• No results found

Chapter 4: Research Design

4.2 Measuring Earnings Management

Existen significados diferentes del concepto de discurso, sin embargo, en este trabajo se entiende por discurso a un sistema de pensamiento configurado por conceptos, ideas, prácticas, creencias y actitudes sociales y científicas que definen la estructura conceptual de un fenómeno; un cuerpo extenso de hechos y conocimientos que han interactuado entre sí a lo largo del tiempo. Dentro del discurso todos sus componentes se cruzan, se refuerzan o se compensan, formando una compleja malla que no deja de modificarse, hay regiones, según Foucault (2014), en donde la malla es más densa dificultando su examinación.

El discurso dibuja objetos posibles, observables, medibles, clasificables; impone al sujeto conocedor, antes de toda experiencia con el mundo real, una cierta posición, una cierta forma de mirar y una cierta función (ver más que leer, verificar más que comentar, aceptar más que criticar). El discurso prescribe los acontecimientos, actos y prácticas de una sociedad, que en sus múltiples facetas es productora de discursos como la religión o el sistema jurídico. Así, un discurso es capaz de prohibir y determinar, de construir identidades y objetos de estudio a partir de la subjetividad. Para Foucault, el discurso es producto del poder y también es aquel poder (una poderosa estructura histórica de conocimiento) que las ciencias y otros sistemas políticos pretender hacer suyo. Apoderarse de un discurso le confiere a un individuo o a un grupo extraños poderes como el de enunciar una verdad que la sabiduría de otros no puede percibir. En ese sentido, los discursos deben entenderse como verdades impuestas que ignoran o excluyen. En la producción de los discursos participan las ciencias, las disciplinas, los autores, y en términos

18

generales toda la sociedad, emitiendo, todos, enunciados que se consideran verdaderos12 y que penetran en la conciencia de los individuos. El papel que desempeña el autor en la producción de los discursos, como figura perteneciente a una sociedad del discurso, es indispensable, plantea Foucault, pues el autor es quien da a los textos (científicos disciplinares o doctrinales) el inquietante lenguaje de la ficción, sus unidades, sus nudos de coherencia y su inserción en lo real, pero no es el único. Los discursos no solo están configurados por un autor –o sujeto fundador– ni tampoco por una sola ciencia a través de sus textos científicos. Los discursos están

configurados por conversaciones cotidianas, inmediatamente olvidadas, decretos o contratos que tienen necesidad de firmas pero no de autor; fórmulas técnicas que se trasmiten en anonimato. De acuerdo con Foucault, las disciplinas y las doctrinas ejercen un papel, además de productoras, de controladoras ymediadoras de discursos. Las disciplinas y las doctrinas fijan sus límites para defender su identidad, que tiene la forma –suscribe Foucault– de un rectángulo de reglas que con el paso del tiempo es absorbido finalmente por el mismo discurso. Los discursos son creaciones de las sociedades del discurso y también es difundido por ellas para crear vínculos con otros individuos mediante todos los medios posibles de divulgación, así, el discurso recae sobre los individuos –adecuación social del discurso– como el discurso de la educación, el cual es una forma política de mantener o modificar prácticas realizando procedimientos de sumisión, que implican, en ese caso, la trasmisión de algún saber cómo ejercicio o efecto del poder. En toda sociedad la producción de los discursos está a la vez controlada, seleccionada y distribuida por cierto número de procedimientos que tienen por función dominar las cosas, es decir, las disciplinas, los autores, las comunidades científicas (la misma sociedad del discurso) produce los discursos no solo para conocer, sino para conocer y dominar mejor las cosas. En el caso de las comunidades científicas los discursosademás de describir producen los objetos que estudian, así, un discurso científico13 define los límites de lo que se puede decir con sentido, y al establecer esos límites produce en efecto objetos de conocimiento.

El discurso no solo es un juego de significaciones, también es una violencia que se ejerce sobre las cosas (una práctica que se le impone a las cosas) y es en esa práctica donde sus componentes (conceptos, ideas, prácticas, creencias y actitudes) encuentran el principio de su regularidad. Un discurso profetiza el porvenir y contribuye a su realización, absorbe a los individuos y se engarza así con el destino. Un discurso puede ser tan complejo que dentro de su mismo cuerpo graviten e interactúen otros discursos configurando un solo discurso. Así, el discurso opera en la realidad y se universaliza con toda su complejidad; prohíbe, coloca límites, domina, afirma, determina y se prolifera. El discurso no es el mero resultado de un juego de significaciones sino un producto de las relaciones de poder, eso hace que sea un sistema complejo (Foucault, 2014).

