Nacemos y nos criamos en el seno de un ámbito que llamamos “familia”. Puede tratarse de la familia biológica o una familia adoptiva, de un hogar (un orfanato, por ejemplo), una comunidad, un grupo social, una tribu, etc.; o, a veces, la carencia de estos (los niños que se crían en la calle, por ejemplo).
A partir de estos primeros vínculos que establecemos con otras personas, desarrollamos nuestros sentimientos, nuestros afectos, nuestras preferencias, nuestros valores familiares, adoptamos ciertas tradiciones y/o creencias de nuestro grupo y recibimos determinados “mandatos” por parte de quienes nos ayudan a crecer. Estos mandatos influirán en nuestra personalidad y en la manera de relacionarnos con nosotros mismos y con los demás
Un ejemplo común de abuso emocional familiar, incluye situaciones como éstas:
• Un marido descalificaba constantemente a su mujer diciéndole que nunca tenía la casa lo suficientemente limpia, que no era una buena pareja sexual, que no se vestía bien, que no era capaz de mantenerlo interesado en ella lo
suficiente, etc. Los hijos del matrimonio observaban al padre humillar a la madre y a la madre, recluirse y llorar, reclamando que el marido no la amaba (“a pesar de todo lo que ella hacía por él”). Ninguno de los dos padres tenía en cuenta el impacto emocional que estas discusiones tenían sobre sus hijos. Como consecuencia, los niños aprendían maneras negativas de actuar y de relacionarse con los demás.
• Una esposa descalificaba habitualmente a su marido, frente a otras personas, diciendo que su marido era un inútil en la casa, que no podía ni arreglar un enchufe, que era un hombre sumamente desorganizado, que no tenía buen manejo del dinero, que no lograba ponerles límites a sus hijos, que no ganaba suficiente, que nunca lo ascenderían en el empleo, etc. También, solía decir que consideraba a su marido como un hijo más. Los niños, normalmente, presenciaban esto y aprendían que era “normal” no respetar a su padre o hablar mal de él.
El abuso emocional va más allá de los comentarios hirientes que los integrantes de una familia pueden hacerse mutuamente, o ante otras personas. Implica una desvalorización permanente de la autoestima de una persona y de su confianza en sí misma. Lamentablemente, las víctimas de abuso emocional suelen reaccionar de dos maneras y ninguna de ellas es positiva:
¾ O se defienden agrediendo o contraatacando al abusador, lo que genera una pelea o una discusión feroz,
¾ O se deprimen intensamente y refuerzan su imagen de persona inútil, incapaz o no merecedora de nada mejor.
Recuerde: Ninguna de estas conductas soluciona el problema del abuso emocional
¿Y ahora, quién me salvará?
La mayoría de las veces, casi todas las víctimas de abuso se lamentan y se quejan -por siglos- acerca de los abusos sufridos, pero les resulta muy difícil reconocer que necesitan “hacer algo” para terminar con una relación abusiva. Esto no intenta justificar en absoluto la conducta abusiva del abusador. De hecho, como explicamos antes, “la víctima no tiene la culpa de
la conducta del abusador”. Pero, si la víctima no se “corre del lugar” o no deja
de ocupar el lugar de víctima en una relación abusiva, el abusador no lo hará por ella.
El abusador no “salvará” ni “rescatará” a la víctima del abuso. Tampoco abandonará a la víctima, ni terminará una relación abusiva, a menos que encuentre otra víctima mejor. De modo que es importante que las víctimas de abuso emocional comprendan que discutir, pelear, intentar hacerle comprender al abusador cómo funciona la relación abusiva, o bien, sumirse en un estado depresivo, no solucionará el problema del abuso emocional.
Por consiguiente, si la víctima no se siente capaz de terminar una relación abusiva, es fundamental que pida ayuda profesional.
Recuerde: el abusador no hará nada para que la víctima se sienta mejor.
Aprenda a negociar
Las técnicas de negociación actuales explican claramente que estos dos enfoques no resuelven los problemas. Sin embargo, hay una tercera instancia que es la manera realmente eficaz de resolver este tipo de conflictos. Esta manera de resolver problemas se basa en aplicar un criterio objetivo y realista que evita que la víctima caiga en el autoengaño. Además, también le ayuda a comprender que puede poner límites y decir “No” de una manera asertiva. Sin peleas y sin martirizarse. Esto implica abandonar la posición personal y ocuparse del problema en sí.
Por lo general, las víctimas están más centradas en sí mismas (y en lo infelices que son), que en el problema en cuestión (el abuso emocional). O bien, se centran en el abusador (y lo injusto que es). Pero la clave radica en enfocarse en el problema en sí, a fin de ponerle un límite adecuado al abuso emocional.
