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Measuring the Performance of a Leader in Collective Behavior

Durante los días siguientes se fueron precisando los datos con respecto al viaje a Marcahuasi. Los Guías habían referido que dicho lugar era llamado el "Altar de los Dioses", por lo que nos encontraríamos en el camino con dos campesinos a los que deberíamos preguntarles par aquel nombre, tal sería la señal de que llegaríamos al lugar indicado. Según la comunicación, el más anciano de aquellos agricultores tomaría la palabra y nos señalaría el camino corrector; para esto habíamos tratado de averiguar algo sobre Marcahuasi, porque en aquel tiempo no era tan publicitado como lo es ahora, y además el nombre coincidía con el de varios otros lugares similares existentes en el interior del país. Procuramos viajar inicialmente al más cercano de ellos que después comprobaríamos que era el indicado.

Partimos el día Lunes 19 de Agosto de aquel año de 1974, a las 10:00 a.m. desde Lima, en el automóvil del Arquitecto Eduardo Pomareda, una de las seis personas que integraba la expedición, los otros cinco restantes éramos Paco Oré, David Martínez, Oscar Gonzales, mi hermano Charlie y yo.

La distancia de Lima a San Pedro de Casta, pueblo inmediato a Marcahuasi, es de aproximadamente 80 kms., encontrándose dicho centro poblado a una altitud de 3,180 m.s.n.m. En el camino tuvimos que

pasar por las localidades de Chaclacayo, Chosica y Santa Eulalia en la Sierra Central, usando posteriormente el desvío hacia Huinco (central hidroeléctrica), para pasar por el puente de Autisha, llegando finalmente al pueblo de San Pedro, que se encuentra en lo alto de un risco al pie de la meseta.

La aparente cercanía en kilómetros de Lima no lo era tal, ya que la ruta no se hacía en línea recta sino que por el contrario éste se efectuaba a través de un camino de herradura y en ascenso permanente. Esto hizo que la movilidad en que íbamos se recalentara, convirtiendo en

determinados momentos al veterano Chevrolet en una nube de vapor que tenía que detenerse continuamente para ponerle agua al radiador. Nuestro desconocimiento del terreno y de las dificultades de la ruta hizo que se nos hiciera muy tarde, quedándonos a mitad de camino y pasando la noche a un lado de la carretera de tierra que serpenteaba la montaña arañando profundos abismos. Aún a pesar de la incomodidad del lugar nos sentíamos satisfechos, ya que pocas horas antes por aquel mismo camino, nos habíamos encontrado con dos campesinos justo cuando nos hallábamos frente a un desvío y no sabíamos por dónde seguir y fue el más anciano el que respondió por dónde debíamos seguir, diciéndonos que el Altar de los Dioses (Marcahuasi), se encontraba detrás de una de las montañas que teníamos en frente nuestro, por lo que debíamos seguir por el camino de ascenso de la izquierda. Al comprobar que se estaban cumpliendo los detalles de la comunicación, supimos que estábamos cerca de una gran aventura.

Al amanecer reemprendimos la marcha. Nos encontramos algo inquietos porque durante la noche habíamos visto alrededor del carro extrañas formas que inicialmente creímos frutos de nuestra imaginación, pero después llegaríamos a descubrir que eran reales, pues se abalanzaban contra nosotros remeciendo todo el automóvil. Del miedo inicial pasamos a la seguridad de ser protegidos por los Guías, por lo que se nos ocurrió hacer una concentración cubriéndonos por un huevo mental de energía, lo cual terminó por tranquilizar el ambiente. Ya en la madrugada tratamos de hacer un viaje astral dirigido, lo cual nos permitió a algunos, tener experiencias personales.

A pesar del cansancio por la inquietud e incomodidad de la noche nuestra ansiedad por llegar nos impulsó a seguir, llegando hasta el último poblado antes de la meseta. San Pedro es un típico pueblo de la Sierra, construido sobre los cimientos de un asentamiento anterior que se remontaría a tiempos preincaicos. Se encuentra ubicado en una cornisa que termina en un precipicio espectacular; al lado está la quebrada del Río Carhuayumac. El pueblo conserva el patrón urbanístico de la época en que fuera fundado; alrededor de una amplia y desigual plaza, hay un conjunto de edificios que destacan como son: la Iglesia, el Local Comunal, la Quesería, entre otros. Las casas son de piedra y barro con techos de paja y calamina, soportados por vigas de madera de eucalipto; sobre estos techos se suele observar el secado de la comida típica, como por ejemplo el "charqui" (carne seca).

