A finales del siglo XIX ocurre un auge con respecto a los estudios relacionados con
la sexología, principalmente debido a la tendencia organicista de la época. La
sexualidad pasa a ser el centro a partir del cual se entiende al sujeto, en donde se
establece el estatuto de normal versus anormalidad en la vida cotidiana. Bajo esta
tendencia se empiezan a agrupar una serie de conductas consideradas patológicas en el
orden de lo sexual. Y aunque existen diferencias en la manera de abordar la sexualidad
por parte de los autores de la época
Algunos, como Krafft-Ebing, defienden el carácter esencialmente patógeno de la sexualidad, mientras que otros, como Havelock Ellis o Magnus Hirschfeld, se apartan de esta patologización de lo sexual y hasta consideran ciertas desviaciones sexuales como legítimas expresiones de la naturaleza humana; Freud y sus discípulos se aproximan a la sexualidad desde una vertiente simbólica, mientras que Kinsey y los suyos inauguran el estudio sociológico del comportamiento sexual. Pero a pesar de estas diferencias palpables, lo cierto es que todos ellos utilizan la misma racionalidad sexo-lógica, gravitan en un universo en el que la sexualidad aparece como una verdad esencial, como el principal determinante de la identidad del sujeto, como un sustrato que casi todo lo explica. (p. 123-124)
A pesar de que la mayoría de los autores que estudiaban la sexualidad pretendían ser
partidarios de la misma – teniendo en cuenta los tabúes que había alrededor de este tema
– llegando incluso a apoyar “la despenalización de la homosexualidad en países con leyes restrictivas y mentalidades cerradas” (p. 214). Sin embargo, contribuían de uno u
otro modo a las tendencias normalizadoras de la época, respecto de lo cual Grau (2014)
parafraseando a Foucault, nos dice que “a pesar de las restricciones y los silencios estratégicos, el siglo XIX colocó al sexo en el corazón del discurso y entre los
engranajes del poder”, pues “la sexualidad aparecía en los principales debates de la época y estaba en el núcleo mismo de las grandes tecnologías de gestión y control
social, como el higienismo, el maltusianismo o el eugenismo” (p. 124). La sexualidad
pasa a ser, como ya se ha mencionado antes, un campo en el que se sitúan y a partir del
cual se explican ciertos fenómenos sociales de la época como la pobreza y los
problemas de hacinamiento en la clase obrera, el temor y desconfianza que generaba la
lucha feminista por la igualdad de derecho, cuestiones todas que
Se neutralizaba con teorías sobre la irreductibilidad del dimorfismo sexual; con la alarma provocada por la pérdida del poder colonial, se acusaba a la prostitución y a la homosexualidad de ser las causantes de la decadencia de la nación. La sexología surgió entre estos problemas y luchas sociales, y sirvió para conferirles una base teórica. (Como se cita en Mas Grau, 2014, p. 124)
En el año 1886 el psiquiatra Krafft-Ebing publica “Psychopathia Sexualis”, el gran
tratado médico que aborda de forma sistemática y exhaustiva las desviaciones sexuales.
