CHAPTER 2: MANUSCRIPT
2.2. Materials and Methods
Nuestro planeta no sólo es el único mundo conocido que posee la cúspide de la complejidad de lo existente, o sea, la vida; también la posee de forma realmente exorbitante. A pesar del impacto humano sobre el planeta, y de cierto proceso na- tural e inseparable a la evolución llamado extinción, las cifras de la biodiversidad (la multiplicidad de tipos de seres vivos) son datos que producen vértigo. Según las estimaciones más recientes de la rama de la biología dedicada a la clasifica- ción de los seres vivos, la llamada taxonomía, se calcula que podrían existir hasta 30 millones de especies en la Tierra, entre bacterias, hongos, plantas y animales (Burnie 2004). A fin de situarnos dentro de ese fastuoso orden universal de los
seres vivos, resultaría interesante recurrir brevemente a la “frialdad analítica” (no de la filosofía, la psicología o de la antropología) sino a la de la zoología. Con honda conciencia, el antropólogo y ambientalista Richard E. Leakey decía que, a fin de conocernos a nosotros mismos como especie viviente (como qué si no…), y comprender así nuestro justo lugar en el sistema universal de los seres, debemos distanciarnos –tanto como en espacio como en tiempo– de nuestra pro- pia experiencia, de una inmediatez ingenua y elemental: “No es fácil [decía] pero es esencial si de veras queremos ver una realidad más amplia” (1997, p. 16). Como hemos visto, ya desde el siglo XVIII, los seres humanos ocupamos for- malmente un lugar dentro del “catálogo” de la biodiversidad planetaria. Conser- vamos, desde entonces, el nombre científico oficial con el que ingresamos: Homo
sapiens sapiens. El nombre nos fue dado por el naturalista sueco Karl von Linné.
A menudo, y quepa la siguiente aclaración, suele denunciarse que la duplicación del “apellido” sapiens (es decir, el nombre de la especie dentro del género Homo), pareciera un gesto muy poco modesto: “dos veces sabio”. Con todo, la intención verdadera dista mucho de un énfasis aparentemente tan arrogante.
Al duplicar el nombre de la especie, la ciencia (la forma de saber más pres- tigiada que a la fecha poseemos) renuncia a asignar una sospechosa subclasifi- cación dentro de las especies, y tal subclasificación sólo puede ser la de raza. El propósito debe quedar claro: para el conocimiento científico, “raza” ha acabado por reducirse a un falso concepto pues, sencillamente, resulta insuficiente para comprender la extraordinaria (e innegable) variabilidad biológica y cultural de los pueblos de la Tierra. La unidad y diversidad humana no podría, definitiva- mente, ser comprendida con seriedad mediante una noción tan ambigua y defec- tuosa (incluso, históricamente tan lamentable). Así, sin embargo, tan natural es designar razas al interior de especie de felinos, p. ej., Panthera leo bleyenberghi (el típico león africano, un poco diferente del asiático), como chocante sería hoy para la ciencia hablar de algo tan improcedente como un Homo sapiens caucasi-
cus o un Homo sapiens africanus. La invaluable variabilidad biológica y cultural
humana no da origen a “razas”; todos somos doblemente sapiens. Ello no enfatiza nuestra “doble sabiduría”, sí empero, nuestra unidad indivisible.
Por otra parte, sin embargo, si la evolución nos ha enseñado algo, decía Robert Proctor –historiador y crítico de la ciencia–, es que no existe algo así como una
esencia humana. Digamos, una misteriosa forma fija y final de eso que sentimos
y creemos ser y que alcanzamos, en la historia del universo, de una vez y para siempre y clausurando con ello “la máquina de la evolución”, potencia cósmica al servicio de nuestra realización. No obstante, particularmente en la ciencia de nuestros orígenes, la paleoantropología, sigue siendo frecuente la existencia de presupuestos implícitos o silenciosas asunciones acerca de “arribos”, “liberacio- nes” o “realizaciones” relacionados a tal supuesta esencia consumada de lo hu- mano (2003, p. 220-226). Por lo mismo, según Proctor, nunca estarán demasiado
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lejos ciertos “mitos creacionistas de antiguos monoteísmos”4 como misterioso
origen de una suerte de santificación de la “puesta en marcha” de realidades que supuestamente culminarían en formas o estados del presente: nosotros.