Entre las callejuelas empedradas y debajo de los balcones tallados al puro estilo Tirolés; se pueden ver a los pobladores en sus conversaciones acostumbradas

Al momento de llegar, colocamos nuestros equipajes y mochilas sobre el muro que rodea la Iglesia en plena Plaza Principal. El techo de la misma se encuentra cubierto de calamina y sobre éste, ligeramente hacia un extremo se aprecia una pequeña cúpula con vidrios de colores, su apariencia solemne denota una sincere religiosidad en el vecindario. En el lado izquierdo de la Iglesia hay una pequeña capilla en forma de pirámide trunca y escalonada de tres cuerpos; en cuanto a su construcción está íntegramente realizada en piedras superpuestas. Se puede apreciar que las piedras que se utilizaron en las construcciones modernas proceden de las ruinas arqueológicas sobre las que se fundara el actual San Pedro.

Después de presentamos a la Comunidad y del regateo de ley, logramos que una señora accediera a alquilarnos unos burros para que llevaran el grueso del equipaje sobre sus lomos. Nos pusimos de acuerdo para que fuese yo quien se adelantara con el niño que nos serviría de guía y sus dos burros cargados con nuestro equipo; el resto terminaría de adquirir los últimos víveres, reservando las cantimploras para llenarlas con la fresquísima agua de la vertiente. Así empezó el ascenso por aquellos senderos de cordillera que poco a poco se van estrechando, alejándonos de la civilización y acercándonos al cielo limpio y claro.

Marcahuasi en Quechua significa "Casa de dos pisos" o "Casa del Pueblo" y está a 3 K.m. al Este de San Pedro. Posee un área de 4 kms. aproximadamente, encontrándose a una altura de 4,000 m.s.n.m. Dicen los casteños que allí vivieron los "gentiles", es decir la gente anterior a la Conquista Española y que aún sus espíritus rondan el lugar protegiendo a la Comunidad.

Las primeras referencias de la meseta son halladas en las crónicas sobre los mitos de la zona, así como en los apuntes de ilustres explotadores como Julio C. Tello; pero el más importante investigador que la ha estudiado de forma integral es el Doctor Daniel Ruzo, haciéndola conocida a nivel mundial. Sus investigaciones lo llevaron a establecerse desde 1951, por más de 9 años en la meseta, pero por razones de salud se vio obligado a dejarle, pasando buen tiempo sin que se llegase a publicitar lo suficiente aquí en el Perú.

piedra, como también lo hacen los bruscos cambios de temperatura que allí se producen, además del agua de las lluvias y nevadas y el viento. Las formaciones naturales han sido en algunos casos retocadas por la mano del hombre con una clara intención de representación escultórica y en otras, como en la Diosa Hipopótamo, divinidad de la fecundidad del Alto Egipto, como una señal o un aviso sobre la anterior humanidad que llego a esos lugares.

A pesar de mi juventud me era imposible mantener el paso del niño que me servía de guía porque propiamente arreaba los burros corriendo montaña arriba. Le pedí en mas de una oportunidad que me esperara, ya que a cada trecho tenía que detenerme a descansar, porque jadeante a esa altura se me dificultaba la respiración. Llegamos a la acostumbrada bifurcación en donde los burros para llegar más rápido toman el camino corto, que es un sendero de ascenso de marcada pendiente; fue allí que ya avanzando buen trecho y a regular altura, uno de los burros se encabritó desatando las amarras que al parecer se habían mantenido flojas Y arrojando al abismo parte del equipaje. Mi entusiasmo que hasta allí se encontraba tambaleándose por el excesivo esfuerzo físico, terminó por derrumbarse. No había otra salida, tendría que descender unos diez metros a través del reducido sendero hasta una roca de la cual pendían.

Aún recuerdo las innumerables espinas que me introduje en el cuerpo por arrastrarme cogido como pude de las salientes. Una vez rescatadas las mochitas, me senté a descansar del esfuerzo con la mirada puesta en la cima, mientras mis pensamientos se rebelaban en mi mente tratando de disuadirme, de culminar la aventura. Para colmo de males, los burros y el niño habían seguido avanzando, dejando en mis manos toda aquella pesada carga que tuve que ponérmela a la espalda, -duplicándose el peso por la altura- para así poder darles el alcance, cosa que iba a ser cada vez más, difícil.

Tenía todo el cuerpo bañado en sudor, las gotas que caían por mi frente se me acumulaban en los ojos dificultándome la visión y haciéndoseme cada vez más peligroso y penoso el ascenso por el escarpado atajo. Sentía claramente cómo las fuerzas se desvanecían en mí. Los latidos del corazón me retumbaban en la cabeza de tal manera que me parecía que ésta estaba a punto de estallar.

