Lo dicho hasta ahora no era más que una consideración previa; su objetivo no era otro que conducirnos al culto cristiano. Es ahora cuando entramos en materia. Pues los cristianos no rendimos culto a cualquier Dios; el culto que celebramos no es un culto cualquiera, no es un culto como el que pueden celebrar también los no cristianos y los paganos. De ahí haya que andarse con cuidado cuando se asumen o copian formas cultuales de otras religiones, como en la actualidad, por desgracia, a menudo ocurre irreflexivamente. La fe cristiana se dirige al Dios de Abrahán, Isaac y Jacob, al Dios de Jesucristo, o sea, al Dios que a través primero de Abrahán, Moisés y los profetas y luego, definitivamente, a través de Jesucristo, su cruz y su resurrección se ha revelado en la historia como nuestro Dios y como el único y verdadero Dios.
Del culto judío-cristiano forma parte constitutiva el recuerdo: la remembranza de la vocación de Abrahán, la manifestación de Dios en la zarza ardiente, la revelación durante el éxodo de Egipto y en el paso del mar Rojo, la revelación en el Sinaí con la entrega de los diez mandamientos. Al fin y al cabo, Jesús fundamenta el culto cristiano con la exhortación: «Haced esto en memoria mía» (Lc 24,19; 1 Cor 11,24s). Así pues, el culto cristiano gira en torno a la memoria passionis et resurrectionis Christi, la memoria de la pasión y resurrección de Cristo.
La rememoración cultual no solo es, sin embargo, rememoración subjetiva, recuerdo subjetivo, como la remembranza que hacemos con ocasión de determinados aniversarios de nuestros padres o determinados acontecimientos históricos (la fundación de nuestra ciudad, el final de la Segunda Guerra Mundial, etc.). La celebración de los aniversarios se ha puesto otra vez de moda. En sentido bíblico, recuerdo (zeker,
anámnēsis, memoria) significa hacer objetivamente presente mediante determinadas
acciones sígnicas. Así, para los judíos, el éxodo de Egipto devenía realmente actual en la celebración de la Pascua. Para nosotros los cristianos, en la celebración de la eucaristía o de la Cena se hacen realmente actuales la muerte y la resurrección de Jesús. «Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ven Señor Jesús», decimos o cantamos en la liturgia católica.
En el culto divino celebramos que creemos. El culto divino es celebración de la fe, es fe celebrada. Por eso, del culto divino forman parte, por un lado, la palabra, las lecturas de la Sagrada Escritura y su exégesis en la homilía, a través de la cual el hecho salvífico del pasado es actualizado rememorativamente en la palabra e interiorizado en el corazón; y, por otro, las acciones sígnico-sacramentales, que hacen presente en el símbolo el hecho pasado. Un culto divino sin lectura de la Sagrada Escritura y sin homilía es hoy impensable en el catolicismo. Y a la inversa, constatamos agradecidos que en la liturgia protestante actual vuelven a realizarse con mayor claridad signos sacramentales. Así, la antigua distinción y contraposición de la Iglesia protestante como Iglesia de la palabra y la Iglesia católica como Iglesia de los sacramentos se ha tornado entretanto obsoleta. Jesús dice, en efecto: «Haced esto en memoria mía». Se trata, pues, de una
rememoración que al mismo tiempo es predicación. «Siempre que coméis este pan y bebéis esta copa, anunciáis la muerte del Señor hasta que vuelva» (1 Cor 11,26). El culto divino pretende interpelar con ello no solo al entendimiento, sino a todo el hombre corporalmente constituido.
Hay todavía otro aspecto ecuménicamente importante. El redescubrimiento del sentido bíblico originario de memoria supuso toda una sensación ecuménica. Pues en el siglo XVI existieron dos controversias especialmente acaloradas. Una tenía que ver con la justificación por la fe sola y, en este contexto, con la relevancia de las obras buenas; la otra giraba en torno a la misa, que para Lutero era «la mayor y más terrible atrocidad», una «idolatría papal». Y añadía: «Así pues, estamos y eternamente estaremos separados y enfrentados» (Artículos de Esmalcalda, 1537). De modo análogo, en el reformado
Catecismo de Heidelberg (1563) se dice de la misa que es «una negación del singular
sacrificio y pasión de Jesucristo y una maldita idolatría» (Pregunta 80).
