Así, el problema de la ordenación social se reduce a una tarea de alta educación — como en toda la tradición española posterior, desde Luis Vives a Manuel B. Cossío, pasando por Quevedo, Gracián, Feijóo, Quintana, Giner, etc.—. Como en ellos también —como en todos los erasmistas, españoles o no—, no se trata de una subversión más o menos revolucionaria. Su virtud renovadora se instaura sobre un plan de “reforma” arraigado en la más sólida tradición intelectual. Retornar las cosas a su auténtico designio. Instaurar en la tierra la imagen de la Ciudad de Dios, sin alterar en lo más mínimo la íntima estructura de su jerarquía platonizante.
Como en Platón, descansa la sociedad ideal en una jerarquía teocrática. Todo se cimienta en la suprema dignidad del papa y del colegio de cardenales. Antes de proceder a la reforma de los inferiores, es preciso y urgente obtener la reforma radical de los superiores, porque “sólo al ejemplo del superior, puede el orbe todo componerse”. En la persona de Cristo y sus apóstoles tomó Dios sobre sí los pecados del mundo. Urge que sus representantes en la tierra acepten con resolución la suerte que su alta dignidad les impone —“sin distinción de consejos y preceptos”— con la más estricta literalidad.
Bajo los eclesiásticos —los filósofos reyes o los gobernantes filósofos de Platón—, los caballeros, los guardianes de la ciudad. A ellos consagra Ramón un libro: el Llibre de la ordre de cavalleria. Nada más característico. Toda la filosofía de Ramón Llull se halla impregnada de espíritu caballeresco. Aun en las más altas disputas teológicas se desliza el espíritu de los torneos. Y en lo uno y en lo otro revive constantemente el espíritu de las cortes de amor. Trovador y caballero —paje del rey de Cataluña, senescal del rey de Mallorca—, poetas, damas y caballeros ilustran, simbolizan y decoran los castillos de su mística teológica. El mundo entero es un retablo de amor y cortesía.
Sólo que los caballeros se han apartado de las reglas de su oficio y arte. Todo el desorden proviene “de que los caballeros han olvidado y cambiado la manera y la causa por la cual son caballeros” —el sentido de su recta intención—. Y aunque a la caballería mundana opone y sobrepone la caballería divina —todos los órdenes eclesiásticos— es preciso mantener muy alta la función esencial de ésta y formular un código de educación caballeresca con una minuciosa ordenación de todos sus derechos y obligaciones. Porque “por la caballería los príncipes poseen la tierra y mantienen la justicia, y por la caballería son vencidos y dominados los hombres malos y por la caballería es sostenida la Iglesia. Y así como los clérigos tienen por oficio alabar a Dios y rogar por el pueblo, el oficio de los caballeros es combatir por la fe romana”.
Claramente se anuncia el discurso sobre las armas y las letras de Don Quijote ante los cabreros.
De la educación y la alta misión de los caballeros han de participar por modo eminente todos los príncipes cristianos. Así, el oficio de príncipe resulta “cosa tan noble que aquel que lo posee, debe ser muy verdadero y muy humilde y muy justiciero y muy dulce y sencillo y suave y lleno de lealtad y de misericordia”. Porque “de maldad de príncipe nace malicia de pueblo”. De ahí que el príncipe deba ser un “hombre de mucha convicción y entendimiento y lleno de buenos hábitos”, educado en la filosofía —que es la ciencia general que ilumina el entendimiento— y en todos los respectos, prudente y sabio.
El orden de todas las jerarquías —eclesiásticas y caballerescas, rectoras o servidoras — constituye el organismo de las “personas comunes o generales” —¿por qué esta curiosa doctrina trae al recuerdo la profunda y compleja teoría de las personas y los estados de Francisco Giner?—. Como en la naturaleza, como en el universo entero, es su símbolo el árbol. En dos árboles se compendia la integridad de su orden: el árbol apostólico —el papa, los cardenales, los pastores, los arzobispos, obispos, abades, presbíteros, etc.— y el árbol imperial —el príncipe, los barones, los caballeros, burgueses, consejeros, procuradores, jueces, abogados, inquisidores…—.
El tronco contiene en potencia todas las dignidades que le están subordinadas. Y cada una de las ramas mayores, las que penden y se nutren de ellas. Así, el orden y la forma de las “personas particulares” —los individuos— dependen de la calidad de la savia que los nutre, y del orden que llevan en su seno preformado. Los troncos y las ramas maestras son suma y compendio, savia, alimento y forma ejemplar. Por los frutos se conoce el árbol.
