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Materials selection and processing

5 Impeller tumbler tests

5.4 Materials and methodology

5.4.1 Materials selection and processing

En la sociedad moderna, la mayoría de las personas viven en una relación dislocada con el tiempo. O, dicho de otro modo, el tiempo las domina.

Entre las numerosas coacciones a las que está sometido el ser humano se cuenta también la del tiempo. ¿Quién no se queja hoy día de la falta de tiempo, de lo que le gustaría hacer si tuviera tiempo, es decir, si el tiempo fuera suyo? Una de las paradojas de la sociedad industrial desarrollada consiste precisa- mente en que a medida que se ha reducido la jornada laboral, el tiempo de trabajo, parece que la gente tiene menos tiempo libre, esto es, menos tiempo de libre disposición para hacer lo que le gustaría. De ahí que el dominio del tiempo constituya hoy día parte esencial de todo proyecto emancipador, de todo proyecto que pretenda transformar las actuales condiciones de vida y de trabajo en el sentido de mejorar la calidad de vida de todos y no sólo de una minoría. Cualquier ideal de progreso, esto es, de perfeccionamiento de la organización social, debe, por tanto, tomar en consideración el análisis del tiempo, o mejor dicho, de los diferentes tiempos, a fin de descubrir sus contradicciones y ver sus posibilidades de superación.

120. Cf. Bruno Bettelheim: El corazón bien informado, México 1973, p. 86, primera edición en inglés de 1960.

La repetición de lo mismo en decursos ritualizados produce seguridad en las inseguridades del biotiempo subjetivo. La pertur- bación de los ritmos orgánicos, como la rutina cotidiana, genera inseguridad en el individuo por estorbar la anticipación mental y desviarlo de los objetivos a corto o largo plazo. Quien sólo se rige por las estaciones del año y por el tiempo meteorológico no se desconcierta tan fácilmente como la persona cuyo status viene determinado por su agenda (timing, dicen los modernos anglo- colonizados). El dignatario de nuestro tiempo demuestra “su importancia” con la agenda, que exhibe como libro sagrado.

Si el ritualismo se lleva demasiado lejos aparecen en el individuo las arritmias, los ataques epilépticos, infartos y psi- cosis. En general puede decirse que las depresiones manifiestas y latentes y la hipocondria aparecen como enfermedades popu- lares allí donde se despedaza y devora el biotiempo subjetivo de los muchos.

Bien mirado, es una de las peores formas de falta de liber- tad, de no libertad. No se trata solamente de que el individuo no tenga “tiempo” para lo que quiere, de que se vea obligado a “vender” su tiempo para poder vivir. La fragmentación del biotiempo subjetivo por el ritualismo de hoy día es más bien un ataque constantemente renovado a las condiciones de vida de los sujetos.

La sociedad electrificada no sólo ha podido generalizar sus rituales en espacios cada vez más amplios gracias a la velocidad de las comunicaciones, generando así la “pérdida de distancia”. La aceleración abarca qua ritual a todos los individuos imponíéndoles el compás de la era electrónica. El progreso como aceleración.

Ahora bien, las fatigas del rito social provocan recaídas en los ritmos primitivos y extáticos. Por lo que se refiere al en- tretenimiento y al placer, muchas veces no es más que contagio nomía. Al extenderse a la actividad económica, la minuciosidad

litúrgica originaria adoptó una calidad distinta. La lucha del movimiento sindical contra el cronómetro o la introducción del sistema taylorista por Lenin ilustran las tendencias. Por un lado, ganancia de tiempo como lucha por la libertad. Por otro, plazos rituales para aumentar la producción. Ambas cosas parecían inalcanzables y siguen siendo todavía objeto de la política.

Por lo que se refiere a la seguridad y perturbación del in- dividuo en y por el ritual esta cuestión de actualidad es menos un problema de la duración del tiempo de trabajo heterodeter- minado que de sus plazos, de su parcelación. No sólo importa que una empresa o un individuo trabaje 40 o 35 horas semanales, sino cuándo dispone de estas horas la empresa o el individuo. La respuesta preindustrial era que cada cual trabajaba hasta que se cansaba y volvía a empezar cuando se había recuperado. En las condiciones de entonces y en las de las sociedades no industriales de hoy duraba mucho más que las horas que se debaten actual- mente. Había, sin embargo, un elemento de autodeterminación que ha desaparecido en el rito laboral industrial. El tan discutido problema del “trabajo alienado” tiene uno de sus orígenes en los plazos de los tiempos de trabajo, y no sólo en su duración. Todo el mundo sabe hasta qué punto molestan las exigencias que otros imponen en la vida. Esta violencia se ha convertido sencillamente en el símbolo de la represión moderna.

