Chapter 3 The Cahokia Project
3.2 Mapping strategy and data management
comandante general del Ejército. En formación comandando el cuarto año estaba el capitán Hugo Chávez Luego de la ceremonia de transmisión de mando se ofreció un brindis en el casino de oficiales.
Durante ese convite nos sentamos en la mesa principal los generales Olavarría, Guerrero y yo. En medio de esa celebración entró al casino un grupo de música llanera integrado por cadetes y dirigido por un capitán flaco. Este oficial empezó a fungir como maestro de ceremonias tomando el micrófono para darme la bienvenida a la Academia con un cálido “saludo bolivariano”. A continuación presentó a los músicos armados de arpa, cuatro y maracas. Fue la primera vez que oí ese saludo con su inconfundible voz. Curioso pregunté al general Guerrero quién era y me dijo:
—Es el capitán Hugo Chávez Frías.
Luego de interpretar varias piezas musicales criollas, Chávez para terminar, anunció que recitaría en mi honor los poemas “Furia” y “Florentino y el Diablo”, dos famosos poemas del llano venezolano. Terminada la presentación, el capitán vino a nuestra mesa a despedirse. Al presentarse ante el comandante del Ejército, el general Olavarría le dio la mano con efusividad demostrando que lo conocía bien. Después de que Guerrero lo felicitó fue mi turno para congratularlo por su actuación. Al darle la mano sentí una sensación difícil de explicar.
Mi equipo en la Academia Militar
Luego de asumir la dirección, revisé la lista de oficiales adscritos al instituto y noté que la mayoría de los capitanes pertenecían a la promoción Simón Bolívar graduada en 1975. Entre ellos estaban Hugo Chávez, José Miguel Ortiz Contreras, Felipe Acosta Carlés, José Luis García Carneiro y Raúl Enrique Salmerón. A mí me llamó la atención esa concentración de oficiales de una sola promoción y que el más antiguo fuera Chávez quien se había graduado de número 8. A mí me extraño que ninguno se hubiese graduado entre los siete primeros de su curso. Generalmente a la AMV van oficiales ubicados en esas posiciones. El mejor colocado era Chávez quien era el número ocho. A este grupo se había juntado el capitán Raúl Isaías Baduel, quien era un año menos antiguo que Chávez. Entre los tenientes estaban Ronald Blanco La Cruz, Edgard Hernández Behrens y Carlos Luciano Guyón Celis. Estos últimos eran oficiales bien ubicados en el orden de mérito que es la medida para catalogar a los oficiales. Blanco había sido alférez mayor y los otros dos alféreces auxiliares de la promoción de 1981
El excesivo número de capitanes de la promoción de Chávez me llamó la atención. Siendo teniente había sido oficial de planta de la Academia Militar y normalmente cada año no había más de dos oficiales por promoción y generalmente estaban entre los
primeros de sus cursos en su último ascenso. Para balancear esta anomalía solicité a la Dirección de Personal del Ejército dos capitanes. Pare ellos exigí que hubiesen sido primeros graduarse y hubieran ascendido entre los 5 primeros a capitán. Poco después mi solicitud fue atendida al presentarse los capitanes Guaicaipuro Lameda Montero y Oswaldo Contreras Maza a quienes no conocía. Ambos eran los primeros de sus respectivas promociones, habían ascendido de primeros a capitán y habían sido ignorados.
Por casualidad, Lameda se había graduado un año antes que Chávez y Contreras un año después. De esa manera agregué dos capitanes bien calificados de promociones diferentes para balancear a los de la promoción Simón Bolívar. Adicionalmente pedí como ayudante personal al mayor Julio José García Montoya, quien había servido conmigo como capitán comandante de compañía en el Regimiento de Comunicaciones. Este oficial era de la promoción de 1973 era de los primeros de su curso, conocía bien a los capitanes en la Academia y podría darme información.
Antes de recibir la Dirección de la Academia solicité al general Olavarría el nombramiento de un nuevo comandante del cuerpo de cadetes y un subdirector. Ambos cargos eran para coroneles. Para entonces había hablado conmigo el coronel Carlos Santiago Ramírez quien manifestó aspirar a uno de esos cargos. En esa época éramos muy amigos y dado que era un oficial bien calificado y primer coronel de su curso lo consideré adecuado aunque sabía de su percance al ascender a coronel. Olavarría me recomendó que buscara otro candidato para subdirector, porque había decidido nombrar a Santiago para su ayudantía personal.
