• No results found

THE MAXIMUM 15-MINUTE FLOW RATE

CHAPTER 5 CAPACITY ESTIMATION USING FIELD DATA

5.1 THE MAXIMUM 15-MINUTE FLOW RATE

corazón. Ese día, aprendí algo de mí, de Dios y de la función que tiene la verdadera adoración en nuestra vida.

La adoración en nuestra vida cotidiana

Los miembros de la Iglesia son excepcionales cuando se trata de servir en llamamientos, pero a veces quizás lo hagamos de forma rutinaria, como si solo se tratara de un trabajo. Es posible que a veces, al asistir a las reuniones y al servir en el reino, nos haga falta el elemento divino de la adoración. Sin él, nos perdemos un incomparable encuentro espiritual con el infinito, al cual tenemos derecho por ser hijos de un Padre Celestial amoroso.

La adoración, lejos de ser un hecho accidental y feliz, es esencial y funda-mental en nuestra vida espiritual; es algo que debemos anhelar, procurar y esforzarnos por sentir.

¿Qué es la adoración?

Cuando adoramos a Dios, nos acer-camos a Él con amor, humildad y vene-ración reverentes; lo reconocemos y lo aceptamos como nuestro Rey soberano, el Creador del universo, nuestro amado e infinitamente amoroso Padre.

Lo respetamos y lo veneramos. Nos sometemos a Él.

Elevamos el corazón en ferviente oración, atesoramos Su palabra, nos regocijamos en Su gracia y nos com-prometemos a seguirlo con dedicada lealtad.

Adorar a Dios es un elemento tan esencial en la vida de un discípulo de Jesucristo que, si no lo recibimos a Él en el corazón, lo buscaremos en vano en nuestros consejos, edificios y templos.

Los verdaderos discípulos son inspi-rados a “[adorar] a aquel que ha hecho el cielo, la tierra, el mar y las fuentes de las aguas, invocando el nombre del Señor día y noche” 6.

Podemos aprender mucho sobre la verdadera adoración al examinar cómo otras personas, que quizás no eran tan distintas a nosotros, se reunían, se comportaban y adoraban en presencia de lo divino.

Admiración, gratitud y esperanza

En la primera parte del siglo XIX, el mundo cristiano había casi abandona-do la idea de que Dios aún hablaba al hombre; sin embargo, en la primavera de 1820, eso cambió para siempre cuando un humilde muchacho granjero fue a una arboleda y se arrodilló a orar. Desde ese día, un caudal de extraordi-narias visiones, revelaciones y apari-ciones divinas han llenado la tierra e investido a sus habitantes con valioso conocimiento en cuanto a la naturaleza y el propósito de Dios, y Su relación con el hombre.

Oliver Cowdery describió esos días como “inolvidables… ¡Qué gozo! ¡Qué admiración! ¡Qué asombro!” 7.

Las palabras de Oliver transmiten los primeros elementos que acompañan la verdadera adoración de lo divino: un sentido de majestuosa reverencia y de profunda acción de gracias.

Todos los días, en particular en el día de reposo, tenemos la extraordi-naria oportunidad de sentir asombro y reverencia por el cielo, y de ofrecer ala-banzas a Dios por Su bendita bondad e increíble misericordia.

Eso nos conduce a la esperanza. Esos son los primeros aspectos de la adoración.

Luz, conocimiento y fe

En el bendito día de Pentecostés, el Santo Espíritu entró en el corazón y la mente de los discípulos de Cristo, y los llenó de luz y conocimiento.

Hasta ese día, hubo ocasiones en que no sabían qué hacer. Jerusalén se había convertido en un lugar peligro-so para los seguidores del Salvador y seguramente se preguntaban qué les iba a suceder.

Sin embargo, cuando el Santo Espíritu les llenó el corazón, la duda y la renuencia desaparecieron. Por medio de la sublime experiencia de la verda-dera adoración, los santos de Dios reci-bieron luz celestial, conocimiento y un testimonio fortalecido, y eso condujo a la fe.

A partir de ese momento, los Apóstoles y los santos estaban resuel-tos a lograr su propósito; predicaron de Jesús el Cristo con osadía a todo el mundo.

