 195.
11. J. GRANT, White Women’s Christ and Black Women’s Jesus. Feminist Christology and Womanist response, Atlanta 1989, p. 215.
12. HOMERO, La Odisea, XI, Madrid 1932, p. 71.
13. H. SCHÜRMANN, El destino de Jesús, p. 357.
14. H. U. VONBALTHASAR, Teología de la historia, p. 85.
15. L. LADARIA, Jesucristo, salvación de todos, Madrid 2007, p. 27.
16. P. TEILHARD DECHARDIN, El medio divino, Madrid 1972, p. 40.
17. H. U. VONBALTHASAR, Teología de la historia, p. 43.
18. Ibid., p. 44.
19. K. RAHNER, «Eterna significación de la humanidad de Jesús para nuestra relación con Dios», en Escritos de
20. PIERREDEBÉRULLE, Discursos y elevaciones, Madrid 2003, p. 173.
21. H. U. VONBALTHASAR, El todo en el fragmento, Madrid 2008, p. 258.
22. J. I. GONZÁLEZFAUS, Proyecto de hermano. Visión creyente del hombre, Santander 1991, p. 272.