Olavarría también me dijo que era conveniente que el coronel Pedro Remigio Rangel Rojas continuara un año más en el cargo de comandante del cuerpo para dar continuidad a su gestión. Ante esta circunstancia solicité que se nombrara subdirector al coronel Juan Torres Serrano, quien había sido el alférez mayor de la promoción de Santiago. Olavarría accedió. Posteriormente me enteré que Rangel fue recomendado por el ex presidente Caldera quien era cercano a Olavarría.
Luego de recibir el cargo me reuní con el comandante del cuerpo de cadetes, el coronel Rangel, para darle mi guía de planeamiento y explicarle las políticas que tenía en mente. Nunca había trabajado con ese oficial, aunque lo conocía desde que éramos cadetes. Yo era brigadier cuando el ingresó como cadete nuevo. Rangel era un oficial bien calificado que ocupaba el primer lugar de su promoción en su ascenso a coronel, pero no había sido alférez mayor. Se había graduado de sexto en una promoción de 57 oficiales. Sabía que había sido compañero de Torres y Santiago en el Liceo Militar Ayacucho. Luego había estado en la Guardia de Honor del presidente Caldera, posteriormente fue edecán del presidente Luis Herrera y era miembro del grupo del general Moros Ghersi. Luego del retiro de Moros y Tovar Jiménez, Rangel Rojas se había convertido en el factótum militar de los socialcristianos en el Ejército. Luis Herrera lo había nombrado comandante del cuerpo de cadetes y estaba encaminado a ocupar altos cargos. Aun con AD en el poder
llegaría porque no tenía competidores de peso en su promoción.
Al reunirme con Rangel le dije que planeaba reemplazar al comandante del cuarto año por el recién llegado capitán Lameda Montero. Al oír mi idea se puso nervioso y recomendó que el capitán Chávez continuara en ese cargo porque solo tenía un año allí y era el mejor oficial que tenía. Me pareció razonable su posición, porque no conocía a ese oficial y desconocía que había estado en la Academia desde 1979. De haberlo sabido hubiera solicitado su cambio.
En ese momento no juzgué prudente compartir con Rangel una corazonada que tenía. Antes de atender el curso del IAEDEN ocurrió el incidente con el subteniente recién graduado que fue sorprendido distribuyendo volantes subversivos. En aquel momento conjeturé que ese oficial ha debido ser reclutado por los COMACATES en la propia Academia y pensé que valdría la pena investigar que estaba pasando en la Academia. Primeros meses como Director de la Academia
Mi tarea inicial fue aclimatarme a las reformas que se había introducido en el Instituto. Aunque di clases allí como instructor invitado desde el teniente hasta coronel pude notar muchos cambios. La mayoría eran positivos. El énfasis en la formación de liderazgo me pareció acertado e incluso ordené la traducción de un libro sobre el tema. A ese texto se le hicieron añadiduras dando énfasis a la defensa de la Constitución y la democracia.
El acento sobre una nueva materia llamada Cátedra Bolivariana me pareció exagerado. Se lo había comandado años antes al general Osorio García, pero no aceptó mis ideas. Creo que a Bolívar le debemos respeto y admiración, pero la prosopopeya del culto al héroe era recargada. Además había un grupo de cadetes en la Academia llamado Sociedad Bolivariana que hacía extrañas reuniones privadas en horas de estudio libre, para ahondar sobre el tema. En el comedor de cadetes y en el casino se oía fundamentalmente música llanera de arpa, cuatro y maracas. En mis tiempos de cadete, en el comedor se oía una variedad de temas musicales incluyendo música clásica. Recuerdo que los nuevos tenían que aprenderse los nombres de las piezas y el nombre de los compositores de fama mundial. Ahora bastaba con conocer al “Carrao de Palmarito” un popular cantante llanero.
Durante las marchas y en los trotes los cadetes tenían gritos y lemas diferentes a los que utilicé en mi época. Esos cantos me parecieron un poco extraños, pero no subversivos ni golpistas. También me sorprendí al notar que una placa de bronce que estaba empotrada en la entrada de la Academia había sido arrancada. La placa contenía la frase de Bolívar “Un soldado feliz no adquiere ningún derecho para mandar a su patria, no es el árbitro de las leyes ni del gobierno, es defensor de su libertad”. De inmediato ordené que se volviera a colocar esa placa en su sitio y que se pusieran otras de igual tono en otros lugares concurridos por los cadetes dentro de la Academia. Al mismo tiempo pedí al profesor Aníbal Romero que preparara un libro con pensamientos del Libertador que tocaran el tema de la libertad, la democracia y la necesidad de mantener a los oficiales en sus labores fundamentales de mando de tropas y lejos de actividades
políticas. El “bolivarianismo” me parecía bueno, pero su exceso, como una religión, se me hacía insoportable.
