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Main recommendations, conclusions and proposals

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El proceso de configuración del discípulo no depende exclusivamente de su disposición activa para “ser en Cristo”, ante todo es una asimilación y un anhelo que surge en el interior del corazón del maestro, y más aún, en la comunión del Padre y el Hijo (cf. Jn 3,16). Por

134 Ver: Ibíd., 212. 135 Ibíd., 221.

136 Grasso, Santi. "Il Rapporto Tra Il Verbo Ἀκολουθέω E Il Verbo Μένω Dal Discepolato Sinottico a Quello

Giovanneo", 369.

137 Newbigin, “The Good Shepherd: Meditations on Christian Ministry in Today’s World”, en Whitmore, The

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tanto, no es posible pensar la iniciativa discipular y la disposición de seguimiento, propia de la teología sinóptica y paulina, sin la acción primigenia engendrada en el seno del Hijo- Maestro: “no me eligieron ustedes, sino que yo los elegí” (Jn 15,16), porque el amor como mandato, del cual emerge cualquier tipo de discipulado, brota del Padre y se entrega al discípulo por medio del Hijo, y esta característica es propia de la teología joánica.

Esta premisa nos pone de cara a una relación trinitaria gestada por el amor que vincula la existencia del discípulo en el seguimiento de Jesús con la misma Trinidad. Así como el Hijo “permanece en el seno del Padre” (Jn 1,18) y en su amor (Jn 15,10), y como el Espíritu permanece en Jesús (Jn 1,33), el discípulo está llamado a permanecer en esta dinámica de inhabitación de comunión trinitaria, señalada más adelante en 17, 11: “para que sean uno con nosotros”.

Si bien el Espíritu Santo no aparece de manera directa en la paroimía de la vid, el viñador y los sarmientos, sí en los versículos posteriores como el “Espíritu de la verdad” (Jn 15,26). La lectura teológica que hace Cirilo de Alejandría, da luz para entender la concepción trinitaria de esta inhabitación generada entre el Padre y el Hijo, y la vital participación del Espíritu Santo en esta figura vegetal planteada por el cuarto evangelio:

Si el sarmiento no tiene de la vid la savia que le proporciona la vida, como de una madre, ¿cómo producirá la uva, o qué fruto daría y de dónde? En efecto, ningún fruto de virtud germinará en nosotros si nos hemos apartado de la unión con Cristo. A los que estén preparados por el que puede saciarnos y nos nutre en la piedad, con la conducción y la gracia del Espíritu, como con un agua vivificante, les será fácil poder producir frutos138.

Esta participación pneumática en la vida de la vid que acontece en el sarmiento, tiene como objetivo final la generación de frutos, su ser fecundo en dicha relación. La vida que viene del Padre, el Espíritu, y que corre como savia por las entrañas de la vid, el Hijo, llega al sarmiento, el discípulo, para generar vida, fruto. El Espíritu Santo, es el artífice del vínculo no solo entre la vid, el viñador y el sarmiento, sino también entre los sarmientos mismos: “The lives of the members are woven together by the invisible bond of the Holy Spirit”139.

138 Cirilo de Alejandría, “Comentario al evangelio de Juan”. En Oden, La biblia comentada por los padres de

la iglesia 4b, 225.

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Por esta razón, la vida del discípulo no se puede comprender fuera de la dimensión trinitaria. De allí que el padre de la Iglesia siga afirmando:

al modo como la raíz de la vid sirve y distribuye a los sarmientos el beneficio de sus propias cualidades físicas, así también el Logos Unigénito de Dios dando el Espíritu infunde en los santos una especie de parentesco con su propia naturaleza y la de Dios Padre, a los que se les han unido por medio de la fe y de la perfecta santidad; los alimenta en la piedad y actúa en ellos el conocimiento de todas las virtudes y buenas obras140.

Esta inhabitación trinitaria, según Saturnino Gamarra, tiene sus raíces en las fórmulas joánicas de permanencia recíproca entre el discípulo y Jesús, evidenciadas en diferentes segmentos141:

Presencia recíproca con el Padre: dicha permanencia se manifiesta mediante la actitud discipular de guardar los mandamientos del Padre: “quien guarda sus mandamientos permanece en Dios y Dios en él” (1 Jn 3,24; 4,13.15.16).

“Estar” y “permanecer” como fórmulas referenciadas en reciprocidad, en referencia solo a una persona142.

Permanencia de Jesús en reciprocidad (Jn 15,6-7), a saber, “yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno” (17,23).

Textos que señalan la presencia del Padre en relación recíproca (1 Jn 2,5-6; 3,24; 4,4.12).

Las fórmulas que denotan ese conocimiento íntimo, a partir de la unión o comunión con la trinidad, por medio del verbo “conocer”, que según Capdevila, exponen la afinidad existente entre “permanecer en Dios” o “estar en” y “conocer a Dios”. Textos que hablan de “conocer” a Jesús en relación directa con sus discípulos,

“conozco a mis ovejas y las mías me conocen a mí” (Jn 1014), y a su vez desde su

140 Cirilo de Alejandría, “Comentario al evangelio de Juan”. Oden, La biblia comentada por los padres de la

iglesia 4b, 225.

141 Ver: Gamarra, Teología espiritual, 61.

142 “Estas formulas tienen el mismo valor que las formulas de presencia recíproca, de las que algunas veces son

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connotación negativa, “¿tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces Felipe?” (14,9).

