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Capítulo Primero

LA CALUMNIA

Sintió que la mirada de la enfermera analizaba su figura. De arriba abajo. Sin perder ningún detalle que le pareciera extraño. Sabía que no estaba bien vestido, que sus ropas se reducían a una camisa gris ordinaria, unos blue-jeans azul oscuro que hacía mucho se habían decolorado hasta llegar a ser celestes. Las botas negras tendrían que haberse lustrado, pero no lo estaban. Intentó disimular su modo de ser, ensayando una sonrisa más que humana.

—¿Podría hablar con el doctor Chiara?

—Si es por una consulta, son cuatro mil cruzeiros.

—No. No es una consulta Y si tuviera cuatro mil cruzeiros me casaba. —¿Es un asunto particular?

—Por favor, dígale que soy fray Calabaza. La joven abrió mucho los ojos, sorprendida. —Fray… ¿qué?

—Lo que oye; fray Calabaza. Soy pariente suyo.

La muchacha entró medio desconfiada, y él miró alrededor, a los que esperaban. La mayoría eran representantes de laboratorios, con sus portafolios y muy conversadores. Dos mujeres pobres, seguramente pacientes y atendidas gratis. Nunca aprendería aquel hombre. Con clientes así no ganaría ni para la nafta del coche, a pesar de ser uno de los mayores ortopedistas de Sao Paulo. Era bueno no prestar demasiada atención al dinero. Sabía que era socio de una clínica, y mucho de lo que debía ganar en ella se reducía al mínimo, porque siempre internaba a enfermos pobres cuyos gastos descontaba de sus ganancias. Era hermoso aquello. Le haría mucho bien mirar su rostro tranquilo. Pero no pudo seguir con sus pensamientos, porque la puerta se abrió, salió una paciente fea y la figura del médico apareció en el dintel.

Extendió la mano y aceptó un abrazo. —La enfermera pensó que eras un loco. —Como cada vez hay una distinta…

—¿Quién te manda aparecer cada cuatro años? En general a las mujeres les gusta casarse. Entra.

Se sentó cerca del escritorio, y detrás de éste el doctor Chiara se reclinó en su sillón tapizado. Inmediatamente tomó el martillito de reflejos y comenzó a tamborilear en el centro de su mano izquierda.

—Por favor, termina con eso. Mi padre cuando me llevaba al consultorio hacía lo mismo y me ponía nervioso.

Dejó el martillito sobre el escritorio. Y los dos se quedaron analizándose. Observándose mutuamente. Contando los estragos que el tiempo había hecho en sus rostros en el espacio de cuatro años. Rieron a la vez, porque cualquiera de los dos haría el mismo comentario si hablaba.

—¡Estamos poniéndonos viejos! —Ya lo estamos.

—Y ¿cómo va esa vida?

—La lucha de siempre. Como tú dirías antiguamente: vivir es sufrir. Hospital a la mañana, consultorio a la tarde, un cliente que aparece a la noche. ¿Y tu vida?

—La misma de siempre. Selva, mosquitos, indios y régimen. Ciudad y limosna. Y ahora un cansancio raro. Quizá fruto de la vejez misma. El doctor Alfonso, mi querido y viejo amigo, piensa que no estoy muy bien.

—Debe de ser alguna cosa, pero por cualquiera de estos dos motivos: porque vaso bueno no se quiebra y porque no hay vez que visites a un médico que no sea para pedirle muestras gratis.

Los dos rieron.

—No. Quiero al médico, pero después no te escapas: también quiero muestras. —Tengo un cajón lleno de cosas para ti.

Y de inmediato se impuso la seriedad de quien está viendo a un enfermo. —No, no adoptes esa actitud, porque si no yo me asusto.

—Tonterías; vamos a hablar en serio. ¿Qué pasa?

Siempre aquella voz dulce y amiga. Un dolorcito finito que me sube aquí, por el hombro derecho; un cansancio que a veces parece que es del otro mundo. Y una sensación de adormecimiento rara, molesta, aquí en la mano izquierda. A veces, hasta el reloj me molesta.

