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1.3 RESEARCH DESIGN AND METHODS

1.3.2 Phase 2

1.3.2.4 Measures and instruments

Podemos hacer diferentes clasifi caciones de las dimensio- nes que confi guran lo que entendemos por hombre, por per- sona con discapacidad. Para María Zambrano, «algo en el ser humano escapa y trasciende la sociedad en que vive. De no ser así, no hubiese habido más que una sola sociedad. Y el hombre sería en tanto que género, algo análogo a una especie animal. Y esta sociedad única, sería respecto el hombre lo que en el medio ambiente para las especies animales y vegetales; el hombre sería solamente naturaleza63». Desde nuestra pers-

pectiva, cinco son las dimensiones centrales que confi guran la realidad de la persona humana.

62. Darnell, M. y Planella, J. «Pedagogía y etnografía: implicados y obser- vando en el terreno». En: Planella J. y Pagès, A. (Coords). Poéticas de la hu- manización. Miradas de la antropología pedagógica. Ediuoc, Barcelona, 2007. pp 41-82.

La dimensión corporal

La corporeidad es un elemento esencial de nuestra persona. No sólo tenemos un cuerpo sino que somos nuestro cuerpo. Los aspectos físicos nos caracterizan y son una especie de car- ta de presentación de nuestra identidad. Pero más allá de lo estrictamente físico «el cuerpo vivo puede ser estudiado des- de la perspectiva de la intimidad subjetiva, tal como lo hace la fenomenología64». El cuerpo nos relaciona con la realidad

externa y con nuestros iguales. También revela cuáles pueden ser nuestras difi cultades o defi ciencias. La historia de la cul- tura ha tenido diferentes actitudes en relación con el cuerpo. Para Platón, el cuerpo era una prisión para el alma, aunque en Atenas también era idolatrado, como lo es hoy en las playas de Copacabanal. El cuerpo se convierte en un elemento clave en la persona con discapacidad, y no sólo en aquéllas que tienen discapacidades físicas. El cuerpo es importante en la persona con sordera, ceguera, autismo, traumatismo, lesión medular, etc. Es necesario no perder de vista lo que proponen algunos de los teóricos del ciberespacio al hacer referencia a las nuevas posibilidades de relación en una vida más allá del cuerpo. Hay que tener presente que la dimensión corporal de la persona toma un sentido especial en todo lo que tiene que ver con la comunicación no verbal y que se vertebra a través de su corporeidad.

La dimensión intelectual

El hombre, desde una perspectiva antropocéntrica, ha sido defi nido como ser racional. De hecho, este criterio ha servido 64. Lain entralgo, P. El cuerpo humano: Oriente y Grecia Antigua. Espasa, Ma- drid, 1987.

para diferenciar a los humanos del resto de animales, a pe- sar de que nuevas voces nos hablan del hombre como el ser que fabrica herramientas que fabrican otras herramientas65. El

animal por su parte, sería aquél que fabrica herramientas (al menos determinados chimpancés mantienen conductas de este tipo). La dimensión intelectual permite al hombre actuar de forma intencionada, pensar de forma racional y adaptarse de forma efi caz a su entorno. El hombre no se limita a vivir o a sobrevivir, sino que, a través de las funciones intelectuales, busca dar sentido a su vida. Las personas con discapacidad hacen igualmente uso de todas estas funciones para dar sen- tido a su vida. Es importante tener claro este aspecto, porque de forma estereotipada tendemos a creer que determinados colectivos las tienen atrofi adas. Este aspecto nos permite abrir los ojos a la conexión cuerpo-mente en los sujetos con disca- pacidad. De todas formas, está claro que la conceptualización de persona solamente desde un punto de vista de la inteli- gencia seria errónea si no tenemos en cuenta los factores que estamos citando. En cualquier caso, la persona con discapa- cidad intelectual puede verse atropellada por las dudas que puede encontrarse continuamente, teniendo en cuenta este punto de vista, sobre su existencia como persona. También es cierto que socialmente, muchas veces, se hace una relación cuerpo-inteligencia de tal forma que, si el cuerpo no tiene la forma habitual tendemos a visualizar a la persona con una inteligencia también por debajo de lo estadísticamente nor- mal. Por ejemplo, cualquier persona con parálisis cerebral es común que se encuentre con situaciones donde socialmente

