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XXII. EL SIGNIFICADO DEL KULA

I. CONCLUSIONES SOBRE LAS CARACTERÍSTICAS DEL KULA

Hemos venido siguiendo las distintas rutas y ramificaciones del Kula; nos hemos ocupado minuciosamente de sus reglas y costumbres, de sus creencias y prácticas, y de la tradición mitológica que lo inspira, hasta que, al llegar al final de nuestra información, hemos hecho que se encuentren sus dos ramas. Dejaremos ahora de lado la lente de aumento del examen de detalle y observaremos desde una cierta distancia el objeto de nuestro estudio, abarcando a toda la institución con una sola mirada, dejándola que adopte una forma concreta ante nuestros ojos. Esta forma tal vez nos sorprenda por ser algo insólita, algo que no había aparecido hasta ahora en los estudios etnológicos. Será apropiada intentar buscarle su lugar entre los dos temas de la etnología sistemática, medir su significación y hacer un cálculo de cuánto hemos aprendido al familiarizarnos con ella.

Después de todo, los hechos aislados carecen de valor para la ciencia, por muy sorprendentes y novedosos que puedan ser en sí mismos. La verdadera investigación científica se diferencia de la mera búsqueda de hechos curiosos en que esta última persigue lo singular, pintoresco y

extravagante: el anhelo por lo sensacional y la manía de coleccionar son su doble estímulo. La ciencia, por su parte, tiene que analizar y clasificar los hechos con objeto de situarlos dentro de un conjunto orgánico, de incorporarlos a uno de los sistemas en que trata de agrupar los diversos aspectos de la realidad.

Por supuesto, no voy a entrar en ninguna especulación ni voy a añadir ninguna clase de suposiciones hipotéticas a los datos empíricos contenidos en los capítulos anteriores. Me limitaré a algunas reflexiones sobre los aspectos más generales de la institución y tratar de expresar, con alguna mayor claridad, la actitud mental que en mi opinión está en el fondo de las distintas costumbres kula. Estas opiniones generales, creo, deben tenerse en cuenta y examinarse en posteriores trabajos de campo que se hagan sobre materias afines al Kula, así como en la investigación teórica, y entonces es cuando podrían demostrarse fértiles para futuros trabajos científicos. En este sentido, se debe conceder al cronista de un nuevo fenómeno el privilegio de exponerlo a la consideración de sus colegas; pero es tanto su obligación como su privilegio. Porque, aparte de su conocimiento directo de los hechos y desde luego si su descripción es buena, debe conseguir traspasar la mayor parte de sus conocimientos al lector, los aspectos y características fundamentales de un fenómeno etnográfico no son menos empíricas por ser generales. Por tanto, es tarea del cronista completar su relación con un coup

d’oeil, a la vez de conjunto y sintético, de la institución que ha descrito.

Como se ha dicho, el Kula parece ser, en cierta medida, un nueva tipo de hecho etnológico. Por una parte, su novedad radica en las dimensiones de la institución, tanto sociológicas como geográficas. Una gran relación intertribal, uniendo por concretos vínculos sociales una vasta área y un gran número de personas mediante concretos lazos de recíprocas obligaciones, haciéndoles que sigan normas minuciosas y observaciones según un plan previamente concertado, el kula es un sistema sociológico de tamaño y complejidad sobresalientes si se tiene en cuenta el nivel cultural del medio en que la encontramos. Y no se puede pensar ni por un solo momento que esta amplia trama de correlaciones sociales e influencias culturales sea efímera, nueva o precaria. Pues el gran desarrollo de la mitología y el ritual mágico demuestran cuán profundamente está enraizado en la tradición de estos indígenas y cuán remoto debe ser su origen.

Otro rasgo inhabitual es el carácter mismo de las transacciones, que son la esencia misma del Kula. El intercambio, semiceremonial y semicomercial, no tiene más objeto que el hecho en sí, para satisfacer un profundo deseo de posesión. Pero tampoco se trata de una posesión normal,

sino de un tipo especial de posesión en la cual un individuo posee durante un tiempo breve y de forma alternativa ejemplares individuales de dos clases de objetos. Aunque la propiedad es incompleta, por su carácter no permanente, en cambio tiene la cualidad de serla sobre muchos objetos sucesivos, y pudiera denominarse propiedad acumulativa.

