2. LITERATURE REVIEW
2.2 Appointment Scheduling
2.2.2 Mathematical Programming Approaches
bien a las sugerencias de un pensamiento director en el sentido de exi mirse de la delimitación y coherencia que su autonomía exigiría: es vá lida al interior de un sistema de representaciones e intenciones de las que no se puede aislar. Irá en un sentido u otro según la dinámica del pensamiento mítico. Atreo encierra el cordero de oro en un cofre, lo mismo que haría con un objeto de metal; también parece prevalecer el metal precioso en la representación del vellocino de oro. Inversamente, es la naturaleza animal la que está en primera plana cuando el talismán de realeza es especialmente concebido como si formara parte de los re baños reales. Pero, en realidad, estos dos elementos son inseparables en el vellocino de oro. Es curioso observar en un avatar del mito antiguo —un cuento moderno de Epiro»7— cómo, de manera más o menos in consciente, se desliza la sugestión del oro y de sus virtualidades en un conjunto a cuyo orden interno podría parecer extraña. La hija de un rey se halla encerrada en un palacio subterráneo: para casarse con ella hace falta descubrirla; un joven, que ha hecho que lo envuelvan en una piel de borrego, el cual será vendido como tal al rey, consigue tener acceso a su hija. La piel con la que se había envuelto es un vellocino de oro: este motivo o reminiscencia podrían parecer calcados: la hija del rey es encerrada como lo había sido Dánae, y Zeus había penetrado en su re tiro bajo forma de lluvia; puesto que en el cuento se hablaba de vello cino, es muy probable que se tratara de uno de oro; y un vellocino de oro queda bien en un subterráneo, por ser éste el lugar privilegiado pa ra guardar tesoros. En el ámbito de una imaginación que apenas si tra baja por razones que no sean el puro placer, nos topamos con aso ciaciones tradicionales que siguen funcionando perfectamente.
En realidad, la expresión de imagen combinada no es más que una etiqueta. No hay imágenes diferentes que confluyan, sino significados múltiples de una representación que es, en sentido propio, tan «plásti ca» como se quiera. No se trata aquí de analizar todos estos significa dos; pero conviene indicarlos, al menos de manera somera, por ser éste el medio de saber de qué «participa» la idea de agalm a que está en el punto extremo de la imaginación del vellocino de oro.
El punto de partida es muy lejano; se trata de uno de los cultos más caracterizados por su arcaísmo: el de Zeus de Pelión —al lado del país de Frixo’ 8—, cuyos oficiantes subían todos los años en romería a la cumbre de la montaña, envueltos en pieles de cameros recién inmola dos; el rito se celebraba en el momento de la salida de Sirio, momento crítico que es igualmente en otros casos la ocasión para una magia me- tercológica. En el plano cúltico, la piel del animal sacrificado posee eminentes propiedades y de todas clases"; pero el vellocino maravilloso
’ 7 A. B. GOOK. Zeus, 1, pp. 412 sq.
9* La comparación se ha hecho desde hace tiempo; efir. Nilsson, Griech. Peste,
página 12.
tiene sobre todo relación con una categoría de objetos míticos cuya orientación podemos reconocer con bastante facilidad. El arma defensi va que constituye la piel del animal es un arma mágica cuando es la fa mosa égida: en manos de Zeus, desencadena el pánico como una fuer za sobrenatural. Pero, igualmente, en manos de Zeus, quien la agita a la manera de un rain-maker de Arcadia l0°, tiene efecto sobre el cielo y la atmósfera. Sostenida por Atenea, tiene también virtudes fecudan- tes. La égida es una piel de cabra: la cabra Amaltea, que alimentó a Zeus, es las más de las veces un animal bienhechor; su cuerno se con vertirá en un cuerno de la abundancia (suministrando una designación mítica con otros símbolos de riqueza agraria); pero el animal es a veces horroroso, siendo necesario «esconderlo»: su piel sirvió de arma a Zeus cuando éste emprendió contra los Titanes la guerra famosa a cuya ter minación quedó instituido un nuevo orden monárquico* 101. Pero la Quimera, el monstruoso animal del que triunfó Belerofonte, es tam bién una cabra, como su nombre indica: resulta que la Quimera fue un blasón en su país de Licia102. Puede ser que el cordero de los Pelópidas fuera otro10*: había un carnero de piedra sobre una tumba de Argóli- da, conocida por el nombre de «tumba de Tieste»104.
