Dedicamos esta tercera parte del capítulo a exponer y analizar en forma sintética las reflexiones que realiza Cornelius Castoriadis en La institución imaginaria de la sociedad sobre el carácter institucional de la sociedad y del lenguaje –y sus mutuas interdependencias–, lo cual presenta un doble interés específico para nuestra tesis. Por un lado, por la posibilidad de indagar concepciones y similitudes de una propuesta como la suya, que muestra una fuerte impronta pragmática si bien no remite en ningún momento a las discusiones propias de esta corriente, y así entrever las características de una aproximación con espíritu pragmático –no perteneciente a la perspectiva pragmática– a nuestro tema.45 Y por el otro, porque el camino teórico emprendido por Castoriadis nos brinda la chance, en vista de lo señalado, de evaluar las exigencias que se le presentan de precisar determinadas cuestiones ligadas a la relación entre lenguaje e instituciones, que también enfrentan los autores centrales de la tesis (independientemente de los distintos sustratos teóricos de los que provienen).
En la visión de Castoriadis, la dimensión social-histórica, en tanto dimensión colectiva, indefinida, estructurante y omniabarcativa, mantiene una relación de
inherencia con las instituciones y con la sociedad como institución del imaginario social; lo socio-histórico “es lo que no puede presentarse más que en y por la
institución, pero que siempre es infinitamente más que institución, puesto que es, paradójicamente, a la vez lo que llena la institución, lo que se deja formar por ella, lo que sobredetermina constantemente su funcionamiento y lo que, a fin de cuentas, la
fundamenta: la crea, la mantiene en existencia, la altera, la destruye”.46 Lo histórico- social entraña su propia temporalidad como creación (temporalidad específica de cada
45 Castoriadis no hace mención a los autores influyentes del pragmatismo lingüístico en todo el texto, mientras que en sus reflexiones sobre el tema son claras las ascendencias marxistas y freudianas (aunque revea críticamente estas teorías) y están fuertemente influenciadas por el contexto de discusión de la década del '70 entre un marxismo oficial –ligado al Partido Comunista– y un marxismo
heterodoxo–en el que se encontraba Castoriadis–.
46 Castoriadis, Cornelius. La institución imaginaria de la sociedad. Buenos Aires, Tusquets, 2007, pp. 178-9 (a partir de aquí IIS) [L´institution imaginaire de la société. Paris, Éditions du Seuil, 1975]. Castoriadis aclara que, en una primera aproximación, toma el concepto de instituciones en el sentido más corriente y amplio del mismo; en las páginas que siguen iremos especificando el tratamiento que realiza de los distintos niveles de instituciones.
sociedad) y es flujo permanente de auto-alteración, dentro del cual se hace visible a través de sus figuras más estables: las instituciones. Pero las sociedades no tienden a aceptarse como haciéndose a sí mismas en forma cambiante en el tiempo, se postulan como autoreguladas, rigiendo su propio cambio, lo que significa buscar instituir la inmutabilidad de sí mismas; se niegan a ser alteradas como instituciones. Castoriadis sostiene que todo avance en la autonomía social está ligado a la evolución de las instituciones y se opone a quienes, desde visiones de los procesos sociales que califica de psicologistas, intelectualistas o ahistóricas, menosprecian el fuerte papel de las instituciones marcadamente opresoras y conservadoras –del tipo gehleano– en los acontecimientos históricos. La sociedad no puede existir sin instituciones, pero tampoco una sociedad puede coincidir completamente con sus instituciones, nunca las redes institucionales cubren íntegramente el tejido social.
