Además, si el valor de nuestra reflexión teo- lógica ha de depender en lo absoluto de que la misma parta o se sustente en la consulta de unos manuscritos «infalibles», ¿qué valor tendrá la reflexión teológica cristiana que, por cierto, tiene siglos de existencia, pero que no se ha hecho sobre la base de unos manuscritos originales (sino en copias de co- pias, de copias), que no se ha sustentado ni podrá sustentarse en el presente y en el fu- turo en la consulta de unos manuscritos ori- ginales «infalibles»?
Si se pone como condición Sine qua non que el valor de la Biblia y de la reflexión teológica que parte de ella y se sustenta en la misma, dependa de la existencia de unos manuscri- tos originales «infalibles», es de esperarse que la reflexión teológica con base en la Bi- blia sólo tendría un genuino fundamento precisamente si hace con base en tales ma- nuscritos.
Pero las cosas se complican cuando tenemos que admitir, por un lado, que nunca se ha podido probar la existencia (y en realidad no podemos estar seguros de que alguna vez hayan existido) de tales manuscritos «infali- bles». Por otro lado, si teórica e hipotética- mente abrimos la posibilidad de que alguna vez hayan existido (a pesar de que estamos seguros de que jamás existieron), lo cierto es que no los tenemos.
Además, cuando analizamos el uso y depen- dencia del canon hebreo (el Tanaj, el Anti- guo Testamento) por parte de los autores del Nuevo Testamento, descubrimos algu- nos detalles interesantes.
En primer lugar, la apelación que hace el Nuevo Testamento al Antiguo Testamento, no la hace mediante el empleo de algunos manuscritos originales «infalibles», sino más bien mediante el empleo de copias de co- pias.
En segundo lugar, la apelación que hicieron los autores del Nuevo Testamento al canon hebreo, por lo general la hicieron mediante la Septuaginta (traducción griega del Anti- guo Testamento).
Estas dos observaciones nos permiten afir- mar con toda seguridad que la apelación al Antiguo Testamento por parte del Nuevo Testamento, jamás se hizo sobre la base de unos manuscritos «originales», y mucho menos sobre unos «originales infalibles»; sino más bien con base en una traducción hecha de copias de copias y, por supuesto, jamás «infalibles».
Ahora bien, ante los hechos aquí presenta- dos, una particular y típica reacción funda- mentalista es la siguiente: “Si alguien insiste en que nadie ha visto los originales infali- bles, ¡Es tan correcto como decir que nadie ha visto los originales falibles!”. Esta afirma- ción la hace el teólogo protestante Clark Pin- nok, en su obra «Revelación bíblica, el fundamento de la teología cristiana» (publi- cada por CLIE, año 2004, página 83). Ahora, un detalle que ignora Clark Pinnok, es que el proceso de copiado y reproducción textual que nos ha dado la Biblia no parece partir de unos supuestos «originales infalibles». Otro detalle que tampoco toma en cuenta el señor Clark Pinnok (detalle que en muchísi- mas ocasiones se les echa en cara a los exé- getas muy preocupados por la arqueología de los textos), es que los textos normativos y que sirven de base para la actual reflexión teológica no son los textos de los «manus- critos originales» o «autógrafos», y mucho menos los supuestos «originales infalibles», sino la forma final en que los textos fueron canonizados y recibidos por las distintas co- munidades cristianas en su momento. Por supuesto, en este sentido la reflexión teoló- gica cristiana no puede ni debe ignorar los indiscutibles aportes y evidencias que aporta la ciencia de la crítica textual res- pecto del desarrollo y la indiscutible evolu- ción por la que han pasado los manuscritos que a la Biblia le sirven de base.
