• No results found

Durante su exilio en Babilonia, el rey Joaquín de Judá (597) recibió sin duda un trato digno. Y cuando el rey persa Ciro II conquistó el reino de Babilonia, entre 538 y 537, ese hombre (que ya entonces practicaba los principios hoy consagrados por el derecho de gentes: respeto al enemigo vencido como a igual, tolerancia frente a las religiones ajenas) ofreció a todos los judíos que lo quisieran el regreso a Palestina; más aún, dispuso la reconstrucción del Templo a costa del erario real y devolvió a los judíos el tesoro de oro y plata capturado por Nabucodonosor en Jerusalén. Por ello, incluso el Antiguo

141 2 Reyes 11,1 ss; 17,1 ss; 18,1 ss; 23,26 s; 24,1 ss; 25,1 ss; Jerem. 52,15 s; 52,28 ss. dtv Lex. Antíke,

Geschichte II 153 ss. Pauly II 1497. LThK 1 ed. I 755. Cornfeld/Botterweck III 688, 695 ss, 702 ss, IV 881 ss, 900. Gamm, Sachkunde 96 ss, 103 s. Beek 78 s. En la Biblia se describe a Nabucodonosor como prototipo del déspota, y así es como ha quedado para la Historia; en realidad parece que le interesaban más la religión y la arquitectura que la conquista del mundo, y que no era del todo ajeno a la tolerancia. Cf. Beek 95 s, 103. Comay, Who’s Who 58 s.

Testamento tiene palabras de alabanza para el rey idólatra: “pastor de Dios” y “ungido del Señor” en el deutero-Isaías. Y el mismo Señor afirma: “Tú has cumplido todos mis designios”, y eso que tales designios no podían ser ni son más diferentes.142

Una minoría de los exiliados regresó a su país e inició, en el año 520, la reconstrucción del Templo, quedado terminado en 515 el llamado segundo Templo, más grande que el anterior, principalmente gracias a los subsidios de los persas. Volvió a florecer Jerusalén como capital de la provincia persa de Jehud, pero gozando de una notable autonomía. También otras ciudades se repoblaron, controladas por gente de confianza de los persas como el davídida Zorobabel, aunque el clero no tardó en acaparar el poder, iniciándose así una evolución en virtud de la cual, hacia la época helenística, el verdadero amo de Judea era el sumo sacerdote, que mandaba en ella como los reyes en otros países. Pero ya bajo el dominio de los persas se había convertido en la cabeza espiritual y temporal

de la comunidad judía, y ésta en una teocracia conducida por el clero que, como clase

más rica y poderosa en Jerusalén, controlaba asimismo los asuntos políticos y económicos; es decir, que mandaba en todos los sentidos. Se renovaba la “alianza” con el Señor bajo la pretensión de que tal “nueva alianza” (berit hadashah) debía ser algo totalmente distinto de la primitiva alianza del Sinaí, aunque no fuese en realidad sino un refrito: “para que sepan los idólatras que Yo soy el Señor tu Dios”. En la práctica, el discurso seguía siendo el del exclusivismo, el de la intolerancia religiosa, el de la demencia nacionalista; únicamente se aplazaban para un futuro indefinido las utopías escatológicas, la victoria total de Yahvé y la construcción del “reino de Dios”. Toda idea cosmopolita, por el contrario, seguía siendo para los profetas judíos una “abominación idólatra”.143

En este sentido, destacó la actividad del sacerdote Esdras, representante oficial (sofer, “secretario”) del culto a Yahvé en la corte persa, con el título oficial de “doctor en leyes del Dios de los Cielos”. Descendiente de la notable familia sacerdotal de los hijos de Sadoc, de cuyas filas salieron, a partir de la restauración (es decir, desde la supuesta renovación religiosa y nacional), todos los sumos sacerdotes, se presentó “enviado desde Babel” por el rey persa Artajerjes (sería el primero, o el segundo de ese nombre) en el año 458, o quizá en 398 a. de C., poco importa. Por supuesto, venía guiado por “la mano del Señor” y con la exclusiva intención de restaurar la pureza de la ortodoxia, de la fe mosaica. Lo primero que hizo fue declarar ilegítimos los matrimonios mixtos y ordenar la expulsión de todas las mujeres extranjeras así como de sus hijos, con el fin de poner coto a las influencias foráneas. Esdras, considerado como uno de los legisladores y reformadores judíos más importantes de los siglos V y IV, se mesó los cabellos de su

142 Is. 44,28; 45,1 ss; Ezra 1,1 ss; 6,2 ss; 2 Crón. 36,33 s. Pauly III 417 ss. De Vaux 1354 s.

Cornfeld/Botterweck V 1124,1201. Jeremías 109 ss. Galling, Serubbabel 67 ss. El retorno de los exiliados en virtud del edicto de Ciro II no fue un acto súbito, sino un proceso bastante largo y complicado: Weinberg 45 ss, en especial, 51 ss.