—¿Sólo del lado izquierdo? —Sí.

—Vamos a la otra sala. Abrió otra puerta. —Sácate la camisa.

Inspeccionó la espalda quemada. Hizo que se pusiera de frente.

—Por lo que veo, las costillas están en orden ¿Qué fue eso, una promesa, o hambre? —Dureza, mi viejo, dureza.

Alfonso le examinó el hígado, el estómago; auscultó su corazón, sus pulmones; le tomó la presión y se mantuvo callado. Y en silencio se encaminó hacia la sala, donde fue a sentarse frente al escritorio. La seriedad continuaba viva en su semblante.

Fray Calabaza estaba terminando de ponerse la camisa. —¿Entonces, doctor?

—¿Has hecho muchos esfuerzos, últimamente?

—¡Vaya pregunta! Remé hace ahora dos meses, en el viejo Araguaia, ¡y tanto! que pensé que iba a reventar. Estaba tan débil que parecía que remaba a mi cuerpo y no a la canoa.

—¿Bebiste, digamos... mucho?

—Mucho. Antes conseguía atravesar mis períodos de selva incólume. Ahora es otra cosa Todo cambió; es decir, hasta yo cambié.

—¿Cuánto tiempo hace que llegaste? —Cuatro días.

—¿ Y aquí también abusaste de la bebida?

— Y a s abes lo que pasa Uno encuentra amigos, largas conversaciones, una celebración allá, y se va a dormir repleto de alcohol.

—¿Sientes que te falta el aire?

—Sí, una sensación mezclada con cansancio.

Se quedó mirando al amigo. Su expresión era distinta de la de siempre. Algo grave había, seguro. Finalmente, él quebró el silencio.

—¿Cuándo regresas?

—Tan pronto como negocie una carga de cerámica indígena y pueda comprar y obtener gratis bastantes chucherías para mis indios.

Él dio un salto.

—¡Caramba! No es para tanto.

Luego retornó a su antigua actitud y rió.

—¿Cómo hacer un examen de un órgano que ya no se posee? Busca otro procedimiento. No tengo ni un minuto que perder.

—Eso es cosa tuya Pero yo te lo aconsejaría. Hígado, pulmón, estómago, todo está bien. Pero el corazón…

—Procúrame cualquier remedio y te prometo que seguiré el tratamiento a muerte.

—Entonces, abandona el alcohol y el cigarrillo. Termina con los esfuerzos físicos, o disminúyelos si puedes.

—Las dos primeras cosas son posibles, aunque difíciles, pero la tercera no puede ser.

—En todo caso, si no puedes abandonar el alcohol, por lo menos no lo mezcles con el esfuerzo físico. En tu caso, yo no bebería durante seis meses…

E hizo con la mano un gesto como si una bomba estallase. —¿Es para tanto, Alfonso?

—¡Uf, si es! Almuerza mañana conmigo. —Si tengo tiempo, ¿en tu casa, a las doce? —A la una es mejor.

Se estrecharon las manos y fray Calabaza salió.

Iba preocupado, en el ascensor. Se le había grabado el gesto de la mano del médico. No había duda de que algo lo asustaba Tenía que conversar con los amigos en los bares, pero sin tocar ni un vaso. Y era en los bares, conversando con ellos, donde conseguía muchas cosas para sus indios. Se sintió trasportado lejos, bajo la sombra de la gran mangueira de Santa Isabel. Atardecía, y a él le gustaba quedarse mirando regresar de la pesca a las canoas, siempre con la misma belleza tranquila. Oyó que alguien se aproximaba Era el viejo amigo Deridu. Traía en los brazos a una niña limpia, gordita, de cabellos untados con aceite de babcu.

Deridu lo saludó y en seguida le extendió a su hija

—Biuikre, Toerá. Toma a mi hija, que sé que te gusta.

Colocó a la niña en su regazo y le acarició la espalda. Deridu tenía una expresión tranquila y sumisa —¿Ya te vas?

—En seguida, sí. —¿Estás bien, Toerá? —Casi.