Otro aspecto de gran importancia, quizás el de mayor importancia, y tal vez el que mejor revele el carácter inhabitual del Kula, es la actitud mental de los indígenas hacia los signos de riqueza. Estos últimos nunca se utilizan ni se consideran como dinero o currency (medio de cambio), y se parecen muy poco a estos instrumentos económicos, si es que tienen algún parecido a excepción de que tanto el dinero como los vaygu’a representa riqueza condensada. Los vaygu´a nunca se utilizan como un medio de cambio ni como medida de valor, que son las dos funciones más importantes del currency o el dinero. Cada pieza vaygu’a del tipo de las utilizadas en el Kula tiene un objetivo principal a lo largo de toda su existencia: poseerse y ser íntercambiada; tiene una función y sirve a un propósito fundamental: circular por el anillo del Kula y ser poseída y exhibida de una cierta forma, de la que hablaremos a continuación. Y el intercambio a que constantemente está, sometida cada pie vaygu’a es de un tipo muy especial; limitada; limitada por la dirección geográfica en que debe realizarse, estrechamente circunscrito al círculo social de los individuos que pueden hacerlo, es objeto de toda clase de reglas y normas estrictas; ni puede describirse como trueque, ni como un simple dar y tomar de regalos, ni en ningún sentido es una especie de juego de intercambios. En realidad, el intercambio es Kula, es decir, de un tipo enteramente nuevo. Y es precisamente a través de este intercambio, a través del hecho de estar siempre al alcance y ser objeto de un deseo competitivo, a través de un ser medio de provocar la envidia y de conferir fama y distinción social, cómo este objeto, alcanza su alto valor. De hecho, constituyen uno de los intereses dominantes de la vida indígena y uno de los principales elementos de su cultura. Así, uno de los rasgos más importantes e inhabituales del Kula es la existencia de los vaygu’a kula, los objetos preciosos incesantemente circulantes y siempre intercambiables, que deben su valor a esta misma circulación y a su carácter especial.

Los actos por los que se intercambian los objetos preciosos tienen que realizarse según un código concreto. El principio fundamental de éste declara que la transacción no es una operación comercial. La equivalencia de los valores intercambiados es esencial, pero debe producirse como consecuencia del buen sentido del que devuelve el regalo para entender lo que la costumbre y su propia dignidad le imponen. La ceremonia que acompaña al acto de la entrega, la manera en que se lleva y se maneja el

vaygu’a, demuestran con claridad que se le considera algo más que una

simple mercancía. De hecho, para los indígenas es algo que confiere dignidad, que exalta al individuo y, por tanto, que se trata con veneración y afecto. Su comportamiento en las transacciones esclarece que el vaygu’a está considerado, no sólo como algo de gran valor, sino también que merece un tratamiento ritual y despierta reacciones emocionales. Este reconocimiento se confirma y ahonda si se tienen en cuenta otros usos de los

vaygu’a, en que se utilizan otros objetos preciosos, tales como los

cinturones de kaloma y las grandes hojas de piedra, que funcionan además junto a los artículos kula.

Así, cuando se encuentra un espíritu maligno, tauva’u (véase capítulo II, apartado VII), dentro o cerca de la aldea, en forma de serpiente o de cangrejo de tierra, se le ponen delante y de forma ceremonial algunos