En esta obra “se analiza y clasifica una amplia gama de fenómenos, que son agrupados
bajo el concepto comprehensivo de «perversiones sexuales»”, con el que “pretende
«conocer los síntomas psicopatológicos de la vida sexual, determinar sus orígenes y
Krafft-Ebing continúa con la línea de pensamiento que sitúa a la sexualidad normal
como aquella que es de carácter heterosexual relacionándolo con el matrimonio y la
moral cristiana, es decir, con el fin reproductivo, por lo que cualquier conducta sexual
que no tenga por fin a la procreación ha de considerarse desviada y un peligro que
amenaza las bases de la sociedad (Mas Grau, 2014). Ahora bien, este psiquiatra hace
una distinción entre perversidad y perversión, pues
La primera es fruto del vicio y ha de ser castigada, la segunda es el resultado de una «predisposición mórbida» que afecta al sistema nervioso central, por lo que
constituye una psicopatología que ha de ser estudiada y tratada por el especialista. Con esta convicción despenalizadora, Krafft-Ebing clasifica y analiza múltiples perversiones sexuales (sadismo, masoquismo, fetichismo, exhibicionismo, homosexualidad, pedofilia, zoofilia, gerontofilia, autoerotismo, etc.) y recurre a la hipnosis para reducir el sufrimiento del enfermo (pues cree que, en la mayoría de casos, la curación completa es todavía imposible). (p. 125)
Su trabajo es uno “de los primeros intentos por dotar de una base científica al
supuesto según el cual existe una estrecha correlación entre la morfología corporal, la
identidad y la orientación sexual de la persona (p.ej. cuerpo de varón-identidad
masculina-deseo hacia las mujeres)” (p. 125). Para este autor la pubertad constituye el
momento en el que el sujeto adquiere una “individualidad sexual”, debido al desarrollo tanto físico como psíquico que se produce en esta etapa evolutiva, en la que influyen
factores biológicos y adquiridos (educación con respecto a los roles sexuales). En esta
etapa el individuo toma conciencia de sus genitales y desarrolla su personalidad de
acuerdo a su sexo biológico, siempre y cuando no haya nada que entorpezca dicho
contrario se deseará al mismo sexo o se elegirá a algún objeto (fetichismo) como
generador de placer sexual (Mas Grau, 2014).
Krafft-Ebing también considera que la masculinidad se relaciona con lo activo y la
feminidad con lo pasivo, creencia muy arraigada en occidente que él ayuda a elevar a
estatuto científico, al relacionarlas con “distintos tipos de sujetos patológicos” (p. 126), como lo son el sadismo y el masoquismo (categorías creadas por él), las cuales “son concebidas como intensificaciones patológicas del carácter sexual femenino (pasivo) y
masculino (activo), respectivamente” (p. 126). Así, que un hombre experimente placer
al tomar el rol pasivo durante el acto sexual y se someta ante una mujer (masoquismo),
es algo evidentemente patológico, por el contrario, el que una mujer asuma la
subordinación no es tan raro puesto que coinciden con la naturaleza femenina. Por su
parte, el sadismo es mucho menos frecuente en la mujer que en el hombre, ya que este
último está naturalmente dotado para la dominación y la agresividad (Mas Grau, 2014).
Es a partir de los postulados anteriores que construye su teoría sobre la inversión
sexual, sustentada desde la corriente degeneracionista define a la homosexualidad como
una “disposición sexual anómala” (126), la cual puede ser de dos tipos: congénita o adquirida. Sobre el primer tipo, para explicarlo recurre a las teorizaciones sobre el
sujeto hermafrodita, por lo que concluye que “podría deberse a un desarrollo anormal del feto, el cual adquiriría los caracteres físicos de un sexo y los caracteres psíquicos del
sexo contrario (aunque también desarrolla la idea de una configuración cerebral
bisexual)” (p. 126). En cuanto al segundo tipo “reconoce que las causas son todavía un
misterio, pero se decanta por la práctica onanística y la abstinencia sexual como
Es de tener en cuenta que “uno de los aspectos más importantes e influyentes de su teoría de la inversión es el establecimiento de tipologías gradacionales en función de la
intensidad que adquiere el fenómeno” (p. 127), pues
Mientras que en los casos menos graves la inversión se limita a la orientación del deseo sexual, en los que revisten mayor severidad «toda la personalidad moral, e incluso las sensaciones psíquicas se transforman en el sentido de la perversión sexual»… El grado menos pronunciado es la denominada «inversión sexual simple». Con ella, una persona siente un deseo sexual hacia alguien de su mismo sexo, «pero el carácter y el tipo de sentimientos permanecen conformes al sexo del individuo». Esto significa que siente y actúa como un hombre, ejerciendo en todo momento un papel activo. Si el invertido tiene «sentimientos e inclinaciones femeninas», es decir, desarrolla un papel pasivo en el acto sexual, estaremos ante el segundo grado de homosexualidad, la «eviratio» o «afeminamiento». Finalmente, el grado más acentuado es la «metamorphosis sexuales paranoica», con la que el hombre no solo desea y mantiene relaciones sexuales pasivas con otros hombres sino que, además todo, su yo experimenta una «transmutatio sexus»: siente, vive y actúa como una persona del sexo opuesto. (Como se cita en Mas Grau, 2014, p. 127)