3. Implementing the Framework for CDQM with SAP Solutions for
3.7 Managing the Application Landscape
Si a lo largo de todo este libro analizamos las complejas y dolorosas emociones involucradas en todas las experiencias migratorias, cualquiera sea su naturaleza, y el penoso y duro trabajo necesario para elaborarlas, es de suponer cuánto más intensa y desgarradoramente todo ello ha de ser sufrido en las situaciones de exilio.
Arrancado de cuajo de su hogar y de su medio, fresco aún el dolor de la derrota y el desgarro por lo perdido, el exiliado tiene que partir sin alcanzar casi a despedirse de sus familiares y amigos. La despedida es, en sentido riguroso, un acto ritual que, según Sánchez Ferlosio (1983), sirve para la «protección del límite». La partida para un viaje es el límite que divide el estado de unión del estado de separación entre el que se va y el que se queda, entre la presencia y la ausencia. En ese límite se crea de pronto la tensión de la confianza de «volverse a ver», junto con el temor de no «volverse a ver». El viajero que se va sin despedirse no deja de estar aguijoneado por un impaciente estado de desasosiego y de aprensión. Muchas veces, durante el viaje, intentará subsanar la falta de despedida desde cualquier teléfono para calmar su ansiedad a través del recíproco «menos mal que te encuentro» y «menos mal que me has llamado». Las voces del ido y del quedado sosegarán sus almas con el efecto de una reparación. La despedida pone un marco protector al límite que traspasa la partida. La protección no sólo se refiere a la esperanza de «volverse a ver», sino que se extiende también al «no volverse a ver». Cuando efectivamente ocurre la desgracia, la despedida es lo que surge al instante como el primer asidero a lo que uno se aferra con el alma entera para la comprensión y aceptación de la tragedia. El rito pone marcas virtuales a lo inaprensible: esas marcas son índices localizadores y orientadores que esbozan un horizonte en cada trance, porque lo primero que la conciencia necesita es saber por dónde anda, dónde está. El rito es el aparato de marcas que, entre otras cosas, deslinda con toda nitidez lo que de tiempo inmemorial se llaman el mundo de los vivos y el mundo de los muertos.
A los exiliados les falta generalmente este rito protector de la despedida. En la mayoría de los casos tienen que partir en forma precipitada y abrupta. A todas sus angustias se añade la provocada por la carencia de la despedida, lo cual hace que experimenten su partida como un atravesar la frontera entre el reino de los muertos y el de los vivos. Para su vivencia profunda, todos los seres amados de quienes no han podido despedirse y a quienes temen «no volver a ver jamás» quedan transformados en «muertos» de quienes no pueden separarse satisfactoriamente. Y sienten también que ellos mismos quedan como «muertos» para los demás.
Las personas exiliadas están obligadas a vivir lejos de su país, han sido forzadas a abandonarlo por razones políticas o ideológicas, o han tenido que huir para asegurar su supervivencia. Por lo tanto, se encuentran impedidos de volver a su patria, mientras persistan las causas que determinaron su alejamiento.
Estos son los aspectos específicos del exilio que marcan una diferencia fundamental en las vicisitudes y evolución del proceso migratorio: la imposición de la partida y la imposibilidad del retorno.
Aunque el término «exilio' es usado en forma amplia para los alejamientos forzosos y comprende a los que fueron denominados también «trasplantados», «desplazados», «despatriados», etc., se asocia con el destierro que antiguamente los atenienses imponían a algunos de sus ciudadanos, y que evaluaban en toda su significación, ya que la consideraban una pena grave, un castigo duro, generalmente impuesto por motivos políticos, una verdadera condena.
convulsiona a muchos países del mundo actual, el exilio es uno de los más serios, puesto que segrega de la vida nacional a un importante sector de la población, obligándole a insertarse en situaciones no buscadas y, por lo mismo, dolorosas y frustrantes.
Muchos de ellos pueden padecer el «síndrome del sobreviviente», que ha sido estudiado en los prisioneros de los campos de concentración nazis que pudieron salvar sus vidas, mientras que sus familiares v amigos fueron torturados y exterminados en las cámaras de gas. En forma similar, los exiliados pueden sentirse abrumados por la culpa que experimentan frente a los compañeros que han visto caer a su lado o cuyos terribles gritos han escuchado desde las celdas contiguas. Este estado de ánimo es campo fértil para el escepticismo, la desilusión, cuando no la desesperación.
En palabras de un escritor exiliado, M. Benedetti (1982), «a veces se tiene un valor a prueba de balas y, sin embargo, no se posee un ánimo a prueba de desencantos. Muchos de estos jóvenes que arriesgan la vida por una convicción política deben aprender el coraje más gris, más modesto, de asumir una derrota, enfrentar una realidad distinta de la soñada y empezar a construir una vida cotidiana».
