1.5 Gravitational waves & massive black hole binaries
1.5.1 Massive black hole binaries
e incluso en lugares en que se lucha con-
tra ella, la religión en nuestra época, goza de un respeto universal.
Jacques Lacan
El ateísmo es la enfermedad de la creencia en Dios, creencia en que Dios no interviene en el mundo. Dios interviene todo el tiempo,
por ejemplo bajo la forma de una mujer. Jacques Lacan
¡Sí, sí! Pero que haya tres platos o doce, un
zapato o tres pares, en tiempo tarda siempre lo mismo. Apenas un minuto y vuelve. El trapo de los platos no se usó, la pomada está intacta. Pero todo está limpio, todo brilla… Esa historia de los platos de oro, ¿la aclaraste?
Y sus manos, nunca están sucias…
Jean Giraudoux
Pueden surgir de la creencia fundamental ideas momentáneamente accesorias, pero llevan siempre el sello de la creencia de la que proceden.
Gustave Le Bon
Gustave Le Bon nombró Psychologie des foules su libro de 18951. Freud tomó ese titulo para su texto de 1921 Massenpsychologie und Ich-Analyse. Ese sintagma resulta de la operación que hace Freud al agregarle análisis del yo, de lo cual resulta la unión de dos frases por la conjunción copulativa ―y‖; por lo cual, implícitamente enuncia que las dos frases que lo constituyen se encuentran conectadas de modo tal que no podría haber una sin la otra. Deberemos procurar encontrar en el texto las razones de esa solidaridad.
Freud se refiere a la obra de Le Bon no solo citando extensos pasajes y haciendo numerosas remisiones a ella, sino vertebrando su texto como respuestas a las preguntas que le suscita.
A la operación freudiana sobre el título del texto de Le Bon, Lacan hace otra sobre el título del texto de Freud, al que cita como Análisis del yo y psicología de las masas2, invirtiendo el orden de las frases.
1 Le Bon, Gustave, Psicología de las multitudes, Buenos Aires, Albatros, 1945. 2
Lacan, Jacques, ―Situación del psicoanálisis en 1956‖ en Escritos II, México, Siglo veintiuno, 1975, p.198. ―Situation de la Psychanalyse en 1956‖, en Ecrits, Paris, Seuil, 1966, p. 474.
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También critica el apoyo que Freud toma en Le Bon, diciendo que la ligazón hecha del yo a la psicología de las masas concierne en todo caso a la organización que Freud proyectó para confiarle la custodia de un núcleo de verdad en su doctrina.
Freud comparte con Le Bon el postulado de que existe la muchedumbre como una organización con características propias, como ser la altera- ción de las capacidades y limitaciones intelectuales de sus integrantes, cuya conducta se encuentra notablemente modificada por esa pertenen- cia. Para Le Bon la posibilidad de un lazo entre los miembros de una masa aparece a partir de la constitución de un inconsciente común a los integrantes de un pueblo, una comarca, una comunidad, etcétera -de un conjunto, diríamos- cuyas experiencias compartidas como comunidad histórica, por su decantación, forman un sustrato que es inconsciente, al que llama raza o alma y que homologa entre sí a quienes integran esa comunidad en su conjunto. De esto deduce una ley psicológica de la unidad mental de las muchedumbres, que hace que cualesquiera sean las condiciones sociales y/o intelectuales de los individuos que la com- ponen, una masa ―posee una clase de alma colectiva que les hace pensar sentir y obrar de una manera completamente diferente de aquella como pensaría, sentiría u obraría cada uno de ellos aisladamente‖3
. Por lo cual, si bien su inconsciente4 solo tiene con el inconsciente freudiano una relación de homonimia, el uso de esa noción le otorga para Freud la importancia de su consideración. A partir de Lacan, cuando podemos leer el alma como una de las ocurrencias del objeto a, se ve que Le Bon, aunque intuitivamente, no estaba totalmente descaminado. Lacan habla de las masas nazis reunidas alrededor del bigote de Hitler, Le Bon
3
Le Bon, Gustave, op. cit. p. 33. 4
―Nuestros mismos actos concientes derivan de un substractum, encierran innumera- bles residuos de antepasados que constituyen el alma de la raza. Tras de las causas confesadas de nuestros actos hay, sin duda causas secretas no confesadas por nosotros y aun hay muchas de esas causas secretas ignoradas por nosotros mismos. La mayor parte de nuestras acciones más frecuentes no son sino el efecto de móviles ocultos que esca- pan a la propia observación. Estos elementos inconscientes que forman el alma de una raza, son principalmente el lazo de semejanza de todos sus individuos; y por el contra- rio, aquellos elementos concientes, frutos de la educación, pero sobre todo de una herencia excepcional, son principalmente los que los hacen diferir. Los hombres más semejantes por su inteligencia, tienen instintos, pasiones, sentimientos parecidos. En todo lo que es materia de sentimiento: religión, política, moral, afectos, antipatías, etc. los hombres más eminentes no pasan sino muy raramente el nivel de los individuos más comunes‖. Le Bon, Gustave, op. cit., pp. 34/35.