12

La sociedad del discurso –cuyo cometido es conservar y producir discursos– hace circular los discurso, a veces, en un espacio cerrado, distribuyéndolos según ciertas reglas –el discurso como conocimiento– un juego ambiguo de secreto y de divulgación.

13

Por ejemplo el discurso de la económica política o el discurso médico de la salud –ambos discursos científicos– en lugar de describir, producen los objetos que estudian.

19 1.1.5.1 Los conceptos y las ideas.

Desde una visión general los conceptos se simbolizan por medio de términos/palabras o imágenes que circunscriben las cosas. Fundamentalmente la función de los conceptos es comunicar significados que pueden describir, clasificar, organizar o prever todo tipo de objeto cognoscible: abstracto o concreto, universal o individual (Bueno, 2009). Sobre esa visión, el concepto es un signo del objeto que se encuentra en relación de significación constante con él, es una unidad de significado, un instrumento para el análisis de la cultura y un símbolo establecido de manera arbitraría (Bunge 2001; Giménez, 2005). Para Foucault (2010) la formación de los conceptos no obedece a condiciones tan rigurosas: su historia no es, piedra a piedra la construcción de un edificio. En cada episodio cultural han existido conceptos que quizá no fueron utilizados tiempo atrás, otros son muy antiguos y otros de repente aparecen para fundar algo trascendental.

Plantea Foucault (2010) que las disciplinas son ante todo un conjunto de reglas para poner en serie y en circulación unos enunciados (un conjunto de esquemas obligatorio de dependencias, de orden y de sucesiones) en que se distribuyen los elementos recurrentes que pueden valer como conceptos. Esos enunciados, algunos ya formulados en otra parte, se repiten en discursos científicos a título de verdades admitidas y es ahí, en ese espacio, donde los conceptos operan como ventanas para vislumbrar las reglas a las que estuvo sometido un discurso. Los conceptos también configuran enunciados como expresiones de la vida cotidiana, son característicos de alguna época, región y pueden tener un origen muy lejano.

Dentro de un discurso los conceptos circulan, se trasladan y se modifican alterando su forma y terreno de aplicación, de hecho, planta Foucault (2014), el discurso mismo es el lugar de la emergencia de los conceptos; en él ocurren sus juegos, sus transformaciones y sus relaciones. Se puede, por comparación, confrontar las reglas de formación de los conceptos para poner de manifiesto la realidad de un episodio cultural. En todo caso –propone Foucault– la formación de los conceptos no solo es el resultado de operaciones efectuadas por los individuos, no solo afloran a través de ilusiones, prejuicios, errores, tradiciones, prácticas, creencias o actitudes sociales, sino que emergen de las compulsiones discursivas, es decir, de sus enfrentamientos o luchas que hacen posible su reproducción y multiplicidad heterogénea dentro de algún discurso. Discursos como la Arquitectura, la Economía, la Medicina, la Gramática, la Biología, la Religión o el Estado dan lugar a ciertas organizaciones de conceptos, a ciertos reagrupamientos de objetos y a ciertos tipos de enunciados que forman, dentro y también fuera de esos dominios científicos, temas, teorías e ideas que dan pie a prácticas, creencias y actitudes. Sin importar su procedencia los conceptos configuran enunciados que forman parte de la historia de un discurso, están dispersos a través de textos (libros u obras) y permiten vislumbrar formas de razonamiento; conocer a fin de cuentas, suscribe Foucault (2010), subjetividades.

20

Ahora bien, y para apoyar lo anterior, desde las coordenadas del Materialismo Filosófico se plantea que los conceptos son significados establecidos dentro de campos definidos, finitos y limitados; campos que pueden ser científicos, tecnológicos o sectoriales (culturales). Las ideas y los conceptos operan en el pensamiento como dos escalas distintas. Suponiendo que no proceden del cielo ni de la conciencia pura, las ideas son posteriores a los conceptos y resultan de establecer conexiones entre ellos, son reflexivas con respecto a los conceptos. Las ideas poseen una capacidad envolvente, es decir, tienen la posibilidad de englobar distintos conceptos y concatenarlos, asimismo, las ideas se extienden y aparecen en diversos áreas de estudio y sectores de la vida humana. Las ideas (al igual que la noción de discurso de Michel Foucault) no emanan exclusivamente del lenguaje de las palabras, sino de las prácticas sociales (Bueno, 2009).