La variabilidad humana es realmente asombrosa, pero, más aún, lo es su uni-
dad fundamental, realidad estimulante de nuestras mejores explicaciones dispo-
nibles así como de nuestras convicciones de acción sobre nosotros mismos. El famoso antropólogo de la Universidad de Harvard, William W. Howells reconocía que, aunque la variabilidad planetaria del Homo sapiens es una clara evidencia del poder evolutivo de la diversificación de las poblaciones, sin embargo, realmen- te no es mucho lo que se sabe sobre las causas de la variabilidad de los “tipos” humanos (para no hablar ya de “razas”). Efectivamente, si bien las poblaciones
sapiens en diferentes partes del mundo se han ajustado a múltiples ambientes
físicos o ecosistemas (desde la pigmentación dérmica hasta la capacidad pulmo- nar a grandes altitudes o, incluso, mutaciones en la hemoglobina, la molécula de la sangre), sorprende constatar –nos dice Howells– que todavía es poco enten- dido el significado adaptativo de la mayor parte de las diferencias físicas entre los pueblos de la Tierra (1992). Lo anterior es muy importante porque, aunque cuesta mucho a la ciencia explicar el principio de la diversificación humana, no obstante, es clara y universalmente reconocido aquello que nos unifica; consta- tación para la cual las ciencias involucradas en el estudio de nuestros orígenes, poseen abundantes y contundentes demostraciones: las diferencias físicas y cul- turales del Homo sapiens son exuberantes, no obstante, mayor poder expresivo –para la ciencia y la conciencia universal– posee su esencia cohesiva y unificante; nunca se insistirá demasiado: todos somos sapiens.
Extendiendo hacia nuestros fines el sentido de la tesis sobre la “unidad ma- terial interna de la realidad” (desde el átomo hasta el cerebro5), consideramos
que una de las mejores evidencias del avance de la ciencia antropológica, es que, cuantos más nuevos aspectos, facetas o dimensiones de la realidad humana aco- mete y busca comprender (fenómenos como el trabajo, las diferenciaciones ge- néricas entre los sexos, el juego, la vida religiosa, el poder sociopolítico, la locura,
4 Quepa la siguiente digresión. En 1950 el papa Pío XII en su encíclica Humani Generis (el Género
Humano) reconoció que la evolución biológica es compatible con la fe cristiana. En 1981 Juan Pa- blo II pronunció un discurso a la Academia Pontificia de Ciencias donde claramente se manifestaba contra el fundamentalismo de quienes hacen del Génesis una descripción estrictamente literal: “Las Sagradas Escrituras –expresaba– desean simplemente declarar que el mundo fue creado por Dios, y con el fin de ensañar esta verdad se expresan en términos de la cosmología conocida en tiempos del escritor sagrado […] Cualquier otra enseñanza sobre el origen y composición del universo es ajena a las intenciones de la Biblia, que no pretende enseñar cómo se formó el firmamento, sino cómo llegar al cielo” (citado en Cela Conde y Ayala 2001, p. 36).
5 Sostenía al respecto el filósofo checo Karel Kosik: “La existencia de analogías estructurales [decía en
el clásico Dialéctica de lo Concreto] entre los más diversos campos –que, por otra parte, son absoluta- mente distintos– se basa en el hecho de que todas las regiones de la realidad objetiva son sistemas, es decir, complejos de elementos que se influyen mutuamente” (1967, p. 58)
el pensamiento mitológico, el erotismo, la conciencia, el dolor, la violencia, el arte y un largo etcétera), tanto más penetrante se evidencia la unidad sustantiva y evolutiva de la especie humana. Nos referimos al hecho de que un conocimiento más profundo de esta unidad, resulta paralelo a la profundización de nuestro entendimiento del carácter específico de los distintos sectores y planos de la vida humana; esa capacidad para inventar diferencias que, paradójicamente, expan- den los alcances de la unidad esencial de lo humano. Ello implica una naturaleza, y, necesariamente, un origen que la explique, pero, si tal nos exige algo así como una “definición”, estaremos ante la más problemática de todas. Con agudeza –y algo de acidez– el paleoantropólogo del Museo Americano de Historia Natural, Ian Tattersall decía que, “Humanidad” es a los humanos (incluidos los antropó- logos) como la pornografía es a sus persecutores: saben plenamente cuando la están viendo, incluso, si no están en la posibilidad de definirla.