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de las muchedumbres romanas aplastadas ante la seducción que les produce el penacho de un Cesar5.
Freud se pregunta por qué las muchedumbres se mantienen unidas, y se responde que a eso contribuye no poco la presencia de un líder y la presencia entre los participantes de ligazones libidinosas desviadas de sus metas originarias. Explica por la identificación el vínculo entre los integrantes de la masa y de cada uno de ellos con el líder. Acerca de esto dice que ―Una masa primaria de esta índole [una masa que tiene conductor] es una multitud de individuos que han puesto un objeto, uno y el mismo, en el lugar de su ideal del yo, a consecuencia de lo cual se han identificado entre sí en su yo‖6.
Sin embargo esa formulación presenta un problema. Porque si la base de la operación descripta como ―[…] han puesto un objeto, uno y el mismo, en el lugar de su ideal del yo […]‖ es la identificación, cabe preguntarse: ¿cómo es que ein Einziger Zug, un rasgo unario, funda- mento de esa identificación, es el objeto que modifica al Ideal del yo? El texto de Freud implica entonces la necesidad lógica de un pasaje, de una operación que lleve del rasgo al objeto. El texto está acompañado por un diagrama en el cual se señala una relación entre el líder como objeto exterior y el yo y el Ideal del yo de los integrantes de la masa.
Si se correlaciona este esquema con el esquema de la carta 52, puede suponerse que el objeto exterior coincide con el estrato P de las
5
―El héroe amado por las multitudes será siempre de la estructura de un César. Su penacho les seduce; su autoridad les impone; su sable les da miedo.‖ Le Bon, Gustave,
op. cit., p.61. 6
Freud, Sigmund, ―Psicología de las masas y análisis del yo‖ en Obras Completas, Buenos Aires, Amorrortu, 1979, T.XVIII, pp. 109/110.
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percepciones en tanto que su traducción, las Wahrnermungsichen signos de la percepción, corresponden en el otro al objeto del yo. En psicoanálisis, por no haber identidad, estamos conducidos por Freud a hablar de identificación y ésta implica la estructura de la metáfora; más precisamente la metáfora paterna por la cual es inducida al sujeto una significación. Ésta aparece abajo a la derecha en la fórmula de la metáfora, en el lugar correspondiente a la producción en la estructura discursiva. Es precisamente también el lugar de la producción del a en el discurso del Amo, es decir en el inconsciente. Se parte de la toma, por parte del sujeto, de un rasgo diferencial del objeto, de un rasgo una- rio elegido por consonar con el inconsciente, el cual, si se mantiene como rasgo es porque corresponde a un elemento no leído, es decir no incluido en la trama significante.
La significación inducida, fálica por definición, recubre al objeto a y a ninguna otra cosa, es por lo cual el objeto a llega en el rasgo unario hasta el ideal.
Por ―consonar con el inconsciente‖ se quiere significar que el sujeto destaca sobre el líder una transferencia considerable, provocada por la posición de este otro privilegiado como Otro por el sujeto dividido, hipnotizado y prendado de un amo, S1, al menos uno, que sabe acerca
de los modos de satisfacción a los que el sujeto aspira lograr por procu- ración. Esto de por sí desemboca normalmente en una profunda suges- tión respecto de la cual el sujeto queda inerme si su complicidad no renuncia a implicarlo en eso.
Freud a pesar de no contar con el concepto de objeto a, da cuenta del hecho de un modo en que parece disponer de esa noción aun sin haberla teorizado.
En la creación de masas, dice Le Bon, las ideas tienen poder a partir de su afirmación, repetición y contagio, porque la combinación de estas tres operatorias concluye por hacer adquirir a esas ideas lo que él llama: el ―misterioso poder llamado prestigio‖7. Al que define como un ―do-
minio ejercido sobre nuestro espíritu por un individuo, una obra o una idea‖ y dice que ese dominio suspende las facultades críticas invadien- do ―el alma de sorpresa y respeto. […] el dominio que provoca el pres- tigio es inexplicable‖, pero agrega que debe ser similar a la fascinación que experimenta un sujeto magnetizado, ―el prestigio es el resorte más
7
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poderoso de toda dominación; sin él, jamás hubieran reinado los dioses, los reyes y las mujeres‖8
. Le Bon relaciona efectivamente la hipnosis con los efectos de masa9.
