Area 8 The value of ongoing contact and working with specific minority ethnic groups
4.4 Masterclasses and study activities
437 El teólogo y pastor luterano alemán, Dietrich Bonhoeffer, mártir en Auschwits, nos ofrece una
rica experiencia en su obra, Resistencia y sumisión (cartas y apuntes desde el cautiverio, editadas
por Eberhard Bethge, Ediciones Sígueme, Salamanca, 1λκγ; muestra a Jesús como ―el hombre para los demás‖. Bonhoeffer habla de un Cristianismo no religioso. Es un Cristianismo que se
muestra más en la vida que en los ritos. De alguna manera este capítulo tendrá este enfoque, en donde la mostración de Dios se hace visible, se significa en el AMOR.
438 Véase a Eberhard Betghe (amigo personal de Bonhoeffer) en la revista, Selecciones de
teología, No. 36, 1970, oct-noviembre 1970.
439 Véase, Resistencia y sumisión de D. Bonhoeffer, son apuntes desde el cautiverio, editados por
su amigo Eberhard Bethge, Ediciones Sígueme, Salamanca, 1983 y véase también, el artículo en Selecciones de teología No.36, octubre-noviembre de 1970.
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La opción de Jesús no estuvo determinada exclusivamente por un horizonte sociológico: los pobres, los ricos, los instruidos, los ignorantes, etc. La opción de Jesús fue por el hombre. Sí, por el hombre, el hombre más desprotegido, el indefenso en todo sentido. La indefensión es más relevante aparece en los: indigentes, los enfermos, ―el huérfano, la viuda y el extranjero‖. Los abandonados y expoliados por los poderosos, son los predilectos de Dios: Sof 2, 3; Lc 4, 18-19. Vino a los enfermos y pecadores, Lc 5, 31. La enfermedad y el pecado no tienen connotación social en términos de clases sociales. Es el hombre quien los padece, es el hombre quien es curado. Jesús no optó por ninguna de las facciones en que estaba dividido su pueblo por aquella época: saduceos, fariseos, esenios y zelotes. Cristo optó por el hombre. En los doce, no cabe duda, había apóstoles de todos los colores y Jesús los eligió. La Iglesia, ―sacramento de Jesucristo‖ sigue a su único paradigma; de ahí que en los diferentes documentos del magisterio, su opción es por los pobres. Son los menos favorecidos por diversas circunstancias sociales. La dimensión profética de todos los cristianos no permite el silencio frente a los vejámenes que se le hacen a la persona humana, pertenezca a la etnia que sea. Jesús hizo opción por los indefensos, los pobres, los desprotegidos, los abandonados. Esto es claro en los evangelios, especialmente en los sinópticos.
A lo largo de la historia salvífica se constata que Yahvé-Dios reclama, cuando se maltrata al hombre: ―¿Dónde está tu hermano Abelς‖ Gn 4, λ. Cuando Saulo persigue a los cristianos, Jesús en persona le reclama: ―Saulo, Saulo, ¿por qué me persiguesς‖ Hch λ, 4. Hacerle el bien o el mal al hombre, es hacerlo a Dios: ―Venid benditos de mi υadre‖ Mt β5, γ4. υero también dirá: ―Apartaos de mí, malditos‖ Mt, β5, 41. Es la relación con el hombre la medida del juicio. Rechazar al otro, es rechazar a Jesucristo: ―A quien a vosotros os rechaza, a mí me rechaza‖ Lc 10, 18. El juicio de Dios no versará sobre las doctrinas creídas o no, sino sobre el amor, Mt 25, 31ss.
