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Con este recorrido histórico Taylor pretende mostrar cuáles son las fuentes de la identidad moral del sujeto moderno, refiriéndose a las diversas articulaciones del bien que más han influido, según él, en la configuración de la identidad moral del hombre moderno. Sin embargo, en este apartado lo que se plantea también es que han existido una serie de prácticas sociales que, unidas a determinadas articulaciones de ideas, han ido configurando la identidad del hombre moderno. En este sentido hay que replantear si las ideas son determinantes de las prácticas sociales o si ha sido al revés, han sido las prácticas las que han condicionado las ideas. Según Taylor, no existe una relación única e invariable entre ambos ámbitos, sino que depende de cada situación histórica. Un cambio de ideas puede producir un cambio de prácticas sociales y sin embargo en otras ocasiones, un cambio de prácticas sociales determina un cambio de ideas. En el caso de la identidad moderna, según Taylor, ésta surgió de la relación de una nueva autocomprensión del sujeto debido a un

nuevo ámbito de prácticas sociales en la religión con el autoexamen; en la vida familiar con la crianza de los niños; en la vida económica con los contratos; en la vida social con la expresión de los sentimientos y en la vida intelectual con la búsqueda del conocimiento científico.

a) La afirmación de la "vida corriente"

Es uno de los elementos principales en la configuración de la identidad moral de hombre moderno. La "vida corriente" se entiende como aquel tipo de actividades o de vida que se apoya en lo necesario para vivir y renovar la vida, sin plantearse en absoluto lo que sea la "vida buena". En otras palabras, la vida corriente se reduce al trabajo, la sexualidad, la pareja y la familia. En el mundo griego ni en el mundo medieval existía una neta separación entre la vida teórica, la vida "buena" por un lado y la vida corriente, por otro. Francis Bacon fue de los primeros que superó esa división al declarar que la ciencia debe estar al servicio de la vida corriente, ya que debe aliviar

la condición humana. El artesano se convierte en la teoría de F.Bacon en alguien más importante

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que el científico o el filósofo para el progreso de la Humanidad. En el siglo XVII se comienza a vislumbrar que la "ética del trabajo" es más importante que la "ética del honor". Por eso, si el orgullo y la vanidad eran la base de la ética del honor, ahora ya es el amor sexual y familiar y la igualdad en el trato la base de la nueva ética del trabajo.

En el origen de esta nueva ética del trabajo, del comercio y de la actividad productiva está la teología protestante que preconiza una fe total en el poder y en la misericordia de Dios; además rechaza totalmente la mediación de la Iglesia y reduce al mínimo el lugar de lo "sagrado". Todo el peso recae para la teología protestante en el compromiso personal de cada individuo. La plenitud de una vida cristiana ya no toma como modelo a los monjes, como en la Edad Media, sino al ciudadano normal en su trabajo y en su vida familiar. Se trata ahora de una vocación personal y de una relación íntima con Dios. La vida corriente se puede santificar a través de la fe en Dios y del trabajo bien hecho; y ello se hace además desde una noción e interpretación antijerárquica del Evangelio. Es curioso que esta idea de “santificación por el trabajo” también haya sido adoptada en el siglo XX por una de los grupos más poderosos dentro del catolicismo, el Opus Dei; aunque, evidentemente, en un contexto mental y social totalmente distinto.

Toda la moral puritana propia del luteranismo se basa en la crítica de dos errores de perspectiva del catolicismo. Por un lado, intenta superar el ascetismo monacal que renuncia a los bienes de este mundo y por otro, tratar a las cosas mundanas como un valor y un fin en mismo, como algo bueno por sí mismo. Estas ideas fueron analizadas brillantemente por Max Weber en sus trabajos sobre el calvinismo y el capitalismo de los siglos XVII y XVIII, como ya se ha señalado antes.

Para el filósofo y sociólogo Michael Walzer en el calvinismo y el puritanismo se da un horror profundo hacia el desorden social y personal y por ello se exige a los miembros del grupo una férrea disciplina personal y un trabajo continuado; de este modo se asegura un orden social estable.

