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ALTERNATIVOS AL ESTADO NACIÓN CAPITALISTA
EN BOLIVIA
Geidy Morfa-Hernández1
INTRODUCCIÓN
La construcción de horizontes futuros de emancipación política plural en Abya Yala ha tenido como trasfondo histórico la lucha de las socie- dades subalternas por el reconocimiento y la participación real en la conducción de su vida y sus destinos políticos, sociales, económicos, culturales. La discriminación y la segregación son elementos claves, desde hace más de 500 años, para la subordinación de las mayorías ori- ginarias y de las sociedades no hegemónicas en países multisocietales. Las prácticas discriminatorias constituyen partes esenciales del sistema capitalista.
La acumulación creciente de ganancia comprende que la discrimi- nación disminuya dos tipos de costos: los costos políticos, dada la seg- mentación por categorías sociales y los costos productivos asociados a la diferencia salarial a amplios sectores etnizados, racializados, etc., por igual trabajo en un sistema meritocrático (Balibar & Wallerstein, 1991; Wallerstein I, 2005; 2010). Enfrentarse a la discriminación implica tra- zar horizontes de construcción de estructuras sociales más allá del siste- ma capitalista. En sociedades plurales y pluriétnicas, la lucha por el re- conocimiento real y profundo pasa por un desafío a la lógica capitalista
1 C. PhD. en Ciencias Sociales y Políticas, Universidad Iberoamericana de la Ciudad de México. E-mail: [email protected]
y por un desafío a la forma estatal que conserva su estructura, ya sea en su versión estadocéntrica o mercadocéntrica. Horizontes de construc- ción plural que disputan al Estado las formas elitistas y discriminatorias de hacer política frente a prácticas participativas, democráticas y comu- nales, la distribución desigual de la riqueza social, las visiones monoét- nicas y homogéneas de producir y reproducir la vida legitimadas por el capitalismo.
En Bolivia, un territorio multisocietal, las luchas históricas contra la discriminación en todas sus formas de segregación social, política, eco- nómica y cultural articularon proyectos políticos de construcción de horizontes alternativos a las lógicas estatales capitalistas y a las diversas formas de colonialismo interno. Durante el ciclo reivindicativo de 2000- 2005, se articulan proyectos/horizontes de construcción común a partir de una reconfiguración de la forma Estado que tuvo como condición de posibilidad el Pacto de Unidad y como experiencia práctica de coordina- ción autogestiva la Coordinadora del Agua. Con el ascenso de Evo Mora- les Ayma a la presidencia, al frente del Movimiento al Socialismo (MAS), comienzan a desarrollarse formas presidencialistas y monárquicas de uso del poder (Tapia, 2014) apoyadas en una estructura estatal heredada del neoliberalismo, que no sufrió cambios profundos a pesar de la fuerte de- manda social por su reconstitución bajo un presupuesto común.
El potencial reivindicativo del ciclo anterior con un horizonte de lucha plural, autogestiva, contrahegemónica, en esencia se podría comprender como antisistémico, se ha visto atomizado, desarticulado por las múlti- ples estrategias desde el poder para disminuir los costos del enfrenta- miento político y el control societal. El horizonte que se miraba como condición de posibilidad para los múltiples sujetos/organizaciones /mo- vimientos protagonistas de las revueltas creativas del 2000 al 2005, se ha difuminado. El ciclo progresista en la región presentó este horizonte como una trampa dicotómica donde se mostraba el horizonte de posibi- lidad encasillado en el ritmo electoral y las alternancias gubernamentales partidistas. Discursivamente las alternativas se plantean desde una visión maniquea de la política con solo dos alternativas: una izquierda bastante conservadora, que adoptaba prácticas autoritarias y coqueteaba con los grandes poderes económicos, y una derecha neoliberal conservadora.
