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Published in a slightly different form in Entomologia Experimentalis et Applicata 139: 197-206 (2011)

5.2 Materials and methods 1 Experimental set-up

En la Iglesia de Dios, la expresión «hacer carrera» debería quedar eliminada del vocabulario. El que entra a formar parte de la vida eclesiástica con el propósito, soterrado o confesado, de conseguir abrirse camino en su carrera, jamás debería ser ordenado sacerdote y, en caso de que ya lo haya sido, debería permanecer firmemente anclado en el lugar en el que se encuentra, cuando no enviado a una remota iglesita rural. A Dios no le sirven de nada los soberbios y los presuntuosos, los vomita con arcadas de asco. Estaría en contradicción con sus propios designios si los quisiera poner al frente de su Iglesia.

La carrera está ínsita en la altiva voluntad del aspirante, el cual, con tal de medrar, sería capaz de poner obstáculos a la mismísima voluntad de Dios, cuyos verdaderos candidatos son los humildes y los últimos: «¿Busco yo ahora el favor de los hombres o el de Dios? ¿Pretendo agradar a los hombres? Si agradara a los hombres, ya no sería servidor de Cristo.»

A más de un prelado de este veinte por ciento de escaladores hacia el pináculo de san Pedro le falta la glándula de la resignación que no le permite aceptar el lugar al que ha llegado porque considera que cualquier meta no es suficientemente digna o adecuada a las eminentes cualidades de su persona. Convierte el Evangelio en un motor auxiliar para sus aspiraciones humanas. Presunción, adulación activa y pasiva, arribismo, jerarquismo, ambición, falta de disciplina interior, cultura meramente superficial, reconocimiento de sus valores, todo eso son virtudes para el arribista y él tiene especial empeño en hacerlo saber. Con sus gestos de fingida religiosidad, apunta directamente a la meta que pretende alcanzar y todo lo condiciona a ella, como el folleto de una empresa de pompas fúnebres en el que las coronas se reservan a los caídos.

Hoy no es la ascética la culpable de la pobreza de frutos que las distintas viñas del Señor ya no han producido, sino la ascesis. Una hipócrita afectación curial cuyos tentáculos aprisionan el ambiente.

Sólo las inteligencias privilegiadas consiguen superar la espesa capa de hechizo colectivo, más allá de la cual se encuentra el anacoreta, solo con su desierto. Y es precisamente de un padre del desierto de donde les llega el latigazo a los miembros de la Curia: «Nuestra boca apesta a adulaciones; nos sabemos de memoria casi

todas las Escrituras; mascullamos los cánticos del salterio; y, sin embargo, carecemos de lo que Dios busca: caridad y humildad.»

La experiencia nos enseña que, no se sabe por qué razón, los soberbios que, según el Evangelio, deberían ocupar el último lugar, siempre están en la pole position, interpretando el papel de primeros de la clase, y lo hacen de maravilla. Siempre son ellos, los emprendedores, los que se apropian de los puestos clave, aunque muchas veces no sean los mejores sino todo lo contrario. Y todos saben que nada hay más peligroso que las grandes misiones, fermentadas por pequeños cerebros adulterados.

«¿Qué discutíais por el camino?» Si Jesús le hiciera esta pregunta a la Curia romana de hoy en día, muchos prelados se avergonzarían de contestarle, a él, que escruta los corazones y las mentes. Por el camino siguen comentando cuál de ellos ha de ser el más grande: procedentes de humilde origen social, sueñan con ascensos de prestigio en los dicasterios más importantes para ocupar puestos de poder.

«Si alguno de vosotros quiere ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos.» La Madre Teresa de Calcuta tuvo en su muerte un entierro regio porque supo vivir como la última entre los últimos, pobre entre los más pobres, sierva de los repudiados por nuestra sociedad del bienestar. Los jefes de la Iglesia no tienen que aspirar a puestos de mando como no sea para servir a los hombres en la fidelidad del Evangelio de los humildes; siendo todos pobres en el espíritu en la misma medida, no es la pobreza lo que infunde temor, sino el desequilibrio entre la pobreza y la riqueza que impera en el vértice de la Iglesia vaticana.

El arribista es el que empieza bien un camino equivocado, con tal de llegar a la meta elegida. No soporta retrasos en su avance por encima de los demás. A toda costa y pisoteando los derechos de los honrados trabajadores, sólo él tiene que subir al altar, donde se consumará el sacrificio en su honor, para escarnio de los soldados desconocidos. Estos trepas que aspiran al poder, en cuanto los enterados, sus protectores, los colocan en la vía de tren adecuada, saben cómo proseguir la carrera hábilmente gracias al empujón, la tracción o la simple inercia. Es bien sabido que el cadáver se adapta el ataúd por el camino. Tal como dijo Arquímedes: dadme un punto de apoyo y levantaré el mundo.

