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Según recuerdo, en aquellos días tratamos a muchísima gente.

Guardo un recuerdo muy confuso de aquellos primeros años subsiguientes al fin de la guerra, y me resulta muy difícil evocarlos y determinar cuáles fueron los acontecimientos ocurridos antes o después de tal o cual otro acontecimiento. Tal como les he contado antes, en cierta ocasión Picasso dijo, mientras Gertrude Stein y él hablaban de fechas, que, cuando éramos jóvenes, ocurrían muchísimas cosas en un año. Cuando para refrescar mi memoria repaso la lista de obras escritas por Gertrude Stein, veo que en los años inmediato posteriores al fin de la guerra ocurrieron muchísimas cosas en cada año, tantas que me siento anonadada. En aquel entonces no éramos tan jóvenes, pero el mundo estaba repleto de gente joven, y quizá eso sea equivalente a lo otro.

El grupo de viejos amigos había desaparecido. Matisse vivía permanentemente en Niza, pero, de todos modos, pese a que Gertrude Stein y él seguían siendo muy buenos amigos, el caso es que casi nunca se veían. Corrían los días en que Gertrude Stein y Picasso no se frecuentaban. Los dos hablaban con los más amistosos sentimientos de cada uno de ellos a los amigos comunes, pero no se trataban. Guillaume Apollinaire había muerto. De vez en cuando veíamos a Braque y a su esposa. En esta época Braque y Picasso estaban distanciados y muy resentidos recíprocamente. Recuerdo que una noche Man Ray trajo consigo una fotografía que él había hecho de Picasso, que fue pasando de mano en mano, y cuando llegó a Braque, éste la miró y dijo «me parece que conozco a este señor» («je dois connaître ce monsieur»). Este fue un período que Gertrude Stein rememoró bajo el título Of Having for a Long Time Not Continued to be

Friends.

Juan Gris estaba enfermo y desalentado. Había estado muy enfermo, y no llegó a sanar nunca. Las estrecheces y el desaliento habían al fin producido sus efectos. Kahnweiler regresó a París bastante pronto, después de la guerra, pero los pintores a quienes antes protegió ya habían logrado demasiado éxito para necesitarle. Mildred Aldrich había obtenido un tremendo éxito con su obra Hilltop on the Marne, y de una manera muy propia de su modo de ser se había gastado como una reina lo que, como una reina, había ganado; en los días a que me refiero todavía gastaba, y disfrutaba haciéndolo, pero comenzaba a sentirse un poco inquieta. Solíamos visitarla una vez al mes, en realidad la visitamos regularmente hasta el fin de sus días. Incluso en la época en que se hallaba en el pináculo de la gloria, Mildred Aldrich apreciaba las visitas de Gertrude Stein mucho más que las de cualquier otra persona. En gran parte fue con el fin de complacer a Mildred Aldrich que Gertrude Stein intentó que el Atlantic Monthly publicara alguna obra suya. Mildred siempre dijo que sería muy halagador que el

Atlantic Monthly accediera a las pretensiones de Gertrude Stein, pero eso no ocurrió

jamás. Había otra cosa que molestaba terriblemente a Mildred Aldrich. El nombre de Gertrude Stein no figuraba en el Who's Who, o diccionario biográfico de personalidades

destacadas, norteamericano. En realidad, el nombre de Gertrude Stein figuró en las listas de autores ingleses antes que en las de autores americanos. Esto preocupaba mucho a Mildred Aldrich, quien, en cierta ocasión, me dijo: «Me irrita extraordinariamente ver que en Who's Who americano hay tantas biografías de gente insignificante, mientras que el nombre de Gertrude ni siquiera se menciona.» Y después añadía: «Ya sé que eso carece de importancia, pero no hay derecho a que se prescinda de este modo de Gertrude.» Pobre Mildred. Y ahora, precisamente en el año en que nos encontramos, los redactores del Who's Who han decidido, por razones que ellos sabrán, incluir el nombre de Gertrude Stein. No es preciso decir que el Atlantic Monthly sigue ignorándola.