Esto es muy bien claro, en primer lugar, res- pecto de la recepción y apropiación del canon hebreo por parte de las comunidades cristianas. La decisión a la que se llegó en la asamblea de Yabné (Jamnia) en los años 90 de la era cristiana, no tuvo que ver, ni se ex- presó respecto de algunos supuestos ma-
nuscritos «originales infalibles»; más bien se expresó, en términos muy específicos, sobre la forma textual que habían alcanzado los textos del Tanaj (el Antiguo Testamento he- breo) para ese entonces (forma que, por cierto, era de tipo consonántico, pues el texto masorético vocalizado del cual de- pende nuestra exégesis actual del Tanaj, en- traría en escena no antes de cinco o seis siglos después o un poco después).
En iguales términos tenemos que expresar- nos respecto de varios concilios del siglo IV, hasta concluir en el tercer concilio de Car- tago del año 397 de la era cristiana (el pri- mero fue el primer Concilio de Cartago en el año 393, parece que hubo un segundo Con- cilio de Cartago, pues en para el año 397 se habla del “Tercer Concilio de Cartago”, final- mente, también se habla del Sexto Concilio de Cartago del año 419 de la misma era cris- tiana), cuando se expresaron respecto de los libros que se consideraban normativos para la fe cristiana. Tales concilios no se expresa- ron, no canonizaron, unos textos en manus- critos «originales infalibles», sino más bien, canonizaron y se expresaron respecto de manuscritos copias de copias, los cuales no eran «infalibles», y que habían pasado todo un largo proceso de desarrollo, relecturas, exégesis, interpretación, transformación, adiciones y omisiones, etc., proceso que los hace inequiparables con los supuestos «ori- ginales infalibles».
Ahora bien, si la historia es testigo del im- pacto y de lo inspiradora que ha sido y sigue siendo la Biblia prácticamente en todo el mundo (no ignoramos el hecho de la poca o ninguna presencia de la fe cristiana con su Biblia en gran parte del globo terráqueo) en todo el mundo; parece, pues, que las premi- sas de la hipótesis de la necesidad de unos manuscritos «originales infalibles» están en crisis, y merecen reformularse, pero pienso que es mejor abandonarse.
Finalmente, 1) Si las relecturas dentro del Antiguo Testamento mismo (el Tanaj) han te- nido su innegable valor a pesar de susten- tarse en copias de copias; 2) Si la lectura, interpretación y apelación que hace el
Nuevo Testamento (su teología) del Antiguo Testamento (el Tanaj), se hizo con base en copias de copias; 3) Si nuestra lectura, inter- pretación y apelación a la Biblia como tal (en su forma actual), se hace con base en unos textos canónicos, pero no «originales», ni «infalibles», sino en la traducción de unos manuscritos copias de copias, y demasiado falibles, copiados un sin número de veces; nos parece verosímil concluir en que no ne- cesitamos la hipótesis de la existencia de unos manuscritos «originales infalibles», pues su sustentación origina más crisis que los supuestos fundamentos y las supuestas soluciones que provee.
En conclusión, la actual reflexión teológica cristiana en sentido general, no se sustenta ni se lleva a cabo sobre la base de la consulta y apelación de unos manuscritos «originales infalibles», sino más bien en unas copias de copias, tampoco «infalibles». La actual refle- xión teológica cristiana se sustenta más bien en la consulta y apelación de unos textos ca- nónicos asumidos como normativos, pero no originales, y mucho menos «infalibles». Además, no es posible que un ser humano falible, empleando materiales falibles, comu- nicando ideas y pensamientos falibles, y sin una Biblia que como tal reclame ella misma ser inerrante, infalible y ni siquiera inspirada del todo (como ya lo hemos demostrado en nuestra revisión y traducción de 2 Timoteo 3.16); pero que incluso en caso de apelar a la idea de una “revelación” en algún sentido, todavía habría que hablar por necesidad de una «revelación falible», porque si bien se podría argumentar la infalibilidad de Dios, indiscutiblemente no se podría decir lo mismo de los receptores de tal revelación. En consecuencia, insisto, no es posible que de ahí surja un producto final que sea preci- samente «infalible».