La opción por el hombre del Hijo de Dios hecho hombre, no significa negar una ―opción preferencial‖ por los indefensos. Esta opción es clara en la Biblia y en la Tradición. Ya vimos en otro acápite cómo Dios se ―enoja‖ cuando se trata del maltrato al ―huérfano, a la viuda y al extranjero‖, que son como los prototipos del indefenso. Los indefensos, no necesariamente son los pobres sociológicamente hablando. Pueden o no pueden serlo. Son los anawin440, los que son conscientes de su propia insuficiencia y lo esperan todo de Dios. Son los anawin de los Salmos y de los profetas, especialmente del profeta Isaías. Ya vimos en otra parte de este trabajo que pobreza y agradecimiento, van unidos. Igual que humildad y
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kénosis. Cristo mostró una ―opción preferencial‖ por los indefensos, de modo
especial por los ―pobres‖ desde el punto de vista social. Hay sendos pasajes bíblicos que muestran esta realidad. Por citar algunos: la parábola del rico epulón y el pobre Lázaro, Lc 16, 19-31; el episodio del óbolo de la pobre viuda, Mc 12, 41- 44. A los pobres es a quienes se les participa la Buena Nueva, Mt 11, 5; Lc 4, 18; cf. Is βλ, 1κss; así como los pobres, Lc 6, β0 o ―pobres de espíritu‖, Mt 5, γ a quienes pertenece el reino de Dios.
Los mártires son los testigos del amor a Dios traducido en los hombres. Un Maximiliano Kolbe entrega su vida por salvar a un hombre casado en Auschwitz. Los mártires del coliseo romano, -el colmo, la tortura se volvió diversión- ¡qué horror! El hombre sin Dios es la criatura más inhumana. Los mártires no argumentan la fe, la muestran. Tertuliano decía en su Apología: ―υero de nada sirven cualesquiera de vuestras más refinadas crueldades; antes son un estímulo para nuestra comunidad. Nos hacemos más numerosos cada vez que nos
cosecháis: semilla es la sangre de los cristianos‖441. Los cristianos no se
―impusieron‖ en el Imperio por la fuerza de las armas, sino por la fuerza del amor.
El ―ved cómo se aman‖ les impactó y su testimonio los llevó a aceptar la doctrina.
Una doctrina respaldada por la vida. Eso es lo impactante. No fue la organización, no fueron los monumentos arquitectónicos, los que ―impactaron‖ a los paganos;
fue su ―modo de vida‖442. El coloso Imperio fue ―derribado‖ por la fuerza del amor.
El poder se impone por la fuerza, pero su dominio es efímero. La fuerza del amor, trasforma al hombre y lo lleva a incluso al martirio. El martirio causa admiración. Los paganos se sentían confundidos persiguiendo a los cristianos.
El mártir del nazismo, Dietrich Bonhoeffer, en su tesis doctoral, La Sanctorum Communio443, afirmaba que Cristo sólo existe en la comunidad. Es decir, Cristo está en el otro. Bonhoeffer mostró la fe con testimonio, antes que con doctrinas.
σos decía el mártir: ―Cristo está ahí y somos nosotros quienes hemos de
responder al reto de su presencia viva‖. ―La cuestión no es cómo hemos de modelar el mensaje, sino cuál es su contenido, es Cristo mismo‖. Los santos no son otra cosa que ―testigos‖ del amor de Dios. Los primeros cristianos no entendieron la fe reducida a unas fórmulas o cultos determinados. Al reunirse en fraternidades y celebrar la Eucaristía, salían llenos de fortaleza a ser ―testimonio‖ de la fe celebrada. Los mártires siempre han sido los testigos fácticos de la fe. La
441 Tertuliano, Apologeticum, 50, 13. Patrología de Johannes Quasten, Vaol. I, BAC, Madrid,
MCMLXXXIV, p. 559.
442 Carta a Diogneto, Patrología de J. Quasten, Vol. I, p. 247.
443 Eberhard Bethge en Selecciones de teología, No. 36, 1970; comenta esta tesis doctoral de D.
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fe, en efecto se traduce en hechos de vida. Esos hechos de vida no pueden estar aislados de la relación con los otros.
Bonhoeffer afirmaba que la Iglesia es la Sanctorum Communio444. Es una Iglesia inserta en los hombres. El lugar de la Palabra es la asamblea de los cristianos.
