Scientific discussion during initial procedure I INTRODUCTION
MEDICINAL PRODUCT Description and Composition
Cuatro mil veces la altura de un hombre, ocho mil quinientos pasos medianos hasta la fortaleza de Ilios, pero también hubiera podido estar al otro lado de un mar. La llanura -rica y fértil llanura aluvial- bullía de personas en insensata huida: pescadores y sus familiares de los pueblos de las colinas costeras, campesinos de los dispersos caseríos y granjas, remolinos en los que guerreros de los puestos avanzados troyanos se abrían paso con el arma desnuda por entre la multitud, o angosturas de los caminos en las que las gentes se atropellaban, pisándose, pateándose unos a otros hasta incluso la muerte.
Tashmetu, Ninurta y Tsanghar habían escalado la colina del sur; los otros se habían quedado en el barco.
-Fue una buena decisión no correr a la ciudad. -Tashmetu puso una mano en el hombro de Ninurta- . No quisiera verme atascada en medio de esa multitud.
Tsanghar chasqueó la lengua.
-Vamos a ver cómo se divierten -dijo, y se sentó con las piernas cruzadas y miró fijamente la llanura.
El Escamandro y otro río, más pequeño (quizás un antiguo brazo secundario), desde el sur, y el Simois desde el este, habían inundado el país durante eones y desplazado la costa hacia el norte. A cuatro mil veces la altura de un hombre al nordeste de la colina en la que se encontraban estaba la montaña de la fortaleza, con sus templos, palacios y viviendas, tras fuertes muros; al sur y al suroeste la ciudad baja rodeada de un muro. La vieja ciudad baja... la segunda, más reciente y también fortificada, se extendía por la insana orilla norte del Simois. Allí se había drenado el suelo en las décadas anteriores y se habían desecado las ciénagas para dar espacio a todo el mundo. Ninurta había oído decir que a menudo había fiebres o las había habido; él mismo nunca se había visto afectado, y en sus estancias se había sentido notablemente mejor en la ciudad «nueva».
Pero las tres -fortaleza, ciudad vieja, ciudad nueva- estaban infinitamente lejos, los caminos bloqueados, los campos también... ganado, carros y personas: hombres, mujeres, niños, viejos; y guerreros con todo su equipo de armas y carros. Allá donde el Escamandro abandonaba el profundo abismo al norte de la ciudad había -sobre la confluencia con el Simois- un puente, y Ninurta no quería saber lo que estaría pasando allí ahora.
Según todos los indicios, la parte principal de la flota de Acaya iba a entrar en el estrecho aprovechando el fuerte viento del oeste. Algunos barcos ponían proa a la costa occidental, para ocupar la bahía y los pueblos al norte de ella. El gran puerto de Troya, entre la punta norte de la cadena montañosa y la más occidental de las tres desembocaduras, pronto bulliría de aqueos; probablemente llevarían allí parte de sus barcos -los peores- y los desguazarían para tener madera para hacer viviendas y fuego. ¿Y después? ¿Una matanza en la llanura?, ¿un largo asedio?
Los otros mercaderes cuyos barcos estaban en el muelle se habían quedado en la taberna para que la embriaguez de la noche anterior no desapareciera de forma demasiado abrupta. Dos de los barcos pertenecían a escitas; apestaban miserablemente y más parecían chuchos desgreñados que cepillados mulos. Buhoneros escitas, que infestaban los países de los alrededores del estrecho con mercancías dudosas. Tashmetu le había preguntado si los escitas traficaban con cadáveres añejos; Ninurta sospechaba que lo que hedía de esa manera eran pieles sin curtir. Y pescado ya anciano, metido en saladísima hiel de culebra.
Cuan do volvieron a descender, Lissusiri también se había calmado. Que los dioses, había gritado, ahoguen a los aqueos en vómito de perro y meados de demonios; dado que hasta ahora no parecía haber signos de que fuera a cumplirse su deseo, parecía conformarse con la sordera o incapacidad de los dioses; él y el otro piloto, Qingo, se dedicaban a poner a buen recaudo todas las partes móviles, subir a cubierta los dos timones de popa que habían sacado de sus carriles de bronce y, en general, preparar el Provecho de Keret para una larga estancia en el malecón. Bod-Yanat cocinaba en el pequeño fogón instalado en el centro del barco algo que tenía un olor exquisito. Con gesto rabioso, dijo que había que comerse las mejores cosas antes de que empezara el saqueo.