Pienso que ayudará mucho a la interpreta- ción cristiana de la Biblia, si los intérpretes cristianos no ignoran esta realidad en su labor de apropiación, lectura, relectura, ape- lación y aplicación de los textos bíblicos.R
H
abiendo creado al ser humano a imagen de Dios (Génesis 1,26), el primer acto que rea- liza el Hacedor es bendecirlo. Este impor- tante acto confiere al adamrasgos tan significativos como fecundidad, creatividad y capacidades de ges- tión y de dominio. Más adelante la bendición reapa- rece en términos idénticos en 9,1 cuando la deidad bendice a Noé y a sus hijos recién salidos del arca. Ninguna parte del Primer Testamento cuestiona el significado de la bendición original. Por tanto, su al- cance es permanente y, hablando bíblicamente, en- riquece en todo momento el potencial creativo humano.No obstante lo anterior, la tradición cristiana viene prescindiendo de la bendición original hasta el punto de excluirla de los principios fundamentales de su teología. En su lugar se introduce la idea del pecado original que viene resonando poderosamente desde la época de los padres de la iglesia hasta nuestros días. Lanzado primero y de forma apenas incipiente por el apóstol Pablo en su carta a los romanos (Rm 5,12), el concepto es recogido y reinterpretado por Agustín de Hipona quien lo amplía hasta el punto de convertirlo en doctrina cristiana. Tan impactante ha sido este paso trascendental que en el mundo mo- derno prácticamente no hay iglesia católica o pro- testante que no reconozca el pecado original como un elemento clave que condiciona su reflexión teo- lógica.
Sin embargo, si deseamos obtener una visión estric- tamente bíblica del tema, debemos enfocar con exactitud el vocabulario que interviene en Gn 3. En la narración de la ruptura emprendida en el Edén por la primera pareja, es significativo que no aparezca todavía jattaath, palabra hebrea que significa “pe- cado”. Asimismo, las dos maldiciones pronunciadas por el Creador no van dirigidas a los seres humanos sino a la serpiente (3,14) y al suelo cultivable (3,17). Es decir, el acto de comer del árbol de la ciencia del bien y del mal no es pecado, no merece maldición y
no elimina la bendición original. Ahora bien, el hecho de la desobediencia sí es punible en el sentido de que, a partir de este instante, se acaba para la pareja humana la despreocupación de la infancia y co- mienza la dura etapa de la vida adulta en la tierra. El narrador sugiere que justamente éste es su destino (2,5; 3,23).
El vocablo jattaath, “pecado”, se introduce por vez primera en Gn 4,7. Aquí es donde Dios aconseja a Caín a tener mucho cuidado porque “el pecado está acechando a la puerta”. Dicho de otra manera, el Gé- nesis no asocia la idea del pecado con la infracción ocurrida en el Edén sino que lo vincula con la violen- cia fratricida que lleva a la muerte de Abel. En este contexto es digno de notarse que el detonador que desencadena el cataclismo del diluvio es la violencia humana (6,11).
Por tanto, cabe señalar que los padres de la iglesia se han desmarcado notablemente del texto hebreo introduciendo el pecado original donde no perte- nece. Las explicaciones pueden ser varias. En primer lugar, se sabe que desconocían el idioma del Primer Testamento y leían la Biblia en versiones griegas o latinas. En segundo lugar, se ha documentado que el vocabulario aportado por la Septuagintay la Vulgata
se presta en mayor medida que el original hebreo a interpretaciones sexualizadas de los capítulos inicia- les del Génesis. En tercer lugar, combinado con la mi- soginia generalizada del periodo helenístico, el llamado pecado original responde a determinados planteamientos conceptuales y filosóficos de la teo- logía patrística y como tal es de interés histórico. Sin embargo, debemos recalcar que no aporta ningún elemento esclarecedor al texto del Génesis sino que lo tergiversa produciendo una imagen distorsionada de lo ocurrido. El pecado principal cometido por los seres humanos, denunciado innumerables veces a lo largo de las páginas del Primer Testamento, es otro. Se llama idolatría.R