Ante lo anterior, es primordial analizar en esta ponencia los rasgos de construcción de horizontes alternativos en enfrentamiento al Esta-
do nación capitalista y sus formas latentes en Bolivia. Se comprende al Estado nación capitalista como una estructura heredada y mantenida en consonancia con el sistema mundo capitalista y que no ha sufrido cambios estructurales radicales desde el 2000 hasta la actualidad, que es el período que nos interesa analizar.
DESARROLLO
En los territorios zapatistas, es común escuchar la frase “Ya se mira el horizonte…”, como esa forma de contemplar/actuar el camino recorri- do teniendo en cuenta a los otros, preguntando por los pasos ya dados para aprender de ellos. El horizonte de emancipación implica un pen- samiento/ sentimiento/acción nacido a partir de una reflexión situada como sujetos históricos activos, desde el presente producto de un pasa- do histórico, y que permite una proyección hacia el futuro. Se trata de un horizonte de lucha que permite posicionarse históricamente en un contexto para reflexionar desde lo político-sociocultural a los agentes de transformación y su praxis destinada a un cambio contrahegemónico.
En esta ponencia nos interesa fundamentalmente la producción his- tórica contextual de otra política destinada a un cambio social en rup- tura y desafío con las lógicas del sistema capitalista. Se parte del hecho histórico constitutivo de los Estados nacionales capitalistas y su parti- cularidad latinoamericana. Para Balibar y Wallerstein (1991), las formas ideológicas discriminadoras como el racismo, el sexismo, el naciona- lismo, el género, la etnicidad, entre otras, constituyen prácticas esen- ciales del sistema capitalista. Estas categorías unen en la contradicción un discurso universalista sobre la igualdad con prácticas e imaginarios discriminatorios y segregadores que permiten la reproducción cons- tante y maximizada de la ganancia. El enfrentamiento de los sujetos subalternos, negados, a la discriminación, racialización, etnización y se- gregación política-sociocultural necesariamente implicaría un desafío al sistema y a su lógica, y con ello la capacidad de pensar otras formas de política y de sociedad, otro futuro más allá del capitalismo. Se trata, en este caso, de utopías emancipatorias que pueden articular proyectos políticos de futuro y desafiar las lógicas estatuidas que se reproducen en las formas de Estado, participación, deliberación y política.
El enfrentamiento a discriminación y la construcción de horizontes antisistémicos
La gran cuestión política y cultural del mundo moderno ha sido la forma de conciliar como un todo teórico la igualdad con la cada vez más aguda polarización de las oportunidades y la discriminación continua de las comunidades étnicas consideradas como “minorías” al interior del sistema. El racismo, el sexismo y el etnicismo funcio- narán como justificantes teóricos y prácticos para sostener la “infe- rioridad” de los individuos, que, según la lógica sistémica, no debe- rían ser incluidos como sujetos activos del todo social con capacidad para la toma de decisiones políticas y sociales. Estas categorías, más allá de la significación y justificación teórica sustentada en una con- cepción biologicista y culturalista, poseen un basamento político y económico como formas de fragmentar el enfrentamiento político clasista y etnizar la fuerza de trabajo.
Las relaciones de poder, la desigualdad, la exclusión y la dominación así como las visiones diferencialistas median y moldean las identidades. Lo anterior posibilita que muchas de ellas se configuren y se construyan desde la resistencia, el empoderamiento y el cuestionamiento a estas relaciones naturalizadas socialmente. Las relaciones de poder que se articulan desde la etnicidad no solo se concentran en la dicotomía do- minante/dominado, desbordando la misma para concretarse en un en- tramado social contradictorio que visualiza la tensión en la dominación y resistencia entre los diferentes grupos étnicos (Foucault, 1977).