Algo más que me llamó la atención al llegar fue el excesivo número de cadetes de segundo año, cuyo número de integrantes no se correspondía con el crecimiento vegetativo normal del Ejército. Esa promoción había ingresado en 1983 siendo director el general Assing Sánchez. Las promociones de 1981, 1982 y 1983 tenían en promedio cerca de cien graduados. Cuando llegué a la academia había trescientos doce cadetes de segundo año. En la Academia nadie me pudo explicar por qué se había triplicado el número de cadetes de ese grupo. Al averiguar en la Dirección de Personal me dijeron que la propia Academia había solicitado ese número de aspirantes. Dado que no obtuve una respuesta y no vi razones para el desmesurado aumento decidí hacer una poda durante mis dos años como director. Un año después de que entregué la Academia, de este grupo sobredimensionado se graduaron 216 en 1987 en la promoción Mariano Montilla. Casi tres décadas después esta sigue siendo la promoción de oficiales más grande de la Academia Militar. Cuando detecté esa promoción “inflada” no conseguí una razón lógica. La respuesta me vino a la mente luego del golpe del 4 de febrero de 1992. Esa promoción fue idea de Santeliz.
La primera denuncia contra Chávez
Tradicionalmente, los cadetes nuevos pasan por un período preparatorio de entrenamiento para adaptarlos al régimen castrense. Es un etapa muy dura de aproximadamente dos meses, diseñada para endurecer y convertir a los reclutas civiles en soldados resistentes, obedientes y disciplinados. En ese lapso los cadetes no salen de permiso y son sometidos a una serie de ritos de iniciación que marcan el cambio de la vida civil a la militar. En ese periodo, los aspirantes a cadetes pagan por sus novatadas con extenuantes ejercicios y plantones. Algunos consideran estos rituales ofensivos y durante este entrenamiento, se pueden cometer abusos debido a la inmadurez de los cadetes de años superiores. Las arbitrariedades se han ido reduciendo, pero aun así la dureza de este período lleva a los nuevos cadetes a sus límites de resistencia. Antes de terminar este periodo de iniciación muchos aspirantes piden la baja. Esta tradición es parte de la cultura castrense y forma parte integral del noviciado de todo militar.
Al terminar el período preparatorio, y antes de salir a la calle de permiso, se permiten visitas los fines de semana a los cadetes en la propia sede de la Academia Militar. A fines de septiembre de 1984, durante la primera de las visitas programadas, conversé con el padre de uno de los reclutas. Era un viejo amigo que había estudiado conmigo en el liceo de San Cristóbal. Al saludarlo me indicó con recelo que le gustaría hablar conmigo en privado. Al terminar la visita nos reunimos en mi oficina y me dijo que su hijo le había confiado que había un capitán que les hablaba de una manera subversiva. Al preguntarle su nombre, me dijo que era el capitán Hugo Chávez Frías, el comandante del Curso Militar (cuarto año). Preocupado, tomé nota de ese nombre y para no crear alarmas innecesarias lo investigué discretamente con mi ayudante García Montoya. Garcia se
había graduado dos años antes que Chávez y era de Comunicaciones, el arma original de Chávez. García manifestó conocerlo desde que eran cadetes y me dijo que Chávez tenía tendencia a hablar “raro”, pero que ese era su estilo. Poco después, el cadete que denunció a Chávez con su padre pidió la baja antes de concluir el período preparatorio. Aumentan las sospechas
Mi ayudante García Montoya me informó que el capitán señalado era Hugo Chávez a quien él le llevaba dos años de antigüedad. En ese momento recordé que cuando propuse reemplazarlo con el capitán Lameda Montero en el comando del Curso Militar, el coronel Rangel Rojas me pidió que lo dejara en el cargo. García también me informó que estaba a cargo de la Sociedad Bolivariana del Instituto, que era profesor de la asignatura Cátedra Bolivariana y de Liderazgo. También supe que había recibido clases de actuación en el grupo de teatro de la Academia y que cuando estaba de guardia daba largas arengas a los cadetes.
La Academia Militar por ser un instituto docente no tiene un departamento de inteligencia, aunque el Cuerpo de Cadetes que funciona como un batallón, cuenta con un oficial de inteligencia. Para indagar un poco más pregunté al coronel Rangel qué sabía sobre Chávez, sin revelar la información que tenía. Rangel se mostró sorprendido ante mi pregunta y me expresó que consideraba a Chávez el mejor de los oficiales bajo su mando. Al retirarse, le ordené que averiguara más sobre él y me informara. Poco después reportó que no había información negativa sobre Chávez y que a su regreso a la Academia en 1983 había estado encargado del grupo de cadetes de primer año. Esa era precisamente la promoción “inflada”. Cuando asum í la dirección de la Academia en 1984, Chávez fue nombrado comandante del cuarto año por orden del coronel Rangel Rojas. La respuesta no me satisfizo y como tenía un mal presentimiento seguí investigando.
