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En las primeras líneas de este capítulo nos referíamos a la importancia que tiene considerar esta práctica como un modo de conocimiento, vertiente cuyas raíces pueden rastrearse en el romanticismo alemán y que reconoce una sinuosa trayectoria en la lírica moderna (Raymond 1995). En este sentido, otro de los ejes de nuestra propuesta consiste en el desarrollo del concepto de experiencia como forma de explicar el vínculo sujeto/mundo. En tal sentido, retomamos las reflexiones de Hamburguer, quien –como adelantábamos– se centra en el estudio del poema como fenómeno que entraña un polo subjetivo y otro objetivo. Desde este punto de vista, es resignificado el concepto de vivencia [Erlebnis] desde una perspectiva fenomenológica, aunque desprovisto de las connotaciones biografistas previas, heredadas de la tradicional estilística alemana del siglo XVIII.61 Hamburger ilumina este concepto a partir de una mirada husserliana,

ampliando así los límites de la propia enunciación lírica:

Relación que puede formularse así: el sujeto enunciativo lírico convierte en contenido de enunciación no el objeto de vivencia, sino la vivencia del objeto; lo que quiere decir, como en nuestra descripción de la estructura enunciativa, que no queda suspendida la relación sujeto-objeto. [...] La vivencia puede ser “ficticia” en el sentido de inventada... (1995: 186-187, cursiva en el original) digerido. El `querer decir´ residiría en la intención, que puede ser transparente, movimiento de la voluntad; pero hay una dimensión supraintencional, sobre la que el psicoanálisis ha hecho su fortuna epistemológica y metodológica: la oposición `manifiesto´ y `latente´: descubierto, lo latente recubriría a su vez la intención y le daría un sentido más total. En el plano de la poesía esta operación funda una `crítica´ que no se conforma con lo inmediato.” (2002: 330). Es decir que no basta con lo dicho en el texto, sino que –tal como nos proponemos en este trabajo– es necesario advertir la relación de esto con los silencios, así como la complejidad de los distintos planos de la enunciación y sus relaciones con los del enunciado.

61 Hamburger, al igual que Gadamer en Verdad y método, traza una genealogía del concepto de

vivencia, enfatizando su proveniencia de la teoría psicológica de Dilthey sobre la literatura, para luego hacerse extensivo a un tipo de lírica surgido a finales del XVIII y consolidado en el romanticismo, adquiriendo en esta instancia los tintes psicológicos y biográficos a los que quedó irremediablemente ligado. Es destacable la disyuntiva que coinciden en señalar los traductores a la hora de elegir entre “experiencia” y “vivencia” para dar cuenta de la “Erlebnis”. Por otro lado, el concepto que aquí utilizaremos difiere del que constituye el eje de las reflexiones de Benjamín a partir de la poesía de Baudelaire y su relación con la experiencia moderna. En efecto, Jedlowsky señala que Benjamín alude al concepto de Erfahrung, que se diferencia del ya mencionado Erlebnis (2005: 148). En la misma línea se orientan las profundas reflexiones de Agamben en “Infancia e historia.Ensayo sobre la destrucción de la experiencia.”

En las tres poéticas estudiadas se advierte este afán por dar cuenta de la “vivencia del objeto”, pues uno de los rasgos que tienen en común es el apego al mundo cotidiano, es decir, a plasmar las vivencias de la vida diaria. Para Noé Jitrik, esta apertura del poema a la materia que proviene de las vivencias se produce en el romanticismo (2002: 202). Sin embargo, y para poner estas escrituras en relación con las poéticas consolidadas en el período inmediatamente anterior, entre las que se destacan las vertientes neorromántica y trascendentalista del ´50, no se privilegia la profusión emocional del sujeto, sino el relato de hábitos y conductas cotidianos que sirven como punto de partida para el despliegue del humor desacralizador en Fernández Moreno, para la indagación del mundo desde una mirada metafísica en el caso de Giannuzzi, como disparador de las asociaciones incesantes de elementos heterogéneos en Veiravé.

Haciéndose eco de estas palabras, Monteleone opta por invertir los polos de esta dicotomía sujeto/objeto para, desde una perspectiva también fenomenológica, proponer que la conciencia es tal en tanto imaginante, es decir, creadora de imágenes, a partir de lo cual se puede pensar “la cosa como correlato objetivo imaginario del sujeto poético” (2004b: 33), pues esta mirada imaginaria se manifiesta en los distintos modos de transposición del objeto al poema. Estas reflexiones resultan apropiadas para explicar cierta tendencia objetivista presente en el proyecto giannuzziano, en donde se advierte claramente esta estrecha relación entre sujeto y objeto a través de una mirada que los representa y determina al mismo tiempo.