La historia de lo ocurrido con el Atlantic Monthly es bastante divertida.

Tal como he dicho, Gertrude Stein envió algunos originales al Atlantic Monthly, sin esperanzas de que los publicaran, aunque pensando que, si por milagro lo hacían, Mildred Aldrich se llevaría una alegría, y Gertrude Stein también. Al fin el Atlantic

Monthly contestó la carta de Gertrude Stein, fue una contestación larga y con muchos

razonamientos, procedente de la sección literaria. Gertrude Stein, en el convencimiento de que la carta del Atlantic Monthly había sido redactada por una mujer de Boston empleada en la sección literaria, contestó extensamente los razonamientos adversos, y dirigió la carta a miss Ellen Sedgwick. Casi a vuelta de correo recibió contestación en la que se refutaban los argumentos de Gertrude Stein, y en la que se reconocía que el tema tratado por miss Stein no carecía de interés, pero que no cabía duda alguna de que no se podía cometer la indelicadeza de ofrecer aquellos textos a la atención de los lectores del

Atlantic Monthly, aunque cabía la posibilidad de publicarlos en una sección de la revista

llamada, si no recuerdo mal, «Club de Colaboradores». El autor de la carta terminaba diciendo que su nombre no era Ellen sino Ellery Sedgwick.

No hay que decir que a Gertrude Stein le encantó que su corresponsal fuese Ellery y no Ellen, y aceptó que publicaran sus originales en el «Club de Colaboradores», pero tampoco hay que decir que los originales no fueron publicados en el «Club de Colaboradores».

Y entonces comenzamos a conocer a gente nueva, constantemente.

Alguien, no recuerdo quién, nos dijo que una norteamericana había comenzado un negocio de préstamo de libros ingleses en nuestro barrio. En aquella época de restricción de gastos, habíamos dejado de pagar la cuota de Mudie; la American Library nos suministraba algunos libros, pocos, que no bastaban a satisfacer las necesidades de Gertrude Stein. Así es que comenzamos a investigar, y descubrimos a Sylvia Beach. Sylvia Beach admiraba muchísimo a Gertrude Stein, y pronto se hicieron amigas. Gertrude Stein fue la primera persona que contrató por un año los servicios de préstamo de libros de Sylvia Beach, y ésta se mostró conmensuradamente agradecida y orgullosa. Sylvia Beach vivía en un minúsculo piso, situado en una callecita cercana a la Ecole de Médecine. En aquel entonces, pocos eran los norteamericanos que la visitaban. Entre éstos estaban el autor de Beebie the Beebeist, la sobrina de Marcel Schwob, y unos cuantos poetas irlandeses extraviados. En aquellos tiempos vimos con mucha frecuencia a Sylvia, solía venir a casa y también nos acompañaba en las excursiones al campo que hacíamos con el viejo automóvil. Conocimos a Adrienne Monnier, quien trajo a nuestra casa a Valéry Larbaud, y los dos se mostraron muy interesados en Three Lives, y, al parecer, Valéry Larbaud proyectaba traducir este libro. En estos días Tristan Tzara hizo su aparición en París. A Adrienne Monnier le impresionó mucho este acontecimiento. Picabia había descubierto a Tzara en Suiza, durante la guerra, y entre los dos habían fundado el dadaísmo, y del dadaísmo, tras muchas luchas y peleas, surgió el surrealismo.

Y Tzara vino a nuestra casa, supongo que fue Picabia quien lo trajo, pero no estoy segura. Siempre me he resistido a creer las historias acerca de la violencia y maldad de Tzara, por lo menos puedo asegurar que me ha resultado muy difícil comprenderlas ya que, cuando Tzara nos visitaba, solía sentarse a mi lado, ante la mesilla de té, y me hablaba como un primo hermano agradable, aunque no muy interesante.