La representación de la diferencia y la jerarquía como superioridad racial se sustentan en un discurso que recupera una historicidad de la diferencia sin ser en realidad un estado de cosas establecido, sino una invención ideológica para justificar la desigualdad. Lo anterior es a lo que Balibar y Wallerstein (1991) llamaron racismo sin raza o el racismo diferencialista de Pierre-André Taguieff (2001), o sea, prácticas racis- tas reproducidas social y políticamente sin un sustento lógico-biológico real y que funcionan dentro de la lógica sistémica del capital.
La igualdad impuesta por el Estado nacional moderno tiene límites tanto interiores como exteriores, sustentados en la concepción ima- ginada de comunidad nacional, que se materializan a través de an- tagonismos y muchas veces persecusiones a los que no pertenecen
o se resisten a pertenecer. Tanto el nacionalismo como la etnicidad responden a un proyecto capitalista y modernista de expansión y ar- ticulación. Héctor Díaz Polanco (2003) está de acuerdo en el vínculo existente entre el fenómeno étnico con la formación nacional, plan- teando que no se puede entender la especificidad de Latinoamérica, concretamente del problema indígena, sin atender la configuración histórica de las formaciones nacionales en la región. Para Díaz Po- lanco (2003), la heterogeneidad étnica de las formaciones nacionales latinoamericanas se concebirá como una especie de defecto e imper- fección a corregir poniendo el punto de mira hacia el desarrollo de los Estados nacionales europeos, que tuvieron un desarrollo evolutivo “lineal” y más “homogéneo”, donde primó la unidad por sobre las di- ferencias étnicas culturales.
La heterogeneidad constitutiva de las sociedades latinoamericanas esencialmente plurales económica, política y étnicamente se concibió como una herencia colonial que debía superarse a fin de lograr una identidad nacional homógenea “pura”, “moderna”, en el proceso de construcción de un Estado nación importado por las élites a imagen y semejanza de los europeos. “La aversión hacia lo indígena era directa- mente proporcional a lo que, potencialmente, su presencia significaba de contrario a los respectivos proyectos de sociedad futura que trazaban los grupos enfrascados en una disputa por la conducción de los nuevos Estados” (Díaz-Polanco, 2003: 34). Es así que la discriminación étnica constituye un elemento articulador de una identidad superior y homo- genizadora sobre la que se va a construir el Estado nación moderno, es- tableciendo fronteras de identificación nacional tanto al interior como al exterior de las mismas.
Se está planteando aquí el hecho de que estos grandes grupos de mano de obra etnizada son los que en su mayoría ocupan el más bajo escalón en los empleos formales, la mayoría de los trabajadores en em- pleos informales y de los que realizan “no trabajo”, contribuyendo todos a la reproducción del Estado y el capital.
En América Latina el sistema mundial capitalista junto a la ideología modernizadora, impuso la desigualdad como elemento central, tanto en la periferia del sistema como al interior de las sociedades depen- dientes del capitalismo global, mediante un sistema complejo donde
se combinan los elementos clasistas con la etnicidad y el racismo. La cuestión étnica en la región estaría vinculada a los debates sobre el lla- mado “problema del indio” (Makaran, 2017), donde se implantó un mo- delo de nación excluyente y homogenizante, relegando a las diferentes etnias autóctonas, comprendidas desde la contraposición civilización barbarie. En la conquista y colonización así como también durante la conformación de las repúblicas centroamericanas, la formación de la nación estuvo estrechamente vinculada con el racismo y la etnización de la población originaria. La historia de exclusiones en América Latina ha permitido articular resistencias, formas cotidianas de articular otros proyectos societales e imaginarios de futuro. Es lo que en Bolivia Luis Tapia (2006) analiza como el horizonte común que ha estado presente en las diversas luchas subalternas.
La última década significó un aumento en la participación de los pue- blos indígenas alcanzando una mayor visibilidad internacional a partir del Quinto Centenario de la conquista y colonización, que demanda- ba el fin de la exclusión, el despojo, la explotación y el colonialismo sufrido. Estas demandas fueron la base para plantear otras formas de entender el mundo, el poder y la política interpelando al Estado desde otras formas organizativas (Rodríguez, 2017). Uno de los referentes con- tinentales es el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), con la otra política y la autonomía ejercidas desde las Juntas de Buen Gobierno y los caracoles zapatistas.
