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Magnetic interactions in strained samples of Sr 2 IrO 4

6.4 Heisenberg interaction and antisymmetric anisotropy in Sr 2 IrO 4

6.4.3 Magnetic interactions in strained samples of Sr 2 IrO 4

En el apartado anterior el juego de las mitades en esta novela permitió afirmar que la aparición del cuerpo estaba relacionada con el posible resurgimiento de Sendero Luminoso y que, por ello, lo no visible del crimen estaría relacionado con el ambiente político de la sociedad peruana representada en la novela.

Igualmente se señaló la tensión entre el poder civil (representado por Félix Chacaltana) y el militar (representado por el comandante Carrión y sus hombres), a partir de la aparición del cuerpo en las proximidades de la semana santa y las elecciones, en las que Alberto Fujimori pretende ser reelegido. Además de lo anterior, los periódicos mencionan un plan de fraude por parte del Gobierno:

Abrió su periódico. El titular anunciaba un plan de fraude del Gobierno para las elecciones de abril. Empezó a leer con disgusto, pensando que esas sospechas se debían denunciar al Ministerio Público para su pertinente aclaración antes de publicarse en la prensa causando lamentables malentendidos. (Roncagliolo 20)

De todo lo anterior, se desprenden dos versiones que entran en conflicto acerca de lo que sucede en la sociedad peruana del año 2000 representada en la novela: El gobierno de Fujimori acabo con Sendero Luminoso Vs Sendero Luminoso subsiste a pesar de lo que dice el Gobierno. Debido a esto se desprende la tensión entre Chacaltana y los militares, porque el fiscal comienza a darle crédito a la versión no institucional a partir de la aparición del cuerpo. Ahora bien, en términos de la relaciones de poder y saber entre el crimen y el Estado, se tienen las instituciones del Estado peruano representando en la novela, legitimando la versión acerca de la eliminación del grupo guerrillero. En la primera conversación entre el fiscal Chacaltana y el médico legista Faustino Posadas, este último le pregunta acerca de los motivos del traslado del fiscal de Lima a Ayacucho:

—¿De Lima a Ayacucho? Debe haberse portado mal, señor Chacaltana... — luego carraspeó—. Si... me permite que lo diga. El fiscal distrital adjunto nunca se había portado mal. No había hecho nada malo, no había hecho nada bueno, nunca había hecho nada que no estuviese estipulado en los estatutos de su institución.—Yo pedí mi traslado. Mi señora madre está aquí y yo no había venido en veinte años. Pero ahora que no hay terrorismo, todo está tranquilo, ¿no? El forense se detuvo ante una puerta frente a una sala llena de parturientas en el ala de obstetricia. Cambió de mano su chocolate y sacó una llave del bolsillo.—Tranquilo, claro. (Ibíd. 22)

En esta conversación ambos funcionarios del Estado asumen la versión institucional acerca de la eliminación de Sendero y, por ende, de la desaparición del terrorismo. Igualmente esta misma versión se afirma cuando Chacaltana conversa con el comandante Carrión en presencia de otros funcionarios del Estado de alto nivel: Carlos Martín Eléspuru, del Servicio de Inteligencia, y el capitán Pacheco:

El comandante dijo:—¿Y que sugiere usted? El policía volvió a cerrar la boca. El fiscal vio su oportunidad de hacer notar la gravedad del caso y lucir sus cualidades deductivas:—No me atrevería a descartar un ataque senderista. Lo había dicho. El silencio que siguió a esa frase pareció alcanzar a todo el salón, a toda la ciudad. El fiscal imaginó que con esa información tomarían más enserio el caso. Era un asunto de máxima seguridad. El fuero civil y el Ministerio Público colaboraban así con la Justicia Militar en la meta común de un país con futuro. El comandante pareció reflexionar sobre su actitud. Después de un largo rato, interrumpió el silencio con una carcajada. Pacheco dudó un poco, pero luego empezó a reír también. Y luego el hombre de la corbata celeste, Eléspuru. Tras ellos, el resto del salón y del universo empezó a reírse poco a poco, luego muy fuerte, hasta atronar el aire. —Está usted paranoico, señor fiscal. Aquí ya no hay Sendero Luminoso. Y se dio la vuelta para abandonar la conversación. Con orgullo de archivo, el fiscal argumentó:—Se cumplen veinte años del primer atentado...El comandante hizo un gesto como si apartara con la mano las palabras del fiscal.—¡Cojudeces! Acabamos con ellos.—Ese primer atentado se realizó en unas elecciones...El militar empezó a perder la paciencia:—¿Me está discutiendo, Chacaltana? ¿Me está llamando mentiroso?—No, pero...—¿No será usted uno de esos fiscales politizados, no? ¿No será aprista o comunista, no? ¿Quiere usted sabotear las elecciones? ¿Eso quiere? (Ibíd. (45)