1.1.5.2 Las prácticas, las creencias y las actitudes.

Al margen de Foucault, las prácticas (sociales y científicas) se entienden no solo como la actividad sintética del sujeto, sino como las reglas o condiciones con las que el sujeto elabora el discurso. Las prácticas sociales se dan en contextos históricamente específicos y socialmente estructurados, es decir, en cada cultura existen prácticas bien delimitadas y definidas que permiten, por ejemplo, la organización del espacio y del tiempo en forma cíclica (usos, costumbres, ritos). Las prácticas sociales son manifestaciones vitales, están presentes en el modo del trabajo, en el tiempo libre, en la vida familiar, en la cúspide y en la base de la jerarquía social y en las innumerables relaciones interpersonales que constituyen el terreno propio de toda colectividad (Giménez, 2010). Cada fase de la historia ha otorgado diferentes niveles a sus prácticas (colectivamente las ha jerarquizado), en ese sentido, algunas prácticas se concentran en nudos institucionales como el Estado, la Iglesia, la universidad, las comunidades científicas o las corporaciones. Menciona Foucault (2013) que es indudable que la jerarquización o institucionalización de ciertas prácticas permita el nacimiento de verdades que logran estar vigentes por tiempo indefinido en una sociedad.

Las sociedades forman grupos los cuales se constituyen, muy en el fondo y desde una perspectiva antropológica, debido a una estrategia de supervivencia o por la construcción de una identidad social. A lo largo del tiempo la diversidad de intereses e ideologías de cada grupo se trasforma en prácticas que, como plantea Saskia Sassen (2014), son poderosas en el sentido de que poseen la capacidad de sostener e imponer sus múltiples objetivos ante otros grupos, ocasionando colisiones entre sí y luchas por establecer cada uno de ellos su verdad. Así, describe Foucault (2013), las prácticas sociales pueden llegar a engendrar dominios de Verdad/Saber que no solo hacen que aparezcan nuevos objetos, conceptos o técnicas, sino también nuevos sujetos/objetos de conocimiento (identidades).

El análisis histórico de las prácticas permite localizar la emergencia de nuevas formas de subjetividad. Propone Foucault (2013) que en la sociedad hay otros sitios, además de los dominios científicos, en los que se forma la verdad, allí donde se definen un cierto número de reglas de juego a partir de las cuales se ven nacer objetos y tipos de saber y, en consecuencia, relaciones

21

entre el hombre y la verdad. Desde las coordenadas de Foucault la noción de prácticas sociales permite entender la especificidad de los discursos, es un concepto operativo y un objeto de estudio.

En términos generales las creencias son actitudes que reconocen por verdadera una proposición: puede entenderse por creencia a las convicciones científicas o a la fe religiosa, al reconocimiento de un principio evidente o de una demostración; a la aceptación de un prejuicio o de una superstición. Las creencias operan en contraposición a la duda. Por su parte, según Dewey referido por Abbagnano (1995), las actitudes suponen un caso especial de predisposición a la acción. Con mayor precisión, se puede definir a la actitud como el proyecto de elecciones para enfrentar cierto tipo de situación (o de problemas); un proyecto de comportamiento que permite efectuar elecciones de un valor constante frente a una determinada situación. Actitudes contrarias proyectan sentidos opuestos, objetivos, perfiles o modos de ser que están en desacuerdo. Ambos conceptos (las creencias y las actitudes) dan vigor a las prácticas sociales; son disposiciones generales susceptibles, por lo menos en parte, de una investigación objetiva (Jaspers. En Abbagnano, 1995).

22

Fig. 1. Esquemade las relaciones entre los conceptos operativos y el método de la genealogía. Se proponen cuatro estructuras conceptuales que caracterizan el pensamiento de Nietzsche y Foucault. Ideas como Dios ha muerto, la Historia ha muerto y el Hombre ha muerto, y nociones como nihilismo, complejidad y prácticas sociales subyacen en su visión de la historia. Esquema elaborado por: Jaime Alejandro Figueroa Martínez.