¿A qué se deben estas palabras tan duras? Lutero no pretendía negar con ellas la presencia real de Cristo en el pan y el vino. Antes bien, en el diálogo que mantuvo con Zuinglio en Marburgo defendió con énfasis la doctrina de la presencia real. En este sentido no existe ningún problema fundamental con Lutero y los luteranos (salvo por lo que respecta a la presencia duradera), pero sí con las ramas de la Reforma de impronta calvinista y zuingliana. Si en la actualidad hubiera más luteranos auténticos, estaríamos considerablemente más avanzados a este respecto. El problema que inquietaba a Lutero era otro. Él veía en la doctrina de la misa como sacrificio un cuestionamiento y una negación del sacrificio singular de Jesucristo en el Gólgota. Lo que a él le importaba era, pues, el carácter definitivo y suficiente del sacrificio de la cruz. Esto era en sí una preocupación justificada, pues la singularidad del sacrificio de la cruz es enseñada con énfasis por la Biblia (cf. Heb 9,26s; 1 Pe 3,18).
Esta controversia está hoy superada en lo esencial, gracias a Dios. Con ayuda de la comprensión bíblica de memoria cabe mostrar que la misa no representa un nuevo sacrificio ni un complemento del sacrificio de la cruz ni siquiera una repetición de este, sino la actualización del sacrificio realizado de una vez por todas en la cruz por Jesús. Tal actualización no la llevamos a cabo nosotros, no es obra nuestra. Acontece en el Espíritu Santo, al que invocamos en la epíclesis en pasajes decisivos de la liturgia y pedimos que descienda sobre los dones del pan y el vino. Es él quien realiza la consagración y la actualización de la cruz y la resurrección. Al respecto existe en la actualidad un consenso básico. De ahí que las Iglesias reformadas hayan declarado entretanto que la acerada crítica del siglo XVI no se considera ya adecuada, al menos por lo que concierne a la actual concepción católica. Este es un importante avance ecuménico, cuya trascendencia no es posible exagerar y por el que hemos de estar agradecidos de corazón.
Hoy tenemos otro problema, en gran medida común. Muchos quieren entender la eucaristía o la Cena solo como una comida y no le reconocen ya el carácter sacrificial, ni siquiera en el sentido que acabamos de explicar; con frecuencia afirman incluso no poder ya soportarlo. Esto es difícilmente conciliable con el testimonio bíblico. Pues el carácter
sacrificial está inequívocamente atestiguado en los relatos bíblicos de la última cena, por ejemplo cuando se habla del cuerpo entregado por nosotros y de la sangre derramada por nosotros (cf. Mc 14,24; Lc 22,19s, en referencia a Ex 24,8). Mediante su sacrificio, actualizado en la eucaristía, Jesucristo se solidariza con el gran número de los apaleados, humillados, asesinados en la historia hasta nuestros días.
El culto divino no puede ocultar esta realidad y simular un paraíso burgués. De ahí que hacer de la eucaristía o de la Cena una mera comida o incluso un banquete sea una relativización o aburguesamiento de la eucaristía, cuando no una banalización. Por eso tengo mis reservas ante mucho de lo que se hace pasar por Cena eucarística. No debemos robarle su seriedad a la eucaristía ni convertirla en una gracia barata (Dietrich Bonhoeffer).
El Viernes Santo lleva, sin embargo, a la Pascua y solo a la luz de esta puede ser entendido adecuadamente. La cruz actualizada en la eucaristía es la cruz pascualmente transfigurada. La celebración de la eucaristía o de la Cena no debe, por consiguiente, asemejarse a un funeral, sino que ha de tener un carácter pascual festivo y alegre. La cruz se hace presente como signo de esperanza. En el famoso himno de Venancio Fortunato Vexilla regis prodeunt [Las banderas del rey se enarbolan] (siglo VI) se dice: «¡Salve, oh Cruz, única esperanza nuestra!». Y de modo análogo rezamos en la liturgia del Viernes Santo: «Tu cruz adoramos, Señor, y tu santa resurrección alabamos y glorificamos. Por el madero ha venido la alegría al mundo entero».
La anámnēsis o memoria deviene así anticipación, la memoria passionis se convierte en memoria futuri, en recuerdo anticipativo de la transfiguración futura. Todo acto de culto divino es una celebración pascual; todo domingo, una pequeña Pascua. El culto divino puede ayudarnos a mirar lo terrible que a diario vemos en el mundo a la luz de la cruz y la resurrección y a no perder la esperanza en relación con ello. La esperanza escasea en la actualidad. Pero sin esperanza nadie puede vivir. Así pues, a nosotros, que hemos devenido tan pusilánimes y derrotistas, el culto divino nos hace falta doblemente.