Aquí se puede señalar dos aspectos que conducen hacia la naturaleza de las relaciones de poder y de saber entre el crimen y el Estado: uno, asumir la versión acerca de la eliminación de Sendero legitima el poder del gobierno y dos, asumir la versión contraria implica que el gobierno ha mentido, que su poder no se ampara en la verdad y que, por lo tanto, se debilita su legitimidad. Si se advierte que esto sucede a pocas semanas de realizarse las elecciones presidenciales, legitimar alguna de las dos versiones es fundamental para la historia política del Estado representado en la novela.

Debido a lo anterior, el giro propuesto en la novela cuando Chacaltana acepta faltar a la verdad, a su ética, y se ampara en los procedimientos (El capitán Pacheco le envía un falso informe al fiscal Chacaltana y este redacta otro informe a partir del informe de Pacheco) y cierra el caso, sabiendo que todo lo dicho en el informe es falso y sabiendo que el ejército está quebrantando las leyes, se devela una complicidad de las

instituciones del Estado con el crimen. La conversación entre el fiscal Chacaltana y el capitán Pacheco sirve para ilustrar lo anterior:

En el engranaje jerárquico que era la mente del fiscal distrital adjunto Félix Chacaltana Saldívar, no cabía la posibilidad de perder un ascenso por seguir los procedimientos. Todo lo contrario. Trató de explicar ese punto, pero el capitán lo interrumpió:

—¿Por qué no hace un informe y cierra el caso de una vez? Atribúyalo a un incendio o a un accidente automovilístico... Y todos tranquilos. Chacaltana abrió los ojos con genuina sorpresa.—Pero yo... no puedo hacer eso... Hacerlo sin el informe policial es ilegal, capitán. El capitán hundió la cabeza entre sus manos. Cerró los ojos. Movía los labios ligeramente, como si contase hasta cien en silencio. Más tranquilo, habló:—Chacaltana, esto es zona de emergencia. Gran parte del departamento aún está bajo la clasificación de zona roja. Las leyes están legalmente suspendidas. (Ibíd. 73)

El capitán Pacheco no solamente lo pone al tanto de la ilegalidad de sus acciones, sino que también se las justifica. A partir de lo visto hasta el momento, podemos afirmar que el poder civil y el poder militar en el Estado, representado en Abril rojo, accionan por fuera de la ley. En el caso concreto de la investigación sobre el caso del asesinato del hombre calcinado, mutilado y marcado, están instituciones son negligentes con plena conciencia, pero además ocultan un saber sobre la realidad que se vive en Ayacucho y fabrican otro, cuya versión de la verdad se sustenta en la eliminación de Sendero Luminoso. Existe entonces la construcción de un saber a partir de un secreto guardado por las instituciones del Estado.

Por otro lado, se hace evidente la participación de la iglesia como institución del Estado en el crimen:

Dijo: —Perdone el desorden. Suelo recibir en la oficina parroquial. Aquí solo entro yo y es solo para dormir. El horno está abajo. El fiscal comentó:—Pensé que los católicos no tenían crematorios.—No los tenemos. El cuerpo debe llegar al día del Juicio Final para resucitar con el alma. El sótano de la casa parroquial era un depósito. El crematorio recién se construyó en los ochenta a petición del comando militar. — ¿Del comando? Se detuvieron ante una pesada puerta de madera. El padre sacó otra llave y abrió. Frente a ellos bajaban unas escaleras húmedas y sin luz. Agarrándose de las paredes, bajaron al sótano. Olía a incienso y a encierro.—Demasiados muertos. La ciudad quedaba sitiada a menudo y los cementerios estaban llenos. Había que ocuparse de los cuerpos.—¿Y por qué lo hicieron aquí?— En tiempo de guerra, toda petición militar es una orden. El comando consideró que éramos nosotros los que nos ocupábamos de la gente después

de muerta. Según ellos, lo lógico era que nos ocupásemos del horno. (Ibíd. 57-58)

Como puede observarse la Iglesia también forma parte de la anomia social que determina la naturaleza de estas relaciones. Hasta el momento entonces se hallan relaciones de complicidad y anuencia del Estado con el crimen, en donde el poder y el saber del Estado están al servicio del crimen y no del bienestar de sus ciudadanos.