Emplear una manera de pensar objetiva, les permite a las personas tratar los problemas independientemente de las personas que participan en él. Si bien esto parece casi imposible, se puede comprender con el siguiente ejemplo:
• La esposa propone ir a pasar Navidad a la casa de su familia de origen. El esposo ya ha hecho planes para que algunos familiares suyos vengan a pasar Navidad en su casa. Se origina una discusión importante dónde ambas partes se insultan y usan un tono irónico o sarcástico para destacar los defectos de la otra parte, además de echarse en cara otros problemas anteriores. Esto es algo bastante común. Luego, tanto el esposo como la esposa se encierran en su posición personal y juegan su rol de víctima y abusador a la perfección.
El problema es que ambas partes están muy ocupadas haciendo valer su punto de vista propio y tratando de ganar y de "tener la razón", en lugar de ver cómo pueden resolver el problema adultamente.
Para resolver un problema como éste, no es necesario insultarse mutuamente, ni agredir a la otra parte, ni armar un berrinche o largarse a llorar desconsoladamente. Es necesario darse cuenta de las propias emociones y mantenerlas bajo control para que no afecten nuestra manera de pensar.
Así, una de las partes podrá reconocer internamente: “Realmente me siento
muy enfadado o enfadada por la decisión que tomó mi pareja sin consultarme”. En
lugar de contra atacar a su pareja o de deprimirse, esta persona podría explicar sinceramente (y sin adoptar una postura de mártir), que realmente se siente muy molesta por la decisión que ha tomado la otra parte.
Muchas veces, cuando una persona cambia su manera de abordar un tema, toda la situación cambia. Pero, este cambio no ocurre porque la otra parte haya comprendido qué es lo que no funciona en su relación, sino simplemente, porque se han roto las reglas del juego habitual.
Cuando comenzamos a ver las cosas desde otro lugar y comenzamos a actuar de un modo diferente al habitual, se producen cambios visibles. A veces, son cambios positivos que les permiten a una pareja o a una familia iniciar un diálogo sincero y abierto. Otras veces, se trata de cambios que precipitan el fin de una relación. Y ésta última posibilidad es la razón por la cuál algunas personas temen cambiar. Temen que una relación termine, incluso si eso las beneficiaría.
Pequeñas simulaciones
En algunos casos, el abusador simplemente simulará un leve cambio para que la víctima crea que hay una posibilidad de mejora, pero esto es sólo una estrategia transitoria para perpetuar la relación abusiva. Es como darle un dulce a un niño que llora para que se calme y deje de llorar. Posiblemente, el niño deje de llorar por unos minutos, pero eso no solucionará el problema de fondo por el cuál el niño lloraba. Muchas víctimas de abuso suelen “auto engañarse” ante las hábiles maniobras del abusador. Esto es normal.
Las víctimas suelen creer que el abusador cambiará o que ellas podrán cambiar al abusador. Esto se debe a que la víctima prefiere pensar que el
abusador aún tiene algún lado bueno, o un sentido humanitario, que le hará comprender que abusar de otras personas está mal.
En estos casos, el abusador suele ser consciente de la necesidad de la víctima de que las cosas cambien y por eso finge un leve cambio de actitud en respuesta a los ruegos de ésta.
En el capitulo siguiente hablaremos sobre el ciclo del abuso emocional. La última etapa del ciclo, llamada “luna de miel”, se refiere justamente a estas pequeñas estrategias que emplean los abusadores para “recomponer” una situación.
Recuerde: Las personas cambian solamente si así lo deciden y no porque otros lo deseen.
¿El abusador puede cambiar?
En circunstancias normales, el abusador cambia sólo si así lo decide. Nadie puede obligar a otra persona a cambiar, ni tampoco puede cambiar por esa persona. Como vimos, el autoengaño es muy común entre las víctimas de abuso, quienes viven con la esperanza de que – algún día — el abusador cambie, de tanto suplicarle que lo haga.
Los abusadores son personas, al igual que las víctimas. Algunos pueden cambiar y otros no. Algunos abusadores toman conciencia de los abusos que cometieron y comprenden que existen maneras más saludables de relacionarse con los demás, entonces eligen cambiar. A veces lo logran, otras veces no. Lo importante es comprender que los procesos de cambio son complejos, incluso para las personas que no son ni abusadores ni víctimas de abuso emocional.
También es importante destacar que en ciertas culturas (o países), hay personas que viven bajo ciertas religiones o sistemas políticos que son víctimas de distintos tipos de abuso. Estas personas “realmente no tienen
muchas opciones” (o libertades, como la libertad de elección). De modo que
en estos casos, no se trata de que la víctima quiera o no quiera cambiar, no se trata de que la víctima pueda elegir -o no- abandonar a un abusador, porque en estos casos, sus opciones están restringidas.
Pero, fuera de estas circunstancias particulares, en la mayoría de las culturas, las víctimas tienen la opción de darle la espalda a una relación abusiva. Tienen la opción de abandonar a un abusador. Tienen la opción de buscar y conseguir ayuda (terapia, red de apoyo emocional, ayuda
económica, asesoramiento legal, etc.) y tienen la opción de comprender que hay abusadores que pueden cambiar y otros que no.
3. El ámbito social: el trabajo, los amigos, la pareja (noviazgos o