Reafirmando el papel del líder caracteriza a estos como hombres de acción, reclutados entre los nerviosos, medio locos, excitados que bor- dean los límites de la locura. ―Por absurda que pueda ser la idea que defienden o el fin que persiguen, todo razonamiento se embota contra su convicción.‖ No les importan ni el desprecio ni las persecuciones y sacrifican todo interés personal, familia, etcétera. y parecen haber anu- lado hasta al mismo instinto de conservación. ―Los grandes convenci- dos que han agitado el alma de las muchedumbres […] no han ejercido fascinación sobre las masas sino después de haber sido también ellos fascinados por una creencia. […] La intensidad de su fe da a sus pala- bras una gran potencia sugestiva. La multitud está siempre pronta a escuchar al hombre que, dotado de fuerte voluntad, sabe imponerse a ella. Los hombres reunidos en muchedumbre, pierden toda voluntad y, por lo tanto, se inclinan, por instinto, hacia quien está dotado de ella.‖10 ―Para suscitar la creencia de la masa, él mismo tiene que estar fascinado por una intensa creencia.‖11
El número, para Le Bon, no es determinante del efecto de masa, puesto que dice que individuos separados pueden adquirir caracteres de mu- chedumbre psicológica. Freud, quien homologa masa e hipnosis, nom- bra al enamoramiento como una masa de dos.
En definitiva, que tanto los líderes de movimientos de masas que modi- ficaron el decurso de la historia como los que los siguieron y los apoya- ron de un modo fanático estuvieron impulsados siempre por una creen-
8
Ibid., p.142. 9
Por ejemplo, dice: ―El agitador ha sido casi siempre un agitado. El mismo ha sido hipnotizado por la idea, de la cual se ha convertido inmediatamente en apóstol. Ésta le ha invadido hasta tal punto que todo, fuera de ella, desaparezca, que toda opinión con- traria le parezca error y superstición. Así, por ejemplo, Robespierre, hipnotizado por las ideas filosóficas de Rousseau, empleó para propagarlas los procedimientos de la Inqui- sición‖ Ibid., p. 130.
10
Ibid., p. 131. 11
―[…] debe poseer una voluntad poderosa, imponente, que la masa sin voluntad le acepta. Le Bon enumera después las diversas clases de conductores y los medios por los cuales influyen sobre la masa. En general, entiende que los conductores adquieren su predicamento por las ideas que los fanatizan a ellos mismos.‖ Freud, Sigmund, op., cit., p.77.
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cia ciega en alguien o en algo que se les presentaba con una convicción absoluta.
Cuando Le Bon retrata a las masas señala este poder de la creencia que emana de una relación subjetiva, de una potencia tal, que no duda en relacionarla con la hipnosis y, por supuesto, las convicciones que más cerca se encuentran del sustrato de esta creencia son las religiosas. Freud dice que cualquier enseñanza impartida descuenta en el estudian- te la creencia en la existencia de lo que se le transmite —por ejemplo en la existencia de la Acrópolis de Atenas—. La importancia gnoseoló- gica de esas creencias es indudable aunque es cierto que existen enton- ces dos tipos de creencias: unas que pueden constatarse en cualquier momento, alcanzaría con ir a confirmar la veracidad de esas afirmacio- nes; otra que es un tipo de enseñanza no verificable, por ejemplo la creencia en la existencia de Dios. Se pregunta: ―¿Cuál es entonces el significado psicológico de las representaciones religiosas, dentro de qué categoría podemos clasificarlas?‖, y se responde que ―Son enseñanzas, enunciados sobre hechos y constelaciones de la realidad exterior (o interior), que comunican algo que uno mismo no ha descubierto y de- mandan creencia.‖12
.
Resalta la existencia de dos masas artificiales la iglesia y el ejército, pero dada la importancia gnoseológica de esas representaciones es per- tinente preguntarse si las masas no tienen siempre su fundamento en las creencias religiosas y, más bien, si en el fundamento cualquier creencia no es siempre religiosa.
Le Bon utiliza un relato de Dostoyevski como apólogo instructivo de su argumentación. ―Iluminado por la luz de la razón, rompió las imágenes de divinidades y de santos que ornaban el altar de una capilla, apagó las velas y sin perder un instante reemplazó las imágenes destruidas por las obras de algunos filósofos ateos, tales como Buchnes y Moleschot, volviendo piadosamente a encender las luces. El objeto de sus creencias religiosas se había transformado, pero sus sentimientos religiosos ¿pue- de realmente afirmarse que hubiesen sufrido cambio alguno?‖13
En 192714, Freud sostiene la esperanza de que por encima de las ilusio- nes de la religión, el hombre moderno instale una crítica a este tipo de