Horizontes de lucha antisistémicos
Los horizontes de lucha pasan por estrategias cotidianas de resistencias políticas que se articulan históricamente y permiten organizar proyec- tos políticos desde otras matrices socioculturales para pensar modos de vida futuros, plurales, en común. Para Boaventura de Sousa Santos (2010), las comunidades indígenas de la región practican formas de demodiversidad, donde la lucha anticapitalista está adquiriendo una dimensión cultural densa y donde se comprende el capitalismo como obstáculo para desarrollar una vida plena, para pensar y recrear una vida plural en común frente a las prácticas discriminatorias de los Estados nacionales. Es lo que Luis Tapia (2008) llama “política nómada”, como
esos espacios establecidos por la sociedad y el Estado, configurados des- de un campo de fuerzas que se constituye en zona de conflicto social. Este tipo de política se conecta con la concepción de subsuelo político referida a ese conjunto de prácticas y discursos políticos que se elaboran a contrapelo del reconocimiento social y estatal, y surgen como formas de asociación, interacción y opinión acerca de lo político y el gobierno (Tapia, 2008). Esta alusión a lo subterráneo implica un más allá o un por debajo del Estado, en ocasiones enfrentado, negado, en otras tolerado mediante una especie de pacto de reciprocidad. Sin embargo, concebir la construcción de redes, movimientos y asociaciones desplegadas por debajo de la política establecida es útil para pensar a los sujetos, sus ar- ticulaciones, organizaciones, formas movimientistas como alternativa y como contrahegemonía.
Raquel Gutiérrez propone utilizar la categoría de “horizonte comu- nitario popular” para explicar el horizonte interior que guía las luchas de disputa por la reapropiación de la riqueza social colectiva en la cons- trucción de otros mundos posibles (2017: 19). El término de lo popular se vuelve ambiguo en el sentido de que ha sido utilizado frecuentemente por las corrientes ideológicas del nacionalismo, por lo que preferimos la utilización de categorías que aluden claramente al enfrentamiento con la lógica capitalista y estatal como horizonte contrahegemónico o antisistémico. Esta autora entiende el horizonte comunitario popular como:
…un amplio aunque a veces difícilmente expresable conjunto de esperanzas y prácticas de transformación subversión de las relaciones de dominación y ex- plotación, que se ha hecho visible y audible de diversas maneras en los Andes y Mesoamérica desde el amanecer del 94 y durante las luchas más intensas en la primera década del siglo XXI. Tales luchas han sido protagonizadas por los di- versos pueblos y movimientos indígenas en nuestros países (Gutiérrez, 2017: 19).
Ya los zapatistas se referían a estas construcciones subterráneas que permiten pensar otros/muchos mundos posibles desde el ejercicio de “otra” política en el aquí y ahora conectados al pasado histórico y pen- sando el futuro. El capitalismo en su fase neoliberal impulsa a pensar en otras formas de hacer política que se encaminen a imaginar otros tipos de sociedades. Lo anterior está dado por el aumento creciente del
despojo, la marginación, la discriminación y la agresión a los sujetos que se resisten a incorporarse a la lógica del capital. Aunque la resis- tencia indígena data desde el mismo momento de la conquista europea a nuestras tierras, en las últimas tres décadas, los pueblos indígenas se han organizado e interpelan al Estado y a la sociedad hegemónica des- de otras formas de hacer y reproducir la vida y con ello otras formas de lo político en desafío a la política estatal. Esto es lo a que Bolívar Echeverría (1998) se refiere como “política impura”, “desautorizada”, “clandestina”, que se desarrolla de forma periférica a la política esta- tal, como una actividad espontánea y autónoma; que en determinadas condiciones obliga a la política estatuida formalmente a negociar con ella. Lo que se disputa es la capacidad de monopolización de los asun- tos públicos desde el Estado, dígase, desde los recursos naturales hasta la reproducción de la vida misma, pensados a partir de otras matrices no hegemónicas.