Según la Encyclopedia of Human Evolution and Prehistory la especie Homo
sapiens –crecientemente desde su aparición y hasta el presente– ha sido una es-
pecie con variabilidad biológica entre sus poblaciones; se dice que es “politípica”. Según el importante paleoantropólogo inglés Christopher Stringer, en la misma enciclopedia, los rasgos distintivos de nuestra especie (como pudieran caracte- rizarse, por su parte, los propios de una ballena gris, una orquídea o una arau- caria), y que son comunes a todas las poblaciones que forman y han formado la humanidad, son algunos como las siguientes (pp. 267-274):
Tenemos la mayor gracilidad (delgadez) de esqueleto de todos los miembros del linaje de los homínidos. Ello se ha interpretado como indicador de que los sofis- ticados comportamientos adaptativos de la especie (los más, por sobre cualquier otra especie habida), han determinado en nuestra evolución el máximo énfasis sobre la economía de esfuerzo físico y la máxima presión selectiva sobre otro
tipo de fuerza. La fuerza que posibilita el cerebro más grande y complejo de toda
la biodiversidad e inseparable al desarrollo del más sofisticado “órgano” adapta- tivo de toda la naturaleza, órgano creado por la propia especie: la cultura (léase
trabajo, praxis), es decir: “…la acumulación global de conocimientos y de inven-
ciones derivados de la suma de las contribuciones individuales transmitidas de generación en generación y difundidas en nuestro grupo social, que influye y cambia constantemente nuestra vida”, sostiene el célebre genetista y antropólo- go italiano Luigi L. Cavalli-Sforza (2007, p. 9). Cerebro y cultura: órganos que han
co-evolucionado (Durham 1991; Terrazas 2001); que se determinan mutuamen-
te en su naturaleza y potenciales más esenciales. Con frecuencia se enfatiza la autoría del cerebro sapiens sobre la obra cultural, sin embargo, el sentido inver- so es igualmente decisivo pues, en sentido literal: “…la cultura actúa moldeando la conformación de las redes neuronales del cerebro y con ello la forma en que comprendemos y actuamos sobre el mundo” (Malagón op. cit. p. 135).
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Nuestra especie posee, característicamente, un cerebro de gran tamaño, tanto en sentido absoluto como en relación al tamaño promedio del cuerpo humano. En sentido absoluto, sólo elefantes y ballenas poseen cerebros mayores; en sentido relativo, otra especie de primate (el mono ardilla de las selvas sudamericanas) es el poseedor del cerebro más grande, o sea, con respecto al tamaño de su cuerpo. Existió otra especie humana, ahora extinta, que poseyó un volumen de cerebro absoluta y relativamente comparable al nuestro: el Homo neanderthalensis, ho- mínido surgido en el continente euroasiático (no los hubo nunca en África) hace unos 150 mil años y virtualmente extinto hacia 30 mil (véase recuadro Los Nean-
dertales: otra forma de Humanidad). En nosotros, como en esta especie herma-
na, quizá la más popular en la divulgación no especializada, el volumen cerebral promedio se ha calculado en 1300 mililitros (lo que puede variar en función del tamaño del cuerpo del individuo). Aunque machos respecto de hembras de la
misma población tienden a tener cerebros más grandes, no hay que malinterpre-
tar los alcances del mero tamaño: Anatole France, premio Nobel de literatura, apenas excedía los 1000 mililitros de cerebro, y la prodigiosa creatividad de Mo- zart necesitó de menos de 1100 aproximadamente.