Y el tronco de todos los árboles recibe, a su vez, alimento y forma de la raíz que lo sustenta y lo nutre. Todo depende, por tanto, de la recta consolidación y ordenación de ésta. En la raíz de todo resplandece el orden de las dignidades divinas —las Ideas—, simiente y ejemplar del “universo mundo”.
Ésta es la base metafísica de toda política y de la posibilidad de cimentarla con arte. Las reglas del arte dependen de la justa discriminación y ordenación de las ideas reales —germen del mundo y luminosa radiación de su esencia divina—. La reforma social sólo puede cimentarse en el recto y artístico conocimiento de la verdad que presta aliento y forma a la innúmera proliferación de los seres del universo. La ciudad es reflejo y compendio de la ordenación divina del cosmos. La política tiene fundamento ontológico y en él y por él, normas universales y necesarias, cimientos eternos. Sólo ateniéndose a ellos y apartándose de toda modificación o deformación accidental, particular y contingente, es posible la recta ordenación de la ciudad. La política se funda
en la moral y la moral en la metafísica. La política conducida con arte es la forma ideal y eterna de la ciudad. Su justa organización depende exclusivamente de la recta ordenación del espíritu de los gobernantes. En la raíz de todo se halla la ciencia —la ciencia del recto vivir—. Y el método para la ciencia es el arte. De ahí la conveniencia y aun la necesidad de la formación artística de los gobernantes. Sólo si la vida entera de las “personas comunes” se halla sólidamente enraizada en el artístico y justo conocimiento de las dignidades divinas será posible que el tronco y su savia presten a la innúmera germinación de las ramas el orden y la medida que las oriente e impulse al recto conocimiento de la “doble intención para que fueron creadas”.
“Régimen común significa la persona común del príncipe, y en este régimen común están dispuestos y en potencia los regímenes particulares de los hombres que habitan en los castillos, en las villas y en las ciudades.” Los regímenes particulares de éstos derivan de la forma y la acción ejemplar del príncipe, que es su tronco y raíz. Toda política es esencialmente pedagogía, conducta, ejemplo. Si el príncipe “usa de su general bondad y de las otras formas comunes —las dignidades—, multiplicadas en la raíz del árbol —y por las cuales es el príncipe imagen de Dios en la tierra—, en todo resplandece la faz de Dios. Si, por el contrario, el príncipe se desvía de las raíces o dignidades divinas, o en su persona se deforman, se truecan o se quiebran, su conducta proyecta sobre la totalidad del reino vaciedad, privación y no ser, y las personas particulares son desviadas de la intención fundamental. “Cuando el príncipe es malo, por la deformación de su tronco común, todas las ramas se deforman, se desvían o se vacían del fin para que existen.”
Esta doctrina se aplica por igual a ambos árboles: el apostólico y el imperial. Pero con más rigor e intensidad, si cabe, al primero que al segundo. Porque “el tronco apostólico es mayor y más lleno de grandeza, de bondad y de las demás virtudes que ningún tronco, porque en él están todos los demás troncos de sus pueblos ordenados y dispuestos para el fin para que fueron creados”. “Si el papa es malo, no hay ningún tronco tan dañino, ni en el cual se pervierta tanto bien en mal, ni que sea digno de mayor pena. Así como si es bueno, es el tronco más digno de gloria.”
Base de toda la organización ecuménica ha de ser la más depurada reforma moral de todos los troncos y las ramas maestras —las “personas comunes”— que constituyen la comunidad cristiana. En el bien entendido de que la reforma ha de proceder de arriba abajo, puesto que las ramas mayores han de ser dechado y ejemplo de todas sus articulaciones menores. Puesta la raíz y los troncos en forma, lo demás se dará por añadidura. Todos los estamentos del “universo mundo” —los mercaderes de Platón— vivirán a su sombra seguros e iluminados, en justicia, concordia y paz.
El fundamento moral y pedagógico del alto orden a que se aspira tiene en sí mismo la garantía más eficaz. Requiere, sin embargo, una forma legal y un aparato de coacción
interior que lo estabilice y lo mantenga en pie. De ahí la necesidad de un derecho escrito y aun de un código universal, breve y sencillo, que compendie y dé forma justa, unitaria y sistemática a la inmensa variedad de las leyes civiles y canónicas. Es la obsesión de la España contemporánea, el designio incorporado a las Partidas y a las Decretales. Este código se ha de fundar, como todo, en los principios del arte general que, cimentados en las dignidades divinas, son las raíces y formas supremas de la justicia universal. Sólo si deriva del arte y se constituye con arte, será norma universal de derecho y no capricho o antojo de la fantasía o de la ficción.