Ante la dificultad para conseguir información más precisa me comuniqué con el padre del cadete que había pasado la información inicial. Él me confirmó lo dicho anteriormente y me dijo que creía que a su hijo le obligaron a pedir la baja al no querer incorporarse al grupo conspirativo. Para entonces había recogido información suficiente como para sospechar que algo raro estaba pasando con el capitán Chávez en la Academia. Entonces no tenía inteligencia procesada ni pruebas irrefutables para acusarlo de conspirador, pero me daba mala espina.
Notificación al director de Educación
Hasta ese momento actué en forma circunspecta para no generar alarma infundada. Antes de tomar una decisión debía estar seguro de lo que ocurría. Por esos días al averiguar alguien mencionó el incidente de “La Gloria”, pero al revisar el expediente de Chávez en la Academia no encontré nada. En ese archivo no aparecía ninguna referencia a esa emboscada, ni copias del informe que le había levantado el coronel Murga Cabrices en la Brigada de Cazadores. Alguien había limpiado su expediente lavando esas huellas, resaltando las calificaciones de su breve pasantía en el Batallón Blindado Bravos de Apure y el hecho de ser el primero del curso medio de blindados. Un detalle que me
llamó la atención fueron algunos reportes de visitas de Santeliz a la Academia para hablar con Chávez. Yo sabía de las inclinaciones izquierdistas de ese oficial que era mi amigo, pero no tenía información de que estuviera conspirando. Las reuniones con Chávez me pusieron a pensar que podía haber algo entre los dos.
Al llegar a lo que parecía un callejón sin salida, me vino a la mente el recuerdo del subteniente recién graduado capturado en 1983 en el Regimiento de Comunicaciones. El oficial sorprendido repartiendo volantes tenía apenas unos días de graduado y con seguridad había sido catequizado en la Academia. Eso me hizo conjeturar que Chávez podría estar ligado a ese grupo subversivo y por razones de seguridad decidí actuar. El problema era que este caso se escapaba de mis atribuciones. No podía sancionarlo aplicando el Reglamento de Castigos Disciplinarios, porque no se trataba de una falta sino de un delito tipificado en el Código de Justicia Militar.
La investigación debía ser hecha por la Dirección de Inteligencia Militar (DIM) y de confirmarse mis sospechas debía ser sometido a una Corte Marcial. Esa situación me dejaba una sola vía de acción. Presenté el caso a mi superior, el director de Educación, el general José Humberto Vivas sin saber que Chávez era su pupilo. En octubre al hablar con Vivas lo sentí molesto. Antes de retirarme recomendé que fuera transferido a un cargo administrativo fuera de la Academia y sometido a vigilancia por la DIM.
A fines de noviembre de 1984 viendo que el general Vivas no actuaba, le planteé el asunto de nuevo. Al terminar mi exposición, me informó que él conocía a ese oficial desde la Brigada Blindada y lo consideraba un magnífico profesional que había quedado de primero en el curso medio de blindados. Luego me conminó a que desistiera de esa investigación porque mis sospechas eran infundadas y de dar curso a mi solicitud podía truncar su carrera. Antes de retirarme insistí en que Chávez estaba en algo raro y que seguiría observándolo.
Chávez es transferido fuera de la Academia Militar
A comienzos de enero de 1985 todavía no tenía pruebas concretas contra Chávez, pero los indicios aumentaban. Cuando pregunté porque no traía a su esposa a las reuniones sociales en la AMV, me dijeron que tenía problemas familiares. Al investigar este ángulo me enteré que ella vivía en Maracay que él tenía una amante cerca del Fuerte Tiuna. A mi informante le dije que ese tema no me interesaba. Mi preocupación se centraba en la sospecha de que la conspiración de los COMACATES se desarrollaba en el seno de la Alma Mater. De haber investigado hubiera descubierto que su amante era una comunista que servía de correo de “Fausto”.
En vista de la poca disposición de Vivas a actuar opté por pedirle permiso para hablar con su superior inmediato, el general Olavarría. Esta petición no le sentó bien. Vivas me dijo que lo quería “saltar”. Le hice ver que le estaba pidiendo permiso por el órgano regular para explicarle el caso al comandante general. Ante la firmeza de mi requerimiento tuvo que autorizarme.
haberlo tenido dos años bajo su comando en la Academia. Al igual que Vivas, me ordenó