CHAPTER 2: Correlation and variability between weighing, counting and analytical methods to
2.3 Materials and methods
Generalmente se entiende por «humanismo» un movimiento cultural que tiene su epicentro en Italia, desde donde se expande a otros países europeos hasta la eclosión y desarrollo de la Nueva Ciencia, a partir de lo cual irá perdiendo importancia incluso pese a que en las regiones del suroeste de Europa su paradigma no se vea sustituido por la ciencia físico-matemática ni el racionalismo. Este movimiento cultural tiene como modelo la Antigüedad grecolatina y busca la renovación a todos los niveles. Ahora bien, más allá de eso, es difícil encontrar algo de consenso acerca de qué signifique el término, y los estudios que hay suelen limitarse a algún aspecto en concreto (historia, filosofía o filología); esta parcialidad no se debe únicamente a que sea difícil que un solo investigador abarque todos estos vastos campos de un modo riguroso y competente, sino
discursos en torno a lo vivo. En este sentido, la crítica de Wolfe a la rúbrica Animal Studies y su preferencia por el marco más englobador de Posthumanities me parece acertado, y en la misma línea me propuse reutilizar la noción de zoofilosofía en la significación general del prefijo «zoo» como viviente.
que es también constatación de la caída del humanismo como proyecto. A este respecto es llamativa la falta de apercepción por parte de los estudiosos de las llamadas humanidades actuales de lo alejados que están del humanismo renacentista, ya que como señala Morrás en Manifiestos del humanismo, «se quiere revestir de profesionalidad y academicismo –algo que repelía a los humanistas del Renacimiento– el estudio de las viejas materias de la filología, la filosofía y la historia» (157), tratando de evitarse la denominación tradicional de «letras», proveniente del francés belles lettres. Como tampoco parece que pueda hacerse una defensa consistente de que las llamadas humanidades sirvan para que «el hombre se torne libre para su humanidad y encuentre en ella su dignidad» (265), de acuerdo con la definición general no acotada en un periodo histórico concreto que da Heidegger en la Carta.
Como es habitual en muchos términos que buscan delimitar una época o escuela, «humanismo» no fue usado por los renacentistas. El término se origina en el contexto decimonónico alemán, en concreto de la mano del teólogo luterano Friedrich Immanuel Niethammer, como neologismo tomado del término ciceroniano humanitas. El
Humanismus de Niethammer consistía en un programa educativo centrado en el estudio
de la gramática y literatura grecolatinas como reacción a la preeminencia científico- práctica. Como señala Félix Duque en Contra el humanismo, la reforma de Niethammer era una reacción contra otro paradigma, el Philanthropinismus, al que acusaba de fomentar el lado animal (animalische) del hombre (31) al proporcionarle directamente
conocimientos con un fin práctico-profesional en vez de otorgarle gradualmente una formación espiritual y racional. Sin embargo, el humanismo como proyecto educativo decimonónico tuvo corta existencia; no, en cambio, el término, que perdura hasta hoy, si bien referido a una serie de valores en general y no a un proyecto educativo en particular, siempre desde la referencia vaga y difusa a los humanistas del Renacimiento.
En Carta sobre el humanismo, Heidegger habla del término general de humanismo como «el esfuerzo por que el hombre se torne libre para su humanidad y encuentre en ella su dignidad» (265; 321 en la edición alemana). Según como se interprete la «humanidad» y toda la serie de conceptos relativos a ésta, aparecerán distintos tipos de humanismo. A partir de este término general se pueden ver como tipos de humanismo doctrinas que en principio no presuponen un retorno a la Antigüedad grecolatina, tales como el «humanismo de Marx», el humanismo existencialista de Sartre o incluso el cristianismo mismo, catalogado de humanismo por Heidegger. Si se atendiera a la Carta sobre el humanismo de Heidegger como una cabal interpretación de este fenómeno se evitarían muchos problemas presentes en el contexto postheideggeriano y de los estudios culturales derivados de una no-interpretación del humanismo a partir de clichés. Por ejemplo, cuando se habla del humanismo es un lugar común mencionar cosas tales como que se abandona el teocentrismo medieval en virtud del (re)descubrimiento de la individualidad, el puesto central del hombre en la Creación y en las esferas seculares de la vida, entre otras afirmaciones similares. El problema de
este tipo de lugares comunes es que suelen aparecer completamente desconectados de la materialidad textual y artística de la época a la que en principio hacen referencia. Esto provoca una inconsistencia generalizada en las afirmaciones acerca del humanismo, tanto desde posiciones contemporáneas que se autocatalogan humanistas como desde posiciones críticas como el contexto filosófico receptor de la obra de Heidegger, los estudios culturales o los Animal Studies. Ante estos problemas interpretativos, que básicamente hacen con el humanismo la falacia del muñeco de paja, habría que recordar que en el caso heideggeriano no se trata sin más de la crítica de la metafísica subyacente al humanismo, sino que «toda metafísica se revela en el hecho de que es “humanista”» (265; 321). Esto debería de ser suficiente para no caer en la falacia del muñeco de paja con el humanismo cuando el humanismo en el sentido amplio utilizado por Heidegger es algo que en líneas generales está presente en toda la metafísica occidental y que, incluso desde posturas radicalmente contrarias a las implicaciones de dominación tecnológica en las que la metafísica deriva, sigue teniendo aspectos que no pueden desdeñarse sin más, como son las promesas emancipatorias y de florecimiento de cada cual frente a la alienación de la explotación que a diversos niveles se produce a escala global.