Protectores y protegidos tienen empeño en convencer a los que se han quedado atrás de que eso lo ha querido y lo ha hecho el Espíritu Santo. ¡Pero hoy en día ya no quedan muchos ingenuos! «Santa paciencia —decía H. Lofting—, los hombres, si alguna vez aprenden a volar como un gorrioncillo cualquiera, no terminarán nunca de vanagloriarse.» Atribuyendo a los demás todo y lo contrario de todo el mal posible, consiguen atribuirse a sí mismos sólo el bien y se convencen de que pueden alardear de ello. Y, encima, siempre encuentran alguien que cree a pies juntillas todas sus bravuconerías.

Jesús nos puso en guardia a todos para que no fuéramos como los escribas y los fariseos: «Todas sus obras las hacen para ser admirados por los hombres; ensanchan las filacterias y alargan los flecos; gustan de ocupar los lugares de honor en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas y de los saludos en las plazas y de que los hombres los llamen rabí», término este último equivalente a los títulos honoríficos de monseñor, excelencia, eminencia y cosas por el estilo. Entran ganas de preguntarse: Señor, tus llamamientos de entonces, ¿tienen todavía el mismo valor en nuestra época para toda esta clase de excepción del Vaticano?

Estos arribistas parecen todos salidos de una misma cadena de montaje: el mismo porte, el mismo afán de dominio, la misma forma de abordaje, las mismas desmesuradas adulaciones: siempre ansiosos de subir antes que los demás como otros tantos globitos de colores sujetos con un cordel. El oportunismo es un fenómeno de sedimentación medieval.

En el Vaticano se nace con esta lacra. El cromosoma de más que posee el arribista lo empuja siempre hacia delante sin detenerse jamás: de sacerdote a obispo, de obispo a arzobispo, de arzobispo a cardenal y a papa, como no le dé el capricho de crear el título de archipapa. He aquí el recorrido de un trepa auténticamente afortunado. Ya en el seminario se esfuerza por encaramarse, ganándose la benevolencia y el aprecio de su superior por indicación de su obispo, que lo considera idóneo para convertirse en prefecto del dormitorio común. De sacerdote servicial y disponible pasa a convertirse en secretario y chófer del obispo, y no transcurre mucho tiempo sin que se le premie con otro nombramiento de prestigio, a pesar de las veladas protestas de otros de más edad y más merecedores de él. El apetito viene comiendo, y el ascenso nunca se detiene a medio camino. Los hermanos de la diócesis no soportan sus idas y venidas alrededor del obispo y plantean a éste un ultimátum: o lo aleja a él o nos vamos nosotros. ¿Qué hacer en este caso? Él no aceptaría jamás un retroceso total. Pues entonces no hay más remedio que señalarlo como un buen candidato al episcopado, por lo menos como joven auxiliar, así para empezar. Y, si se le exigen ciertas dotes pastorales, se le proporcionan, tanto si son verdaderas como si son falsas. El dado está echado. Se hace correr la voz de que, por sus grandes merecimientos, se ha convertido en el obispo auxiliar más joven del mundo sin que él lo supiera, cual si fuera un sietemesino de parto prematuro. Tened por seguro que no se quedará ahí, dice alguien que lo conoce muy bien.

Poco después es trasladado a una diócesis, pero lo hace todo tan bien que la diócesis se le queda estrecha. Necesita una archidiócesis que, vete tú a saber por qué, consigue de inmediato. Si entretanto queda libre otra más interesante, hace saber que él lo haría mejor

que ningún otro prelado en aquella vacante. Y se produce el traslado. Pero, cuando aún no le ha dado tiempo de ordenar sus cartas en la nueva sede, resulta que en Roma está a punto de producirse un cambio de guardia en el vértice de una organización católica para la juventud de carácter nacional. ¿A quién tendría que corresponderle, sino a él? Casualmente, los de la Conferencia Episcopal Italiana, por sabe Dios qué mangoneos, se fijan precisamente en él. Cuando los ingenuos aún estaban descifrando la conveniencia de nombrarlo para aquel cargo, dos añitos después y sin que él mueva un dedo, faltaría más, ya está predestinado para una sede cardenalicia. ¡Albricias! Para exhibirse y ponerse en primera fila, Roma es siempre mejor que cualquier diócesis periférica.