No hay hombre, sociedad ni mundo sin lo simbólico, todo el mundo socio- histórico está tejido de él, no se agota en lo simbólico pero es imposible fuera de él, y las instituciones, por ende, sólo pueden darse de manera simbólica, consisten en estructuras simbólicas ya estabilizadas según Castoriadis. El lenguaje es simbólico en primer grado y las instituciones son simbólico en segundo grado, existen como sistemas simbólicos sancionados y reconocidos que vinculan símbolos con significados de modo estable y coercitivo para un determinado grupo. El lenguaje comprende e instituye siempre una dimensión identitaria, de univocidad; todo sistema simbólico consiste en la institución de términos discretos y definidos y, a la vez, en la
ordenación del continuo de elementos en conjuntos. En este sentido, “el lenguaje es el
primero y el último verdadero conjunto que jamás haya existido, el único conjunto
“real” y no simplemente “formal”; todo otro conjunto, no sólo lo presupone
lógicamente, sino que no puede ser constituido si no es por medio del mismo tipo de operaciones. Toda lógica (y finalmente toda ontología) identitaria es, y sólo es, la realización práctica de operaciones identitarias instituidas en y por el legein, en y por el lenguaje en tanto código”.47 La función designativa del lenguaje, que logra instaurar esa correspondencia biunívoca entre dos conjuntos (lo designante y lo designado),
47 IIS, pp. 379-80. Castoriadis distingue entre lenguaje como código, en cuanto sistema identitario y organizador de conjuntos en el que cada signo tiene una posibilidad de usos y relaciones determinadas y finita en cantidad, y como lengua, en cuanto referencia de las palabras y frases a significaciones en la que los usos son indefinidos ya que pueden sumarse nuevas significaciones.
está en la base de todo, es institución originaria, pero esta univocidad basta con que sea suficiente en el uso para que sea establecida, no está en dependencia de otras instancias. La lógica identitaria no puede aprehender la institución originaria, sólo a partir de, en y mediante ésta puede existir todo lo propio de la representación del mundo: lo determinado, lo equivalente, lo verdadero y las reglas.
El aspecto decisivo del instituir está en que la institución originaria se auto- presupone, sólo se da como si ya hubiera sido plenamente, y se auto-funda, no puede cimentarse sobre otra cosa que no sea ella misma, pero este carácter basal de la
relación signitiva es puramente práctico para Castoriadis, se sostiene operativa y no lógicamente. El lenguaje, y toda capacidad simbólica, está construido a partir del
legein, que a su vez es indivisible del teukhein,48 ya que todo signo “vale como” en tanto pueda ser utilizado según un conjunto de condiciones, “la puesta en relación
(remisión) de las representaciones en y por el flujo representativo individual es, sin duda, soporte necesario de todo lenguaje, pero no explica el lenguaje. Hablar no es
asociar en general, ni siquiera concatenar “imágenes de palabras”; hablar es unir y
reproducir signos, en tanto signos de..., según las reglas, y sobre todo según la regla implícita de la coparticipación signitiva. Y no puedo pensar estas reglas como una abstracción descriptiva al margen del uso efectivo de la palabra en una colectividad
dada, puesto que esta palabra sólo existe como palabra a través de esas reglas”.49 Las realizaciones particulares de la relación signitiva existe gracias a las reglas instituidas y a la coparticipación signitiva, pero esta coparticipación sustenta y a la vez escapa a toda representación, no puede ser representada, no forma parte del flujo representativo y ningún esquema puede explicarla o figurarla.50 Si bien esta lógica identitaria es la
48 Legein es la dimensión identitaria del representar/decir social, componente ineliminable del lenguaje y las representaciones sociales, y teukhein es la dimensión identitaria del quehacer social, componente ineliminable de la acción social. Legein y teukhein se implican y remiten mutuamente y ambos están implícitos en el instituir, los esquemas operadores esenciales de ambos son iguales, salvo por la diferencia que la relación signitiva en sentido estricto es propia del legein y la instrumentalidad o finalidad (que refiere lo que es a lo que no es y podría ser) pertenece al teukhein. Por ello la técnica (producto del teukhein) aquí no es autónoma y genera artefactos, organizaciones, políticas, técnicas productivas y sexuales e incluso al individuo social.
