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6.3 DEVELOPMENT OF THE MODEL AND HYPOTHESES

6.4.1 Measurement and Data Collection

Bueno, para el por qué hay multitud de razones. Un motivo importan- te fue el aumento de autoridad, si bien a menudo sólo fue una circuns- tancia concomitante. Se intentaba conseguir respeto y difusión para un escrito haciéndolo pasar por el de un autor renombrado, o bien alterando su edad, o sea, datándolo en épocas anteriores para que formara parte del pasado evangélico. Así procedieron los «ortodoxos» y los «herejes», confundiendo el falsificador a sus lectores acerca del autor, el lugar y la copia. Pues al crecer las comunidades cristianas, según pasaba el tiempo iban surgiendo de modo natural nuevos problemas, situaciones e intere- ses a los que no podía dar una respuesta la antigua tradición literaria, la llamada época clásica, los primeros tiempos apostólicos. Pero ya que se necesitaba su beneplácito o al menos reflejar la continuidad legítima con los orígenes, se fabricaron en consecuencia escritos y «revelaciones», obras falsas que se databan en épocas anteriores, como «norma al princi- pio», que evidenciaban una verdad segura. Se escribieron bajo el nombre de un famoso cristiano, se pretendía su autoría por Jesús, los apóstoles, sus discípulos o Padres de la Iglesia prominentes. De este modo no sólo

se incrementaba el prestigio de la falsificación, sino que se garantizaba también su amplia difusión y se esperaba al mismo tiempo protegerla contra el desenmascaramiento.154

Los católicos falsificaron para poder resolver «apostólicamente» en el sentido de Jesús y de sus apóstoles, o sea con autoridad, los nuevos pro- blemas que surgían de la disciplina eclesiástica, del derecho de la Iglesia, de la liturgia, la moral, la teología. También falsificaron los «ortodoxos» para luchar mediante contrafalsificaciones contra las falsificaciones de los «herejes», a menudo muy versadas y muy leídas por su correspon- diente autoridad, como por ejemplo las de los gnósticos, los maniqueos, los priscilianistas, etc., como es el caso del Kerygma Petrou, las actas de Pablo, la Epistula Apostolorum. Esas contrafalsificaciones avisan contra las falsificaciones «heréticas», como en la tercera Epístola a los Corintios. Insultan y maldicen a sus contrincantes falsificadores practicando exac- tamente lo mismo, a menudo incluso de modo más refinado, menos ma- nifiesto. Y los «herejes» falsificaron sobre todo para conseguir imponer y para defender sus creencias divergentes del dogma de la Iglesia.155

Se falsificó asimismo por razones de política de Iglesia y de patriotis- mo local, por ejemplo para demostrar la fundación «apostólica» de una sede episcopal, para fundar conventos, para garantizar o ampliar sus po- sesiones, para propagar a un santo. En especial desde el siglo IV se insti- tuyeron las reliquias, se crearon falsas vidas de santos y monjes, docu- mentos para conseguir ventajas legales y financieras.156

Finalmente, se falsificó también para garantizar mediante una falsifi- cación la «autenticidad» de otra. Se falsificó también para perjudicar a enemigos personales, para desacreditar a los rivales. Aunque más raras veces, se llegó también a defender a amigos mediante una falsificación, como muestran las pretendidas cartas del comes Bonifacio.157

Pero sólo muy raras veces nos ha llegado el nombre de un falsifica- dor, como el del católico Juan Malalas (retórico o escolástico), sobre el que no sabemos nada más. Debió ser en 565 patriarca de Constantinopla y luchar en Alejandría contra los monofisitas mediante falsificaciones, utilizando para ello el nombre del antipatriarca monofisita Teodosio de Jerusalén, el de Pedro de los íberos y el del obispo de Majuma (cerca de Gaza), asimismo monofisita. Zacarías Rhetor, un monofisita, informa al respecto en su historia de la Iglesia diciendo que Juan quería «ser del agrado» de la multitud, o sea de los diofisitas bajo el patriarca Preterios, «hacerse un nombre, acumular oro y ser celebrado por esta fatua gloria [...1. Puesto que consideraba posible ser censurado por el contenido de sus libros, no los publicó bajo su propio nombre sino que atribuyó uno a Teodosio, obispo de Jerusalén, y otro a Pedro de los íberos, para que los fieles (es decir, los monofisitas) se confundieran con ellos y los acep- taran».158

¿De qué métodos se valían los falsificadores?

El método más sencillo y también más frecuente de falsificación fue la utilización de un nombre falso aunque ilustre de un autor del pasado;

esto sucedía en el mundo pagano de manera similar a como en el judío, pero en la época cristiana fue sistemático. Hacia finales de la Antigüedad y con posterioridad, una autoridad pretérita contaba por regla general más que una nueva, sobre todo cuando el autor falsificador -requisito ha- bitual para sus acciones- se sentía inferior, no tenía un «nombre». Recu- rrir a un contemporáneo conocido era demasiado arriesgado y éste podía descubrir en cualquier momento la falsificación haciendo una declara- ción, reduciendo sus efectos. Aunque una obra con el nombre del autor falsificado no tiene por qué ser una falsificación en sí misma, el falseador es por lo general también el autor de la obra. Infinidad de libros «apócri- fos», aun textos del Nuevo Testamento, surgieron con el propósito de en- gañar, son falsificaciones conscientes de un género literario de gran pre- dicado durante la Antigüedad, chapucerías que pretenden proceder de la pluma de un autor totalmente distinto, de un hombre que no es idéntico a su autor, una personalidad que como más antigua es tachada de venerable y santa.159