Cuando adoramos en espíritu, invitamos la luz y la verdad a nuestra alma, lo cual fortalece nuestra fe. Esos también son elementos necesarios de la verdadera adoración.

Discipulado y caridad

En el Libro de Mormón aprendemos que desde el momento en que Alma, hijo, fue librado de sufrir las conse-cuencias de su propia rebeldía, nunca fue el mismo. Con intrepidez “[viajó] por toda la tierra… y entre todo el pueblo… esforzándose celosamente por reparar todos los daños que [había] causado a la iglesia” 8.

Su constante adoración al Dios Todopoderoso tomó la forma de un activo discipulado.

La verdadera adoración nos transfor-ma en discípulos sinceros y fervientes de nuestro amado Maestro y Salvador, Jesucristo. Cambiamos y llegamos a ser más como Él.

Nos volvemos más comprensivos y bondadosos; perdonamos más y somos más amorosos.

Comprendemos que es imposible decir que amamos a Dios y al mismo tiempo aborrecemos, desestimamos o despreciamos a los que nos rodean9.

La verdadera adoración conduce a una firme determinación de andar por el camino del discipulado, lo cual conduce inevitablemente a la caridad. Esos también son elementos necesarios de la adoración.

Entrar por Sus puertas con acción de gracias

Al reflexionar sobre lo que empe-zó como un domingo normal, en un centro de reuniones normal, en una estaca normal, incluso hoy me con-mueve esa extraordinaria experiencia espiritual que bendecirá mi vida para siempre.

Aprendí que aun si somos admi-nistradores excepcionales del tiempo, de los llamamientos y de las asigna-ciones, incluso si marcamos todas las casillas de nuestra lista como persona

individual como familia o como líder “perfecto”, si no adoramos a nuestro misericordioso Libertador, Rey Celestial y Dios glorioso, nos perdemos mucho del gozo y de la paz del Evangelio.

Al adorar a Dios, lo reconocemos y lo recibimos con la misma reveren-cia que lo hicieron aquellos antiguos habitantes del continente americano. Nos aproximamos a Él con sentimien-tos incomprensibles de admiración y veneración; nos maravillamos con gratitud de la bondad de Dios; y de esa manera, obtenemos esperanza.

Meditamos la palabra de Dios y eso llena nuestra alma de luz y verdad; comprendemos panoramas espirituales que se pueden ver solo mediante la luz del Espíritu Santo10, y de esa manera adquirimos fe.

A medida que adoramos, nuestra alma se refina y nos comprometemos a seguir los pasos de nuestro amado Salvador, Jesucristo; y con esa resolu-ción, adquirimos caridad.

Al adorar, nuestros corazones rebosan en alabanza a nuestro bendito Dios, mañana, tarde y noche.

Lo santificamos y lo honramos continuamente en nuestros centros de reuniones, hogares, templos y en todas nuestras labores.

Al adorar, abrimos nuestro corazón al poder sanador de la expiación de Jesucristo.

Nuestra vida se convierte en el símbolo y la expresión de nuestra adoración.

Mis hermanos y hermanas, las expe-riencias espirituales no tienen tanto que ver con lo que sucede a nuestro alrededor y tienen mucho que ver con lo que sucede en nuestro corazón. Testifico que la verdadera adoración transformará las reuniones habituales de la Iglesia en extraordinarios ban-quetes espirituales; enriquecerá nuestra vida, ampliará nuestro entendimiento y fortalecerá nuestro testimonio. Porque al inclinar nuestro corazón a Dios, como el salmista de antaño, “[entramos] por sus puertas con acción de gracias, por sus atrios con alabanza, [lo alaba-mos y bendecialaba-mos] su nombre.

“Porque Jehová es bueno; para siempre es su misericordia, y su fideli-dad por todas las generaciones” 11.

Mediante la adoración sincera y ferviente, florecemos y maduramos en esperanza, fe y caridad; y, mediante ese proceso, adquirimos luz celestial en nuestra alma que llena nuestra vida de sentido divino, paz perdurable y gozo eterno.