Esperar. Los barcos se acercaban. Más. Al norte de la bahía, los primeros llegaron a la orilla, encallaron en la playa (Ninurta imaginó que los oía rechinar). Tashmetu estaba a su lado en el castillo de popa; no dijo nada, sólo cogió su mano, cuando algunos roñosos veleros recogieron velas a derecha e izquierda del muelle.
Los melenudos aqueos (de enredada melena) salieron de los oscuros, ventrudos, apestosos barcos; órdenes y maldiciones llenaron el aire; hombres armados con lanzas corrieron hacia los edificios, más lejos, hacia las primeras colinas. Luego...
Nada. Casi una decepción. Los capitanes de los barcos y los jefes de tropa repartieron a los hombres, los enviaron aquí y allá A ocupar caminos, asegurar accesos, buscar agua, ganado, fruta. Se empujaron a la playa los peores barcos, que de todas maneras no resistirían el viaje de vuelta, fuera cuando fuese, y una vez descargados se los volcó. Hombres con hachas se dedicaron a desguazarlos; otros vinieron con cuerdas y sierras, cestas llenas de clavos y otras herramientas, para hacer con las cuadernas los primeros alojamientos.
-¿No nos ven? -dijo Tashmetu en voz baja.
-Nos ven, pero tienen otras cosas que hacer. Se ocuparán de nosotros en cuanto no se les ocurra otra cosa mejor.
Con el sol ya en el ocaso un hombre de túnica roja y alto yelmo con penacho subió al muelle acompañado por siete u ocho guerreros. Al acercarse a la flota, los otros mercaderes ya habían subido a sus barcos; entretanto, quien más quien menos estaba ya sereno. El del yelmo se detenía brevemente junto a cada barco, cambiaba unas palabras con el responsable, daba -al parecer- escuetas instrucciones y seguía adelante.
De pronto, Ninurta se echó a reír. Sacudió la cabeza y dijo, volviéndose hacia Tashmetu: -De vez en cuando uno tiene que tener suerte. Ahora le reconozco.
-¿Quién es?
-El señor de todos nosotros... al menos de nombre. Celeo, príncipe de Yalussu, bajo cuyo nombre se nos permite surcar los mares.
El príncipe de Yaliso no apestaba, a diferencia de la mayoría de sus hombres; llevaba el pelo corto bajo el casco, como pudieron ver cuando se lo quitó y se lo puso bajo el brazo. En su rostro moreno se dibujó una sonrisa divertida, que parecía disimular cierta preocupación. Los dientes eran blancos y cuidados.
-Hubiera debido imaginar que te encontraría aquí. No es que me alegre especialmente. -Estiró el brazo derecho; Ninurta aferró brevemente la muñeca.
-¿Por qué no te alegra?
Celeo miró el barco despejado, los rostros de los miembros de la tripulación, luego acarició con los ojos el rostro de Tashmetu.
-Entre otras cosas, debido a esta hermosísima mujer.
-Tashmetu -dijo Ninurta-. Princesa de los mercaderes de Ugarit, desde hace poco participa en la noble empresa que abusa de tu nombre para eterna vergüenza.
Celeo apuntó una pequeña reverencia.
-¿Princesa de los mercaderes? Me temo que mis guerreros aqueos y los demás príncipes no sepan qué hacer con una mujer inteligente. Y el uso que piensan dar a las mujeres hermosas es precisamente lo que me alegra tan poco. ¿Tenéis algo de beber?
Bod-Yanat y Tsanghar trajeron copas y un ánfora con vino. Celeo bebió un largo trago, suspiró y se apoyó en la pared lateral del castillo de popa.
-¿Negocios, asirio? ¿Con los troyanos o con nosotros?
-Con todo el que quiera negociar. -Ninurta entrecerró los ojos hasta convertirlos en dos ranuras-. Habla de tu preocupación, señor, no de nuestros negocios.
-Puedo protegeros... durante unos días, quizás una luna, pero no mucho más. Las órdenes de Agamenón son inequívocas... Debemos confiscar velas y remos; tenemos que cuidar de que no escape nadie que tenga a bordo algo que pueda sernos de utilidad; quien no está con nosotros y negocia con nosotros está contra nosotros y se le impedirá mediante la espada negociar con otros. Así de sencillo.