Si bien cráneos sapiens y neandertales son prácticamente idénticos en volu- men, sin embargo, no lo son en su forma. La nuestra es sumamente característi- ca: un cráneo poco alargado (en sentido antero-posterior); nuestra redondez y elevación es la más marcada de todas las otras especies homínidas, con la fren- te más vertical y de prominentes proyecciones frontales. Visto desde atrás o de frente el cráneo sapiens, presenta una forma única: paredes laterales (los huesos llamados parietales) en forma de domo, bien redondeadas o de una homogénea curvatura. Nuestro occipital (la nuca) siempre carece de un típico reborde hori- zontal de hueso presente en los neandertales acompañado, en éstos últimos, de una fosa llamada “suprainiaca”. Las paredes óseas de nuestro cráneo son también de las más delgadas de todo el linaje evolutivo de los homínidos. A diferencia de nuestro enorme neurocráneo (el que alberga el encéfalo), tenemos el cráneo fa- cial más pequeño, vertical y casi carente de rebordes de hueso sobre las órbitas de los ojos (arcos “superciliares”). Por ser la especie animal que mayormente retiene rasgos infantiles durante la vida adulta (tanto físicos como conductuales, aspecto que es llamado “paidomorfismo”), nuestro cráneo resulta ser el más bul- boso y nuestra cara la más pequeña, proporcionalmente, en relación a cualquier otra especie. Valga comentar que todas estas características tan distintivas de la morfología sapiens, son más enfáticas, aun, en hembras que en machos.
Las características propias del crecimiento y desarrollo de nuestra especie (lo que técnicamente llamamos “ontogenia”) nos hacen el animal con el más prolon- gado período de dependencia infantil; mayor que la de cualquier primate vivo o extinto. Asimismo, somos el primate más longevo, con el mayor período de vida correspondiente a la etapa post-reproductiva. La importancia sustantiva de am-
bas características, conjuntamente, radica en las posibilidades que abre para la continuidad intergeneracional del conocimiento y la cultura: entre más tardamos
en crecer y entre más vivimos, más cosas aprendemos y mejores capacidades de aprendizaje desarrollamos. Técnicas muy precisas desarrolladas para determi-
nación de la edad de la muerte de homínidos fósiles, apuntan a la evidencia de que los lentos patrones de crecimiento sapiens, aún estaban ausentes en nuestros ancestros más o menos remotos (Tattersall, Delson y Van Couvering 1988). Es justamente el ritmo único de la ontogenia humana lo que permite expandir al máximo los potenciales bio-culturales para aprender, y el enriquecimiento ilimi- tado de construir conocimientos nuevos y acumulativos; el “efecto trinquete”, en términos del primatólogo y antropólogo Michael Tomasello:
Ciertamente, la más notable característica de los procesos de evolución de la cultura humana es la forma en que modificaciones a una determinada invención, artefacto o práctica social realizada originalmente por un individuo o una colectividad determinados, se dispersan al interior de los grupos humanos, y una vez instauradas, sufrirán posteriores modificaciones futuras acumulati- vas –y sobre éstas a su vez nuevas modificaciones serán hechas (1999, p. 512).
En efecto, ello aplica desde las filigranas simbólicas y profundidades del lengua- je, hasta nuevas formas de estar en el mundo, actitudes y habilidades que nunca dejamos de aprender sea por necesidad, por azar o bien por placer. Aprender es la capacidad sapiens más profundamente arraigada en nuestra específica natura- leza animal y, al mismo, tiempo en nuestra esencia cultural. Evidencia profunda- mente antropológica.
¿Es posible, sin embargo, precisar el tiempo, espacio y condiciones razonable- mente precisas de la aparición de esta especie llamada Homo sapiens sapiens? La respuesta es sí. Los conocimientos generados en más de un siglo de la cien- cia de la paleoantropología, son hoy coherentes, amplios, rigurosos y, por ende, suficientemente persuasivos de nuestra inteligencia explicativa y, asimismo, de nuestra posiblemente mayor inquietud: de dónde venimos y, en función de ello,
porqué somos como somos.
