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5.1.2.4 Manual Feature Extraction

Con el mismo título que el arte o la filosofía, la ciencia es ante todo experimentación, creadora de preguntas y significados.

ILYA PRIGOGINE. Entre el tiempo y la eternidad Según Karl Popper, el sentido común tiende a afirmar: «que todo acontecimiento es causado por un acontecimiento, de suerte tal que todo acontecimiento podría ser predicho o explicado […] Por otra parte el sentido común atribuye a las personas sanas y adultas la ca- pacidad de elegir libremente entre varias opciones distintas de ac- ción» (1984: 79). William James denominó a esto dilema del

determinismo, tratándose de una proposición que juega la relación de los humanos con el mundo y particularmente con el tiempo.

Ilya Prigogine (1996: 9) formula una serie de preguntas muy apro- piadas y acertadas para el dilema de Popper: «¿El futuro está dado o se encuentra en perpetua construcción? ¿Acaso la creencia en nuestra libertad es una ilusión? ¿Es una verdad que nos separa del mundo? ¿Es nuestra manera de participar en la verdad del mundo?».

Una primera aproximación al desarrollo del tema permite obser- var que nada permanece fijo e inmóvil, nada es definitivo, ni la no- ción del tiempo. Por otro lado puede constatarse también la necesi- dad inconsciente del ser humano de transcurrir su existencia buscan- do certezas, disyuntiva de enorme y trascendente importancia en el desarrollo del mundo contemporáneo.

En el campo de las ciencias de la naturaleza, la mecánica cuántica afirma una distinción fundamental entre pasado y futuro, obligando de esta manera a revisar la noción del tiempo tal como fue formulada por Galileo y aun por Einstein, cuando este sostenía que «el tiempo es tan solo una ilusión». Según estos científicos nosotros, observadores humanos limitados, seríamos los responsables de la diferencia entre pasado y futuro, los creadores del tiempo. En consecuencia, la noción del tiempo adquiere características fenomenológicas.

El tiempo es una dimensión constitutiva de la existencia humana, pero también se inserta en el corazón de la física, ya que la incorpora- ción del mismo en el esquema conceptual de Galileo Galilei ha sido el punto de partida de la ciencia occidental.

Refiriéndose a los fenómenos irreversibles, Prigogine dice:

Estos fenómenos irreversibles (por ejemplo el caso de las sus- tancias radiactivas) nos pueden dar ahora aquella perspectiva del antes y el después que buscaba Aristóteles –aquí Prigogine hace referencia a la frase del filósofo griego que sostenía: el

tiempo es el número del movimiento según el antes y el des-

pués, nota del autor–. Nuestra tarea actualmente es la de incor- porar esta irreversibilidad en la estructura fundamental de la ciencia. Hoy, bien o mal, todos están de acuerdo sobre la im- portancia de la evolución en cosmología, en las partículas ele- mentales, en la biología, en las ciencias humanas; todos están de acuerdo en la importancia del tiempo. (1996)

Para señalar más adelante: «Deberíamos considerar el tiempo como aquello que conduce al hombre, y no al hombre como creador del tiempo. Este es en el fondo el punto en cuestión» (2006: 24).

Frente a la ciencia clásica que privilegiaba el orden y la estabilidad, emergen modernos descubrimientos reconociendo el papel fundamen- tal de las fluctuaciones y la inestabilidad, a partir de lo cual resulta mucho más apropiado hablar de opciones múltiples y horizontes de previsibilidad limitada. Si a la física se la entiende de una manera determinista, este enfoque de las cosas aplicado al campo de las cien- cias sociales, llevaría a considerar el libre albedrío de la acción huma- na, a la libertad, como tan solo una ilusión. En algunas oportunidades se creería estar ante la disyuntiva de elegir probables cursos de acción con las correspondientes consideraciones éticas, pero eso sería ilusorio porque, en realidad, la acción aparentemente elegida con total libertad es la resultante compleja de un conjunto de leyes deterministas, que obligan al proceso a ir en una dirección preestablecida y niegan con ello la posibilidad de optar entre diferentes alternativas.

El Big Bang puede ser asociado, en el marco teórico empleado, a una gran inestabilidad, lo que implica que puede ser considerado como el punto de partida de nuestro universo, no del tiempo. Nuestro univer- so tiene entonces una edad, pero el medio cuya inestabilidad produjo la explosión original no la tendría. Como bien lo observa Prigogine, la cuestión del tiempo y el determinismo no se limita a las ciencias, está en el centro del pensamiento occidental; a lo cual se puede agregar una pregunta: ¿no estará en el centro de la condición humana?