Estas breves notas podrían al menos volver a situar en su justa di mensión algunas representaciones: la idea de «eficacia real», que hemos visto asociada a la imagen mítica del vellocino, se muestra múltiple y con ramificaciones casi indefinidas. Sin embargo, no deja de tener por ello, en un fondo prehistórico, una especie de unidad, que se aprecia a veces gracias a la misma plasticidad del símbolo. Entre el oro y el Sol —quien, por su parte, da a los poderes reales una consagración singu lar— , la asociación es particularmente relevante en la leyenda de Aie- tcs, rey de un oriente mítico: aparece también de otra manera, a la vez más desviada y más sugerente, en la historia de Atreo. Pero hay que decir también que no siempre es de «oro» el vellocino; a veces es de púrpura: en la tradición adivinatoria de los ctruscos, la aparición de un animal de este color en una manada es el anuncio de un nuevo reino, que será una edad de fecundidad101. A través de la variante imaginati va, este dato, que nos remite a la heredad de las creencias «egeas», con cuerda hasta en la letra con el que se anunciaba de entrada en la cróni ca legendaria de Miccnas.
Pero he aquí que aparece una curiosa inflexión. Uno de nuestros testigos con sentido mítico en sumo grado, Píndaro, evoca «el vellocino
* " Cfr. Vine . Ene., VIII. 351 sq. 101 (EratóST.I. Cataster. (Roben), 13.
102 L. Radermacher, Mytbos u. Sage bei den Griechen, p. 97. Cfr. MaltEN, «Bellcro- phon», en Jahrb. des deutseben anbSoi. lnsl., XL, 1926, pp. 125 sq.
10} J. G. Frazer, Pausama's Description o f Greece, III, p. 187. 104 PAUS.. II. 18, 1.
rutilante con franjas de oro»106 107. Lo de «franjas de oro» es un detalle que retiene Homero en una descripción de la égida de Atenea,07: conoce el número y precio de las mismas. Se trata de la descripción de un atuen do ritual; llevado por la diosa en persona, este objeto concentra toda clase de virtualidades, entre las cuales cabe destacar la belleza y el va lor. La representación mítica evoluciona hacia una imagen de agalm a, al mismo tiempo que conserva, por decir así, su sustancia.
Este deslizamiento de la imaginación, condicionado por cierta per manencia del símbolo, es un hecho bastante general: constatamos su analogía con respecto a objetos reales o con ocasión de prácticas efecti vas. Los reyes de la leyenda o de la epopeya llevan un cetro108, que es, además del signo, el instrumento de su autoridad: en el lenguaje de Homero, contiene algo del poder de Zeus, fuente de poder real. Exis te, en efecto, un vínculo necesario entre el porte del cetro y el poder emitir los themistos, ordenanzas y juicios, que son del género de los oráculos: el antecedente cierto es el cayado de los profetas, tallado en la madera de un árbol especial, que infunde la facultad adivinatoria. Pero el cetro real se convirtió en el producto de un trabajo de artesano: el que Zeus transmitió a los Pelópidas lo había fabricado Hefesto, el dios herrero. Digamos por último que, naturalmente, se trata de un cetro de oro. Pero en el objeto de metal —objeto precioso— subsiste una virtualidad emparentada con la que estaba contenida en un princi pio en otra materia. La práctica de la ofrenda, por otra parte, indica a veces una continuidad funcional en que puede observarse el mismo proceso: la ofrenda consumible se sustituye por el «anatema», que es su representación en metal precioso. El ejemplo típico es el de las gavillas de oro consagradas en Delfos por varias ciudades109 (una de las cuales, Metaponte, conservaría el símbolo en sus monedas). Digamos incluso que la representación —especialmente en oro— que más se menciona es la del animal de sacrificio: es característico que la leyenda haya rete nido incidentalmente una tal sustitución a propósito del cordero de oro de los Pelópidas110.
Todo esto indica que, a falta de un término mejor, hablaremos —puesto que se da continuidad— de traspaso: las mismas represen taciones, a veces las mismas disposiciones afectivas y las mismas ac titudes, son exigidas y sugeridas por un objeto que parece ser el mis mo, aunque no deja de tener por ello elementos fundamentalmente nuevos. Ahora bien, vemos que se opera de este modo el paso a la no ción propia de valor: la leyenda da testimonio de ello con respecto a uno de los objetos que funcionan en el comercio religioso, y que vemos
100 PIND.. P il., IV, 231; repetido por Apoi. Ro.. IV, 1143. 107 //„ U, 447 sq.
ios Deubner, «Die Bcdeutung des Kranzes im Id. Alt.», en A rch. f . R etigion suñsi.,
X X X , 1933. p. 85.
iw Plut., P it. o rac., 16; cfr. W. H. D . Rouse, G reek votive O fferin gt, pp. 66 sq. n ° An t io b d e s, fr. 10 ( Ser. rerum A lex.,Didot, p. 149).