De cuando en cuando, me detenía a descansar, dejando el equipaje y los bidones de agua a un lado, entonces aprovechaba para frotarme los hombros que se me habían ampollado por la fricción de las correas de la mochila y por el calor que hacia aquel mediodía; las manos me dolían como nunca por el peso de los recipientes de agua. En aquellos instantes llegué a sentirme tan angustiado y deprimido por el cansancio que me saltaron algunas lágrimas de desesperación.

Toda vez que descansaba, el niño y los burros se alejaban más de mí dejándome completamente solo, y eso que por más que les gritaba para que se detuvieran a esperarme parecían no escucharme.

Con cada parada que hacía para recobrar el aliento en aquellas alturas donde escasea el oxigeno, se debilitaban cada vez mas mis piernas, que ya no respondían para seguir caminando, y más era el esfuerzo que tenía que hacer para no caerme al precipicio cada vez que me tropezaba. Me sobrevenía entonces ligeros mareos que me atraían al abismo y es que no habíamos probado bocado desde muy temprano en la mañana y eso que fue algo muy ligero ante la emoción de llegar finalmente a la meseta que creíamos más accesible y cercana.

Sin comprender el porqué de la prueba de esfuerzo y sin saber si valdría la pena o no, seguí por la diminuta vereda que ya había dejado de ser un camino de mulas para convertirse en escalones y gradas talladas en el acantilado, rodeadas de restos de pequeños muros preincaicos de vigilancia. Poco a poco se fue nivelando el terreno al ir entrando por una estrecha quebrada en la ladera de Marcahuasi.

Ya desfalleciendo logré franquear la portada de acceso siguiendo por inercia el camino que me alejaba del abismo y de unas gigantescas losas de piedra labrada que se veían caídas y que pudieron ser alguna vez altares, siendo arrancadas de sus emplazamientos originales por un terremoto o derrumbe. Entre los farallones de piedra se podían observar como profundas grietas o cuevas, que más adelante nos dedicaríamos a investigar.

Agotado totalmente me deje caer pesadamente por entre unas rocas hacia una hondonada, tropezándome y rodando hasta unos espinos, quedando tendido en el suelo casi sin sentido. Pude entonces pacer un ultimo esfuerzo para quitarme la mochila de la espalda y observar ligeramente frente a mí, el "Monumento a la Humanidad" o "Esfinge" como la llamamos nosotros; además vi al niño que había dejado las cosas a poca distancia de donde yo me encontraba y ya se marchaba

con sus burros. Quise incorporarme pero ya no pude, eran como las dos de la tarde y estaba solo en aquella meseta por lo que abrumado por el esfuerzo me quedé profundamente dormido y, de pronto, me encontré en mi cuarto en la casa de mis padres en Lima, reaccioné entonces dándome cuenta de que estaba soñando. No lo podía creer ¿qué hacia allí a decenas de kilómetros de distancia? Lo primero que se me ocurrió fue sentarme sobre el borde de la cama, que crujía a menudo por su viejo somier de metal; después me dirigí hacia la habitación de mis padres pudiendo observar en el corredor la luz del sol, tal como cae en las tardes, ví entonces a mi mamá que estaba acompañada por mi hermana. Fijé entonces mi atención en lo que estaban haciendo y en cómo estaban vestidas, hasta que se levantaron de sus asientos avanzando en dirección a mi cuarto, como si algo les hubiese llamado la atención, escuché entonces un ruido y rápidamente como si una brisa me arrastrase a un remolino me desperté observando el reloj, comprobando que había pasado buen tiempo de sueño porque ya eran las 4 p.m. y sobre la meseta corría un intenso viento frío.

Me abrigué con lo primero que encontré, reflexionando sobre el sueño que había tenido, porque no sólo lo podía recordar al detalle y con toda claridad sino que hasta tenía la convicción de haberlo vivido. De regreso a casa buscaría confrontarlo con la realidad. Recién allí, en la meseta; me percaté de que tenía la espalda atravesada por gruesas espinos de un arbusto que se hallaba debajo de mí y sobre el cual había dormido. Algo dolorido pero descansado por aquel sueño reparador, recobré ánimos como para dar un pequeño paseo por las inmediaciones. Al primer esfuerzo que hacía, por muy ligero que fuese, me volvía a latir aceleradamente el corazón y a retumbarme en la cabeza agitándome todo, así que procuré tener más paciencia y no exigirme más de la cuenta.

Giré sobre mí mismo, observando los alrededores y especialmente el gigantesco rostro de la Esfinge y al lado como la forma de un cóndor; me acerqué subiendo por entre las piedras y las matas de espinos y vi que debajo del rostro de casi 27 metros de altura habían unos dibujos rupestres con extraños símbolos.