12 Freud, Sigmund, ―El porvenir de una ilusión‖, en Obras Completas, Buenos Aires, Amorrortu, 1979, T. XXI.
13
Le Bon, Gustave, op. cit., p.83. 14
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creencia a partir de la ciencia. Sostiene entonces que la ciencia sería una salida posible del oscurantismo de las creencias y quizás hasta una oportunidad para la humanidad de un nuevo desarrollo en la espirituali- dad. En 1921, no tiene el mismo optimismo cuando al final del capítulo V de Psicología de las masas y análisis del yo, escribe: ―Si otro lazo de masas reemplaza al religioso, como parece haberlo conseguido hoy el lazo socialista, se manifestará la misma intolerancia hacia los extraños que en época de las luchas religiosas; y si alguna vez las diferencias en materia de concepción científica pudieran alcanzar parecido predica- mento para las masas, también respecto de esta motivación se repetiría idéntico resultado.‖15
En ―El hechicero y su magia‖, Lévy-Strauss considera indudable la eficacia de algunas prácticas mágicas, pero la condiciona a la creencia en la magia. Establece que esta creencia se presenta bajo tres aspectos complementarios. El primero es ―la [creencia] del hechicero en la efica- cia de sus técnicas‖. El segundo es ―la creencia del enfermo que cuida o de la víctima que persigue en el poder del hechicero‖. Tercero, ―la con- fianza y las exigencias de la opinión colectiva, que forman a cada ins- tante una especie de campo de gravitación en cuyo seno se definen y se sitúan las relaciones entre el brujo y aquellos que él hechiza‖16
. Se pre- gunta cómo justifica el hechicero ante sus propios ojos el haber preten- dido extraer por succión del cuerpo del paciente una piedra que había ocultado en su boca como causa del estado mórbido. O correlativamen- te, ―¿cómo logra disculparse un inocente acusado de brujería si la impu- tación es unánime, puesto que la situación mágica es un fenómeno de consenso?‖17
. El texto continúa con el relato de dos situaciones aconte- cidas en el grupo que estudiaba; en una de las cuales una muchacha tiene un ataque de nervios porque un muchacho le tomó las manos. El reo es acusado de brujería y juzgado de acuerdo a esa acusación cuya pena máxima es la muerte. Al comienzo, el acusado se defiende protes- tando inocencia pero cuando ve que esa razón es inconducente, se de- clara brujo y poseedor de poderes sobrenaturales, pasando entonces su estrategia a tener que convencer a sus jueces de la veracidad de su ar- gumento. El resto de sus alegatos tienen una débil consistencia lógica; sin embargo, el juicio sigue adelante porque, dice el autor, los jueces
15 Ibid., p. 94. 16
Lévy-Strauss, Claude, ―El hechicero y su magia‖ en Antropología estructural, Bue- nos Aires, EUDEBA, 1976, p. 152.
17 Ibid.
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―antes que reprimir un crimen buscan atestiguar la realidad del sistema que lo ha hecho posible. La confesión reforzada por la participación de los jueces inclusive su complicidad, transforma al acusado en colabora- dor de la acusación‖. Por lo cual, ―la hechicería y las ideas a ella aso- ciadas escapan a su modo de existencia penoso en la conciencia como conjunto difuso de sentimientos y representaciones mal formuladas, para encarnarse en ser de experiencia‖18
. Lévy-Strauss dice que el testi- go no es juzgado por sus argumentos en la justicia, sino en la verdad, lo cual asegura al grupo, ―porque la elección no se hace entre este u otro sistema, sino entre el sistema mágico y la falta de todo sistema o sea el desorden, el adolescente consiguió transformarse de amenaza para la seguridad física de su grupo, en garante de su coherencia mental‖. Geza Roheim escribe: ―Sin la magia, decían los nativos, no podríamos hacer absolutamente nada; nos sería imposible labrar la tierra, hacer el amor o la guerra, navegar el mar, o hacer cualquier otra cosa. Ello equivale a manifestar que no eran capaces de llevar estas cosas satisfac- toriamente a cabo si no creían en su facultad de poder hacerlas.‖19 En- tendemos que para Roheim esa ―facultad de poder hacer‖ es el elemen- to fundamental en la acción humana, pero explicita que esta facultad implica que el sujeto formule el deseo de llevar a cabo la acción. Ro- heim coloca la magia entre el principio del placer y el principio de rea- lidad pero de hecho da por sentado, sin explicitarlo, la presencia del lenguaje, de la creencia y del deseo. Por el contrario, en los términos de la cita, los nativos manifiestan su creencia en la magia, aunque para Roheim también expresan la creencia en su facultad de poder hacer. Esta última afirmación no está implicada necesariamente en lo que consta de lo dicho por los nativos o más bien se deja escuchar que la facultad de poder hacer depende más bien de la magia o de lo que sí es