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4. SOCIAL MOBILIZATION AND ORGANIZATION DEVELOPMENT METHODOLOGY

4.5. Management Transfer Phase

4.5.2. Management Implementation

La B12 o cobalamina es una vitamina hidrosoluble de origen bacteriano. Sí, has leído bien. No es de origen animal: la sintetizan bacterias.

Sus funciones son esenciales: la B12 es necesaria para mantener el funcionamiento correcto del cerebro y del sistema nervioso, así como para la eritropoyesis o formación de los glóbulos rojos sanguíneos. También está implicada en la síntesis de ADN y en el metabolismo de las proteínas.

Los alimentos en los que encontramos vitamina B12 biodisponible, es decir, en un formato aprovechable por nuestro organismo, son los alimentos de origen animal: carnes y derivados, pescados y mariscos, huevos y lácteos. La miel, a pesar de ser un alimento de origen animal, no tiene B12.

Hay alimentos de origen vegetal que se citan con frecuencia como fuente de B12: las algas, especialmente la espirulina; la levadura de cerveza, los fermentados, etc. Es muy importante saber que estos productos no contienen la forma de B12 activa apta para el organismo humano, sino que contienen corrinoides o análogos de B12 que son suficientes para el crecimiento bacteriano, pero no para las funciones de nuestro metabolismo.

Además de no ser activos, estos análogos de B12 pueden entorpecer la absorción de la B12 activa y falsear una analítica, como veremos.

Es cierto que algunos estudios han encontrado B12 activa en el alga nori (3) fresca y también en el alga chlorella (4). Pero para considerarlas como fuente segura de B12 nos falta confirmación y sobre todo usabilidad. A día de hoy no son un recurso realista para el vegetariano occidental.

El estudio sobre la chlorella como fuente biodisponible de B12 es muy reciente, de octubre de 2015, y en principio, en un primer vistazo, parece prometedor: es un estudio de intervención y, aunque la muestra no es muy

grande, sí que está bien diseñado.

Los test de laboratorio ya habían mostrado que la B12 contenida en la chlorella era la forma activa y no los análogos que encontramos en otras algas como la espirulina. Por ello los investigadores decidieron ir más allá y pasar la prueba de fuego, es decir, ver si consumiendo chlorella se podía remontar un déficit de B12 en humanos.

Los resultados fueron razonablemente buenos, aunque la estadística podría ser discutible, como me señaló Eduard Baladia, que de esto sabe un rato: en cinco de los diecisiete participantes en el estudio, los resultados no fueron los esperados y no nos indican el motivo. Aun así, los investigadores concluyen que la chlorella puede ser una buena fuente natural de B12 biodisponible, aunque haría falta replicar el estudio en una muestra más grande de población.

Además, en ese estudio hay que señalar los conflictos de interés, ya que el trabajo lo pagó la Sun Chlorella Corporation y, a pesar de que se trata en principio de un estudio bien hecho y bien diseñado, es una información que hay que tener en cuenta a la hora de ver cómo se presentan los resultados, que quizá lo hacen de forma demasiado optimista, dado el tamaño de la muestra y la significancia estadística.

Por tanto, aunque el resultado es interesante, a la hora de la verdad no tiene mucha utilidad por el momento.

La B12 también se encuentra presente en la tierra y, por tanto, las verduras sin lavar pueden tener algo de B12. Pero, evidentemente, aconsejar consumir verduras sin lavar como fuente posible (ni siquiera segura) de B12 parece poco menos que una locura, ya que nos arriesgamos a contraer infecciones y enfermedades. Muchas verduras, incluso las de cultivo ecológico, contienen restos fecales provenientes de abonos y del agua de riego, así como parásitos y restos de pesticidas. A nadie en su sano juicio se le debería ocurrir dar una recomendación semejante, ni seguirla.

Puede que os estéis preguntando, y con razón, de dónde obtienen su B12 los animales herbívoros. En un entorno natural ellos sí que comen sus vegetales sin lavar, evidentemente. Pero en un entorno de cría industrial, la B12 que consumen proviene de la suplementación de los piensos.

Es decir, aquí y ahora, nos suplementamos todos, de forma directa o indirecta, salvo aquellos que solo consumen productos de animales criados en libertad y comiendo pasto, que es una pequeña minoría.

Así que criticar la suplementación de B12 diciendo que es algo poco natural mientras estamos sentados en un sofá, llevando zapatos, con luz eléctrica

encendida y un smartphone en el bolsillo parece un poco raro. Y si encima nuestra B12 proviene del mismo suplemento que la de un vegetariano, pero administrado a los animales que me como, ya roza lo ridículo.

A pesar de todo, las personas vegetarianas creen en su mayoría que tomar un suplemento de B12 es un perjuicio nimio y totalmente asumible. Cuando somos conscientes de las implicaciones éticas, políticas, económicas, filosóficas y medioambientales de la dieta vegetariana, usar la B12 como ataque en un mundo como este parece un recurso a la desesperada. A la desesperada por justificar ¿qué? Eso es lo que me gustaría que respondieran los atacantes, ¿qué queréis justificar en vuestra conciencia cuando en un mundo totalmente alejado de lo natural, con una política alimentaria como la que tenemos, os parece criticable consumir un suplemento y no perpetuar el sistema?

No tengo respuestas lógicas para eso. De hecho, me parece que ni existen. Así que continuemos. Vamos a ver un poco mejor qué hace la B12 en nuestro cuerpo.

Absorción de la B12

La B12 contenida en los alimentos se encuentra unida a proteínas. La acción del ácido clorhídrico y de la pepsina (enzima que hidroliza proteínas) en el estómago hacen que la B12 se separe de esas proteínas a las que viene unida y se una a otras proteínas llamadas cobalofilinas o proteínas fijadoras de la B12. De ellas se libera a su vez cuando actúan las proteasas pancreáticas ya en el intestino delgado. La función de las proteasas es romper las proteínas en trozos más pequeños para permitir que sean digeridas. En ese momento, si las condiciones de PH son favorables, la B12 se une al factor intrínseco (FI) formando un complejo que es reconocido por receptores específicos del íleon terminal (una parte del intestino delgado) donde se absorbe y, ya dentro de las células del intestino pasa a la TC2 (transcobalamina 2), que es la proteína que se encarga de transportar la B12 por el organismo y llevarla a donde se la necesita.

Esto sucede así cuando hablamos de dosis fisiológicas, que son las cantidades de B12 contenidas en los alimentos o incluso en la suplementación diaria. Pero si hablamos de dosis farmacológicas (de 1.000 microgramos o más) la absorción ya no depende del factor intrínseco y la B12 se puede difundir atravesando directamente la barrera intestinal y apareciendo en sangre mucho antes que por la ruta anterior. Esto se puede aprovechar en individuos

con problemas de absorción (5) y así se evitaría tener que inyectar la B12, ya que la suplementación a dosis farmacológicas ha demostrado ser igual de eficaz (6), incluso en pacientes gastrectomizados (7) (personas a las que por algún motivo se les ha tenido que extirpar el estómago o una parte de él).

Por tanto, de cara a garantizar la absorción, la dosis farmacológica es la más segura.

¿Cómo podemos saber si un

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