Con muchos de estos falsificadores los graves desatinos, las contra- dicciones y los anacronismos prima facie resultan sospechosos ya menu- do son suficientes para declarar su falta de autenticidad, en especial cuando van acompañados de exagerados testimonios de autenticidad. Faltas de este tipo son, por ejemplo: previsiones demasiado llamativas, proyectos fechados con anterioridad, vaticinio ex eventu, plagio evidente de un autor posterior o un patrón literario que se repite incensantemente, clichés estilistas. Sin embargo, los falsificadores redomados emplean a menudo los trucos más osados, los detalles más sorprendentes, con ob- jeto de simular autenticidad, inmediatez, la unicidad. Imitan de modo asombroso el estilo. Hacen las afirmaciones más enérgicas con aparente autoridad. Simulan datos biográficos y de situación, dan indicaciones precisas sobre el momento y el lugar, sucesos históricos hábilmente en- cajados en su tiempo. Cuidan también lo accesorio, los detalles, para ge- nerar la sensación de autenticidad, para hacer tanto más creíble la cues- tión principal y por tanto más seguro el éxito de la falsificación. Entre- mezclan alusiones a circunstancias legendarias o históricas que sugieren una autenticidad sin cortapisas, la impresión de historicidad. Aportan nombres falsos pero hábilmente introducidos (en especial nombres raros, que sugieren credibilidad, o bien otros corrientes, que no despiertan sos- pechas). No sólo toman prestados grandes nombres de la historia, sino que inventan también los garantes adecuados.

Los falsificadores, al falsificar advierten, con tanta sangre fría como habilidad, contra los falsificadores. Avisan con maldiciones y amenazas.

Establecen criterios de autenticidad y de este modo hacen más factible su propia falsificación, recalcando su «autenticidad» en multitud de cartas mediante su firma. Así, el papa católico escribe a la emperatriz Helena:

«Saludo de paz envío yo, papa, con mi letra a tu creyente real alteza». Algunos falsificadores aseveran patéticos testimonios oculares y auricu- lares, algunos firman y sellan, algunos hacen al comienzo y al final de la falsificación juramentos sagrados de decir solamente la verdad, como el autor de una epístola dominical que se presenta como el apóstol Pedro. Otro falsario, Jerónimo, en su transcripción de un pretendido Evangelio de Mateo promete: «Traduciré el texto tal como está en el original hebreo, cuidadosamente, palabra por palabra». Otros cristianos, para aumentar la confianza en su falsificación no se recatan en acusar a otros de falsificación. Otros más intentan que sus embustes tengan mayor efi- cacia mediante amenazas. «Pobres de aquellos -advierte el falsifica- dor católico de la Epistula Apostolorum- que falsifiquen esta mi pala- bra y mi mandamiento.» Y el Apocalipsis seudoepigráfico de Esra ame- naza: «Pero quien no crea en estos libros, arderá igual que Sodoma y Gomorra».160

Entre los métodos de los falsificadores estaba también hacer más creíble la aparición repentina de presuntos escritos de antiguos autores mediante maravillosas historias de hallazgos o con el descubrimiento de copias o de traducciones de originales en otros idiomas en tumbas, en bi- bliotecas famosas o en archivos, lo que explicaría su desconocimiento hasta entonces y el posterior descubrimiento de contenidos importantes. También las «revelaciones en sueños» condujeron al descubrimiento de falsificaciones o la invocación a «transmisión secreta». Los impostores gustaban de tener visiones de Cristo, María o los apóstoles y legitimiza- ban esas visiones mediante nuevos engaños.161

En especial, los falsificadores de muchas de las vidas de santos utili- zan la primera persona y recurren a los testigos oculares para fortalecer sus mentiras. Y no menos eficaces eran sobre todo los falsificadores de los libros de revelación cristianos, prometiendo a los lectores y propaga- dores de sus producciones el azul del cielo, pero amenazando a sus de- tractores. Los farsantes presentaban testigos jurados como fiadores de sus mentiras y para reforzar la confianza incluso decían algunas verdades en los aspectos accesorios. Y como en todos sitios, también aquí hay mo- dos y métodos variables, otros procedimientos técnicos y temáticos, pero siempre formas recurrentes, por no decir características, si bien pocas co- sas generales, típicas.162

I .o anterior es válido sobre todo para la época posterior al Nuevo Tes- tamento y en parte también para la anterior. Está claro que ya a los anti- guos cristianos no les perturbaba mucho el problema, en particular el de la seudoepigrafía, y que en este punto (tampoco) fueron muy escrupulo-

sos. A fin de cuentas, en el cristianismo, por la voluntad de Dios (y la ex- clamación de «¡por Dios!» nunca significa algo bueno) -la historia nos lo enseña-, todo está permitido. En la Antigüedad la mayoría de las falsifi- caciones se realizaron para apoyar la fe. (En la Edad Media se falsifica particularmente para asegurar o ampliar las posesiones y el poder. Ya en el siglo ix se falsifican documentos papales en todo Occidente, natural- mente por parte de los eclesiásticos.) El caso es que el porcentaje de los seudoepígrafes es muy grande en el protocristianismo, la práctica de la falsificación sin escrúpulos la ha habido siempre, incluso en los comien- zos del cristianismo. «Desgraciadamente -confiesa el teólogo Von Cam- penhausen-, la veracidad en este sentido no es una de las virtudes cardi- nales de la Iglesia antigua.»163

Ni el Evangelio de Mateo, ni el Evangelio de Juan,