3.3 Integrating multiple EPD
3.3.2 Making environmental data available as linked data
Ya hemos visto en el apartado anterior cómo la conciencia de muerte otorga al hombre su humanidad.
El ser consciente de su propia finitud convierte al hombre en tal, es la esencia del ser humano y lo que le distingue del resto de los seres vivos. Del pensar acerca de esta esencialidad del hombre, del ser y del no ser, se ha dedicado siempre la madre de todas las ciencias, la Filosofía, incluida la joven Psicología.
“La filosofía necesita tanto de la muerte como las religiones, si filosofamos es porque sabemos que moriremos, monsieur de Montaigne ya dijo que filosofar es aprender a morir” (Saramago, 2005).
Los primeros filósofos presocráticos ya se interrogaban acerca de las grandes cuestiones del hombre, ¿quién soy?, ¿de dónde vengo?, ¿hacia dónde voy? Grandes nombres de la historia de la filosofía son recordados por intentar dar respuesta a estas cuitas. Parménides y sus disertaciones sobre lo que es y lo que no es (Kirk, Raven y Schofield, 1994). Heráclito, por el contrario, con una visión más positiva del devenir humano y su panta rei (todo fluye), que no deja de ser un primer intento de negar la muerte y la finitud del hombre a través de su continuidad en la transformación. Platón, que abre las puertas a la espiritualidad y sentará las bases para el más acérrimo dualismo cartesiano, con su creación del alma, diferente y desligada en ciertos momentos del cuerpo, físico.
Y desde estos inicios la filosofía ha seguido perpetuándose en una búsqueda de sentido último a nuestra existencia como hará Frankl y la filosofía antropológica.
El hombre necesita dotar de sentido a la muerte y lo hace a través de la vida. La muerte marca el final de la vida, la meta, el último paso, y es desconocida e imposible para el vivo, por lo que genera ansiedad, miedo, a lo desconocido.
El hombre crea la ciencia con tres máximas siempre presentes, conocer, explicar y predecir los fenómenos que acontecen en nuestra realidad. Pero la muerte se escapa a nuestro entendimiento puesto que no podemos vivenciarla, no forma parte de nuestra realidad sino a través de la muerte del otro. Aunque en un determinado momento de nuestra existencia la muerte se vuelve propia, el miedo a la muerte de los demás se transforma en miedo real y amenazante de nuestra propia vida. Aquí, en la parcela de la realidad de nuestra propia existencia no tienen cabida los estudios de muerte tal y como los concebimos desde una perspectiva científico positiva. El hombre no puede aprehender físicamente la muerte, no puede experienciarla en primera persona. Ante la imposibilidad de este conocimiento real de la muerte y la enorme ansiedad que la incertidumbre genera en el hombre nacen las creencias y forma máxima de éstas es la religión.
La religión llega allá donde no llega a experimentar la ciencia y allá a donde no alcanza a comprender la filosofía. La religión crea, genera, toda una serie compleja de explicaciones, realidades y mundos, que intentan paliar la inquietud generada por la incertidumbre. Elias (1987): “no existe idea alguna, por extraña que parezca, en la que los hombres no estén dispuestos a creer con profunda devoción, con tal de que les proporcione alivio ante el conocimiento de que un día ya no existirán, con tal de que les ofrezca la esperanza de una forma de eternidad para su existencia” (en Tomás- Sábado y Gómez-Benito, 2003). La religión no prepara para un bienestar en esta vida, especialmente la cristiana, sino para una buena transcendencia
Tomás-Sábado y Gómez-Benito (2003) avisan del error metodológico de confundir espiritualidad y religiosidad. Ellos entienden espiritualidad como una constructo caracterizado por niveles altos de satisfacción vital, un elevado sentimiento del significado de la vida, creencia en la otra vida y grado de certeza de otra vida después de la muerte que no estaría sujeta a afiliación religiosa concreta. Mientras que la religiosidad estaría más relacionada a prácticas y rituales asociados a una filiación religiosa concreta.
