Por otra parte, según lo señala Gonzalo Sánchez (2008), “Trujillo es un escenario
en el cual son observables múltiples ejes de conflicto, actores y procesos que se entrecruzan, con pesos diferenciados en el desencadenamiento y en el desarrollo de la dinámica violenta. Así entonces, a finales de la década de los ochenta, era posible rastrear en el escenario local, de una parte, proyectos expansivos y superpuestos de actores como la guerrilla del Ejército de Liberación Nacional
Fuente: Grupo de Memoria Histórica (2008), Trujillo. Una tragedia que no cesa [en línea], disponible en: http://www.memoriahistorica-cnrr.org.co/images/content/trujillo_informe.pdf, recuperado: 8 de septiembre de 2008
(ELN), y de organizaciones de narcotráfico […]” (p. 16). En este sentido, Trujillo se convierte en un modelo regional que representa una radiografía del conflicto que tiene lugar a nivel nacional en tanto muestre la congruencia de las diferentes dinámicas que ha adquirido el conflicto armado durante los últimos años.
De esta manera, la permanencia de la violencia en Trujillo revela un escenario donde la reconciliación y la justicia, como elementos y fines de la construcción de paz, son todavía ausentes y no existe un compromiso claro por todos los actores que intervienen en la zona. Sin embargo, como se explicará y analizará más adelante, la ausencia de dicho escenario no es un imposibilidad en el marco de la construcción de la memoria, sino un desafío que enfrentan diferentes actores sobre los que reposa determinada responsabilidad.
Sin olvidar la violencia vivida en el municipio previa a 1989 y la ocurrida después de 1990, el presente escrito se centra en el periodo comprendido entre estos años por dos razones. En primer lugar, fue el periodo en los que la violencia y las prácticas del terror alcanzaron su punto más crítico. En segundo lugar, en la medida que el tema que corresponde a este estudio es la reconstrucción de la memoria histórica en medio de la violencia, AFAVIT y su labor en esta tarea tiene lugar con relación a los hechos sucedidos entre 1989 y 1990.
La historia de la violencia en Trujillo se divide en dos partes como resultado de la dinámica nacional de la violencia durante el siglo XX. La violencia temprana del municipio fue producto de la lucha política bipartidista entre conservadores y liberales, a partir de la década de los años veinte del siglo pasado. La violencia
tardía, o lo que Adolfo Atehortúa (1995) llama “Las nuevas violencias” (p. 237),
corresponde a la dinámica de la violencia que se genera a partir de los años sesenta y setenta, que se va a caracterizar por el nacimiento de nuevos actores y la disputa nacional entre la fuerzas del Estado y los grupos ilegales alzados en armas. Teniendo en cuenta el periodo a estudiar, la violencia que interesa a este estudio está relacionada con la violencia tardía.
3.1.1. Cuando el terror se desata la paz solo es recuerdo. Trujillo, 1989 –
1990.
La violencia que un principio estuvo asociada con la lucha bipartidista fue el preámbulo de la generación de una nueva violencia sin precedentes en el municipio. Pese a que la aparición de la guerrilla y del narcotráfico transformó la violencia que tenía lugar en el pasado, la violencia en Trujillo nunca dejó de ser política. Si en un principio estuvo asociada al bipartidismo, a partir de los años ochenta la violencia se había transformado tras el surgimiento de nuevos actores y la generación de nuevas dinámicas en el ámbito social local.
Los antiguos y nuevos actores entre los que tiene lugar la confrontación pueden ser divididos en dos grupos. En primer lugar están los actoresregulares, aquellos reconocidos legítimamente por la sociedad civil, los organismos internacionales y el Estado. Dentro de ellos se encuentran la fuerza pública, representado en el Ejército y la Policía Nacional, los protagonistas de los grupos políticos locales, los campesinos y la Iglesia. Por su parte los actores irregulares, aquellos que no cuentan reconocimiento legal a nivel nacional e internacional, son el Ejército de Liberación Nacional (ELN – Frente Luis Carlos Cárdenas Arbeláez), el M-19 y los narcotraficantes. La diferencia entre la legalidad e ilegalidad de los actores solo permite construir un marco de referencia, porque como se abordará más adelante, en el caso de Trujillo el límite entre las acciones legales e ilegales se va a difuminar y articular en un solo complejo.
La nueva violencia de Trujillo va a ser producto de una relación entre diferentes situaciones que darán lugar a una de las historias más trágicas de la historia nacional. Cuando todos estos actores se establecieron en Trujillo, las disputas que tuvieron lugar inicialmente fueron de tres tipos, entre actores legales, entre actores ilegales y entre actores legales e ilegales. Las que cobran mayor importancia en este caso tienen que ver con las dos últimas.