figurar en un comercio humano a tirulo de agalma, en el género de re laciones que hemos descubierto en el tema del vellocino de oro; y tam poco es éste el más recurrente. A veces se. encuentra mencionada una «viña de oro» en inventarios de templos111 112; rige la misma transposición que, por ejemplo, con las espigas de metal precioso. La cepa como tal aparece en una serie de ritos y de mitos, vinculada a su vez a un con junto muy rico que tiene como centro el motivo del árbol frutal que un dios o un héroe plantó o hizo surgir; y todo este conjunto está en rela ción con mitos de realeza, incluso con recuerdos de escenarios que se perpetúan a través de los rituales más tenaces. Este complejo de repre sentaciones se prolonga en el objeto correspondiente en oro. Una cepa de oro permite el reconocimiento de dos héroes, el hijo del Argonauta Jasón y el nieto de Toante, quien recibió el objeto de Dioniso, dios de la viña. Dicho objeto, que se trata de «enseñar» o «hacer aparecer» en un momento crítico, funciona como talismán hereditario113. Pero he aquí que tenemos el mismo objeto en estado de agalm a caracterizado. Una ae las ilustraciones más manifiestas de la fuerza constrictiva del don es la que suministra un episodio del final de la guerra de Troya: para obtener la asistencia militar de su sobrino, hijo de su hermana, manda Príamo a ésta una viña con hojas de oro y uvas de plata, trabajo de Hefesto que había servido anteriormente de rescate para el raptado Ganímedes115. Es éste un típico ejemplar del tema de los «presentes fe meninos»114: y la historia se presenta con la misma forma que la del collar de Erifila.
El objeto trabajado que representa la cosa penetrada de virtudes mágicas y que vemos desempeñar una función de talismán —además de encerrar en sí un valor económico— es aquí, al parecer, el mismo.
Existe como una proyección de la noción ideal del otro mundo so bre el plano de lo humano: el tesoro es una realidad social, por no de cir una institución; pero también es una realidad mítica.
La leyenda del vellocino de oro fue relacionada con razón por Use net con el tema del tesoro. De hecho, cuando se acusa el doble signifi cado de talismán y de valor, el objeto es guardado por Aietes en su pa lacio y encerrado por Atreo en un cofre. El símbolo de riqueza es, por definición, una cosa más o menos oculta: su virtud es inseparable de su carácter más o menos secreto. Ella exige quizá que sea «mostrado» en ciertos momentos, a diferencia de los palladla, que son ultrasecretos: sin embargo, no dejan de asemejarse a los objetos protectores que tienen la misma función que los palladla y cuya representación legen daria evoca en ocasiones, inversamente, la imagen de uh mobiliario de tesoro. La hidra de bronce con un bucle de cabellos de la Medusa,
111 Butl. de Con. bellín., 1882, p . 146 (Délos).
112 Ah tí. Pal., DI. 10; Eu r. en Oxir. Pop., VI, 8 )2 ; cfr. C . Robert, en Hermas,
XLTV. 1909. pp. 376 sq.
1,1 ROBERT, Heldensage,
ni,
2, p p . 1222 sq.prenda de seguridad para una ciudad real in, evoca toda una serie de asociaciones en que la idea de riqueza alterna o confluye con la de po der mágico.
Los objetos preciosos se hallan a menudo bajo tierra: un tesoro de Delfos, milagrosamente descubierto, había sido anteriormente ente rrado. Las cosas con una eficacia a la vez «política» y religiosa son escon didas generalmente bajo tierra; ejemplos: el cuchillo que sirvió al sacri ficio de un traidor la flecha de Apolo escondida por los Hiperbóreos y que era de oro, al mismo tiempo que servía de signo de agradeci miento al profeta Abaris116 117 * *, que se le entrega en su entronización como símbolo y garantía de su poder11*.
Las mismas orientaciones de la palabra tesoro (thesauros) son espe cialmente indicadoras. El tesoro más antiguo es el silo. Ha quedado co mo depósito en que se amontonan, junto a las provisiones, las joyas y vestidos preciosos. El término se especializa, por otra parte, en el ámbi to religioso; pero, cosa curiosa, se «seculariza» más o menos, pues la idea de depósito secreto acaba esfumándose; conviene retener, no obs tante, una de las especies del thesauros de santuario, aquélla en que éste, convertido en «cepillo» de ofrendas, se presenta como una excava ción en la piedra, cubierta por una tapadera; la misma forma y disposi ción se conocen con otros empleos: sirve para guardar los instrumentos del culto, así como los objetos sumamente sagrados de una religión ar caica1'9; en la leyenda, sirve para esconder los objetos de investidura120. La habitación en que se conservan los antiguos tesoros de los jefes se llama thalamos (es curioso que la palabra se aplique igualmente al apartamento de la mujer o muchacha). Se le representa a menudo co mo subterráneo, y la historia de Dánae nos ha mostrado sus resonancias míticas. Nos encontramos con lo mismo en el caso del tálamo de Aie- tes121, detentador del vellocino de oro: para Mimnermo122, se trata de un tálamo de oro «en que descansan los rayos del Sol». Eurípides, por su lado, habla del tálamo en que el rey, padre putativo de Faetón, tiene guardado su oro y en que, al final de la tragedia, es depositado el cuerpo del propio Faetón, en realidad hijo del Sol123. La Reina, dice Eurípides, guarda las llaves; lo mismo que Atenea, hija de Zeus, tiene las llaves del tesoro en que se guarda el rayo de Zeusl24.