Adrienne Monnier quería que Sylvia se mudara a la rue de l'Odéon. Sylvia dudó mucho, pero al fin se decidió a hacerlo, y desde entonces la vimos muy poco. Inmediatamente después del traslado, Sylvia y Adrienne ofrecieron una fiesta en su nueva residencia, y allí Gertrude Stein descubrió que en Oxford tenía un grupo de jóvenes admiradores. A la fiesta acudieron varios jóvenes de Oxford que se mostraban extraordinariamente complacidos de tener ocasión de conocer a Gertrude Stein, le pidieron originales, y luego los publicaron, aquel mismo año, el 1920, en el Oxford

Magazine.

Sylvia Beach traía de vez en cuando a nuestra casa grupos de gente, grupos de jóvenes escritores acompañados de mujeres mayores. Fue entonces cuando Ezra Pound vino a casa, aunque eso ocurrió de otro modo. Más tarde, Sylvia Beach dejó de visitarnos, pero nos mandó recado de que Sherwood Anderson había llegado a París y deseaba ver a Gertrude Stein, y nos preguntaba si Sherwood Anderson podía visitarnos. Gertrude Stein contestó que sí, que con mucho gusto lo recibiría, y Sherwood Anderson vino acompañado de su mujer y del crítico musical Rosenfeld.

Por motivos que no recuerdo, probablemente algún problema de carácter doméstico, yo no estuve presente en aquella ocasión, pero el caso es que, cuando regresé a casa, encontré a Gertrude Stein contenta y conmovida como jamás la había visto. En aquellos tiempos Gertrude Stein estaba un poco amargada, ya que tenía una gran cantidad de originales inéditos y sin esperanzas de que dejaran de serlo ni de que fueran apreciados en todo su valor. Pues vino Sherwood Anderson y de una manera simple y directa, muy propia de su personalidad, dijo a Gertrude Stein lo que opinaba de sus obras, y lo que significaban para él. Sherwood Anderson se lo dijo entonces, de palabra, e inmediatamente después, lo cual es todavía más raro, lo dijo públicamente por escrito. Gertrude Stein y Sherwood Anderson han sido siempre grandes amigos, desde entonces, pero, en mi opinión, ni siquiera Sherwood Anderson sabe cuánto significó para Gertrude Stein aquella visita que le hizo, El fue quien escribió, en aquellos días, el prólogo de Geography and Plays.

En aquel tiempo una encontraba a todo el mundo en todas partes. Los Jewetts eran un matrimonio norteamericano propietarios de un castillo del siglo X, cerca de Perpignan. Los conocimos durante la guerra, y cuando vinieron a París fuimos a verles. Allí conocimos a Man Ray y, después, a Robert Coates, aunque ignoro cómo y por qué había éste ido allá.

Cuando entramos, el cuarto estaba lleno de gente, y al cabo de poco tiempo Gertrude Stein hablaba con un hombrecillo sentado en una esquina. Y cuando nos fuimos, Gertrude Stein concertó una cita con él. Me dijo que era fotógrafo y que parecía interesante, y me recordó que Jeanne Cook, la esposa de William Cook, quería que le hicieran un retrato para mandarlo a sus familiares de Norteamérica. Y los tres fuimos al hotel de Man Ray. Era un hotel pequeñito, uno de los minúsculos hoteles de la rue Delambre, y Man Ray ocupaba una habitación pequeña, pero jamás he visto espacio, ni siquiera un camarote de barco, con tantas cosas y las cosas tan bien dispuestas. Había una cama, tres grandes cámaras fotográficas, varios aparatos de diversos tipos para la iluminación, una persiana, y una cabina para revelar las fotografías. Nos enseñó fotografías de Marcel Duchamp y de mucha otra gente, y nos preguntó si podía venir a casa y hacer fotografías del estudio y de Gertrude Stein. Así lo hizo, y también me hizo