49 IIS, p. 397. Esto siempre está en relación con y posibilitado por el conjunto de instituciones y
su imaginario: “esta instauración, instauración de la dimensión identitaria del hacer y del representar social, es inseparable de la red de instituciones, en el sentido amplio del término, en y por las cuales se
desarrollan ese hacer y ese representar” (p. 406).
50 Castoriadis termina en una postura similar a la del primer Wittgenstein respecto de la inefabilidad de aquello que fundamenta las representaciones lingüísticas, claro que a partir de sustratos teóricos bien diferentes, ya que para el Wittgenstein de la primera época es la estructura lógica la que
que organiza la realidad, no actúa en soledad ni es el principio de todo aquello que se toma como existente, sino que actúa sobre un magma de significaciones, que es el modo de ser previo a toda imposición de la lógica identitaria y de donde pueden extraerse conjuntos organizados en cantidad indefinida, pero que no es posible reconstituir por recurso a estos conjuntos (la relación entre magma, teukhein y legein
no es pensable por la lógica identitaria); “postulamos que todo lo que puede darse efectivamente -representación, naturaleza, significación- es según el modo de ser del
magma; que la institución histórico-social del mundo, las cosas y los individuos (…),
es también institución de la lógica identitaria y, por tanto, imposición de una organización en conjuntos a un primer estrato de lo dado que a ello se presta interminablemente. Pero también sostenemos que jamás es ni puede ser únicamente
eso, sino que siempre es también y necesariamente institución de un magma de
significaciones imaginarias sociales”.51
Las instituciones necesitan del lenguaje para su constitución ya que las significaciones sociales se dan en y por el lenguaje, pero no están fatalmente dominadas por el lenguaje y el simbolismo institucional, aunque tampoco son libres de ellos. Y, recorriendo el mismo camino en sentido inverso, el funcionamiento de todo lenguaje está ligado con instituir las significaciones propias de una sociedad y organizar los complejos de elementos que pueblan la vida social, operaciones que transfiere a los sistemas institucionales. Del mismo modo que un individuo no puede
captar ni figurarse algo fuera de lo simbólico, “una sociedad tampoco puede darse
algo fuera de este simbólico en segundo grado, al que representan las instituciones. Y, al igual que no puedo llamar alienación a mi relación con el lenguaje como tal –(...)
configura todo el espacio de representación. Recordemos que en el Tractatus, Wittgenstein sostiene que el lenguaje posee la misma limitación que cualquier otra clase de figuras en cuanto a que tampoco puede dar a conocer aquello que le permite representar a la realidad, nada puede decir acerca de su forma lógica pues esto implicaría situarse en un lugar externo a la lógica y desde allí no es posible realizar afirmaciones con sentido; todo cuanto pueden hacer las proposiciones es mostrar (zeigen) de la manera más clara posible la configuración lógica que comparte con la realidad y respetar lo más
fielmente las estructuras lógicas que subyacen a las proposiciones: “la proposición puede representar la
realidad entera, pero no puede representar lo que ha de tener en común con la realidad para poder representarla –la forma lógica. Para poder representar la forma lógica, deberíamos situarnos con la proposición fuera de la lógica, es decir, fuera del mundo.(...) La proposición no puede representar la forma lógica; ésta se refleja en ella.(...) La proposición muestra la forma lógica de la realidad. La
ostenta”. Wittgenstein, Ludwig. Tractatus lógico-philosophicus. Alianza, Madrid, 1999, 4.12 y 4.121 (edición bilingüe castellano-alemán) [Tractatus lógico-philosophicus/Logisch-Philosophische Abhandlung. London, Routledge and Kegan Paul, 1972].