Tashmetu puso una mano en el hombro de Ninurta.
-Tu príncipe es un hombre sincero. No puedo decir que su sinceridad, su verdad me entusiasme especialmente, pero de todos modos...
Celeo rió ligeramente.
-¿Debo contaros mentiras? Que viajéis y comerciéis en mi nombre no tiene valor; el poder reside en Agamenón, y actualmente éste sólo conoce amigos y enemigos, no hay término medio.
-¿Qué debemos hacer?
Celeo miró a la playa, hacia los edificios.
-Os quedaréis aquí. En vuestro barco o en la taberna... Yo preferiría el barco. El aire aquí es mejor. -Arrugó la nariz-. Pasarán unos días antes de que las cosas se hayan arreglado: alojamientos, manutención, por no hablar de combates. ¿Después? No lo sé. ¿Qué carga lleváis?
-Armas. Buenas armas.
-¿Para nosotros o para Troya? -Celeo levantó los brazos con gesto de negativa-. Pregunta estúpida; lo sé. Mejor no digas nada. -Calló unos instantes, pareció cavilar; luego dijo-: El problema es que algunos príncipes han decidido que hay dos clases de hombres... aqueos y carentes de valor. No importa nada que viajéis en mi nombre, o para el rey del país de los juncos o para los dioses del hemisferio oriental.
Ninurta se esforzó en que su respuesta no fuera demasiado sarcástica:
-¿Aqueos y carentes de valor? Una visión sorprendente, amigo mío... Sobre todo porque hasta ahora no he conocido a ningún aqueo. Aqueo como tal, quiero decir.
Celeo asintió; su mirada se hizo un tanto lúgubre.
-Sólo atenienses, espartanos, argivos y los verdaderos aqueos, lo sé. Pero los príncipes han decidido que el rapto... Bueno, el pérfido abandono de su esposo por parte de Helena es una afrenta para todos los que se sirven de la lengua más o menos aquea, ya sea con acento del norte o del sur...
-¿Con lo que los señores afirman un ser supraordenado... digamos, una esencia, que sin duda no es aprehensible, pero que abarca a todos los hombres que hablan aqueo y se toman el derecho de raptar a mujeres ajenas, como Ariadna o Medea?
Celeo vació su copa y se separó de la borda.
-Siempre es un placer charlar contigo. Por desgracia lo que dices es cierto, y no cambia nada la situación. Si hubieras nacido en Yaliso, de cualquier madre y de padre aqueo o, por lo que a mí respecta, micénico, ahora podría dejarte marchar. Pero como no es así -se encogió de hombros- os quedaréis aquí. Soy el encargado de este sector, así que nos veremos de vez en cuando. Cuando las cosas estén mejor ordenadas, si los caudillos están de buen humor, quizá, tras una primera pequeña victoria, podríamos intentar hacer algo con vuestras armas.
Los guerreros de Celeo incautaron las velas y los remos y los guardaron en un cobertizo, igual que los equipos de los otros mercaderes. No había nada que hacer salvo esperar, y mientras Tashmetu y Ninurta eran capaces de pasar el tiempo con conversaciones inteligentes y discutir las distintas formas y desarrollos de la espera, y sus especiales peculiaridades, que mostraban a un espectador atento las múltiples formas del no hacer nada, a los marinos del Provecho de Keret se les hacía cada vez más fatigoso no tener más carga que el vacío. Tsanghar contaba historias de las montañas de su patria... Historias que se hacían cada vez más enmarañadas y confusas, hasta que finalmente se deshilachaban y hacían más agobiante, por acumulación, el tiempo que debían ayudar a pasar. Bod-Yanat se llevaba una y otra vez algunos hombres a buscar algo comestible por los alrededores; pero los aqueos no les dejaban ir muy lejos, y allá donde se les permitía buscar hacía mucho que los guerreros lo habían saqueado todo. La comida se hacía más escasa y siempre era igual; de los otros mercaderes y del propietario de la taberna no se podía obtener nada. Algunos de los hombres dormían en tierra, en el muelle, en la arena, junto a la taberna; en una ocasión se produjo una seria pelea, y el marino que sus compañeros cargaron hasta el Provecho de Keret vivió lo justo para decir «no me andes hurgando» Cuando Bod-Yanat quiso examinar las profundas heridas.