vaygu’a, y ello no tanto con objeto de sobornar al espíritu con el sacrificio

de un regalo, como para ejercer una acción directa sobre su mente y hacerla benévola. En el período anual de fiestas y danzas, los malimala, los espíritus, regresan al poblado. Los objetos preciosos kula de que en esta época dispone la comunidad, así como los vaygu’a de propiedad permanente, como las cuchillas de piedra, los cinturones kaloma y los pendientes daga, se exhiben a manera de sacrificio a los espíritus en una plataforma, según un arreglo y una costumbre llamada yolova (véase capítulo II, apartado VII). Por tanto, los vaygu’a representan la ofrenda más efectiva que se les hace a los espíritus, mediante la cual se les pone de buen humor; «hace sus mentes benévolas», corno reza la estereotipada frase de los indígenas. En el yolova se les ofrece a los espíritus aquello que es más valioso para los vivos. Se supone que los visitantes sombríos se llevan la parte fantasmal o espíritus del vaygu’a y hacen un tanarere en la playa de Tuma, exactamente igual que las expediciones kula hacen un tanarere con los objetos preciosos adquiridos al regresar a su playa (véase capítulo XV, apartado IV). En todo esto hay una clara expresión de la actitud mental de los indígenas, que consideran a los vaygu’a como un bien supremo en sí mismos y no como riquezas convertibles, ornamentos en potencia o ni siquiera como instrumentos de poder. Poseer un vaygu’a es estimulante, reconfortante y apaciguante en sí mismo. Miran los vaygu’a y los manipulan durante horas; en determinadas circunstancias, el simple contacto transmite su virtud.

Ello se manifiesta de forma mucho más clara en una costumbre que se observa en las defunciones. El difunto es rodeado y cubierto de objetos preciosos que todos sus parientes, sanguíneos y políticos, prestan para tal ocasión, llevándoselos luego cuando fallece definitivamente, en tanto que

los propios vaygu’a del individuo permanecen en el cadáver durante algún tiempo. Se dan varias versiones y justificaciones de esta costumbre. Así, se dice que es un regalo a Topileta, el guardián del otro mundo; también que debe llevárselos consigo de forma espiritual para conseguir una situación social elevada en Tuina; o simplemente que se dejan para adornar y hacer más felices los últimos momentos del agonizante. Sin duda que todas estas creencias se dan a la par y todas son compatibles, a la vez que expresan la actitud emocional básica: la acción confortadora de los objetos preciosos. Se aplican a los agonizantes como algo que les puede resultar benéfico, como algo que les procura placer, tranquilizando y fortaleciendo al mismo tiempo. Los colocan en la frente, los colocan en el pecho, los frotan por el vientre y los costados, y agitan algunos vaygu’a delante de las narices. Con frecuencia he visto hacerlo, de hecho, los he observado haciéndolo durante horas, y creo que en el fondo existe una compleja actitud emocional e intelectual: el deseo de inspirar, con la vida y al mismo tiempo de preparar para la muerte; de sujetarlo a este mundo y de prepararlo para el otro; pero, sobre todo, el profundo sentimiento de que los vaygu’a son el supremo reconfortante, de que rodear a un hombre de ellos, incluso en su peor momento, hace que este momento sea menos malo. Probablemente, la misma actitud mental está en el fondo de la costumbre que prescribe que los hermanos de la viuda entreguen vaygu’a a los hermanos del difunto; siendo luego devueltos los mismos vaygu’a en el mismo día. Pero se mantienen el tiempo suficiente para reconfortar a quienes, según la creencia indigna sobre el parentesco, se ven más directamente afectados por el fallecimiento, En todo lo dicho encontrarnos la expresión de la misma actitud mental, el inmenso valor que se concede a la riqueza condensada, la forma seria y respetuosa de tratarla, la idea y el sentimiento de que es un receptáculo del mayor bien. Los vaygu’a se valoran de forma completamente diferente de aquella en que nosotros valoramos nuestras riquezas. El símbolo bíblico del becerro de oro más podría aplicarse a su actitud que a la nuestra, aunque no sería correcto decir que ellos ¿adoren los vaygu’a, pues no adoran nada. Quizá los vaygu’a podrían ser denominados “objetos de culto,” en el sentido en que lo sugieren los hechos del Kula y los datos que se acaban de mencionar; es decir, en la medida en que se manejan de forma ritual en algunos de los actos más importantes de la vida indígena.