ante el cual estoy a la vez determinado y libre, en relación al cual una degradación es posible, pero no ineluctable–, no tiene sentido llamar alienación a la relación de la sociedad con la institución como tal. La alienación aparece en esta relación, pero no
es esta relación –como el error o el delirio no son posibles más que en el lenguaje, pero no son el lenguaje”.52 La alienación, que Castoriadis extiende a todas las sociedades históricas y a todas las clases de la sociedad actual, es entendida aquí primordialmente como heteronomía instituida en el mundo social que ataca la autonomía social en tanto empresa colectiva referida, sobre todo, a lo histórico-social y la intersubjetividad y que se juega en la tensión entre las condiciones instituidas e instituyentes de una sociedad. De allí que la alienación presente una relación directa con las instituciones, ya que, por un lado, aparece como instituida, como condicionada y generada por las instituciones en tanto éstas expresan y consuman una estructura social marcada por la división antagónica de la sociedad, y, por el otro lado, porque las instituciones parecen adquirir una dinámica propia e independiente de los otros componentes sociales y responder a sus propios fines. En toda sociedad existe lo social instituido y lo social instituyente y en el juego instituido-instituyente se dirime la configuración de los rasgos de la sociedad y, asimismo, de las instituciones que la pueblan. Para Castoriadis lo imaginario social, en el sentido primario del término, es sociedad instituyente, lo que genera la sociedad como sociedad instituida, pero la relación entre ambas no es lineal ni consiste en una mera confrontación.53
Por otra parte, la relación entre vida social y simbolismo institucional no es de determinación en ninguna de las dos direcciones, ni de absoluta libertad, sino de coimplicancia y condicionamiento. Lenguaje y simbolismo institucional poseen una relativa autonomía respecto de la vida social y de las propias instituciones; Castoriadis sostiene que existe una analogía entre el lenguaje y el simbolismo institucional, no
somos libres pero tampoco fatalmente dominados por uno o el otro: “jamás podremos salir del lenguaje, pero nuestra movilidad en el lenguaje no tiene límites y nos permite ponerlo todo en cuestión, incluso el lenguaje y nuestra relación con él. Lo mismo ocurre con el simbolismo institucional –salvo, por supuesto, que el grado de
52 IIS, pp. 181-2.
53 Cfr.: “la sociedad instituida no se opone a la sociedad instituyente como un producto muerto a una actividad que le ha dado existencia; sino que representa la fijeza/estabilidad relativa y transitoria de las formas/figuras instituidas en y por las cuales –y sólo en y por ellas– lo imaginario radical puede ser y darse existencia como histórico-social” [IIS, p. 574].
complejidad es en él incomparablemente más elevado”.54 Todo simbolismo institucional posee otro componente esencial, además del lenguaje, que es lo
imaginario. Entre éste y lo simbólico hay una doble relación de implicación: lo
imaginario necesita de lo simbólico para existir y el simbolismo presupone la capacidad imaginativa; lo simbólico implica significante, significado y el vínculo entre ellos, relación que no está dada sino que depende de la función imaginativa, la cual luego es dominada por la función racional. Por supuesto que para Castoriadis el carácter imaginario de las instituciones y la sociedad no hace referencia a algo ficticio, especular o reflejo de otra cosa, sino que cumple una función basal sobre la que se estructura todo lo demás.55 Toda significación es imaginaria, es una creación imaginaria de la que no pueden dar cuenta completamente ni la realidad, ni la racionalidad, ni las leyes del simbolismo; lo imaginario social es más real que lo real. Las instituciones tienen componente funcional y componente simbólico, entrelazan ambos aspectos, no son totalmente funcionales o simbólicas; son funcionales porque tienden a asegurar la supervivencia de una sociedad, pero varía lo que implica sobrevivir en distintas sociedades y su funcionalidad se guía de acuerdo con unos fines que no se desprenden de dicha funcionalidad, en tanto que son simbólicas pues conforman una red de símbolos inacabados y entrelazados, pero esta red remite a otras cosas e instancias que al mismo simbolismo.