65. Vía, J.M. Home i naturalesa. Consideracions entorn a l’emergència de l’humà. Facultat de Teologia de Catalunya, Barcelona, 1992.

se la visualice como si tuviera limitaciones intelectuales y se establezca cierto confl icto. Pero esto también sucede a la in- versa, produciendo cierto desajuste detonante de confl ictos. Sucede que, a veces, vemos una persona corporalmente co- mún y el hecho de que intelectualmente tenga alguna limita- ción, produce cierto rechazo. Ligamos una imagen mental de lo que tendría que ser un cuerpo con lo que tendría que ser una inteligencia y cuando no encaja, entramos en crisis.

Dimensión emotiva

Las emociones y sentimientos dan calor y sabor a la expe- riencia humana. Es una dimensión de la persona que implica las otras dimensiones (cuerpo, intelecto, etc.). Es una dimen- sión muy importante en la acción social. Sin un equilibrio emocional será muy difícil la evolución. Habrá que realizar un trabajo signifi cativo en todos aquellos temas ligados al de- sarrollo emocional. Para Brusco se trata que «las emociones y los sentimientos dan color y sabor a nuestra experiencia y esto la hace hermosa y en ocasiones difícil. Se trata de una dimensión que impregna a las demás (corporal, intelectual, relacional, espiritual), en el sentido de que cada una de ellas se caracteriza emotivamente y también en el sentido de que las emociones producen una activación en todas las dimen- siones66». Y es en este caso donde debemos establecer un tra-

bajo continuo de control, desde lo sociable, de las emociones. Las emociones son saludables en todas sus vertientes y for-

66. Brusco, A. Humanización de la asistencia al enfermo. Cuadernos del centro para la humanización de la salud, Madrid, 1998. p. 72.

man parte de una dimensión antropológica, como vemos, de la persona. Por tanto, cualquier dispositivo social dirigido a personas con discapacidad debe tener en sus planteamientos pedagógicos un marco de trabajo que lo contemple. Si bien plantearíamos de nuevo un trabajo interior de los compo- nentes del equipo socioeducativo respecto a, por ejemplo, la visión que tienen de las emociones, también seria especial- mente importante poner sobre la mesa qué signifi ca o cómo visualizamos el equilibrio emocional al que hacíamos referen- cia: cómo lo localizamos, dónde están sus límites, dónde está lo equilibrado y cuándo empezamos a hablar de desequilibrio, si hace falta mantener un equilibrio en todas las dimensiones de las emociones o no, etc. Tampoco sabemos si lo emocio- nalmente controlado ha de ser la propuesta más idónea si te- nemos en cuenta exclusivamente la repercusión corporal que ejercemos en respuesta a una emoción. Por ejemplo, llorar o no llorar puede visualizarse como desequilibrado o no valo- rando la importancia que tiene aquello que nos hace llorar. Pero tiene que ver con aspectos que van más allá del hecho en si, el contexto en el que se produce, la susceptibilidad que tengamos en ese momento. Y por supuesto, habrá un compo- nente cultural a tener en cuenta en todo momento.

Dimensión social. La cotidianidad

La persona no es un mundo cerrado. El hombre es un ser social. El yo, emerge en la relación con el tú, dirá Martin Bu- ber, a la vez que nos muestra su planteamiento sobre la edu- cación liberadora. Entiende las relaciones humanas a partir de dos conceptos básicos: el yo y el tú. El encuentro entre el yo y el tú constituye la base del mundo de las relaciones

interpersonales. Exactamente, Buber dice: «quien está en la relación, participa en una realidad, es decir, en un ser que no está simplemente dentro de él o fuera de él. Toda realidad es una actividad, en la cual participo sin poder apropiármela. Sin participación no hay realidad. La participación es tanto más perfecta como más inmediato es el contacto contigo67».