143 Cf. los libros de Ezra y Nehemías passim. Cornfeld/Botterweck 1,85 ss, III 577 ss, V 1164 ss,

1202 ss. Sobre la “Nueva Alianza” cf. p.e. Jerem. 31,31 ss, Ezra 36,33 ss. Mommsen, Rómische Geschichte VII 188. Grundmann 145 ss. Beek 106 ss. Comay, Story 187 ss.

cabeza y de su barba al ver dichos matrimonios, se postró de rodillas, lloró, rezó e imploró a los judíos: “Vosotros habéis prevaricado y tomado mujeres extranjeras [...]; separaos de los pueblos del país y de las mujeres extranjeras”. Tal era su radicalismo, que ni siquiera ofreció la posibilidad de que aquellas mujeres se convirtiesen a la religión judaica. A todas luces, su causa era más bien la de la pureza racial. Y naturalmente, ofreció la explicación que todos los hombres de religión han tenido siempre para las catástrofes de todas clases: “Nosotros mismos hemos pecado gravemente hasta este día, y por nuestras iniquidades hemos sido abandonados nosotros, y nuestros reyes, y nuestros sacerdotes en manos de los reyes de la tierra, y al cuchillo, y a la esclavitud, y al saqueo, y a los oprobios, como se ve aún en este día”. No dejamos de advertir un hondo regusto chauvinista, cuando dice de los demás pueblos que son “inmundos” y que, por tanto, “no procuraréis jamás su amistad ni su prosperidad, si queréis haceros poderosos, y comer de los bienes de esta tierra, y dejarla a vuestros hijos en perpetua herencia”.144

También Nehemías (que quiere decir “Dios consuela”), elevado al importante cargo de copero de Artajerjes y gobernador (tirshata), cuando regresó de Persia a Jerusalén (entre 445 y 444, según las investigaciones más recientes), abundó en el mismo tema, desagradándole ante todo lo de las mujeres extranjeras. Y ello a pesar de que el padre Abraham, que siempre gozó del favor del Señor “a pesar de su prepucio” (san Justino), se había casado con la egipcia Agar, y de que su esposa Sara había sido idólatra. Nehemías tampoco tuvo en cuenta que Isaac, hijo de Abraham y Sara, se casó con la extranjera Rebeca, y Jacob, hijo de éstos, con una mujer de otra tribu, como lo era Bala, y una esclava idólatra como Celia. Y el propio Moisés, pese a las protestas de Miriam y de Aarón, se casó con una etíope sin que Yahvé tuviese nada que objetar. Pero cuando Nehemías regresó de “Babel” a Jerusalén, no halló tarea más necesaria que la de combatir el liberalismo imperante, al que maldijo: “Los reprendí, y los excomulgué. E hice azotar algunos de ellos, y mesarles los cabellos, y que jurasen por Dios que no darían sus hijas a los hijos de los tales, ni tomarían de las hijas de ellos para sus hijos ni para sí mismos”; todo ello en pro de la purificación de la raza, sobre todo, pero también para edificación del pueblo de Dios y defensa de la auto identificación como pueblo elegido, lo que justificaba en realidad la norma de segregación. En efecto, los fanáticos Esdras y Nehemías salieron siempre triunfantes, por muchos disturbios y por muchas desgracias que produjese su actuación. No sólo los levitas tuvieron que someterse a la prueba de la pureza de sangre, es decir, a la verificación de sus registros genealógicos, sino que además se anularon los matrimonios mixtos, como queda dicho, expulsando a las mujeres y a su descendencia. Y, sin embargo, en otras épocas el Señor había admitido e incluso recomendado el casamiento con prisioneras extranjeras: “Si [...] vieres entre los cautivos una mujer hermosa”, aunque acabasen de matar a su padre y a su madre, podían tenerla por mujer, al menos hasta que les “desagradare”. Pero ahora pasaba a predominar la norma de la Torá, tanto así que incluso hoy día los judíos ortodoxos desaprueban los matrimonios mixtos y sólo se consienten excepcionalmente cuando la

144 Ezra 7,1ss; 9,1 ss; 10,1ss; 10,10ss. LThK 1 ed. III 1101 s. dtv Lex. Antike, Mythologie V 1125ss,

mitad no judía de la pareja está dispuesta a abrazar la religión.145

Nehemías, alabado posteriormente por su patriotismo, echó leña al fuego del nacionalismo judío y evocó en téminos altisonantes las épocas gloriosas de los antepasados fieles a la fe: “Tú los hiciste dueños de reinos y pueblos [...], tú abatiste delante de ellos a los [...] que la habitaban [...] y he aquí que nosotros mismos somos hoy esclavos [...] en esta tierra que diste a nuestros padres”.146

No por casualidad, a los tres días de su llegada Nehemías emprendió una inspección nocturna y secreta (según Comay), “sin declarar a nadie lo que Dios me había inspirado hacer en Jerusalén”, es decir, un detenido escrutinio acerca del estado de las murallas (pues no otro era el objetivo de su viaje), tras lo cual exclamó: “Venid y reedifiquemos

los muros de Jerusalén, y no vivamos más en estado de tanta ignominia”.147 En efecto,

cuando hablaba del “lastimoso estado en que nos hallamos”, aludía en realidad a la servidumbre política, lo mismo que antes había hecho Esdras. Porque la clase

dominante, el clero (siempre la principal aprovechada en toda época, pero más en

tiempos de catástrofe), no lo pasaba nada mal; detalle importante, que va a repetirse con frecuencia durante la era cristiana y sobre el cual tendremos ocasión de volver, como sucede con tantos otros de los aspectos tratados en el presente capítulo.

Related documents