Las confrontaciones de los actores ilegales tuvieron lugar entre el ELN y los narcotraficantes, y se caracterizaron por su carácter territorial. Según Atehortúa,
“Los narcotraficantes [estaban] enfrentados al ELN para conquistar el cañón del Garrapatas, construir allí laboratorios, y salir al Océano Pacífico” (1995, p. 277).
Por otra parte, en el conflicto entre actores regulares e irregulares la lucha más importante tuvo lugar entre los narcotraficantes y las organizaciones campesinas, también por disputas por el territorio. En medio de este clima hostil, el hecho que cobra relevancia es el sistema de alianzas que se forma entre los narcotraficantes
y el Ejército y la Policía Nacional: “[…] Interesados en comprar la mayor cantidad
de tierra posible, los narcos se declararon enemigos de la organización campesina y se acercaron con su dinero a miembros del Ejército y la Policía. Para completar
su dominio económico, los narcos aspiraban […] a eliminar la influencia del padre Tiberio […]” (Aterhortúa, 1995, p. 277)1.
Sin embargo, los denominados hechos de violencia de Trujillo tienen lugar a partir de marzo de 1989, tras una iniciativa campesina en La Sonora, corregimiento de Trujillo, para exigir al gobierno local y departamental soluciones frente a los problemas sociales y económicos del municipio. Dicha exigencia tuvo lugar a través de una marcha campesina que culminaría en la plaza central de Trujillo, marcha catalogada por los paramilitares, el Ejército, los narcotraficantes y las autoridades políticas del Valle, como un instrumento de provocación del ELN. La marcha se llevó a cabo pese a las medidas de control tomadas por el Ejército y las autoridades locales, que una vez instaladas en Trujillo acordonaron la plaza central y restringieron la entrada a los campesinos y organizaciones que allí arribaban.
Un ambiente de acciones ilegales comenzaron a tener lugar en la plaza: “[…] Los
militares empezaron a detener manifestantes. Tomaban algunos a la fuerza y los sacaban de la plaza. Una anciana arremetió contra un piquete armada de una
1
En Trujillo, el padre Tiberio Fernández Mafla adquiere un papel fundamental en el desarrollo de la violencia y en el
proceso de reconstrucción de la memoria histórica por parte de AFAVIT. “Desde su llegada a Trujillo, el Padre Tiberio […] elaboró el Plan Pastoral, donde tenía particular importancia iniciativas de desarrollo en beneficio de los sectores
escoba para impedir que se llevaran a su hijo. El maltrato en su contra indignó a varios vecinos que no participaban en la marcha, los cuales arrojaron algunas
piedras contra los uniformados […]” (Atehortúa, a. 1995, pp. 281 y 282).
En el periodo transcurrido entre la marcha y el mes de abril de 1990 hechos violentos y sin precedentes tuvieron lugar en la zona, en su mayoría dirigidos hacia campesinos, dirigentes de organizaciones, líderes sociales y personalidades de la política local. Sin embargo, un acontecimiento determinante cambiaría los objetivos de dichas acciones. Lo que comenzó como una emboscada por parte del ELN hacia el Ejército Nacional en La Sonora el 29 de marzo de 1990, terminó en un fuerte combate, enfrentamiento que daría lugar a una escalada de violencia sin precedentes.
Según el informe de la Comisión de Investigación de los Sucesos Violentos de Trujillo, en adelante la CISVT, de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (1995), después de la emboscada y el enfrentamiento tres hechos cobran importancia: las desapariciones ocurridas en La Sonora, la desaparición de los ebanistas y el asesinato del padre Tiberio Fernández Mafla, todos ocurridos entre marzo y abril de 1990. Si bien es un hecho que no se asocia de manera directa con los señalados por la CISVT, la desaparición del testigo oficial de dos de los tres sucesos emblemáticos, Daniel Arcila Cardona. Estos acontecimientos son observables en el Mapa III.
No es tema del presente estudio elaborar la descripción de cada uno de estos sucesos. Cada uno de ellos, tanto en su conjunto como en su individualidad, adquiere trascendencia en la violencia desencadenada en Trujillo como consecuencia de tres elementos. En primer lugar, las prácticas del terror utilizadas en cada uno de los casos significó el agotamiento del sentido de dignidad y humanidad de las víctimas a través del uso indiscriminado de métodos de subyugación y control social por parte de los victimarios, especialmente la tortura. Con relación a su uso, basándose en el testimonio de Daniel Arcila, en el caso de
las desapariciones de La Sonora, Atehortúa señala: “[…] El mayor… les levanta las uñas con navaja, les quitan pedazos de la planta de los píes con cortaúñas, los cortan y les echan sal, luego con un soplete de gasolina que lanza llama les queman las distintas partes del cuerpo y la carne se raja y se levanta el cascarón, les ponen el chorro de llama en la parte genital, les cortan el pene y los testículos y se los meten a la boca a las mismas víctimas y finalmente los descuartizan con
una motosierra y al hacer esto, los torturadores gritaban “ay hombe” […]” (1995,
pp. 302).