Alrededor del sello del sobre se lee: todo por voluntad de Dios, que ha premiado la profunda humildad del cardenal ascensorista tan arrogante como un mafioso: ¡qué acontecimientos históricos tan proféticos se producen en la Iglesia! Pero ya se oye hablar de un nuevo destino para él en la capital: «¡Roma, no seas tonta esta vez! Échame una mano para que diga que sí... »

No hay nadie que no vea que semejantes ascensos llevan el sello de haber sido hechos a la medida por unos designios humanos completamente ajenos a la voluntad de Dios, debido a aquel feliz cromosoma de más que funciona a la perfección y hace que la sistemática oposición a las bienaventuranzas evangélicas resulte algo completamente normal.

¡Ojalá y el cielo quisiera que todo lo dicho más arriba no fuera más que el fruto de la calenturienta imaginación de una pluma empapada de fantasía, y no ya una norma que se cumple sistemáticamente y a la vista de todo el mundo!

En los años setenta, varios sacerdotes hicieron una travesía por el Danubio. Cuatro de ellos eran de Brescia y no habían cumplido aún los cuarenta años. La travesía cruzaba nada menos que tres territorios nacionales y estaba resultando muy larga y monótona. Querían admirar el paisaje y los numerosos centros urbanos asomados a ambas orillas. Almuerzo en el restaurante del barco y siesta en el embarcadero.

Un sacerdote de Brescia de juvenil aspecto se acerca a un auxiliar que procedía de Roma y, hablando de esto y de lo otro, le dice que es compañero de curso de un coetáneo suyo —lo vamos a llamar el padre Regale—, que abandonó repentinamente la diócesis tras una discusión con su obispo, quien, en unas oposiciones para el puesto de párroco de la catedral, había preferido a otro en lugar de nombrarlo a él. El padre Regale arribó como por arte de magia a la Secretaría de Estado al servicio del papa de Brescia, que se mostró muy generoso con él en su carrera.

presunción como le faltaba inteligencia y en muy poco tiempo había conseguido pegarse a las costillas de unos altos prelados del despacho, por cuyo motivo todo el mundo vaticinaba que muy pronto alcanzaría otras metas mucho más altas. El hermano sacerdote terminaba diciendo: «Si éstas son las personas que elige el Vaticano para gobernar la Iglesia, hay como para decepcionarse, la verdad.»

De secretario particular del superior, el padre Regale pasó a la sala de mandos en sustitución del asesor, que por aquel entonces había tenido que someterse a unas graves intervenciones quirúrgicas en los ojos para poder conservar la poca vista que le quedaba. Los roces se produjeron cuando el convaleciente regresó al despacho: el padre Regale hizo valer sus influencias y el otro fue enviado al departamento de relaciones con el personal de las nunciaturas, a pesar de que no dominaba sus engranajes.

En el admirable comercio de repartos inter presentes, entre los presentes de aquel nivel, el ascendido criado de Brescia no tardó en convertirse en zaguero en aquellas logias. Pero la partida aún estaba en el aire. Al padre Regale le ofrecieron la sede de Génova, tal corno ya se ha dicho en otro lugar, pero él prefirió servir al Papa más de cerca, siempre dispuesto a levantar vuelos pindáricos en el estadio curial. «En la casa de mi Padre hay muchas moradas; yo voy a prepararos un lugar»... adecuado para cada uno de vosotros en la Curia. Señor Jesús, permíteme que te pregunte: ¿no será que te equivocas, preparando tantos? ¿O acaso esta cantidad tan enorme se tiene que atribuir a la fértil imaginación del personal de la Curia, que acomoda las poltronas a los traseros?

«Nadie se enterará de lo ocurrido»

Tres prelados de la Curia tenían por costumbre invitarse alternativamente a almorzar. Después de la comida, el de más edad gustaba de dar un relajante paseo por los alrededores de Roma en compañía de los otros dos. Ya sabemos lo que ocurre: entre dos se produce un intercambio de confidencias y entre tres se hacen comentarios. A principios de los años setenta, un día después de comer el anciano monseñor señaló incluso el destino: hacia Santa Maria di Galeria, en medio de un tórrido calor canicular que a él le encantaba. Más de una hora de paseo arriba y abajo por la entonces polvorienta calle para digerir el opíparo almuerzo, lejos de miradas y oídos indiscretos.

El anciano prelado pertenecía a la Secretaría de Estado, donde ocupaba un cargo importante. Era un auténtico archivo ambulante, inteligente y perspicaz, alegre y ocurrente. Siempre tenía a punto una broma, una palabra ingeniosa, un chiste lapidario, una cuchufleta para levantar los ánimos, una frase acertada, un epíteto mordaz, fruto todo ello de su ingenio y perspicacia. Conseguía seguir el hilo de su conversación en la que abundaban los cambios silogísticos de tema

como una música de inteligencia pura, siempre hábil en captar el punto central del discurso.

