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“Make me plastic Make me beautiful”: Questing for Femininity

Esta doctrina, la última ecofilosofía a ser considerada, se construye bajo la inspira- ción central de que los problemas ecológicos tienen que ser vistos como problemas sociales y, específicamente, como el resultado de las jerarquías. Al contrario de la ecología profunda, el bioregionalismo y el esencialismo ecofeminista, la ecología social es in- trínsecamente radical: comienza con la crítica social y concluye ésta con la perspectiva de una transformación política.

Entonces, ¿por qué éste no es un libro inscripto en la tradición de la ecología social? Como la veo, la razón es en parte teórica y en parte una función de la forma en que los movimientos políticos la han puesto en práctica. La distinción teórica parte del hecho de que la ecología social ha tendido a mirar la jerarquía, en sí misma, tanto como una especie de pecado original como la causa eficiente de la crisis ecológica. Se evita el camino particular trazado en la presente obra, que comienza con la dominación de género y se mueve hacia la clase y luego, eventual mente, hacia el capital, en favor de cubrir con un manto de condena a cualquier relación humana en que una persona a tiene autoridad sobre la persona b. Olvida que hay formas racionales de autoridad, como en la relación docente-estudiante, que se asienta en el verdadero hecho humano- natural de que nuestro joven ha venido desvalido al mundo y necesita la trasmisión de la cultura si quiere convertirse en humano. Lo que hace a una jerarquía un valor a ser derribado es su carácter de dominación, dado que ésta significa una expropiación de la fuerza humana para propósitos de autoengrandecimiento. Las relaciones de domina- ción necesitan contrastarse con las relaciones diferenciadas de autoridad, que son recí- procas y mutuas (de modo que una estudiante puede mirar hacia adelante para conver- tirse algún día ella misma en docente). Lo que significa esto en la práctica es que las jerarquías y las autoridades tienen que ser examinadas en concreto, para ver si son justas o no. Y esto a su vez requiere que ellas sean estimadas en términos de alienacio- nes específicas de la fuerza creadora humana, que ocurren en distintos asentamientos históricos. Con este objetivo, los conceptos de género y de clase, que conectan a los individuos reales con la historia y la naturaleza, son muy aptos. Como lo es la idea de la producción como la característica definida de la naturaleza humana.

Estos puntos más bien abstractos son los que otorgan sustancia a los contornos políticos reales de una ecofílosofía como la ecología social. La ecología social continúa el proyecto anarquista, una tradición con muy pocas almas nobles en su lista, y también algunos picaros, cuyo principal programa de acción ha sido la defensa de la comunidad y el ataque al poder del estado." El anarquismo incorpora la espontaneidad y la acción directa junto con los valores comunitarios. Se desarrolló en el siglo XIX como una alternativa ante el socialismo marxisla, al que continúa oponiéndose. Desde las revela- ciones del potencial centralista, burocrático y autoritario del socialismo del siglo XX y su consiguiente derrumbe (a ser analizado en el capítulo siguiente), el anarquismo ha ganado un apoyo renovado en la izquierda. Evidenció una influencia decisiva en la emergencia, posterior a Seattle, de los nuevos movimientos contra la globalización, en cuyas demostraciones tuvo un papel relevante. Esta corriente pone el acento en la ac- ción directa, que es un componente necesario, aunque no suficiente, de cualquier ecopolítica radical, pero permanece muda ante la cuestión de la construcción de una sociedad ecológica más allá del capital.

La ecología social está menos interesada en un movimiento de acción directa que en una apropiación de los valores comunitarios inherentes al anarquismo. Este también se ha vuelto integral a los varios movimientos verdes, en los que el anarquismo, y en especial su forma ecológico-social, han jugado un papel vital. Pero el rechazo de los modos socialista y marxista de enfocar la crisis ecológica sacrifica demasiado. En su período de formación, la ecología social tendió a restar importancia a la meta de cargar contra el sistema mundial capitalista, en toda su masiva obstinación y penetración de los mundos vitales. Los anarquistas y los ecologistas sociales declaran generalmente ser anticapitalistas, pero no analizan el capitalismo en sus raíces de dominación del trabajo. De modo semejante, subrayan correctamente la necesidad de superar la domi- nación sedimentada en el estado, pero pasan por alto (principalmente, me temo, por su hostilidad al marxismo) el hecho de que la principal función del estado es asegurar el sistema de clase. Y ciertamente, que las dos estructuras -clase y estado- son absoluta- mente dependientes una de otra. De este modo, si el estado es un problema principal, en la misma forma que lo es el sistema de clases, y se evita la confrontación con este último -lo que significa en la práctica evitar el otorgamiento de una importancia central a la emancipación del trabajo-, tiende a viciarse y a perder concreción la lectura anarquista de las cosas.

Habiendo dicho demasiado, sólo resta subrayar que esas dificultades no son tenidas en cuenta por mi parte como una contradicción antagónica entre las posiciones de la ecología social -o por cierto, de cualquier formación anarquista- y la posición aquí expuesta. Quienquiera comience con un rechazo radical del orden dado, la combine con la afirmación de la libertad para todas las criaturas,38 y asuma humildemente el

reconocimiento de las imperfecciones de todos los movimientos en relación con nues- tra tarea, se sitúa en posición de combate contra la crisis ecológica. Dentro de estas fronteras debe llevarse adelante la confrontación de ideas. En verdad, todos estamos escudriñando una visión transformadora profunda y amplia que no puede subsumirse bajo los rótulos de las luchas pasadas. Por consiguiente, todos debemos ser capaces de acordar en que el sectarismo es un enemigo.

En cierto grado, estos problemas fueron planteados por Murray Bookchin, quien conjugó el anarquismo con la conciencia ecológica en la década de 1960 y emergió de esa fructífera década con la ecología social entre sus manos. Tan carismático como brillante, pero también inflexiblemente dogmático y sectario, Bookchin fue tanto el creador de la ecología social como responsable de su abandono en un cul-dc-sac. Hay en eso razones estructurales que se extienden mucho más allá de cualquier falla indivi- dual. Cuando al principio Bookchin anunció la ecología social -ciertamente, cuando los movimientos ambientalistas radicales y liberales estaban en alza- estábamos en el vér- tice entre el capitalismo afluente, expansivo y fordista del período 1945-70 y el furor de la actual era neoliberal. Bookchin lanzó su ecología social con su Post-ScaivityAnarcliism de 1970, y tanto el título como la fecha de esta obra son reveladores. Aún no se había experimentado la extensión de la crisis ecológica, lo que permitía una relativamente fácil sensación de Utopía. Tampoco se había experimentado el colapso del comunismo soviético, ni la globalización había establecido al capital como el señor supremo del mundo. Hoy las cosas son extremadamente más claras y ello ha movilizado a la ecología social en una dirección crecientemente anticapitalista, mientras la dirección emergente de «lo que tiene que hacerse» está precipitando a todas las ecoíilosol'ías hacia una nueva síntesis radical.w

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