Se instala entonces, tanto en el campo de las disciplinas físico- matemáticas como en las ciencias sociales, la convicción de la inexis- tencia de proposiciones fijas que se puedan establecer de una vez y para siempre. La moderna teoría del caos en las ciencias físicas, la incertidumbre y la imprevisibilidad echan por tierra cualquier enfo- que dogmático en cuestiones como las que aquí estoy considerando. Carlos Pérez Llana en su libro El regreso de la historia, publicado en Buenos Aires en 1998, sostiene:

Hoy se sabe que en el ámbito de la biología, de la física y de lo humano las evoluciones se dan en función de una dialéctica de

orden y desorden, de manera que reclamar en el ámbito de las relaciones internacionales una teoría general, o el entronizamiento de un paradigma, constituye una empresa in- telectual sin sentido. Por el contrario, de lo que se trata es de ensayar explicaciones y de aproximarse a una realidad mutante.

¿El universo se rige por leyes deterministas susceptibles de ser descubiertas por el genio humano clausurando de esta forma el ulte- rior desarrollo del conocimiento? Más aún, ¿las sociedades se rigen por leyes deterministas? Son algunas de las preguntas que se plantea- ron los presocráticos en los albores del pensamiento occidental y que siguen tan vigentes como entonces.

Desde el siglo XVII fue apareciendo un punto de vista particular para abordar el estudio de la naturaleza formulando al mismo tiempo sus leyes. En aquellos tiempos, numerosos historiadores subrayaron el papel esencial desempeñado por el Dios cristiano, concebido como un legislador todopoderoso alejado del mundo real. Para esta corrien- te del pensamiento, la sumisión de la naturaleza a leyes deterministas acercaba el conocimiento humano al punto de vista divino, atemporal. Nacía lo que Hegel denominaría la «razón sin Dios», la pretensión de encontrar explicaciones racionales y cerradas a todos los fenómenos, sean estos de cualquier tipo, y una visión determinista y dogmática de la naturaleza y la sociedad.

Por otro lado, la concepción de una naturaleza pasiva sometida a leyes deterministas –tal como lo sostienen algunos teóricos– es en buena medida una particularidad propia de Occidente. En China y Japón, «naturaleza» significa lo que existe por sí mismo; y el gran poeta indio Rabbindranath Tagore, refiriéndose a las ideas sostenidas por los pensadores occidentales vinculadas a estos temas, sentencia- ba en tono irónico: «el hombre se defiende de la noción de ser un objeto impotente en el curso del universo» (1995).

Para Popper, por ejemplo, el determinismo no solo cuestiona la libertad de los seres humanos, torna además imposible el encuentro con la realidad, vocación misma de nuestro conocimiento.

Es curioso que la creatividad científica sea subestimada tan a menudo. Sabemos que si Shakespeare, Beethoven o Van Gogh

hubieran muerto prematuramente nadie habría realizado su obra. ¿Y los científicos? Si Newton no hubiera existido, ¿al- gún otro habría descubierto las leyes clásicas del movimiento? ¿Se percibe la personalidad de Clausius en la formulación del segundo principio de la termodinámica? Hay algo genuino en este contraste. La ciencia es una empresa colectiva. La solu- ción de un problema científico, para ser aceptada, debe satis- facer exigencias y criterios rigurosos. Sin embargo, estos apre- mios no eliminan la creatividad, son sus desafíos. (1996)

Hace algunos años, la revista francesa L’Express publicó un inte- resante diálogo entre los astrofísicos Hubert Reeves y Trinh Xuan Thuan, muy apropiado para el tema en estudio. En un pasaje del mis- mo Trinh Xuan Thuan observa:

Durante trescientos años el pensamiento occidental estuvo do- minado por la visión newtoniana de un mundo fragmentado, mecánico y determinista. La historia del Universo, encerrado en un caparazón rígido, estaba totalmente determinada anticipada- mente, en sus pequeños detalles, por una cantidad limitada de leyes físicas. Hoy tenemos la visión de un mundo interdependiente, indeterminado y exuberante en creatividad. Desde hace un siglo, el azar liberador entró con gran fuerza a través de tres vías diferentes. Primero, a través de acontecimien- tos históricos y contingentes. El asteroide que chocó contra la Tierra hace 65 millones de años es un ejemplo: matando a los dinosaurios permitió nuestra aparición. Luego a través del flujo cuántico en el mundo de los átomos, donde la realidad aparece descripta en términos de probabilidades. Finalmente, a través de los fenómenos caóticos que introducen lo imprevisible en el mundo de nuestros días. La agitación de las alas de una mariposa en Brasil puede provocar lluvias en París. Despojada de su capa- razón determinista, la naturaleza puede dar libertad a su creativi- dad: ésta toca jazz, para citar la hermosa imagen del libro de Hubert Reeves Patience dans l’azur. Así como el jazzman im- provisa alrededor de un tema musical, la naturaleza borda y crea la complejidad en torno de las leyes físicas, éstas determinando el campo de lo posible y ofreciendo potencialidades. (1998)