Existe, por lo demás una coincidencia entre el programa filosófico de F.Bacon y la teología puritana; en ambos casos se llama a una rebelión contra la autoridad tradicional y un total apoyo a la utilidad del saber y del conocimiento. La ciencia para Bacon nos proporciona el conocimiento de las leyes de la Naturaleza y para ello haya que utilizar, de acuerdo con la teología puritana, todos los instrumentos racionales y experimentales que Dios nos da. De ahí surgirá posteriormente el pragmatismo norteamericano, cuyo fin es teológico, apoyado en la legitimación religiosa del trabajo, tal y como la conciben los puritanos.

De hecho en la Inglaterra de 1640 se produce una curiosa confluencia entre la nueva ciencia proclamada por F.Bacon, la nueva religión anglicana y la nueva revolución democrática

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contra el absolutismo monárquico. En esa línea filosófica hay que situar la defensa que hace J.Locke de que la ley natural es la conservación de la vida, de la libertad y de las posesiones. Según esto, Dios nos llama a trabajar a fin de que utilicemos lo mejor posible todos los medios de la Naturaleza y de este modo podamos cubrir todas nuestras necesidades y la defensa del bien común. También Locke fomentó la ética y los valores morales de la "vida corriente": el trabajo pacífico y laborioso para producir más y mejor para uno mismo y para los demás.

En ese sentido, Locke insiste en la importancia de la educación de los niños en esos valores, ya que todos tendemos por naturaleza al orgullo, a la pereza y al gusto por dominar y poseer. Como señala de modo irónico Taylor, "Dios gusta de los adverbios" y si el lema monástico de los medievales era "vivir devotamente", para Locke el lema preferido será "vivir racionalmente". Es Dios quien nos ayuda a elevarnos desde el amor exagerado hacia uno mismo, hasta el amor racional hacia sí mismo y hacia los demás. El bien moral aparece como algo al alcance de la razón humana y en este sentido la "gracia divina" se presenta como algo innecesario. En definitiva, se establece una visión deísta del mundo que funciona como un engranaje arquitectónico perfecto de seres armoniosamente organizados.

b) El deísmo

Como se ha señalado antes, el deísmo es una concepción cristiana del mundo que deja a Dios en segundo plano y confía, ante todo, en las leyes propias del mundo que la razón humana es capaz de descubrir. Muchos ilustrados ingleses y franceses de los siglos XVII y XVIII participaron de esta visión deísta cuyas principales tesis son: El papel central del sujeto como razonador

autónomo y el suplemento de la gracia.

Según el análisis de Taylor, hay varios autores que constituyen el precedente más adecuado de la identidad moral del hombre moderno por su incidencia en el utilitarismo moderno y ellos son todos defensores de una concepción deísta. Entre estos autores destaca Taylor a Shatesbury y a Hutcheson. En lo que se refiere a Shatesbury, los rasgos más importantes desde el punto de vista de la moralidad moderna son varios. En primer lugar, una interiorización o subjetivación de una ética teleológica de la Naturaleza frente a Hobbes y a Locke. Y en segundo lugar, la transformación de una ética del orden y de la armonía en una ética de la benevolencia; la virtud principal ya no es la justicia ni la templanza, sino la beneficencia.

Con Hutcheson se da un paso más en la dirección del sujeto moral moderno; sus críticas a Hobbes y a Locke se extienden también al francés La Rochefoucauld. A todos ellos les reprocha ese concepto de "moral extrínseca" que centra toda la moral en cuanto al bien y al mal en el amor de sí o en el egoísmo. Para Hutcheson la bondad y la generosidad no son "naturales"; no son

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nuestros motivos para actuar; según él, tenemos un "sentido moral" superior por el que algunas acciones son buenas; tienen unas propiedades morales de carácter secundario basadas en las cualidades primarias de nuestras acciones; pero el último fundamento del "sentido moral" es que Dios ha querido en su Providencia que sea así, aunque podría haber sido de otro modo.

El resumen del pensamiento ético de Hutcheson sería que el sentido moral que poseemos nos inclina hacia la benevolencia y además la benevolencia es la que mejor se adecua a nuestra felicidad. En el fondo, todo sucede porque Dios ha organizado así el mundo y el amor de sí mismo y la benevolencia son necesariamente compatibles. Este concepto de benevolencia universal preparó el camino al utilitarismo moderno que consiste en un cálculo matemático de la moralidad de las acciones.