Esa es la bendición de la adora-ción en nuestra vida. De ello testifico humildemente en el sagrado nombre de Jesucristo. Amén. ◼ NOTAS 1. 3 Nefi 8:17. 2. Véase 3 Nefi 8:23. 3. 3 Nefi 11:10–11. 4. 3 Nefi 11:14, 16–17. 5. 3 Nefi 11:17. 6. Doctrina y Convenios 133:39–40. 7. José Smith—Historia 1:71, nota al

pie de página. 8. Mosíah 27:35. 9. Véase 1 Juan 4:20. 10. Véase 1 Corintios 2:14. 11. Salmos 100:4–5.

su juicio injusto y de cómo fueron “acusados por su conciencia” y salieron “uno a uno” (versículo 9; cursiva agre-gada). Entonces Él le dijo a la mujer: “Ni yo te condeno; vete, y no peques más. Y la mujer glorificó a Dios desde aquella hora, y creyó en su nombre” (Traducción de José Smith, Juan 8:11 [en Juan 8:11, notac al pie de página]).

El hombre y la mujer naturales que hay en cada uno de nosotros tiende a condenar a los demás y a juzgar injus-tamente, o con superioridad moral. Eso incluso le pasó a Santiago y a Juan, dos de los apóstoles del Salvador. Se enfurecieron cuando la gente de un pueblo samaritano trató al Salvador de manera irrespetuosa (véase Lucas 9:51–54):

“Y al ver esto [ellos], le dijeron: Señor, ¿quieres que mandemos que descienda fuego del cielo, como hizo Elías, y los consuma?

“Entonces, volviéndose él, los reprendió, diciendo: Vosotros no sabéis de qué espíritu sois,

“porque el Hijo del Hombre no ha venido para destruir las almas de los hombres, sino para salvarlas” (versícu-los 54–56).

Los “[jueces comunes]” actuales (D. y C. 107:74), nuestros obispos y presidentes de rama, deben evitar cualquier impulso similar a condenar, como lo hicieron Santiago y Juan en esa ocasión. Un juez justo respondería a las confesiones con compasión y comprensión. Un joven que peca, por ejemplo, debe salir de la oficina del obispo sintiendo el amor del Salvador por medio del obispo y rodeado del gozo y del poder curativo de la Expiación, nunca humillado ni despre-ciado. En caso contrario, el obispo, sin darse cuenta, podría alejar a la oveja perdida más hacia el desierto (véase Lucas 15:4).

al hecho de que ellos mismos eran pecadores. Por tener corazones que condenaban, los escribas y fariseos nunca conocieron la alegría de rescatar ovejas perdidas.

Fueron también “los escribas y los fariseos” quienes llevaron a “una mujer sorprendida en adulterio” (Juan 8:3) al Salvador para ver si la juzgaría según la ley de Moisés (véase el versículo 5). Ya conocen el resto de la historia, de cómo los hizo bajar de su orgullo por

Por el élder Lynn G. Robbins De la Presidencia de los Setenta

E

n Su vida terrenal, Jesucristo fue un juez amoroso, extraordinaria-mente sabio y paciente. En las Escrituras se le conoce como el “juez justo” (2 Timoteo 4:8; Moisés 6:57), y el consejo que nos da es que también “[juzguemos] con justo juicio” (véase Traducción de José Smith, Mateo 7:1–2 [en Mateo 7:1, nota a al pie de página]) y a “[poner] tu confianza en ese Espíritu que induce a hacer lo bueno… [y] a juzgar con rectitud” (D. y C. 11:12).

Este consejo a los Doce nefitas nos ayudará a juzgar como lo hace el Señor: “… seréis los jueces de este pueblo, según el juicio que yo os daré, el cual será justo. Por lo tanto, ¿qué clase de hombres habéis de ser? En verdad os digo, aun como yo soy“ (3 Nefi 27:27; cursiva agregada). A veces olvida-mos que cuando dio el consejo de ser como Él es, fue en el contexto de cómo juzgar justamente.

Juzgar injustamente

Un ejemplo vergonzoso de juzgar injustamente proviene de la parábola de la oveja perdida cuando los fariseos y los escribas juzgaron imprudente-mente al Salvador, así como a los que lo acompañaban en la cena, diciendo: “Este a los pecadores recibe y con ellos come” (Lucas 15:2) — eran ajenos

El Juez justo

Hay solo una manera de juzgar con justo juicio, como lo hace Jesucristo,

Related documents