6.4 Trapped electron induced chemistry at the ASW/vacuum interface
6.4.2 Mechanism of work function modification in D 2 O/Cu(111)
No basta saber que el paraíso ya no existe, sino que el peso de la sentencia está dado por la confesión que hace la voz poética de haber ejecutado la acción. Sin embargo, sería posible recuperar el paraíso en los efectos que la práctica de ese sujeto pudiera tener. Esta posible práctica social estaría garantizada por su pertenencia a un «nosotros» de justicia y verdad, que le proporciona la identidad necesaria para la elaboración de su proyecto utópico en el distanciamiento que marca frente a la realidad desde la que este sujeto enuncia su discurso. Su propio extrañamiento le proporciona un ángulo privilegiado para reconocerse como proyecto alternativo de recuperación para una realidad enferma.
Nuevamente incorporo la idea de «comunidad emocional» para aclarar que la gente se percibe como parte de un nosotros en la medida en que comparte una emoción, o un sentimiento común, que hace que nos reconozcamos en comunión con los otros. Al mismo tiempo se desarrollan mecanismos de solidaridad aunque sea en la ilusión de una ciudad ideal o de pertenencia a una «cofradía justiciera» que cuestiona el orden, se ríe de las medidas del gobierno y de los políticos, demanda,
27 Jesús Martín-Barbero, op. cit., p. 87. 28
exige, cuestiona, y hace un contrarrelato del periódico o del noticiero televisivo. Estos graffitis pueden ser leídos como relatos cortísimos que, a manera de polos de atracción del imaginario colectivo, comparten sentimientos, valores e identidades locales.
Siglo XX
telaraña de
tristeza
Una telaraña tejida con textos múltiples que han ido configurando un lugar común en la literatura universal: la idealización del pasado y la nostalgia por la pérdida del paraíso. Otra vez la tristeza ante una pérdida, ante un vacío que pareciera empujar al deseo en una carrera hacia el objeto que no existe, hacia una carencia que pudiera ser colmada por la agencia de esa comunidad proyectada al futuro.
Esa idealización recurrente pudiera ser registrada en la rebeldía modernista contra el destino del hombre, en el culto al héroe heredado del romanticismo, en el proyecto de la ciudad letrada por rectificar la realidad. En los graffitis el sujeto de enunciación se construye en función de ciertas legitimidades que incorporan, entre otras, una retórica de corte modernista reciclada en la construcción de la imagen poética, en el sistema metafórico, en la voluntad de estilo; en fin, en un movimiento en el que el graffiti mismo se vuelve institución. Parto, entonces, de una mirada hacia el modernismo para construir con algunas de sus propuestas y alcances los lentes con los cuales leer algunos de nuestros graffitis.
Junto a las circunstancias de cada época hay actitudes ante el mundo y el arte que, en sucesivas metamorfosis, reaparecen una y otra vez a lo largo del tiempo. La crisis de conciencia que experimenta la humanidad de fines del siglo XIX, que recogió el modernismo y que en muchos sentidos genera la visión contemporánea del mundo, parece repetirse en este nuestro fin de siglo/milenio. Esta incertidumbre se presenta, ahora, como resultado del descrédito de las viejas utopías y de las visiones redentoras y totalizadoras de la historia.
Tomando en cuenta estos aspectos quiero considerar el despliegue de la subjetividad, para comprender un rasgo fundamental de la estética modernista y su implicación en el graffiti: el yo de la enunciación lírica deja traslucir a través del yo del enunciado su subjetividad rebelde, producida por oposición a la propia modernidad capitalista, a la democratización y masificación política y cultural resultante de la urbanización, y a la vida cotidiana en la ciudad moderna. Esa misma subjetividad –melancólica, crepuscular, que se interroga, desde el desencanto y la desilusión, por el sentido del progreso y de la historia– puede ser descubierta entre los pliegues del graffiti contemporáneo en ese gesto de persistencia de la subjetividad que conquista espacios públicos.