Para concluir este análisis del deísmo en relación con sus fuentes morales, se puede decir que hay dos elementos esenciales:

1º) La dignidad del sujeto desvinculado y responsable de sí mismo con clarividencia y responsabilidad y

2º) La dignidad del sujeto también en los sentimientos que hay en nosotros.

c) Una nueva cultura moral en el siglo XVIII

Las fuentes del yo moral en la modernidad tienen mucho que ver con una serie de cambios culturales que van fraguándose a lo largo del siglo XVIII y que tienen que ver con aspectos sociales, económicos y estéticos que generan cambios en las actitudes éticas del hombre moderno. Entre ellos podemos analizar brevemente con Taylor algunos de los siguientes: el nacimiento de la novela moderna; la importancia del trabajo productivo, del matrimonio y de la familia; la nueva valoración del sentimiento; el individualismo moderno; una nueva relación con la Naturaleza; una nueva concepción de lo político basada en los derechos de las personas; la eliminación del sufrimiento y la importancia de la expresión personal.

La novela moderna

Con la aparición de la novela moderna se produce una igualación de los personajes y de los estilos. Asimismo todos son igualados al narrarse la vida corriente. Frente a los clásicos (Calderón, Shakespeare y Racine) que distinguían a cada personaje con su estilo literario, ahora la novela nivela a todos y los sitúa en el mismo registro lingüístico. Se trata de gentes con nombres y apellidos. De personajes y acciones de la vida corriente. Se produce un declive de los arquetipos, de lo general en beneficio de lo particular y de lo concreto.

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Una nueva idea del sujeto aparece en la novela moderna; ahora la identidad del yo sólo se puede encontrar en la autonarración y no en la asunción de un relato arquetípico, escrito y contado por otros. Ya no existen, por así decir, escritos "canónicos" que marquen el modelo a seguir. El modo moderno de narrar es en la novela moderna, la autobiografía que precisamente surge en España con la obra "El Lazarillo de Tormes" y con la novela picaresca española. Posteriormente con Rousseau y con Goethe adquiere relevancia en toda Europa.

Nueva concepción del matrimonio

Surge con la época moderna una nueva idea acerca del matrimonio; a partir de ahora se ve el vínculo de la pareja como un afecto entre compañeros, entre el marido y la mujer. Aparece la relación matrimonial como un compromiso personal y afectivo. También empieza a surgir una rebelión contra la familia patriarcal y una reivindicación de la autonomía personal. Se intenta liberar a la familia del control de la sociedad.

Junto a esta revalorización del sentimiento y de los afectos en la vida de las personas y de las relaciones humanas, surge también la demanda de privacidad que hasta entonces era desconocida. Aparece con ello el deseo de intimidad de la pareja, tanto en casa como en el lugar de trabajo. La familia de las clases medias de la época de la Revolución Industrial se empieza a considerar como un refugio ante un mundo desalmado. De hecho, en la Francia e Inglaterra del siglo XVIII, se consagra la moral del sentimiento con novelas como Pamela de Richardson y La

nueva Eloísa de Rousseau. En ambas se exaltan los nobles sentimientos como el amor, la

benevolencia y la devoción por la virtud. Y con ellas comienza también un nuevo culto a la sensibilidad; se pasa del heroísmo clásico a la complacencia y, más tarde, a la melancolía. Esta melancolía encierra un peligro y es que se pase sin tránsito ni paso intermedio de la tristeza a la desesperación. Un ejemplo muy significativo es la obra de Goethe Las desgracias del joven

Werther (1774). En esa obra se relata el heroísmo del amor y de la renuncia total basada en la

nobleza y en la pureza de los sentimientos.

Incluso en el campo religioso del cristianismo, los sentimientos adquieren también una importancia central con movimientos como el pietismo, el metodismo y el hasidismo. Se trata siempre de reivindicar una piedad más profunda y una vida más santa, junto a la convicción personal, el compromiso moral y la devoción intensa.

La vuelta a la Naturaleza

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