varias fotografías, y quedamos muy contentas de los resultados. Man Ray ha fotografiado en diversos períodos a Gertrude Stein, quien siempre se ha sentido fascinada por el modo en que Man Ray emplea las luces. Después de ser retratada, Gertrude Stein siempre regresa a casa muy contenta y complacida. Un día Gertrude Stein dijo a Man Ray que las fotografías que éste había hecho de ella le gustaban más que cuantas fotografías le habían hecho, con la excepción de una instantánea que yo le había hecho recientemente. Esto picó a Man Ray. Al poco tiempo, pidió a Gertrude Stein que fuese a verle ya que quería hacerle otra fotografía. Y Gertrude Stein fue. Man Ray le dijo que podía moverse cuanto quisiera, que podía mover los ojos, la cabeza, que podía moverse porque la foto iba a ser una «pose», aunque con todas las cualidades de una instantánea. Las «poses» duraban mucho, entonces. Gertrude Stein se movió, tal como Man Ray le había indicado, y los resultados, que fueron las últimas fotos que Man Ray hizo de Gertrude Stein, fueron extremadamente interesantes.

A Robert Coates también lo conocimos en casa de los Jewetts, en aquellos primeros tiempos inmediatos posteriores a la guerra. Recuerdo muy bien el día en que le conocimos. Era un día frío y oscuro, en el piso más alto de un hotel. Había bastantes hombres jóvenes, y de repente Gertrude Stein .dijo que había olvidado encender las luces de situación en su automóvil, y que no quería que le pusieran otra multa, ya que nos habían puesto una, hacía poco, por tocar yo la bocina a fin de que un policía se apartara de la trayectoria del automóvil, y a Gertrude Stein le habían puesto otra multa por girar alrededor de un poste en sentido contrario al debido. Entonces, un joven pelirrojo dijo: «De acuerdo», salió y regresó inmediatamente. El joven pelirrojo anunció: «Las luces están ya encendidas.» Gertrude Stein preguntó: «¿Cómo ha sabido cuál era mi automóvil?» Y Coates repuso: «Bueno, ya lo conocía.» Coates siempre nos gustó mucho. Es extraordinario comprobar cómo, moviéndose por París, una casi nunca encuentra a gente conocida, pero a Coates le encontrábamos muy frecuentemente, sin sombrero y con el cabello rojo al descubierto, en los lugares más insospechados. Corrían los días, aproximadamente, de Broom, acerca de la que les hablaré dentro de poco, y Gertrude Stein se interesó muchísimo en la obra de Coates, tan pronto éste se la dio a conocer. Gertrude Stein decía que Coates era el único joven con ritmo individual, sus palabras sonaban a los ojos, a la vista, cosa que las palabras de la mayoría de la gente no hacen. También nos gustaba mucho el lugar en que Coates vivía, el City Hotel, en la isla, y nos gustaba su manera de comportarse.

La memoria de la obra que Coates preparó para solicitar el premio Guggenheim hizo las delicias de Gertrude Stein. Desgraciadamente, tal memoria, que era una encantadora novelita, que fue presentada con el apoyo de Gertrude Stein, no obtuvo el premio.

Y, tal como he dicho, también estaba Broom.

Antes de la guerra conocimos a un muchacho, no es que lo conociéramos mucho pero sí un poco, llamado Elmer Harden, que se encontraba en París dedicado a estudiar música. Durante la guerra, supimos que Elmer Harden se había alistado al Ejército francés, y que había sido gravemente herido. Elmer Harden había prestado servicios de enfermero en el hospital norteamericano, atendiendo a heridos franceses, y uno de los pacientes, un capitán que había quedado casi inútil de un brazo, se disponía a volver al frente. Y Elmer Harden comenzó a ser incapaz de contentarse con cuidar heridos. Y Elmer dijo al capitán Peter: «Voy con usted.» El capitán Peter dijo: «No, no puede.» Y Elmer, con tozudez, dijo: «Sí, voy con usted.» Así es que tomaron un taxi y fueron al Ministerio de la Guerra, y luego a un dentista, y no sé adónde más, y el caso es que al término de la semana el capitán Peter se encontraba de nuevo al frente de sus hombres, y Elmer estaba en su regimiento como soldado. Elmer luchó muy bien y fue herido.