También apelaremos al concepto de experiencia para abordar las mutuas imbricaciones entre materia real y materia verbal, es decir, la marca en estos discursos de la impronta referencial con la que se caracteriza la dominante de las poéticas sesentistas. Atendiendo a las convergencias y divergencias de estas escrituras con respecto a esa marca, pretendemos dar cuenta de sus modulaciones realistas a partir de

este concepto derivado del término alemán Erlebnis, despojado –insistimos– de los tintes confesionales y hasta biográficos propios de su origen romántico.62 En efecto, no

se trata de identificar los vínculos entre la experiencia del poema y la vivencia del autor, pues –como advierte Hamburger– aquéllas pertenecen al ámbito de lo imaginario, tal como ya lo resume una de las afirmaciones de Goethe sobre una novela, que da sustento al concepto: “No contiene ni una pizca que no haya sido vivida, pero tampoco ninguna tal y como se vivió.” (citado por Wellek 1999: 49) Como sostiene Scarano:

el escritor no se propone recuperar una experiencia exterior y previa al discurso, sino recrear las condiciones por las que una práctica intersubjetiva como la literatura puede construir un yo y su mundo, de acuerdo con patrones de referencia compartidos en una relación siempre compleja (2007: 26).

Más allá del carácter imaginario de las experiencias, creemos que este acercamiento nos permitirá advertir las modulaciones que adquiere en estas escrituras el precepto vanguardista de unir arte y vida. A grandes rasgos, los miembros del grupo Zona –a los que ya nos hemos referido en el “estado de la cuestión”– coinciden en concebir la experiencia como concepto mediador entre poesía y realidad (en cuanto aporta materiales para el poema y constituye per se una experiencia de conocimiento y de comunicación con el mundo), que atraviesa al sujeto poeta, el cual deja de ser un revelador y se convierte en un comunicador de experiencias de distinta procedencia.

Delfina Muschietti alude a dos de los rasgos del discurso poético que estamos enfocando. Por un lado, el estrecho vínculo entre experiencia-sujeto como marca distintiva del género: “La característica de redundante señalización del yo propia de todo poema: este efecto discursivo del poema tiene su base en el hecho de que la poesía orienta su discurso hacia el campo de experiencia (real o imaginaria) del sujeto emisor.” (1986: 19). Por otro, explica la doble direccionalidad de la experiencia tal como la estamos concibiendo:

62 René Wellek destaca que no hay traducción equivalente del término alemán (1999: 48), que ha

La experiencia asignada al sujeto productor es doble, entonces: por un lado, remite a una experiencia previa al acto de constitución del poema; por el otro, se liga a la experiencia que marca la entrada en la convención semiótica, esto es, el acto de escritura/fundación de un posible [...]. Estos dos tipos de experiencia se interfieren mutuamente: la 1. sirve de material al posible textual; la 2., a su vez, transforma el material en hecho literario, sujeto a las leyes y características propias de la convención semiótico-literaria. El producto del acto (el poema- mundo posible), a su vez, aportará desde su propia estructura y la producción de sentido liberada en el proceso de lectura, una nueva visión transformadora de las experiencias 1 y 2 (1986: 19-20).

En general, como puede advertirse a través de las poéticas promovidas por esta revistas y otras emblemáticas de la poesía social del período, ya no se trata de transmitir experiencias de la excelsitud, del absoluto, de la humanidad en sentido genérico, o de etapas idealizadas como la infancia, sino de apelar a la experiencia del hombre de todos los días. Así, estas poéticas procuran registrar la “experiencia común” o “cotidiana” para transformarla en materia poetizable, en un espectro múltiple que puede incluir desde la observación de un objeto, o el diálogo imaginario con un ser querido, hasta el registro de las sensaciones que despierta un hecho cualquiera: tanto puede ser un hecho estético –la escucha musical– como un acontecimiento callejero. Y de ahí el vínculo que pretenden instaurar con el plano de lo real; al respecto, Scarano propone una relación de semejanza entre esta experiencia de naturaleza verbal y la “vida propia”; señalando: “Pero esta semejanza no es de orden ontológico, sino que supone una convención mediadora, un verosímil compartido, una versión de la realidad.” (2007: 31).

Con respecto a la complejidad que adquiere el concepto en los sesenta, Foffani opina:

Si el gran teórico de la experiencia moderna fue Walter Banjamin, quien trató de definirla en la poesía de Baudelaire –una experiencia que había perdido en la ciudad su dimensión aurática–, en los sesenta es un concepto complejo porque, como siempre, por una parte, la experiencia del sujeto no puede pensarse desligada de los hechos de la época (aquí la noción de época engloba en una misma temporalidad a Latinoamérica y el mundo y sus relaciones dialécticas) y, de otra, no es posible excluir el repliegue hacia la interioridad de la subjetividad como un proceso ahistórico e ilegible desde las condiciones sociales (1998: 15).

De ahí la importancia de desplegar una mirada crítica atenta tanto a las transformaciones del género que ofrecen estas poéticas desde los distintos procedimientos que iremos caracterizando, que obligan muchas veces a la constante redefinición de sus márgenes, como a los procesos a través de los cuales los objetos son sometidos a condiciones de subjetivación, es decir, de interiorización, marca que históricamente –desde el romanticismo de forma predominante– ha sido leída como distintiva del género. Esta doble direccionalidad coincide con la amplitud crítica que exigen estas textualidades, pues allí se observa el dinamismo de una subjetividad en tensión que oscila entre el simulacro autobiográfico y la figuración de sujetos que instauran vínculos estrechos con el mundo externo real.

4. CÉSAR FERNÁNDEZ MORENO