Integrarse y romper la «sacralización» con que algunos viven el exilio es sentido también como la pérdida de una identidad que los definía. Se sienten entonces inseguros, ansiosos, descolocados: les cuesta, aún más que a otros inmigrantes, encontrar un sitio en la nueva sociedad, ya que no pueden reproducir en las nuevas condiciones lo que constituía el eje de sus vidas.
La situación de los exiliados en el nuevo país es compleja. No vienen «hacia» algo, sino huyendo o expulsados «de» algo, amargados, resentidos, frustrados. Para hacer frente a sus múltiples problemas pueden utilizar como defensa la negación del tiempo presente, que queda como «prensado» entre la vida anterior mitificada y convertida en «lo único valioso», y la vida futura, representada por la ilusión de poder volver al país de origen: ilusión tanto más idealizada cuanto mayor sea la imposibilidad de realizarla.
En los primeros tiempos de su exilio pueden sentirse como héroes, acogidos con admiración y simpatía, o como renegados, por sus sentimientos de culpa. Esto también pesa en contra de sus posibilidades de integración al nuevo medio, ya que dicha integración puede ser sentida como «traición»: a la causa, a los que quedaron, a los que murieron.
En tales casos, pueden reaccionar con rechazo ante todo lo que ofrece el país nuevo y no está en función del propio: costumbres, idioma, trabajo, cultura, etc. Este rechazo enmascara tanto la culpa por los que quedaron como el rencor y el odio contra el propio país que los ha expulsado; odio que, por absurdo que resulte, se proyecta sobre el país nuevo, el país que acoge. Y así, a veces, en vez de ser vivido como sitio «salvador», es sentido como el causante de los males que sufre el exiliado, mientras se idealiza el hogar, con nostalgia sin fin. A veces ocurre como con los niños de orfelinato que, al ser puestos en hogares adoptivos, se vengan en los nuevos padres de las carencias sufridas: en el fondo, porque recién ahora tienen quien les escuche.
y dosificados con prudencia, pero armas peligrosas y destructivas si son ellos los que dominan. Además de atacar la propia cordura pueden destruir las fuentes de esperanza y ayuda, si el odio del exiliado se dirige, en forma masoquista, contra quienes lo han recibido: por ejemplo, volviéndose demasiado exigentes ante el medio, al que convierten en blanco de todo tipo de críticas y en el que proyectan la incapacidad de dar, ayudar y proteger que experimentan frente a los suyos.
Esa incapacidad de dar es consecuencia del estado de regresión y dependencia iniciales en toda migración, que ya hemos desarrollado en otro capítulo, pero que parece presentarse con mayor intensidad y mantenerse mayor tiempo entre los exiliados. A veces se manifiesta por intensa avidez oral y la dificultad de espera: necesidad perentoria de obtener lo que necesitan de un modo inmediato.
Las tensiones del exilio inciden en la vida familiar creando nuevos conflictos o reactivando los ya existentes. También en este ámbito los sentimientos de culpa por haber involucrado a los familiares en un destino tan duro puede ser causa de intenso sufrimiento, o bien ser proyectados sobre la pareja dando lugar a mutuas acusaciones de haber desprotegido a los hijos, exponiéndolos a un futuro incierto y difícil. Lo dice también Benedetti: «...como el exilio aplana y tritura, a alguien hay que achacarle la culpa de toda la frustración, de toda la angustia y, por supuesto, se machaca al contiguo, al prójimo más próximo...».
Esta es una situación que pone a punto de ruptura a muchas parejas, cuando no a rupturas definitivas. Algunos exiliados, que habían desarrollado una intensa militancia política en su país, sienten que no pudieron ocuparse de las necesidades de sus niños: antes, por haber antepuesto otros intereses, que consideraron prioritarios e impostergables; y ahora, por sentirse empobrecidos y fracasados, no pueden brindarse como modelos de identificación.
La falta de estabilidad, el sentirse como «de paso» (con ilusiones de pronto retorno), explica la carencia de interés, en ciertos casos, para tratar de recuperar su nivel social o profesional anterior; recíprocamente, la degradación social de muchos de ellos aumenta la inseguridad y la persecución. La necesidad de ejercer, para sobrevivir, los más variados oficios que no eran los suyos, dependiendo excesivamente de otros en contraste con su independencia anterior, puede llegar a hacerles sentir como despersonalizados, siéndoles difícil asumir otra identidad que la de «exiliado».