Frente al mundo moderno, frente al orden y la ley de la ciudad nueva, los modernistas se rebelaron en nombre de la inocencia, la fiesta, lo saturnal, lo dionisíaco, lo exótico, lo diferente, lo lejano; produjeron textos, crearon nuevos órdenes discursivos, nuevos cánones; educaron, en suma. En estos graffitis escuchamos la voz de un sujeto moral que, en el mismo gesto de rechazo, asume la investidura del poder al señalar lo equivocado en un registro que subvierte y a la vez educa.
Me parece que estos aspectos de la retórica modernista –que aparece reciclada en muchos graffitis– legitiman precisamente una práctica marginal. Es interesante ver el camino recorrido por el gusto modernista, que comenzó por entrar en los periódicos, que llegó al sistema educativo (sobre todo de la escuela secundaria, donde dominó cerca de medio siglo), que culmina en el pasillo ecuatoriano como expresión musical popular y, más recientemente, en el graffiti de estos últimos años que termina exportado a los Estados Unidos. Este graffiti se muestra como un discurso que apela a un deseo retórico de convencer, que construye un espacio escritural donde las palabras convocan a otras que vienen de la tradición «culta». Así, pues, el sujeto que habla apela a palabras ya dichas que pertenecen a una cultura de la militancia, para volver a decirlas y actualizarlas de manera diferente. Hay allí una retórica que pone en juego la práctica del comentario: «Lo nuevo no está en lo que se dice, sino en el acontecimiento de su retorno.»29
Como lo había señalado, percibimos en este graffiti el retorno de textos que generaron la producción discursiva en las décadas de 1960 y 1970, cuyos valores estaban en relación a su funcionalidad en favor de los intereses de la revolución posible. Su presencia actual ocupa el lugar de una pérdida, ya no en el esfuerzo de creación de una utopía sino de apropiación de un reconocimiento social ya existente como mecanismo para circular como textos sancionados. De esta manera, el graffiti irrumpe en la vida urbana en tanto práctica que hace habitable la ciudad al otorgarle al sujeto que la recorre las herramientas para su propio reconocimiento en el curso de su peregrinaje urbano, que lo familiariza con lo extraño al permitirle hallarse en el eco de palabras conocidas.
Si pensamos en los mecanismos de reconocimiento a los que el graffiti bello apela, no son casuales las marcas y los dibujos –el ojo, el triángulo, el relojito, la lágrima, las espadas cruzadas, entre otros– que son utilizados para firmar estos graffitis. El «ojo» como simbología de la visión intelectual, del conocimiento y la penetración profunda, incluso símbolo de la divinidad desde el antiguo Egipto y utilizado también por la tradición cristiana. El «triángulo» como modo de consignar la perfección: la simbología del número tres, que en la mayoría de las culturas representa lo acabado y lo sagrado. El «reloj» como aquello que va marcando el tiempo de los hombres, más acá y más allá de una plenitud liberada del límite
29
temporal. La «espada» sugiere guerra; en la tradición cristiana la espada de San Miguel representa la guerra contra los poderes malignos y es también atributo de justicia que separa el bien del mal.30
Visto así, podemos distinguir en el graffiti un valor emblemático en que el grabado, en este caso el objeto dibujado como firma, refuerza la comunicación «epigramática» de la escritura graffitera. Como en la literatura emblemática clásica, hay en esta utilización simbológica una intención pedagógica, un ideal de enseñanza y un juego intelectual en el manejo de códigos que suponen un lector con el conocimiento necesario para reconocer el sentido que ellos esconden.
Es posible pensar la simbología de las firmas graffiteras como objetos mágicos al servicio de la voluntad que asume el sujeto de la enunciación como administrador de justicia social, como demiurgo de un nuevo orden.
Hay en el graffiti una presencia de lo hiperbólico, de carga emocional, de gestualidad exagerada; su misma composición gráfica es de grandes letras en la gran pared. Podemos hablar de una suerte de retórica del exceso, por un lado, en la ambición de su proyecto enunciativo que apunta a la organización de un «nosotros», como unidad producida en la delimitación de un territorio privilegiado y, por otro, en los saberes y códigos incorporados que convocan varias tradiciones.