Hoy día, el rito de trabajo industrial es el presupuesto sincrónico de la cultura. Por eso no debe extrañar que sea tan acalorada la discusión en torno a los tiempos de trabajo. El rito de la sociedad industrial persigue, lo mismo que el rito religioso: asignar determinados actos sociales a determinados periodos de tiempo y forzar a los miembros de la sociedad a una presencia simultánea.

En el ritual televisivo se da así la paradoja de que los pro- gramas que contribuyen al despliegue de la individualidad y, con ello, al humanismo, quedan reservados para los que pueden acostarse tarde por ser dueños de su tiempo. Mientras que la industria del entretenimiento, de la tensión, de la cultura, de la conciencia, o como quiera que se la denomine, regida por la economía de señales, hace su agosto con las angustias, déficits emocionales y el cansancio, con el biotiempo subjetivo de millo- nes y millones de personas integrándolas en la sociedad al nivel de “Lo que necesitas es amor”, “El semáforo”, concursos, etc. Para los dominadores y desorganizadores de la conciencia, esta colonización del biotiempo propio con la historia de los demás tiene la ventaja añadida de que se olvida la propia.

Los síntomas de búsqueda de estímulos cada vez más fuer- tes, docilidad en vez de educación, el shock como valor cultural, etc., no son más que algunos de los lemas para la heterodeter- minación del biotiempo subjetivo por los ritos televisivos y los rituales de la vida cotidiana.

El miedo y la angustia no generan libertad y la falta de libertad genera angustia. El ritual televisivo que envuelve a los seres humanos cuando están en el ámbito más seguro, su casa, atrapándolos en las redes de intereses ajenos, no rompe el círculo de la no libertad y de la angustia. Lo aferra más aún. El verdadero peligro de la TV está en que induce a la pasividad y al miedo a la propia participación en la vida pública. Este peligro es mayor que los contenidos estúpidos o crueles.

La conexión de los continentes, la extensión al cosmos de las ventajas político-comunicacionales y militares ha aumenta- do el poder de quienes disponen de estos medios. Hoy día es posible guardar distancias con el vecino de al lado. Pero en la sociedad electrificada no es posible escaparse de la industria rítmico. Un ejemplo evidente lo constituyen la convulsión de

luces y cuerpos en la discoteca, donde el volumen de la música reprime el lenguaje, de manera que surge una especie de mística prefabricada: sumersión en lo colectivo como ruido. “Participa- ción” como estar-fuera-de-sí, entregado a la magia del destello multicolor. La expresión de las caras de los danzantes hace suponer que han caído en brazos del totemismo.

Cansado de las comunicaciones profesionalmente im- puestas, que siempre reprimen las reacciones espontáneas, distendido, sintiéndose machacado, el trabajador de la sociedad electrónica vuelve a casa y enciende el aparato. Ahora necesita algo totalmente distinto, vivencias, estímulo, acción, ilusión, pues, por estar cansado, es susceptible de estimulación y de distracción. La angustia generada por las carencias que sufre parecen difuminarse durante un rato. Ante el aparato se siente reconfortado: su héroe, ya sea vaquero o policía, le enseña cómo se resuelven los problemas en una hora. Se han compensado ilusoriamente sus déficits emocionales. Se ha entretenido, pero no se ha recuperado, restaurado. Las profundas angustias por las insuficiencias en el trabajo, en la relación sexual o en el tra- to social se han confirmado. La rutina de la adaptación lo deja una vez más como el vencido, el perdedor de siempre, o sea, insatisfecho. Las imágenes perduran, las palabras se las lleva el viento. Así que no se ha ganado nada para la autoafirmación ni para la autorrealización. Para el dominio de sí mismo quizás se ganase algo si los participantes (trabajadores, amas de casa, etc.) dispusieran de tiempo y energía para ver la programación más inteligente que se ofrece después de la medianoche, en donde se ofrece todo lo que los defensores y beneficiarios de la rutina encuentran demasiado exigente para las masas de las horas de máxima audiencia (8-11 de la noche).

forma de vida urbana; generalización del dinero y del consumo de mercancías mediante el trabajo asalariado; demandas crecientes de educación; mentalidad de producción y competitividad; resta- blecimiento más cualificado de la fuerza de trabajo.

El significado de estos cambios puede resumirse así: la socialización y el desarrollo de la individualidad son las necesi- dades fundamentales que todos los asalariados han tenido que superar si no querían perecer.