Detrás de esto se hallaba una pintoresca cabaña que entre sus rústicas paredes de piedra, barro y techo de calamina, buscaríamos refugio guareciéndonos de la intemperie. Desde aquel lugar, que está en una elevación del terreno, se podía observar una parte del camino de acceso, por lo que divise a lo lejos a los muchachos que ya llegaban guiados también por un lugareño. El ánimo en ellos también se veía que había menguado por el pesado esfuerzo de la subida.

Estuvimos todos reunidos a eso de las 5 de la tarde aprovechando de inmediato para establecer el campamento dentro de aquella acogedora cabaña que construyera en la década de los cincuenta el Doctor Ruzo.

La temperatura descendió bruscamente de unos 25 °C a unos 40C. No habían leños ni ramas secas para quemar y prender una fogata; felizmente, Charlie siempre precavido había llevado un primus de ron con el que prendiéndolo pudimos defendernos del frío, calentándonos con la más deliciosa y sencilla sopa de sobre que hayamos probado en la vida. Verdaderamente que la necesidad hace valorar las pequeñas cosas, detalles y circunstancias.

La vista del horizonte desde la meseta era un espectáculo maravilloso; el atardecer había teñido el espacio con todos los colores y tonalidades posibles, y allí, en medio de rocas a 4,000 metros de altura nos tratábamos de juntar lo más posible, abrigándonos para conservar el calor.

Por el agotamiento no hicimos siquiera el intento de recepcionar comunicación, sabiendo que un buen descanso y algo de alimento nos pondrían en buenas condiciones para la mañana siguiente.

Mientras se repartía la sopa preparada por el "cocinero en jefe" Charlie, vimos en el cielo una nave a gran altura, que inicialmente se hubiera confundido con un satélite, pero que en la medida en que fue descendiendo, pudimos apreciar su forma discoidal con tres niveles o platos unidos, además de una luz muy potente, plateada. El tipo de nave se asemejaba a la señalada por los Guías como procedente de. Xilox (Andrómeda).

El objeto se detuvo breves minutos y luego tomó dirección Noroeste, encendiendo y apagando sus intensas luces; este avistamiento acompañado de una extraña vibración lo consideramos como la reafirmación de estar en el lugar correcto, haciendo lo que se esperaba de nosotros.

Al ir descendiendo aún más la temperatura, nos situamos rápidamente en el interior de la cabaña tendiendo sobre los plásticos que cubrían el suelo, las bolsas de dormir y las frazadas, quedándonos de inmediato dormidos. De madrugada se escucharon algunos ruidos como el de un

perro que olfateaba los desperdicios que se hallaban en una bolsa plástica a un lado de los corrales, al frente de la puerta de la cabaña. Mi hermano se despertó pasándonos de inmediato la voz, porque los ruidos ya se habían acercado a un lado de la cabaña, donde parecía que estaban excavando; nos arropamos bien y salimos lentamente llevando en las manos las linternas. Una vez franqueada la puerta de madera, que en aquel tiempo mantenía la barraca, no vimos nada en un principio, pero tratando de dar una ultima mirada, fue que apareció por el lado derecho, detrás de los corrales, una luz amarillenta como si fuese una llamarada moviéndose de un sitio a otro como invitándonos a seguirla y así alejarnos de la cabaña. Sentimos temor porque era algo que se movía por sí solo y no era un efecto visual ni un reflejo. Del lado opuesto se materializó una bruma espesa formando una grotesca figura pero sin rostro y con la cabeza hundida entre los hombros o tal vez sin cabeza que se abalanzó atropelladamente contra nosotros. Cerramos inmediatamente la portezuela cubriéndola con nuestros cuerpos que fueron remecidos por el impacto del golpe de este ser. Unas tres veces mas se repitió lo mismo tratando de derribar la entrada después de lo cual rodeó la barraca golpeando las paredes.

Mientras tanto, y a pesar de nuestro terror, pusimos de inmediato en funcionamiento nuestro trabajo mental cubriendo la casita con una cúpula de protección que con seguridad funciono, pues el mal olor que

sentíamos y el mismo miedo fuéronse diluyendo hasta finalmente desaparecer junto con aquellas entidades.

Aquellas manifestaciones nos hicieron pensar y luego comentar sobre el acecho de que habíamos sido víctimas, pues se veía que tales seres no se contentarían hasta hacernos daño y lo hubieran logrado si es que nuestra confianza en la protección permanente no se hubiera impuesto al temor. Por ello, los Guías nos enseñarían que a lo único que debemos temer es a nuestro propio miedo, porque él es nuestra ignorancia, inseguridad y desconocimiento del poder de las fuerzas positivas por las que se supone estamos luchando. La confianza crece con el grado de