En Castoriadis, a través del entramado que establece entre lo imaginario y lo histórico-social, tanto el lenguaje y las relaciones sígnicas en general como la realidad, el pensamiento y los flujos simbólicos adquieren su constitución a partir de la institución originaria y las instituciones en general, a la vez que nada puede existir
por fuera de la fuerza simbólica e institucional del lenguaje: “cosa, mundo, individuo,
pensamiento, significación, son instituciones y sedimentaciones de instituciones, que para poder ser y operar deben ser transformadas por el flujo representativo de los sujetos; que desde el momento en que se piensa-habla, no hay “antes” que se pueda
pensar-decir, que sólo podemos pensar-hablar en medio de instituciones sucesivas y a
54 IIS, p. 202.
55 Cfr.: “lo imaginario de lo que hablo no es imagen de. Es creación incesante y esencialmente indeterminada (histórico-social y psíquico) de figuras/formas/imágenes, a partir de las cuales solamente puede tratarse de“alguna cosa”. Loque llamamos “realidad” y “racionalidad” son obras de ello” [IIS,
p. 12]. Castoriadis establece una división entre lo imaginario radical y lo imaginario efectivo, lo primero consistente en la capacidad basal de hacer surgir como imagen algo que no es ni está dado y lo segundo, en todos los productos históricos de dicha capacidad
partir de ellas, de tal suerte que jamás es posible la tabula rasa, la duda generalizada o la fundación primera, y que la busca de las condiciones de la palabra y del pensamiento nunca puede ser radical, pues no puede abstraerse de ellas, ni cuestionarlas sin al mismo tiempo confirmarlas”.56 En este punto, por un lado, asistimos a una formulación análoga a la de la autocontradicción performativa
señalada por Apel –que mencionáramos en el tramo anterior–, en la que recae toda argumentación que quiera ir por detrás del lenguaje, y, por el otro, se vuelve evidente el talante pragmático de su enfoque en general, en el cual convive con numerosas referencias vinculadas con el marxismo, el psicoanálisis freudiano y el estructuralismo (que hemos eludido debido a que escapan a nuestro interés particular).57
Pues bien, en Castoriadis tenemos una aproximación pragmática preliminar a la temática de lenguaje e instituciones, a la cual le adjudicamos el carácter de preliminar no por serla en términos cronológicos (recordemos que la publicación original de
56 IIS, p. 527. Y respecto de la relevancia del lenguaje para la constitución de la realidad y el pensamiento, en cuanto institución infundida de la lógica identitaria pero que va mucho más allá de
ella, Castoriadis afirma con claridad lo siguiente: “hasta qué punto estamos obligados a aceptar y asumir la ontología ínsita en el lenguaje, (…) no se puede decidir tan sólo teniendo en cuenta el hecho
de que ni por un segundo podamos soñar con un pensamiento sin lenguaje o al margen del lenguaje; por el contrario, debe decidirse también, y sobre todo, por la reflexión de lo que pensamos y de su modo de ser. Y que podamos hacerlo es también resultado del hecho de que el lenguaje no es simple
legein, sino que también se relaciona con el magmade las significaciones” (p. 507).
57 El espíritu pragmático no sólo refiere al pragmatismo lingüístico de mediados del siglo XX, sino que tiene nítidos ecos del pragmatismo clásico de fines del XIX, en especial de las formulaciones anti-cartesianas hechas por Peirce (en particular, respecto de este punto, en “How to make clear our ideas”). Peirce, Charles. The Essential Peirce. Selected Philosophical Writings (1893-1913), N. Houser y C. Kloesel (eds.). Indiana, Indiana University Press, 1998. [traducción de “Cómo esclarecer nuestras ideas” en: Peirce, Charles. El hombre, un signo. El pragmatismo de Peirce. Madrid, Crítica, 1988]. Por otra parte, cabe señalar, respecto del armado conceptual general de Castoriadis, que Habermas critica su propuesta institucionalista ya que ve en ella una hipostatización de diferencias ontológicas en la que no hay espacio para una praxis intersubjetiva contextualizada y significativa, ya que teukhein y legein
se mueven dentro del pensamiento identificante para el que hacer se reduce a acciones del tipo racional