La ciencia contemporánea se opone entonces a cualquier concep- ción que pretenda instalar un «pensamiento único» o definitivo en su campo de estudio y, quizás, más por omisión que por acción, nos introduce en el enfoque dialéctico del análisis de los fenómenos, sean estos de orden natural, o de orden social para el campo de las ciencias humanas. Dicho de otra manera, la idea de un tiempo creado por el hombre presupone a este como algo diferente de la naturaleza que él mismo describe, concepción acientífica desde todo punto de vista. Como sostiene Prigogine: «Seamos laicos o religiosos, la ciencia debe unir al hombre al universo» (1996). Apareciendo la ciencia, entonces, como un diálogo con la naturaleza.

S. Toulmin (1990: 85) describe las circunstancias que llevaron a René Descartes en su época a buscar certezas. Inestabilidad política, guerras de religión, católicos y protestantes matándose en nombre de creencias religiosas en el siglo XVII. Descartes buscó otro tipo de certezas, que pudiesen compartir todos los humanos, más allá de su religión. Esto lo impulsó a transformar su cogito en el punto de parti- da de su pensamiento filosófico y a exigir que la ciencia se apoyara en las matemáticas, única vía segura e inocua en la búsqueda de cer- tezas. Por ello el determinismo presenta raíces antiguas en el pensa- miento humano y se ha visto asociado tanto a la sabiduría y la sereni- dad como a la desesperanza.

La necesidad occidental de encontrar una explicación racional a todo, la obligación de predecir el futuro a través de un conjunto de ideas deterministas y absolutas llevó, desde Descartes en adelante, a muchos estudiosos a creer o pensar la posibilidad de «matematizar» las ciencias encargadas de explicar el comportamiento humano. Una vez establecidas las condiciones iniciales, se podía prever el resulta- do final de un acontecimiento.

Esta tendencia encontró muchos adeptos en el campo de los estu- dios de la guerra, por medio de la polemología y la estrategia, así como en la sociología; por ejemplo, durante los años cincuenta y se- senta del siglo XX. En el ámbito de la Rand Corporation en los Esta- dos Unidos, en la denominada «escuela del pensamiento estratégico norteamericano», se analizaba la totalidad de los conflictos mundia- les desde la perspectiva más arriba señalada: partiendo de considerar

una eventual guerra atómica –absoluta– contra la Unión Soviética, hasta lo que Clausewitz llamó «observación armada», tratándose esta del punto más bajo de una confrontación militar, todo ello incluido en un complejo sistema de matrices matemáticas, con resultados previ- sibles en cada caso y las consiguientes indicaciones para las decisio- nes a adoptar por los funcionarios políticos.

La búsqueda de certezas entonces tiene una larga historia que pre- sentó en el siglo XIX dos expresiones paradigmáticas en el campo de las ideas concernientes a las ciencias sociales: el positivismo y el marxismo prolongándose hoy, en el siglo XXI, en el «discurso único» neoliberal, heredero de los anteriores en lo que a profetizar acerca del futuro se refiere a partir de determinadas condiciones iniciales.

Por lo hasta aquí analizado, se puede decir que queda demostrada la imposibilidad de establecer con rigurosidad absoluta la evolución del universo, porque esto significaría la adopción de un punto de vis- ta dogmático y fijo. En esta línea de razonamiento también resulta complicado y no científico estudiar las relaciones internacionales to- mando como referencia un marco teórico cerrado y concluido. Al res- pecto, Dougherty y Pfaltzgraff señalan:

El teórico, insiste Rosenau, debe suponer que en los asuntos humanos hay un orden subyacente, que las cosas no ocurren azarosamente; pero que sus causas pueden explicarse racio- nalmente (aún cuando lo que llamamos comportamiento irra-

cional esté implicado). Urge al teórico a buscar no lo excep- cional sino lo general, y sacrificar las descripciones detalladas del caso aislado a favor de los modelos más amplios y abstrac- tos que abracen muchos casos. El teórico debería estar dis- puesto a tolerar la ambigüedad y a enfrentarse con probabili- dades más que con certidumbres y absolutos. (1993: 41)

En la actualidad, el rol asumido por la matemática en los estudios estratégicos durante los años sesenta del siglo pasado y antes también, es ocupado por la economía –influida por la exactitud y el determinismo cuando se trata fundamentalmente de una ciencia social– por medio de un conjunto cerrado de supuestos y condicionamientos, casi como cues- tiones de fe en algunos casos, frente a los cuales los seres humanos y las

sociedades aparecen como verdaderos convidados de piedra –más como objetos que sujetos– e imposibilitados para decidir su propio destino.