—¿Vas para Sao Paulo? —Seguramente.

Deridu hizo una pausa, y fray Calabaza tuvo la certeza de que a ello seguiría un pedido. Resolvió facilitar la cosa.

—¿Qué es lo que querías, Deridu?

—¿Sabes lo que es, Toerá? La caza está muy difícil. Los blancos acabaron con la caza de nuestra gente. Hasta con el cerdo salvaje y con el capibara, que junto con los loros y los papagayos se comen nuestras plantaciones. Y yo no tengo una 22. ¿Podrías traerme un arma de esas?...

—Creo que no voy a poder, Deridu. Estoy muy pobre. Vine del Xingu y no gané ni un centavo allá Hasta vendí mi carabina a un funcionario, para ayudarme en mi viaje.

—Solamente una, de un tiro. Ya sabes, la plantación queda lejos y el tigre anda por el camino. Muchas veces tengo que regresar de noche, y no puedo matar un tigre a flechazos... De un solo tiro, Toerá

Se condolió con la historia. —Aun así, va a ser difícil.

—Mira, Toerá, si no me consigues una 22 yo nunca podré tener dinero para comprarla. Soy muy pobre.

Apretó suavemente a la criatura contra el pecho, como para protegerla de la angustia. Ese roce suave le dio una puntita de esperanza.

—Pienso que no voy a poder. Pero vamos a hacer una cosa. Yo no te prometo nada, pero intentaré todo lo posible. Si no lo consigo, no te enojarás.

—Bueno, no me enojaré. —Muy bien.

—Dame la niñita. Se está haciendo de noche y su madre debe de estar buscándola.

Terminada la conversación, Deridu se proponía retornar a la aldea. Caminó un metro y se volvió, con una débil sonrisa.

—Me la vas a traer, sí. Porque tú eres un amigo muy bueno. Rió, y su figura se fue borrando. —¡Chantajista!

Pero el chantajista no era el indio, sino él, porque con aquella historia en los bares y en una librería ya había conseguido cuatro armas calibre 22.

—¿Va a subir de nuevo, señor?

Enfrentó la cara agresiva del ascensorista.

—Disculpe. Estaba tan distraído que no reparé en que ya habíamos llegado. Gracias, amigo. * * *

—Solo uno más. No puedo.

¿Por qué no puedes, fray Calabaza? Dentro de poco te vas a enterrar por esas selvas y sentirás nostalgia del olorcito de un whisky. Solamente éste…

Echó el líquido en el vaso empañado por el frió, en el que el hielo danzaba con la intromisión de la bebida.

Aceptó. El argumento era bastante convincente. En breve quizás estaría enterrándose por esas selvas, como le acababan de decir. Bebió otro whisky, como invitado, sin tener que preocuparse de la miserable cantidad de dinero que poseía. De lejos, entre los primeros síntomas de la alegría alcohólica, recordó las palabras de Alfonso. Pero las oía de tan lejos, que ni parecía que las palabras le fueran dirigidas a él.

—¿Verdad qué en la selva ustedes no tienen esto, no es cierto? —Cuanto mucho, coñac de Alcatráo, de Sao João da Barra. —Pero eso es un asco. Es jabón de perro.

—¡Uf! Sirve para lavar el estómago. Para enjabonarlo, por lo menos. ¿Crees que uno puede andar eligiendo mucho en esos lugares?

—¿ Y aguardiente?

Sentíase con la lengua suelta. Con una alegría pocas veces vista. Comenzaron a formar ronda alrededor de él. No eran muchas las oportunidades que esa gente tenía de hablar con alguien que venía de la selva. Y tratándose de él, siempre tan reservado y taciturno, menos.

Llegó un señor de mediana edad y cabellos grises. Lo invitaron a sentarse entre ellos. —¿Conoce a nuestro Fray Calabaza? Hombre del sertáo, por los cuatro costados.

Le dijeron el nombre de aquel periodista y estrechó su mano. ¿Otro whisky? Uno más. Aprovecha hombre, que mañana esta «sopa» se acaba.