El verbo “conocer” en referencia al Padre: “si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre; desde ahora lo conocéis y lo habéis visto” (14,7).

Aquellos enunciados que señalan el “tener a Dios”, evidenciadas en las expresiones como “poseer al Padre” (1 Jn 2,23); “tener al Hijo” (1 Jn 5,12); “poseer al Padre y al Hijo” (2 Jn 9); o negativamente, “no poseer al Padre (1 Jn 2,23); “no tener al Hijo” (1 Jn 5,12); y “no poseer a Dios (2 Jn 9).

Los textos que señalan la permanencia en relación al Espíritu Santo con “estar” o “permanecer” y “conocer”, por ejemplo Jn 14,17: “el Espíritu de la verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni conoce. Pero vosotros lo conocéis, porque permanece (menei) con vosotros y estará en vosotros”.

La expresión “morada” equivale a “permanecer” evidenciando la posesión vital en dicha relación, como es referenciada en Jn 14,23, cuando dice: “si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará; vendremos a él y haremos morada en él”.

Esta interrelacionalidad generada entre las tres divinas personas en conjunto con el discípulo que acoge dicha invitación, puede ser entendida de una mejor manera con una imagen que da claridad frente a esta inhabitación recíproca: la matrioska143 rusa.

143 Muñeca de origen ruso de madera, que tras su forma hueca y dividida por medio, esconde dentro de sí las

mismas figuras pero en dimensiones mas pequeñas, hasta llegar a la mas pequeña de todas. “Polyakova explica que el juguete recibió originalmente el nombre de matryona, que significa “madre”, pero sonaba tan serio que la gente empezó a usar su diminutivo, “matrioska”. https://www.aa.com.tr/es/cultura/matrioska-un- s%C3%ADmbolo-de-rusia/919400

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La figura de la matrioska logra dimensionar cada una de las fórmulas de inhabitación reciproca planteadas por la paroimía de la vid, el viñador y los sarmientos. La figura de menor proporción corresponde al discípulo-sarmiento, que en el llamado a permanecer en el maestro entraría en la figura de mediana proporción correspondiente a Jesús-Hijo-vid, que, a su vez, permanece en la figura de mayor proporción correspondiente al Padre-viñador, como la persona que acoge en sí el resto de personajes.

Esta imagen cobra sentido dentro de las dimensiones que destacábamos a propósito de la intuición de Secundino Castro144 y la apuesta de la teología espiritual de Saturnino

Gamarra al señalar la “vida en Cristo” como el núcleo central de la experiencia espiritual cristiana. Con todo, destacamos una dimensión mucho más profunda mediante la inhabitación recíproca. La misma intuición se evidencia en los abanderados de la mística cristiana. Santa Teresa, por ejemplo, considera que el Dios vivo y verdadero la habita145 y

desde allí la llena de mercedes:

Comenzó a inflamarse mi alma, pareciéndome que claramente entendía tener presente a toda la santísima Trinidad en visión intelectual (…). Entendía aquellas palabras que dice el Señor, que estarán con el alma que está en gracia las tres divinas Personas, porque la veía dentro de mí146.

San Juan de la Cruz, igualmente, parte de la idea de que Dios no falta nunca en el alma147 y esa presencia vivificante es trinitaria: “El verbo Hijo de Dios, juntamente con el

Padre y el Espíritu Santo, esencial y presencialmente está escondido en el íntimo ser del alma”148. Esta presencia divina y secreta en lo profundo del alma, trae al ser humano consuelo

y una “sensación” de abrazo, cobijo, en últimas de “permanencia”149 y se convierte en el

motivo de la bienaventuranza: “¡Oh, cuan dichosa es esta alma que siempre siente estar Dios descansando y reposando en su seno!”150. De modo que, dicha unión se completa y manifiesta

en la unión de las voluntades del discípulo con el maestro, justo en orden trinitario: “Y así,

144 Castro, Evangelio de Juan, 334.

145 Ver: Teresa de Jeús. Cuentas de conciencia 42. 146 Ibíd., 14.

147 Ver: Juan de la Cruz, Cántico Espiritual B 1, 8. 148 Ibíd., 1, 6.

149 Ibídem., Llama de amor viva B 4, 14. 150 Ibíd. 4, 15.

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todos los movimientos del alma son divinos; y aunque son suyos, de ella lo son, porque los hace Dios en ella con ella, que da su voluntad y consentimiento”151.

A partir de estos dos testimonios frente a la inhabitación trinitaria en el ser humano, y la preponderancia de esta dimensión en el estudio de la vida en Cristo, podemos determinar tres conclusiones importantes152: en primer lugar, es de esencial importancia adentrarnos en

el tema de la inhabitación trinitaria dentro del marco de la vida en Cristo para dar razón de la vida cristiana, razón de ser del “permanecer”. En segundo lugar, la inhabitación recíproca tiene una fundamental repercusión dentro de la espiritualidad cristiana, no como un elemento de añadidura dentro de la existencia del cristiano sino como parte de su identidad, es un elemento innegociable dentro de la experiencia discipular, “una espiritualidad que parta de la identidad cristiana no puede no contar con la inhabitación”153, siendo este el despliegue de

nuestro campo semántico. Y finalmente, es preciso señalar la dimensión antropológica de dicha inhabitación que se da en la reciprocidad, ya que afecta “la relacionalidad del hombre, toca lo profundo de la persona”154, es decir, Dios recrea al ser humano desde dentro

permaneciendo en él.

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