En nuestro caso por nuestra situación geográfica y cultural nos centraremos en el cristianismo, ya que es la religión mayoritaria en nuestro entorno. Y más especialmente teniendo en cuenta la idiosincrasia de la población andaluza y a la que
aluden diversos autores. García Chicón (1991) nos habla en La muerte en la cultura
andaluza de alguna de esas características definitorias del trato del andaluz con la
muerte.
Se nos dice que la muerte tiene una preeminencia destacada en la cultura andaluza. Los lutos, observados rigurosamente hasta un cercano pasado, hacían visible la muerte. Los funerales eran eventos sociales de amplio reconocimiento. Las iglesias se abarrotaban para asistir al último adiós al difunto con fieles a los que no se volvía a ver por allí hasta el próximo sepelio. El muerto cobra una especial importancia tras su partida y su memoria es venerada y respetada. Imagen de este respeto y veneración por los muertos es la importancia que adquieren socialmente fechas señaladas como El Día de los Difuntos. Esta serie de consideraciones no tomarían aquí la relevancia que merecen, y no pasarían de ser una mera reseña cultural, si estudios recientes, como los de Colell (2005), no hubieran encontrado señales de estos rasgos definitorios.
Pero los trabajos realizados hasta el momento no dan una respuesta clara acerca de la verdadera relación que existe entre la religión y la ansiedad ante la muerte que intenta paliar.
Numerosos autores han encontrado una correlación negativa entre el miedo a la muerte y las creencias religiosas (Templer, 1972; Feifel y Nagy, 1981; Fehring, Miller y Shaw, 1997); otros no han encontrado una relación clara (Feifel, 1974; Raja Hernández et al. 2002) y otros incluso han encontrado una correlación positiva (Templer y Ruff, 1975; Young y Daniels, 1981) (en Schmidt, 2007). La creencia en la existencia de Dios y la creencia en la vida después de la muerte también muestran correlaciones negativas con la ansiedad ante la muerte y, por el contrario, correlaciones positivas con la aceptación de la muerte en Harding et al. (2005) (en Uribe-Rodríguez et al., 2008). En Sullivan (2003) se afirma que la literatura sugiere que las creencias religiosas pueden proteger frente a la desesperanza al final de la vida, pero no la práctica religiosa.
Además pasamos por un proceso de laicización descreída, en la que los hombres cada vez creen menos, con una baja espiritualidad, constantes crisis de valores, etc. Pérez-Delgado y Mestre (1993) nos hablan de que el hecho de alcanzar
los principios para el desarrollo del pensamiento moral en los jóvenes trae aparejada una crisis por lo religioso. Los jóvenes ya se sienten preparados para “andar solos” y desechan las férreas directrices de la religión convencional y las débiles señales de la alternativa espiritual. Sin embargo conforme nos hacemos mayores somos más proclives a explorar ideas sobre espiritualidad y nuestra propia mortalidad (Gavin, Galupo, y Cartwright, 2009).
De estos trabajos lo que realmente se desprende es que lo verdaderamente importante no es la religión, sino creer. Creer en algo o en la nada, pero tener la convicción que aniquile la incertidumbre es lo que realmente correlaciona negativamente con la ansiedad ante la muerte. El hombre genera el pensamiento mágico religioso, al igual que la ciencia, para aprehender aquellas realidades que le son desconocidas y que en tanto así son la raíz vehicular de las ansiedades, de miedos. Encontrar un sentido a nuestra propia existencia, dará un sentido a la muerte, y ese será el máximo factor protector contra la ansiedad y el miedo a la muerte. Durlak (1972) informó que los sujetos para los que la vida tenía un propósito y significado mostraban menos miedo a la muerte y actitudes más positivas y de aceptación hacia la misma; Quinn y Reznikoff (1985) encontraron niveles de ansiedad hacia la muerte más elevados en aquellos sujetos que manifestaron no tener una sensación de propósito en sus vidas (en Schmidt, 2007).