Si entendemos que la fi nalidad de la educación es ayudar al otro a convertirse en persona, la relación que se establece en- tre acompañado y acompañante no puede ser otra que yo-tú. La relación de respeto entre los dos es uno de los aspectos básicos para entender este modelo. No somos autosufi cientes, y necesitamos de los otros para vivir y crecer. La persona con discapacidad no puede estar aislada de la comunidad. Hace falta que el trabajo que se desarrolla desde la acción social, tenga mucho en cuenta esta dimensión social.

«¿De qué nos va a servir saber cuántos son,si no conocemos sus condiciones objetivas de existencia? El hecho que sean tantos en número y con una idéntica tipología y con una etiología clínica parecida, no presupone de ninguna forma que todos tengan las mismas necesidades asistenciales y eco- nómicas. El contexto, la realidad cultural y familiar será el que determinará los caminos posibles de intervención en un espacio y un lugar determinados».

Bonal, 1991.

Entenderemos esta dimensión desde un punto de vista in- tegrador donde la participación activa en la sociedad sea real.

Esto signifi ca la utilización de los recursos que la comunidad proporciona. En este sentido, habrá que pensar en los mode- los que tienden a una identifi cación social teniendo solamen- te en cuenta un circuito de recursos desde la discapacidad, una serie de realidad social sólo centrada en la discapacidad. Por ejemplo, los recursos que el territorio ofrece en cuanto a ocio y tiempo libre pueden ser especializados en usuarios con discapacidad. Habrá que plantearse la posibilidad de no sola- mente utilizar este tipo de recursos si no diversifi car y poder acceder a actividades donde no únicamente asistan personas con discapacidad. Parece claro que en algunos casos las adap- taciones tanto físicas como a nivel de recursos humanos no será sencilla o, no se podrán llevar a cabo.

Dimensión espiritual

Todo el mundo tiene en su vida una dimensión espiritual, ligada a la pregunta y la respuesta sobre el sentido de la vida, los valores que nos acompañan y nuestras creencias religiosas y fi losófi cas. Es necesario no limitar la dimensión espiritual a la religiosa, porque la espiritual es mucho más amplia que la primera. Es importante respetar las decisiones de las personas con discapacidad en relación a su dimensión espiritual. A me- nudo se ha negado el acceso a determinados rituales religio- sos o se los ha encaminado sólo a una determinada religión. La espiritualidad no se encuentra mediada por la cultura sino que pertenece a la unicidad de cada persona, tiene unas raíces biográfi cas y se encuentra en constante evolución68. Se hace

68. Pangrazi, A. Sii un girasole accanto ai salici piagenti. Edizione Camilliane, Torino, 1999. p 206. Igualmente el libro de C. Salazar, Antropologia de les creences. Religió, simbolisme, irracionalitat. Fragmenta, Barcelona, 2009.

evidente, que no es común encontrar programaciones donde se tenga en cuenta esta dimensión y pudiera suceder que la atención a esta área fuera dada en función de la importan- cia personal de cada educador. Es importante diferenciar la dimensión espiritual de la religiosa aunque ambas se relacio- nen entre sí. Espacios de refl exión personal, de encontrarse con uno mismo, de refl exiones más allá de la vida cotidiana, deben tenerse en cuenta y potenciarse. Para Jean Vanier, la dimensión espiritual de la persona con discapacidad es un elemento esencial. En uno de sus textos nos plantea «que so- mos sanados por los pobres y los débiles, que los débiles y los vulnerables tienen un don que entregar a nuestro mun- do. Ellos nos llaman a todos, en unidad y paz, para construir una comunidad69». La comunidad es el vínculo espiritual con

la humanidad, con toda la humanidad. En esta humanidad desde la comunidad tienen cabida, una especial cabida, las personas con discapacidad.