Después de la guerra volvimos a verle, y entonces le vimos con mucha frecuencia. En los primeros tiempos de la paz Elmer y las hermosísimas flores que nos mandaba representaban para nosotras un gran consuelo. Elmer y yo siempre decimos que él y yo seremos las últimas personas de nuestra generación que recuerden la guerra. Aunque temo que los dos la hemos olvidado ya un poco. Hace pocos días, Elmer anunció que había obtenido un gran éxito al inducir al capitán Peter, y no hay que olvidar que el capitán Peter es bretón, a reconocer que fue una hermosa guerra. Hasta este día siempre que Elmer decía al capitán Peter que la guerra fue una hermosa guerra, el capitán Peter se callaba, pero en esta ocasión, cuando Elmer dijo que la guerra fue una hermosa guerra, el capitán Peter dijo: «Sí, Elmer, fue una hermosa guerra.»

Kate Buss procedía del mismo pueblo que Elmer, Medford, en Massachusetts. Kate Buss fue a París y vino a vernos. No creo que Elmer nos la presentara, pero Kate Buss vino a vernos. Estaba muy interesada en la literatura de Gertrude Stein, y tenía todas las cosas que en aquellos tiempos podían comprarse. Kate Buss trajo a Kreymborg. Kreymborg había venido a París en compañía de Harold Loeb para poner

Broom en marcha. Kreymborg y su esposa nos visitaban con frecuencia. Kreymborg

tenía mucho interés en publicar, como serial, The Long Gay Book, la obra que Gertrude Stein escribió después de The Making of Americans. Como es natural, Harold Loeb no estaba dispuesto a que se hiciera tal. Kreymborg solía leer con gran placer las frases de este libro. Kreymborg y Gertrude Stein estaban unidos por otro vínculo, además del de su mutua simpatía, ya que la Grafton Press, que había publicado el primer libro de Gertrude Stein, también había publicado el primero de Kreymborg, en la misma época.

Kate Buss trajo a muchísima gente a nuestra casa. Trajo a Djuna Barnes y a Mina Loy, quienes quisieron traer a James Joyce, pero no lo hicieron. Nos alegró mucho volver a ver a Mina, a quien habíamos conocido en Florencia, cuando se llamaba Mina Haweis. En su primer viaje a Europa, Mina se trajo a Glenway Westcott. El acento inglés de Glenway nos dejó impresionadísimas. Y Hemingway nos explicó a qué se debía el fenómeno. Hemingway dijo: «Cuando uno ingresa en la Universidad de Chicago, le preguntan qué acento quiere adquirir, y cuando uno termina los estudios, le dan el acento con el título.» Glenway se olvidó en casa una pitillera recubierta de seda, con sus iniciales, que nosotras guardamos hasta que volvió, y se la devolvimos.

Mina también nos trajo a Robert McAlmon. McAlmon era muy agradable, en aquellos tiempos, muy maduro y muy bien parecido. Mucho más tarde publicó Making

of Americans en la Contact Press, y entonces todo el mundo se peleó. Pero así es París,

aunque debo consignar que, en realidad, Gertrude Stein y McAlmon jamás se reconciliaron.

Kate Buss nos trajo a Ernest Walsh, que entonces era muy joven, muy febril, y preocupaba mucho a Kate Buss. Después volvimos a encontrarle con Hemingway, y luego en Belley, pero nunca le conocimos muy bien.

Conocimos a Ezra Pound en casa de Grace Lounsbery, vino .a cenar a casa, y se quedó y hablamos de estampas japonesas, entre otras cosas. A Gertrude Stein le gustó Ezra Pound, aunque no lo encontró divertido. Dijo que era un explicador de villorrios, excelente si una era un villorrio, pero no si no. Ezra también habló de T.S. Eliot. Fue ésta la primera vez que alguien habló de T.S. en casa. Al poco tiempo, todos hablaban de T.S. Kitty Buss habló de T.S., y Hemingway habló de T.S., a quien llamaba «el comandante». Bastante más tarde, lady Rothermere habló de T.S. e invitó a Gertrude Stein a su casa para que le conociera. Iban a fundar el Criterion. Habíamos conocido a lady Rothermere a través de Muriel Draper, a quien habíamos vuelto a ver después de