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Así las cosas, desde 1875, el año más lejano en nuestra historia económica del que tenemos información confiable sobre la actividad económica, la tasa de crecimiento del PBI per cápita de largo plazo ha sido del 1,4% anual (promedio).

Pero dentro de esos 142 años de historia económica argentina hay dos Argentinas bien diferentes si se mira la posición en el ranking mundial de ingreso per cápita. Una hasta 1948 y otra desde ahí hasta nuestros días.

GRÁFICO 1. RANKING ARGENTINA EN EL PBI PER CÁPITA MUNDIAL.*

* 1990 u$s Geary-Khamis

Fuente: Elaboración propia en base a The Maddison-P roject.

http://www.ggdc.net/maddison-project/home.htm, 2013 version, INDEC http://www.indec-mecom.ar/nivel4_default.asp?

id_tema_1=3&id_tema2=9&id_tema3=47 y WEO abril de 2016.

En el Gráfico 1 se puede ver que en el período 1875-1948, es decir, desde los albores de la Generación del 80 hasta casi la mitad del primer gobierno peronista, Argentina flotó entre el puesto número 10 y el 15 en el ranking mundial de ingreso per cápita al crecer a una tasa de largo plazo (nivel máximo contra nivel máximo del período) del 1,6% anual. Sí, puede sonar irreal, pero fue así. Argentina, entre el último cuarto del siglo XIX y mediados del siglo XX estuvo entre los países más ricos del mundo. Era top ten mundial.

Desde 1949 a 2016 la tasa de crecimiento se desaceleró a 1,3% anual (18% menos de ingreso per cápita comparado con lo que hubiera ocurrido de crecer a la tasa del 1,6% anual del periodo 1875-1948). Importante, pero nada dramático. El problema es que el mundo, desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, y medido como el PBI mundial per cápita, ha crecido a una velocidad mayor al 2,2% (0,9% más), de manera que Argentina pasó de estar entre los diez primeros países del mundo a flotar entre el puesto 38/40 desde el fin de la hiperinflación hasta el 2002 y entre el 45/50 luego de la “ década ganada” (2003-2015).

Prácticamente cuarenta puestos de caída, a pesar de que su tasa de crecimiento no fue demasiado diferente de la que tuvo cuando su posición en el ranking mundial era un envidiable quinto o décimo puesto. Una cifra en apariencia insignificante puede ser mucho, muchísimo, si se acumula durante suficiente tiempo.

Contra lo que muchos piensan, la Argentina no cambió dramáticamente su tasa de crecimiento de largo plazo entre los dos sub-períodos mencionados (1,6% contra 1,3%). Por desgracia, el mundo sí lo hizo, y de manera sustancial, desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Pasó a crecer al doble, 2,6%, de lo que lo hizo Argentina. La pregunta del millón, por supuesto, es: ¿por qué?

Para contestarla, permítanme dar un rodeo.

La clave del crecimiento de largo plazo tiene un nombre: progreso tecnológico. ¿Cómo sabemos si hay progreso tecnológico? Es bastante simple:

lo medimos, justamente, mediante la Productividad Total de Factores (PTF). Ésta se obtiene como un “ residuo”. Se calcula cuánto aportó al crecimiento la acumulación de capital (inversión física), la educación, el trabajo, y todo otro tipo de factores que incluyamos, y lo que al final de cuentas termina no siendo explicado por ninguno de estos factores (el “ residuo”) es el progreso tecnológico.

A partir de la segunda mitad del siglo pasado, el boom tecnológico permitió que muchos países tuvieran saltos de crecimiento económico que dejan sin aliento. El desarrollo de tecnologías como internet bajó de una manera vertiginosa los costos de integración; entre otras cosas, permitió que los países pudiesen adquirir nueva tecnología a un muy bajo costo. La integración de la economía mundial permitió, además, coordinar las actividades productivas a lo largo y ancho del mundo. Los argentinos tenemos una extraña capacidad para disociar estos hechos de realidades que experimentamos en carne propia. Quiero decir: cuando viajamos a los Estados Unidos o a Europa y encontramos ropa de excelente calidad, supermercados atestados de productos de todo el mundo, el último modelo de smartphone o de computadora, y todo a precios mucho más bajos que los que pagamos los argentinos –por no mencionar los salarios altos, la inflación baja, la posibilidad palpable del ascenso social–, sería bueno recordar que se debe al proceso de integración económica que acabo de explicar.

La Argentina, por el contrario, desde la llegada de Perón, cerró su economía. Esto nos impidió sumarnos a la aventura de la integración económica mundial y el crecimiento. No supimos aprovechar las oportunidades que abrió la revolución tecnológica de la segunda mitad del siglo XX, como sí lo hicieron, y con ganas, países como Australia, Corea del Sur, Nueva Zelanda, Canadá, Singapur o nuestro vecino Chile.

Vaya el siguiente cuadro para mostrar, en el caso de Argentina y de otros diecinueve países, los años que cada uno tardó en superar un cierto rango de PBI per cápita.

Como se puede observar en el Cuadro 1, el PBI per cápita de Argentina tardó casi cuarenta años –desde 1966 hasta 2005– en superar la franja de los u$s 6.000 a u$s 9.000. No es precisamente un retroceso, pero tampoco es para descorchar champagne.

En especial porque la experiencia de otros países, por comparación, es demoledora. Para superar la franja que a la Argentina le tomó cuarenta años,

Japón tardó cuatro (1966-1969), Corea del Sur cinco (1986-1990), Chile siete (1989-1995), España nueve (1969-1977), Francia diez (1955-1964), Finlandia diez (1960-1969), Noruega doce (1955-1966), Dinamarca catorce (1947-1960), Irlanda quince (1969-1983), Canadá veintiuno (1941-1961), Australia veintidós (1940-1961), Suecia veintitrés (1947-1969) y Uruguay veintiocho (1979-2006). El único país que tardó más que nosotros es nuestro compañero de relaciones carnales durante la “ década ganada”, Venezuela, que se tomó cincuenta y nueve años en superarlo (1947-2005).

Fuente: Elaboración propia en base a Angus-Maddison.