Ya no tenía fuerzas para controlarse. Aceptó. La lengua fue soltándose cada vez más, poniéndose conversadora. Todos quisieron saber más cosas de los indios.

Momentáneamente se turbó un poco, dejando aparecer cierta tristeza. Se encogió de hombros como si nada pudiera resolver, o reconociendo la inutilidad de toda su dedicación.

—El propio Brasil se encarga de acabar con ellos. O regalándoles las enfermedades o distribuyendo la maldición del aguardiente. Puede ser que alguno escape de esa confusión, si continúa la conservación del Parque de Xingu. Allí sí que existe una esperanza.

—¿Cuál es el lugar en que usted permanece más?

—Siempre establezco mi cuartel general en la isla de Bananal. Ese fue un lugar adorable. Uno podía trabajar por la salud de los indios y para conservar todo lo de auténtico y folklórico que aún subsistía. Un día…

Apareció un presidente sonriente, el presidente que mejor supo gastar la sangre de los pobres. En su exuberancia de Nabab invadió el Bananal, y en una región reservada al Servicio de Protección al Indígena colocó, a su capricho, la Fundación Brasil Central. ¡Mundo loco! Dos entidades que nunca se vieron con buenos ojos, y que hasta hace bastante poco tiempo fueron enemigas íntimas: porque trataban de asuntos semejantes, simplemente.

Observó que al periodista de cabello; grises la historia no le estaba gustando mucho. Pero la lengua ya se había soltado.

—Pues bien: el presidente sonriente fue allá y ¡bumm! Invadió todo. Invadió y ofendió hasta la parte religiosa del indio. Llevó a un violinista célebre en su equipaje y al son de un ritmo alegre incitó a los indios a bailar el Aruaná en compás de samba. Era el «papá grande» de los cuenteros. Entonces levantó la varita mágica del desperdicio. Hágase un hotel. Un hospital. Un campo de aterrizaje, hasta para aviones de chorro… ¡Vaya! Con dinero de otros es fácil. Vamos a llamar progreso a esto. Y pronto cuatrocientos millones de cruzeiros fueron lanzados afuera. Si quieren verlo, vayan allá. Todo está cayéndose a pedazos y la lluvia cae dentro. Y junto a esa miseria de oro, uno tiene cien mil cruzeiros por año para sostener un miserable puesto del indio, que se tornó con aquella invasión un falso centro de turismo gubernamental. Los aviones iban llenos para el fin de semana. ¡El pueblo era rico! El dinero se obtenía fácilmente. Vayan allá y vean. El pobre indio empleado en la construcción de las obras que ganaba un dinero nunca visto, modificó el patrón económico de vida. Pensaba que aquello no iba a terminar nunca. Vayan allá y vean el abandono, la desnudez, la suciedad, el aguardiente tan bien introducido v distribuido…

Alguien se acordó de preguntar sobre la carretera Belém-Brasilia.

—¡Dentro de doscientos años será una cosa formidable! Pero no piensen que fue obra del presidente sonriente, no. Mi viejo, yo tengo veintiséis años de selva. Ya cumplí las bodas de plata con los mosquitos y la fiebre. Aquello ya existía. Era fácil hacer un cartel para quien estaba fuera. Evidente que no existía la carretera Belém-Brasilia, porque Brasilia no había sido creada. ¡Todo el mundo en el sertáo viajó por esas carreteras que iban a Belém, en el alto Tocantins, mi Jesús del Divino Cordero! Pero viajó como se viaja hoy. Verdad que ensancharon algunos tramos. Verdad, sí. Pero intenten viajar de diciembre a marzo. Vayan allá a y vuelvan ustedes con coraje para elogiar,

mis queridos reporteros que hicieron ese viaje en tiempo de sequía y tierra. ¡Hijos míos, si hasta ahora no comenzaron a hacer 1a segunda pista en la carretera Presidente Dutra, y aquí, en nuestras propias barbas! Es duro conservar las cosas próximas, ¡con que imaginen que pasará por allá! El tiempo, sí, el calmoso tiempo desarrollará con lógica y paciencia esa carretera que será una maravilla de unión entre las gentes. La violencia y el palabrerío no sirven para nada, porque ustedes no podrán vencer la lucha contra un clima ingrato. Ustedes no pueden, por lo menos ahora, detener la lluvia que baja sobre la selva en una época determinada

Estaban dándole cuerda a su lengua desatada —¿Y Brasilia?