Una de las propuestas organizativas más radicales de los zapatistas tiene que ver con la autonomía, el compromiso desde abajo y el desafío a la política establecida a través de “otra” política. En el comunicado del 2 de febrero de 1994, el subcomandante Marcos declaraba la posición del EZLN frente a la toma del poder estatal: “¿La toma del poder? No, apenas algo más difícil: un mundo nuevo” (Subcomandante Insurgente Marcos, 1994). Más que la toma del poder desde el Estado, que no ha logrado cambios profundos en los patrones de división social, margi- nación, discriminación y desigualdad, se llama a la construcción de otro tipo de política desde abajo y a la izquierda. Es otra política que no es capacidad exclusiva de unos pocos especialistas y circunscrita a los mar- cos estatales, sino “otra” construida desde abajo, donde se manda obe- deciendo; los cargos son rotativos y la asamblea se concibe como forma de democracia directa.
Itzel M. Rodríguez (2017) plantea que debemos mirar hacia la organi- zación de los pueblos indígenas en resistencia, desde su vida cotidiana y la administración de los bienes comunes en la lucha por la reproducción de la vida en colectivo, sin que ello no entrañe que estén libres de conflic- tos en su interior. Es necesario comprender que los horizontes de cons- trucción antisistémicos hay que analizarlos en su historicidad vinculados a un contexto, donde en ocasiones se encuentran más definidos, alcanzan
mayor concreción en proyectos políticos determinados y en otros mo- mentos pueden ser desarticulados o mostrarse como simples rasgos la- tentes o en potencia, que podrían, en otros ciclos movilizativos, emerger. También lo que en momentos puede plantearse como un desafío antisis- témico pueden ser demandas que a la postre sean incorporadas al sistema y su ideología liberal en forma de reformas y quedar desarticuladas. Por eso nos interesa fundamentalmente aquellos rasgos que, por la estructura y lógica de acumulación creciente del capital, constituyen un desafío a los sustentos y la esencia propia del sistema-mundo capitalista.
Construcción y desarticulación de horizontes en Bolivia
Varios proyectos de resistencia surgen en Bolivia a partir de la década de los noventa del siglo XX en oposición a las políticas neoliberales apli- cadas en 1985 con el Decreto el D.S. Nº 21060, presentado como Nueva Política Económica. Las reformas neoliberales en el país estarían enca- minadas hacia la reducción del déficit fiscal mediante el congelamiento de los salarios; el aumento de la venta de los hidrocarburos y la reducción de los gastos estatales; el cambio de la moneda mediante la creación del boliviano y el bolsín sobre la base de la oferta y la demanda; la libre con- tratación; la liberalización del mercado, de los precios y el establecimien- to de un arancel único de importaciones; la política de fomento de las exportaciones; y la reforma tributaria que incorporaba el IVA. Los costos sociales de estas medidas no se hicieron esperar con los despidos masi- vos, el aumento de la pobreza y la brecha social, el congelamiento de los salarios y la inestabilidad laboral a partir de la libre contratación. A nivel político, significó un constreñimiento del Estado, que no supuso pérdida de sus capacidades en relación con el mercado y un giro acelerado hacia la privatización y la extranjerización de los bienes naturales.
La lucha histórica de los movimientos indígenas con el giro hacia el neoliberalismo catalizaría en un movimiento unitario, el Pacto de Unidad, que concentró a los campesinos, los movimientos populares, intelectuales y estudiantiles contra las reformas estructurales. En el Pacto de Unidad confluirían las organizaciones políticas intermedias que lideraban los diferentes sectores sociales subalternos como la