Aun en el mejor de los casos, la situación —por lo impuesta y no elegida— resulta dolorosa y sigue siendo una «condena». Ciertos exiliados han expresado que todo el vasto mundo al que pueden acceder no es más que una cárcel, porque se sienten privados de estar en el único sitio en el que quisieran estar: su país. Otras personas, que estuvieron presas durante años, se sentían «exiliados», porque estar en la cárcel era estar condenados a estar fuera del país.
En ese sentido, nos parecen elocuentes las palabras de un periodista exiliado: «Estamos condenados a que nuestros hijos se críen en un idioma que no es el suyo, y que nuestros ojos no reconozcan las calles y los árboles. Estamos condenados a mirar a los abuelos morirse lentamente por correo, y a los sobrinos nacer por repentinos telefonazos. Pero tal vez la peor condena de todas es ver cómo nuestro país se retira, se nos va como una marea extraña, distante,
indescifrable, y presenciar cómo, indecisos, nuestros cuerpos comienzan a buscar estabilidad después de años precarios; nuestros cuerpos comienzan a acostumbrarse, en contra de su voluntad y tal vez para siempre, a una tierra que no han escogido de su libre albedrío.» En estas condiciones, el «tal vez para siempre» tiene connotaciones trágicas: expresa la angustia ante lo que el ser humano siente como inexorable, irremediable, como la muerte.
En las fantasías primitivas se alude a la muerte con la expresión «reunirse con los antepasados». Esta metáfora revela la preocupación del individuo acerca del sitio donde ha de terminar sus días, indicando —de este modo— el deseo de volver a la tierra de los ancestros, como fantasía inconsciente de retorno al claustro materno.
Morir lejos..., «morir en tierra extraña», es sentido como más muerte: como la imposibilidad de ese retorno fantaseado.
Esta preocupación suele aparecer, manifiesta o latentemente, en el material de los pacientes que han vivido una migración; más aún, si esa migración es un exilio. Los ejemplos son abundantes en la literatura y en las canciones populares y folklóricas. Por mencionar sólo alguna, recordamos aquella emotiva estrofa:
Lejana tierra mía, bajo tu cielo quiero morir un día con tu consuelo.
Deseamos incluir en este capítulo el testimonio de un profesional exiliado de un país centroamericano, que nos proporciona un relato elocuente y conmovedor de su experiencia personal. Sus reflexiones sinceras, dramáticas, claras y profundas hablan por sí mismas y nos ahorran todo comentario ulterior.
«... Mi esposa llegó un día a mi despacho portadora de un mensaje singular: una persona amiga y sumamente confiable había sido informada de que mi nombre estaba entre los primeros de una lista de profesores universitarios que deberían ser asesinados por orden de las fuerzas gubernamentales de mi país. El hecho ocurrió dos días después de que un amigo y colega fuera secuestrado, brutalmente torturado y finalmente asesinado.
»La información precipitó una vertiginosa carrera de varias horas de duración durante las cuales se buscó dónde esconderme, se halló la manera de hacerme salir del país, se me lleyó a abordar un avión (en el cual encontré a otro de los amenazados), y concluyó en el abandono violento de todo lo que había constituido mi manera de vivir.
»En el transcurso de ese tiempo, viví una mezcla intensa de hechos, sentimientos y reflexiones que, si bien me permitieron hacer adaptaciones parciales y pasajeras a las circunstancias, no dejaron mucho lugar para pensar en el futuro ni recapacitar en el pasado o el presente manteniéndome, más bien, en una situación de irrealidad casi disociativa en la cual funcionaba como un observador un tanto pasivo de los hechos, reaccionando a ellos sólo en cuanto representaban la posibilidad de un peligro inmediato para mi vida. Por ejemplo, cuando después
de haberse cerrado las puertas del avión se retrasó su despegue por alrededor de veinte minutos, mi amigo y yo nos sentimos sobrecogidos por un miedo y una angustia que, en el momento, no tenían más base que nuestras sospechas y desconfianza. Posteriormente, nos enteramos de que nuestro temor no fue del todo infundado, ya que el retraso se debió a un intento de última hora por sacarnos del aparato.
«El viaje, que en sí fue normal, nos hizo vivir una transición emotiva que principió con una sensación de alivio y fue seguida rápidamente por las primeras manifestaciones de una toma de conciencia de la realidad del exilio. Inicialmente hubo reflexiones nostálgicas con respecto a lo que dejábamos y a nuestra suerte, y también pensamientos acerca del futuro de quienes luchaban abajo, con quienes nos identificábamos un tanto envidiosamente como para compensar la incertidumbre de nuestro propio porvenir. Luego, el encuentro casual con otro colega que viajaba por razones de placer fue suficiente para acallar por un rato nuestras congojas con una larga plática de trivialidades. Sin embargo, nuestras preocupaciones volvieron cuando llegamos a la ciudad que era nuestro punto de destino.