Los υadres del Vaticano II nos dicen: ―La Iglesia es sacramento de la íntima unión
con Dios‖445. Habría que preguntarnos si la Iglesia está significando a Cristo y más
aún si los cristianos estamos siendo signos del amor de Dios. Si realmente somos ―fermento‖ en la masa; ―sal‖ y ―luz‖ del mundo‖. Recordando la semiología de la Primera y Segunda Partes, un signo que no significa, pierde su vigencia. Los jeroglíficos fueron muy significativos en la cultura egipcia, hoy no le dicen nada a los transeúntes que los miran. El mensaje cristiano, más que el Cristianismo, está lleno de signos. Una lectura del mismo debe preguntarse si tales signos le están hablando al hombre de hoy. Si un puñado de cristianos ―trasformaron‖ el Imperio, ¿qué pasa con los más de mil millones de bautizados en la Iglesia Católica que no ―significamos‖ a Dios en el mundoς Me pregunto: ¿Es que el mensaje de Jesús ha perdido la lozanía del amor primero? ¿Por qué se habrá desteñido tanto el mensaje que ya no impacta? La predicación, ¿no está haciendo creíble el Evangelio? Un cristiano y más un cristiano teólogo no puede permanecer inmune a este cuestionamiento. La investigación apunta a dar ―respuesta‖ a todo ―el que os pida razón de vuestra esperanza‖ 1 υdr γ, 15.
La opción por el hombre es tan evidente en la economía salvífica, que Dios se hizo hombre. El magisterio de la Iglesia ha tenido que aclarar todos los intentos por negar la naturaleza humana en el Hijo de Dios hecho hombre. Los hagiógrafos neotestamentarios insisten vehementemente en la ―encarnación‖. La υalabra se hizo ―carne‖ Jn 1, 14 contra los gnósticos de su tiempo. El Hijo de Dios se hizo hombre, igual a nosotros ―menos en el pecado‖ Hbr 4, 15; Jn κ, 46; β Cor 5, β1.
Los ebionitas o ―pobres‖ hacia el siglo II negaban la posibilidad que Dios se
hubiese hecho hombre. Su acentuado monoteísmo, -cristianos provenientes del judaísmo- les impedía aceptar la ―encarnación‖. Los docetas, por la misma época de los ebionitas, negaban que Dios hubiese sufrido en la cruz, pues el ―cuerpo‖ de Jesucristo era un ―cuerpo aparente‖. Esta secta gnóstica, seguidora de Valentín y Basílides, marcada por el dualismo, era reacia a aceptar la opción de Dios por el
hombre. υara υablo el cuerpo humano es tan digno, que es ―templo del Espíritu
Santo‖ 1 Cor γ, 16.
444 Nos dice Jourdain Bischop, comentando a Bonhoeffer en, Los teólogos de la muerte de Dios,
Ed. Herder, Barcelona, 1969, pp. 16-17.
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σo cabe duda que en espiritualidades ―modernas‖ aparecen los ―neos‖ ebionitas o docetas. Cuántos grupos hoy, bajo una portada ―muy espiritual‖ sacan a Cristo de la realidad humana. Evaden cualquier compromiso social, formando ―guetos‖ de ―perfectos‖ no contaminados del mundo, enemigos de todo cambio, ―añorando las cebollas de Egipto‖, recordando un pasado, ―otrora glorioso‖. Son ―espiritualidades de invernadero‖ que cuando salen al campo abierto se marchitan. υero no es menos frecuente, también, aquellos que cargados de un estudio sociológico de la realidad, ven en Jesucristo un ―gran líder social‖, abanderado de ―los pobres‖, negando en la práctica su preexistencia divina, convirtiéndolo en un ―paradigma
social‖ digno de imitación. Estos, en el fondo, niegan la divinidad de Jesucristo.
Los concilios de σicea, Constantinopla I y Calcedonia pusieron ―orden‖ a tantas desviaciones. Obviamente no se trata de frenar el quehacer teológico, como si los énfasis de los concilios, no pudiesen ser leídos hoy. Nicea afirmó claramente la ―consubstancialidad‖ del Hijo con el υadre (Dz 54; DS βιβ). Constantinopla I afirmó la ―eternidad‖ del Hijo, ―nacido del υadre‖ y ―antes de todos los siglos‖, Dz 86; DS 277. Calcedonia afirmó las dos naturalezas en Cristo ―verdaderamente
Dios y verdaderamente hombre‖ Τ ζ δοθ οθαν οθ θαθγλωπο β δ Dz 148; DS
301.