La idea del tesoro real, depósito de riquezas, o depósito de agalma- 113 Apolod., ll, i44.
116 EURlP.. Supt., 1205 sq.
1.7 [Eratóst], Cates
t.,
29 (Roben); cfr. M. Delcourt, o.
c.,
p. 89. 1.8 Hes.. Teog., 504 sq.» » Paus.. VIII, 15. 3.
120 Piedra de Teseo: PlUT.. Teseo, 3. 4-5. 121 Cfr. PfND , Pit., IV, 160.
122 Fr. 11. 5 sq. (Diehl). 123 Eur.. fir. 781.
ta. se articula con la de los sacra protectores y eficaces que guarda en un escondite seguro un Rey de leyenda y un Dios soberano.
V
Nos disculpamos si nuestro discurrir por los campos de las leyendas ha podido parecer algo vagabundo. Pero no habrá sido inútil si ha per mitido percibir paralelismos e incluso algunas constantes más o menos explicativas. De todos modos, una cierta dispersión era inevitable, ya que las representaciones de valor y de objeto precioso se dan con oca sión de comportamientos sociales —verdad que podría parecer una tau tología—, pero siempre valdrá la pena aventurarse en los dominios de una civilización dada, aunque se trate, como es el caso aquí, de un trasfondo prehistórico de civilización: la práctica del don en determina dos momentos de la vida social, el gasto y, en ocasiones, la destrucción de riqueza con fines de prestigio, de investidura o de expiación, el fun cionamiento de una autoridad cuya misión consiste en promover «má gicamente» la prosperidad general: sin los principios que ordenan las conductas y sin las mismas formas de estas conductas sería imposible comprender la exaltación mítica de los objetos que son al mismo tiem po materia e instrumento de un comercio humano y religioso dentro de un marco de ideas que se trata de esclarecer. Pero la leyenda ayuda a hacerlo, pues su testimonio es múltiple por hipótesis y caprichoso: se trataba de considerar las variedades concretas y de detenerse en las im plicaciones de cada historia; hemos optado por estar menos atentos a los contenidos institucionales que a los mecanismos psicológicos.
El encontrar una noción antigua del valor ilustrada por la tradición legendaria, no debe de extrañarnos en absoluto, ya que es ella misma mítica en cuanto al modo de pensamiento. Lo que significa, antes que nada, que se hallan confundidas nociones diferentes o, más exacta mente, cosas que aparecen en el desarrollo comoTfúnciones diferen ciadas: dicha noción tiende a ser total, interesándose al mismo tiempo por la economía, la religión, la política, el derecho, la estética... No es tá, sin embargo, prohibido el reconocer en todo ello una especie de pensamiento125, ya que se han ido reconociendo paulatinamente sus distintas vertientes. Se puede intentar precisar las nociones con que se encuentra relacionada la idea de agaíma, y de qué tipo de relaciones se trata.
Hay una palabra griega que puede parecemos especialmente suges tiva, por emplearse a veces a propósito de los objetos que hemos visto y porque el pensamiento a que nos invita es reconocible en el fondo de
125 Sobre esta función de la mitología, cfr. H. USENER, en Arth. / Rehgtonsunss.,
imaginación que nos interesa: es la palabra t e r o s Digamos, en una primera aproximación, que responde a la idea de algo excepcional, misterioso y, a veces, espantoso: el doblete p elar designa un monstruo en Homero, algo parecido a la Gorgona, de modo que, siguiendo a Homero que emplea teros más bien en el sentido más indefinido de aparición maravillosa, esta palabra aparece asociada —se puede decir que en su empleo más antiguo— a la idea de «signo»: conviene añadir que este «signo» hace pensar a veces en el que aparece sobre un arma, un escudo o una coraza (a propósito de los cuales se habla a menudo de representación de animales monstruosos: notemos de pasada la co nexión particular que se indica entre nociones como la de monstruo o presagio, por un lado, e imágenes sobre blasones, por el otro). Final mente, la etimología revela por sí misma un dato esencial: permitió a Osthoff hallar, tras el concepto de maravilloso, el de zauberisch: la raíz (qwer) expresa en indoeuropeo la idea de «hacer», sobre todo en senti