Tiene razón Prigogine cuando afirma: «Democracia y ciencia moderna son ambas herederas de la misma historia, pero esa historia llevaría a una contradicción si las ciencias hicieran triunfar una con- cepción determinista de la naturaleza cuando la democracia encarna el ideal de sociedad libre» (1996).

El Premio Nobel citado en el párrafo anterior planteó en un artí- culo publicado por el diario Clarín de Buenos Aires el 11 de sep- tiembre de 2000:

Las ciencias sociales cuestionan hace mucho las leyes deterministas por el libre albedrío que tienen las sociedades humanas para hacer elecciones. ¿Pero es posible que los siste- mas naturales estén mucho menos atados por las leyes deterministas de lo que la física y la biología han estado dis- puestas a aceptar hasta ahora? La forma de elección de la natu- raleza es lo que denomino «bifurcación». En los sistemas natu- rales complejos, tal como ocurre en una sociedad, el futuro no

está dado. Dentro de ciertos límites, puede ir por un camino o

por otro. Así podemos hablar de la creatividad de la naturaleza.

Las teorías de la física moderna acerca de la evolución de la natu- raleza, que introducen la irreversibilidad y el caos, son metodológicamente válidas para el campo de las ciencias sociales configurando una opción epistemológica –no la única obviamente– de las mismas. Aunque ambas ramas del conocimiento deban diferen- ciarse en el objeto de estudio, ello contribuye a pensar la evolución de las sociedades en términos de irreversibilidad, consecuencia de procesos en los que las oposiciones y su manifestación a través del conflicto, así como también la acción humana, juegan un papel tras- cendente en la ocurrencia de aquella.

La imprevisibilidad del futuro y la ausencia de certezas podrían probablemente configurar un nuevo paradigma, si así puede conside- rarse, en la teoría de las relaciones internacionales, a diferencia de lo sostenido por Pérez Llana, respecto a la ausencia de paradigmas que puedan explicar al mundo actual.

En la Introducción hice referencia a la emergencia o repotenciación de un conjunto de actores y perturbadores en el mundo desde el fin de la bipolaridad hasta nuestros días. Muchos estudiosos de las relacio- nes internacionales, así como importantes dirigentes políticos y so- ciales tienden a ubicar al terrorismo, narcotráfico o delito transnacional en el centro de esta novedosa realidad. Sin embargo, también debe señalarse el papel perturbador desempeñado por el sistema financie- ro internacional –asunto a tratar más adelante– sin control alguno por parte de las instituciones políticas globales, y que tiene la capacidad suficiente para sumir al mundo en situaciones de crisis graves como ha ocurrido en el año 2008.

Mercado sin control político y sistema financiero internacional constituyen, entonces, importantes –no los únicos– basamentos es- tructurales de un mundo en el que predomina el caos, ante lo cual el punto de vista realista en la teoría de las relaciones internacionales facilita la comprensión del mismo, así como de las fuerzas que lo conforman y accionan sobre él.

Por todo ello resulta imprescindible volver a Popper: «Mi punto de vista personal es que el indeterminismo es compatible con el rea- lismo, y que aceptar ese hecho nos permite adoptar una concepción epistemológica coherente de la teoría cuántica en su conjunto, como también una interpretación objetivista de la probabilidad» (1982).

Otra ilustrativa referencia al artículo de Prigogine arriba mencio- nado que en buena medida expresa el contenido central de lo hasta aquí expuesto, señala: «El ideal clásico de la ciencia era describir la naturaleza como una geometría. Ahora vemos que la naturaleza está

más cerca de la biología y la historia humana, ya que también en la naturaleza hay un elemento narrativo. En realidad, cuanto más enten- demos la estructura del universo, más comienza a tener elementos comunes con las sociedades humanas».

El caos enseña tres cosas de las cuales pueden extraerse algunas conclusiones interesantes. Ofrece una visión reconfortante del ser humano que puede actuar sobre su propia historia: el hombre del determinismo mecanicista desprovisto de cualquier margen de inicia- tiva no era otra cosa que una hoja en la tormenta arrastrado por los acontecimientos; para el determinismo estadístico, sometido a las le-

yes de los grandes números y al poder nivelador de los promedios, podía accionar sobre las modalidades de su destino pero sin controlar el desarrollo, situándose como un simple actor en la historia. Hoy se ve que el ser humano puede actuar en dos niveles: el del «punto críti- co» donde la acción de algunos, a veces de uno solo, puede orientar el desarrollo de las cosas, siendo esta la vía del grupo pequeño, de los héroes y profetas; el del medio de divulgación, donde el discurso, la acción, los ejemplos permanentemente repetidos, actuando sobre los espíritus, pueden crear las condiciones de propagación de una ruptu- ra que, en vez de ser reabsorbida, deviene creadora.

Según Félix Schuster (2005: 13), el progreso científico siempre

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