Estaban hablando de los que, por el hecho de conocer muy bien las virtudes y las debilidades de Pablo VI, lograban chantajearlo constantemente con el fantasma de la revelación de cualquiera sabía qué escándalos en los medios de difusión. El buen vino del almuerzo había alegrado el corazón de aquel experto prelado tanto como el del rey Asuero. Vestido con una sotana plisada que permitía adivinar la corpulencia que había debajo, se detuvo flanqueado por los otros dos, sonrió maliciosamente con su perfecta y afilada dentadura y se acercó un dedo a los labios para arrancarles la promesa de una discreción absoluta:

—No es una fábula lo que estoy a punto de deciros sino una historia auténtica; ¡pero de esas que no se pueden contar por ahí!... Porque allí —señaló el muro cubierto de mosaico de la Radio Vaticana —, la moral no es más que uno de los métodos para obtener el apoyo necesario para los propios fines, que no todos pueden descifrar... Sabréis sin duda por qué razón el papa Pacelli envió a su más directo colaborador monseñor Montini como pro-secretario del arzobispo de Milán...

Por la cara que pusieron sus interlocutores, dedujo que los datos que éstos conocían eran incompletos, o quizá distintos. Y se sinceró con ellos con tacto de maestro.

A la muerte del cardenal Luigi Maglione, Pío XII prefirió no estar condicionado por otro cardenal secretario de Estado. Dejó que monseñor Giovanni Battista Montini ocupara el cargo de sustituto y más tarde de pro-secretario de Estado. Pero el Papa, profundo conocedor del corrupto ambiente curial, se había buscado un agente secreto seglar, capaz de proporcionarle informaciones reservadas que los nuncios no estaban en condiciones de facilitarle, sobre todo acerca de los asuntos de carácter político de los países del otro lado del Telón de Acero.

El agente se llamaba Arnould, un coronel que informaba al Papa casi con carácter mensual. Hacia mediados de agosto del año 1954, el agente secreto entregó en mano a Pío XII un sobre sellado del arzobispo luterano de Uppsala. Yngue Torgny Brilioth, admirador del Pontífice y colaborador en las tareas de ayuda a los católicos de los países comunistas. Al confiársela al coronel, el arzobispo tuvo mucho empeño en rogarle que no la hiciera pasar a través de ningún servicio vaticano, sino que la entregara directamente en mano al Papa. El escrito contenía unas pruebas sobre ciertas relaciones que una alta autoridad del Vaticano mantenía con los gobiernos soviéticos. En efecto, la vez anterior el papa Pacelli, informado de aquellos hechos, los había considerado imposibles sin su consentimiento.

La actuación del pro-secretario a espaldas del Papa era de una gravedad extrema. En clara oposición con las directrices de Pío XII que aborrecía el comunismo, Montini había entablado relaciones

secretas con los perseguidores de la Iglesia católica en la URSS. Una cuidadosa investigación reveló que el jesuita padre Tondi, perteneciente al círculo montiniano, había hecho llegar a los soviéticos la lista de los obispos clandestinos y de los sacerdotes que allí habían sido enviados u ordenados en la clandestinidad, los cuales, traicionados por la delación, habían sido detenidos y habían muerto o los habían matado en los campos de exterminio. A ello se añadía el grave hecho de haber ocultado al Papa el cisma de los obispos católicos que se estaba produciendo en la China comunista.

En presencia de Arnauld, el Pontífice leyó la carta y, con el rostro demudado, guardó silencio. El 30 de agosto moría santamente el arzobispo de Milán, cardenal Ildebrando Schuster. A finales de septiembre, Pío XII mandó llamar al pro-secretario de Estado Montini y le comunicó su intención de enviarlo como arzobispo a Milán. Se trataba sin duda de una diminutio capitis, una disminución de rango, desde jefe de la Secretaría de Estado a arzobispo periférico, aunque se tratara de la mayor archidiócesis de Italia. Montini replicó dócilmente: «¡Padre Santo, yo esperaba terminar mi humilde tarea al servicio de Vuestra Santidad en la Curia!» El papa Pacelli, sin añadir nada más, se irguió en toda su longilínea persona y, con severo y autoritario tono, le dijo: «¡Excelencia, reciba la primera bendición apostólica como arzobispo de Milán! ¡Le agradezco los servicios prestados!» Montini la recibió de rodillas.

El 1 de noviembre de aquel año, monseñor Montini tomó posesión de la sede de Milán, donde durante cuatro años, mientras vivió Pacelli, no fue nombrado cardenal. De esta manera pretendía el Papa excluirlo de una posible candidatura al solio pontificio. Durante el resto de su vida, Pío XII se resignó a gobernar personalmente la marcha de los asuntos exteriores vaticanos. En su calidad de presidente de la conferencia episcopal lombarda, el arzobispo Montini