«Ya en ella, aparte de pequeños incidentes como estar pendientes de los automóviles que nos seguían, que demostraba cuán ansiosos y atemorizados habíamos estado viviendo, nuestro pensamiento se concentró en llegar al apartamento y llamar a nuestro país para informar que habíamos llegado sin novedad y enterarnos de cómo habían quedado nuestros familiares y amigos. Con esto se inició una cadena de temores acerca de su seguridad.
«Dos días después, me reuní con otros compañeros en la misma situación. Con ellos compartí el inicio de la elaboración de nuestro duelo a través de constantes y largas discusiones de posibles soluciones que parecían prometer el menor número de cambios y la pronta recuperación de lo perdido; pero parece que también tratamos de negar la pérdida al fijar nuestra sede en las oficinas de una Organización Internacional, en la cual, de alguna manera, veíamos una prolongación de nuestros países.
«Pero la ilusión tenía que ceder ante la lenta e inexorable toma de conciencia de la realidad y así, después de vagar mental y físicamente en busca del pasado, me di cuenta de que debía hacer algo para sobrevivir y principié a buscar trabajo. Esta decisión fue importante porque con ella di el primer paso hacia una posible solución de los problemas.
«Si bien la elección del país en el que busqué refugio fue, en parte, fortuita, la de la ciudad donde fijé mi residencia para trabajar estaba vinculada con mi historia personal previa y con un duelo pendiente. Ello me brindó la oportunidad de intentar una recuperación. Por otro lado, encontrar trabajo me permitía comenzar a planear la reunión con mi familia.
«Pienso que emigrar es más que simplemente moverse de un lugar a otro; es, en realidad, un fenómeno tan complejo que puede ser enfocado desde tantos y tan diferentes ángulos, que se corre el riesgo de no tratarlo como un todo con manifestaciones cuantitativas distintas. En todo caso, lo que no se puede discutir es que emigrar es un acto que afecta profundamente al individuo, a quienes le rodean y al ambiente común de una manera mutuamente determinante. «He emigrado dos veces y en las dos ocasiones lo he hecho al mismo país. En ambas
oportunidades sabía que mi partida sería por un tiempo prolongado, pero esta vez no estoy seguro de su duración, ni depende totalmente de mí decidir mi retorno. Cuando vine por primera vez, lo hice voluntariamente buscando determinadas metas; esta vez no quería dejar mi país, y mis planes eran permanecer en él por el resto de mi vida; pero la causa de esta segunda partida fue por motivos de supervivencia.
«En ambas he sufrido crisis de identidad, tristeza, pérdida con intentos de recuperación; he sentido cólera, culpa y también satisfacciones, junto con resistencia y aceptación de la nueva cultura, y he idealizado la vieja y sus objetos tanto como le he hecho con lo que he esperado que los nuevos me pudieran dar. Sin embargo, en el tiempo, la calidad de todo esto ha variado en grado, conceptualización y objetivos, produciendo contradicciones acordes con la combinación sumamente dinámica de los factores internos y externos.
«Hice frente al problema de conservar mi identidad al mismo tiempo que luchaba por cambiarla, porque al des-idealizar mi quehacer pude aceptar aspectos "malos" en mi cultura e incorporar aspectos "buenos" de la nueva sin renunciar completamente a previas identificaciones. Todo esto me ayudó a hacer los ajustes necesarios para vivir en una sociedad que, en su esencia, era similar a la mía.
«Uno de los principales problemas de la separación tiene que ver con vivir y morir como proceso en constante movimiento dialéctico. Resumiendo, cuando la separación ocurre, la posibilidad de muerte se hace presente y comienza una lucha por evitarla. Separarse es morir en la mente del otro, al mismo tiempo que llevar al que se ha quedado "muerto" en nuestra mente. La resolución de ese conflicto de vida y muerte que, por supuesto, es manejado de acuerdo con factores psicodinámicos y sociales individuales, determina la forma como reaccionamos a la separación. En todo caso, lo que buscamos en esa situación de pérdida es seguridad que, dentro del contexto, quiere decir también supervivencia.»
Vemos que, pese a lo dramático de la situación, los que tienen una personalidad más fuerte y equilibrada, más recursos defensivos, mayor capacidad para tolerar el dolor y la frustración, y para tolerar y elaborar la culpa por los que se quedaron o murieron, tienen también mayor capacidad de espera, de admitir el cambio de situación y, lentamente, hacer el duelo por todo lo perdido. Si, por otra parte, tienen la posibilidad de encontrar un medio acogedor que los reciba, alguien que pueda contener sus angustias, pueden lograr reorganizarse y realizar un trabajo