—¿Para qué quieren saberlo? Todos ustedes conocen la verdad sobre eso, la verdad que cada uno interpreta a su modo, pero la conocen…

Pero siempre es bueno escucharla de labios de una persona que vive por allá continuamente. Dinos tu opinión sobre Brasilia.

—Verdaderamente, Brasilia es una maravilla de audacia y arrojo. Está hecha, y ella no tiene la culpa de cómo la hicieron. Fue el mayor campamento de mineros, de garimpeiros del Brasil durante su construcción. Nadie puede aprobar el latrocinio que la cercó. Nadie. Pero se tiene la obligación de aprobar la obra que está hecha No es posible volver atrás. Pero si se pudiera dar vuelta los bancos de Suiza, ¡Dios del cielo, cuántos robos aparecerían en cuentas cifradas! Y todo vino de Brasilia, que no tiene la culpa de nada.

El periodista se expresó por primera vez. Tenía una sonrisa sarcástica en el rostro y hablaba con voz meliflua.

—Me gustaría escribir un artículo sobre nuestro amigo fray Calabaza Voy a aprovechar la oportunidad y telefonear a mi diario pidiendo que venga aquí un reportero, eso, naturalmente, si nuestro amigo no se molesta

—¿Yo? No sé si vale la pena hacer un artículo sobre mí. Pero haga usted lo que quiera Usted es quien sabe la importancia o la insignificancia de todo esto. El periodista se incorporó y fue hasta el mostrador para telefonear. Muy cuerdo se ofreció a pagar la nueva ronda de whisky.

Fue él mismo quien hizo la siguiente pregunta:

Pero ¿usted no cree que el presidente sonriente hizo muchas cosas útiles, con respecto a la industria, principalmente a la automovilística?

—Puede que sea así para usted, para media docena de personas bien situadas en la vida. Pero fue mucho mejor negocio para el extranjero que para los brasileños. En aquella época, el pobre quedó sin alfabetización ni agricultura Y ahora el pobre continúa sin las dos cosas y sin automóvil. ¡Uf, qué calor! Me voy.

—No, espere, que el diario está cerca y no quiero dejar de tomar unas fotografías de usted pan mi artículo.

Dejó de hablar y sonrió.

—Creo que dije una cantidad de tonterías. Pero no importa: mucha gente antes que yo debe de haber declarado estas cosas a borbotones.

Se enjugó el rostro con las manos A pesar de que el tiempo estaba fresco en Sao Paulo en esa época del año, el alcohol lo había enrojecido de calor. Sintió medio débiles las piernas

Apareció el hombre con la máquina y el flash. —Listo, fray Calabaza. Así, una sonrisa. Accionó el flash.

—Ahora con el vaso en la mano, haciendo un brindis por el futuro de la selva. Obedeció, sonriente. Después de todo, no costaba nada.

* * *

Le habían dado una carta de presentación para un cónsul extranjero a quien le gustaban mucho las cosas del interior, principalmente, cuanto se refería a la selva. Decían que era un hombre muy bueno, un poco duro, pero bastante generoso. Hasta usaba con finalidades filantrópicas una parte del presupuesto concedido por su país.

Había telefoneado al consulado, y el diplomático ya estaba enterado de todo. Acordó una cita para las tres y media de la tarde. Podría disponer de quince minutos para atenderlo.

Antes de la hora convenida se había encaminado a la calle Barão de Itapetininga, el reinado de Françoise, y se quedó mirando las vidrieras de los comercios, para hacer tiempo. Permaneció encantado ante una casa de venta de heladeras, en la que había un montón de muñecos esquimales, bien vestiditos, vistiendo ropas de lana de diversos colores. Se puso a imaginar a sus indiecitos

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