Lo que hoy se sabe y entiende acerca de la antigüedad, la procedencia geográ- fica, así como los ambientes y condiciones fundamentales de aparición de una es- pecie biológica, de nosotros, no es precisamente poco. Varias coyunturas han he- cho girar el caleidoscopio de las ciencias de nuestros orígenes, de modo que sus innumerables y coloridas piezas siguen y seguirán cayendo ante nuestros ojos asombrados: cráneos y otros huesos fosilizados, herramientas prehistóricas, e incluso, áreas de actividad diversa; indicios del paso, de las necesidades e inquie- tudes vitales de nuestros ancestros (desde huellas fosilizadas hasta trazas de uso de fuego, o las expresiones artísticas y rituales más profundamente humanas). Con todo, fundamentalmente han sido modelos teóricos cada vez más pene- trantes, los que han permitido ordenar e iluminar esos descubrimientos. Hoy, las invaluables y crecientes colecciones de fósiles humanos y pre-humanos existen-
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tes en el Museo del Hombre de París, los grandes acervos de Kenia, Sudáfrica, o los provenientes de la sierra Atapuerca al norte de España, por nombrar sólo algunos de los casos más notables, nos confirman algo que bien pudiera resultar- nos paradójico: que los mayores avances en la comprensión de nuestros orígenes evolutivos han sido esencialmente logros deductivos, logros de la creatividad y la formalización del razonamiento explicativo; en pocas palabras: de la inteligencia y la inventividad teórica. Bien señalaba el importante arqueólogo norteamerica- no Lewis Binford “Que el pasado se hace evidente para aquellos que realizan cui- dadosas observaciones es un pensamiento consolador, pero desgraciadamente falso” (1991, p. 82). Nunca se insistirá excesivamente en algo: los mejores cono- cimientos hoy disponibles no sólo sobre nuestros orígenes, sino sobre el mundo en su conjunto, no son, ni por mucho, logros de la sola observación cuidadosa de la naturaleza, sino de la potencia explicativa de la deducción, la generalización y la predicción; del pensar mediante teorías el mundo: “prueba de que nuestra
mente [reza la sabiduría de la Grecia clásica] mira más lejos que nuestros ojos”
(Flores 2008).
Así es, ninguna cantidad o clase de fósiles podrían, por sí mismos, revelar- nos tanto como las enormes ideas surgidas, de hecho, antes del hallazgo de cual- quier cráneo, esqueleto o herramienta paleolítica. Descubrimientos más o menos fortuitos que sólo comenzaron a significar cosas realmente importantes sobre nosotros mismos, si y sólo si, pudieron ser vistas con ojos teóricos; esto es, me- diante revolucionarias ideas que les precedieron. Un ejemplo extremo: llegar a sostener que la selección natural es causa primordial de toda la biodiversidad, es algo que ninguna evidencia empírica per se podría inspirarnos espontánea- mente, sino como producto de la capacidad para crear atribuciones explicativas sobre la realidad, en este caso, debida a dos inventividades coincidentes pero independientes: Charles R. Darwin y Alfred R. Wallace. Antes del descubrimiento de cualquier resto paleontológico, asimismo, ya era deducido teóricamente algo tan revelador como vigente (y por supuesto confirmado por el catálogo actual de reliquias paleolíticas): el trabajo, producto humano, hace, de la propia humani-
dad, su propio producto. Las teorías son pues los ojos de las ciencias. Adecuando
aquí una célebre frase de Emmanuel Kant, podremos sostener: percepciones sin conceptos son ciegas; sin embargo, cualquier idea o concepto (por creativos que puedan ser), carente de la evidencia de las percepciones, son teorías vacías. La ciencia de nuestros orígenes posee ambas: un gran sistema teórico aglutinado por el pensamiento evolucionista, y asimismo, un cada vez mayor registro pa- leontológico y arqueológico.
No han sido los fósiles los que, por sí mismos, hayan creado las mejores y más reveladoras ideas sobre nuestra naturaleza evolutiva; han sido, estas ideas, los que han hecho de hallazgos fortuitos evidencias verdaderamente significativas, asimismo, objeto de la propia confirmación teórica.
Pensemos en la siguiente “progresión” de fenómenos evolutivos, secuencia tan característica de lo que a menudo se ha llamado los senderos de la evolución hu- mana: posición erecta; liberación de las manos de las necesidades de desplazar- se; habilidades técnicas (para crear, más que para usar herramientas); consumo creciente de carne y compartición de los alimentos; capacidades comunicativas y cognitivas de mayores alcances y exigencias dentro de la vida social y mental de un cerebro en expansión (tanto craneal como simbólicamente).
Esta ruta de fenómenos, causal y ascendente (bien documentada de hecho), como explicación o comprensión auténtica, puede correr el riesgo de quedar reducida a una simple “relatoría” de eventos más o menos espontáneos e inco- nexos, quizás incluso, dar cierto aire de imaginativas especulaciones. Ruta, en efecto incompleta, si no fuera porque la inteligencia teórica es capaz de expandir