Entonces Tsanghar empezó a encargar cosas a la gente; Ninurta le dio fragmentos de metal para que en caso necesario negociara con los hombres de los otros barcos o incluso con los aqueos. El gasqueo quería madera, cuerdas, clavos en grandes cantidades y toda clase de herramientas; había algunas de esas cosas a bordo, pero Tsanghar alegaba no querer tocar esas reservas, porque habría que echar mano de ellas para volver a la isla. Ninurta se esforzaba asimismo por mantener a la tripulación de un humor soportable; inventaba recuerdos de lejanos lugares y extrañas costumbres, y enseñaba a los marinos primero a no ahogarse en las aguas poco profundas de la bahía, y después incluso a nadar.
Los aqueos mantenían la colina ocupada y observaban tanto la llanura como la playa; más afuera, en el mar, remeros de guerra navegaban día y noche arriba y abajo. En varias ocasiones, Ninurta vio cómo apresaban barcos, los obligaban a fachear y los saqueaban o «descargaban», por emplear la expresión de Celeo. Por él y sus guerreros se enteraron de lo que pasaba en torno a Troya; oyeron hablar del primer baño de sangre, cuando los troyanos y los licios de Sarpedón atacaron a los aqueos durante el desembarco, de las luchas con Cicnos (Ninurta necesitó un rato para reconocer bajo ese nombre al príncipe Cuculis, con el que había negociado hacía años), de las víctimas de una hecatombe -cien bueyes menos que alimentar», dijo Celeo- en el altar de Apolo, de Filoctetes y la mordedura de la serpiente. El ejército de Agamenón mantuvo ocupada la llanura al oeste del Escamandro e hizo cada vez más rapiñas hacia el sur para conseguir alimentos y sembrar el pánico en los vecinos (y súbditos) de Troya.
Pero todo esto era como ruido lejano. Se les dejaba subir a la colina, pero no descender a la llanura; y lo que veían desde arriba no era mucho más que tropas en movimiento y, al norte, de forma poco clara, una masa de construcciones que antes no estaban allí: tiendas de campaña y los barracones hechos con los barcos desguazados. Se decía que, como no había suficiente forraje, había que matar muchas más reses de las necesarias para alimentar a los guerreros.
-Mi compasión es limitada -dijo Tashmetu.
Como casi siempre, Ninurta y ella habían preparado un lecho para la noche en el extremo más alejado del muelle, donde no se les molestaba y no tenían que exigir a la tripulación, aburrida y escasamente alimentada, que soportara sin participar, pero no indiferentes, los placeres carnales de los propietarios.
Tashmetu se frotó el trasero contra la velluda entrepierna de Ninurta.
-Esta vez con los aqueos, oh, hombre agotado. Mi compasión para con los animales... Aunque casi me da pena la serpiente que ha mordido a Filoctetes. Sin duda es meritorio, pero Ulises la mató después, ¿no?
La brisa nocturna que venía del mar era fresca; Ninurta subió el embozo de la manta y dejó reposar su mano derecha entre los pechos de Tashmetu.
-Mmmm -dijo ella.
-En lo que se refiere a la serpiente -mordió suavemente los hombros de Tashmetu-, tengo mis dudas.
-¿Dudas? ¿De qué clase?
-Un escita de la taberna (apesta que da asco ese tipo, pero sabe lo que se lleva entre manos), bueno, ese escita dice que sin duda aquí hay serpientes, pero pocas son venenosas, y que las venenosas no viven precisamente junto a los altares de Apolo. Además, se esconden con mucha rapidez cuando muchos pies de hombres pesados hacen temblar el suelo. Por eso, se pregunta cómo es posible que una serpiente mordiera a Filoctetes precisamente junto al altar.
-¿Tiene una explicación?
-Digámoslo así... tiene una arriesgada sospecha. Filoctetes es uno de los hombres más inteligentes del ejército. Se dice que sólo Palamedes y Ulises son un poco más listos que él. Y entre los príncipes, según se cuenta, no todo es puro amor y concordia. ¿Qué ocurriría, dice el escita, si se redujera el número de príncipes inteligentes?
Tashmetu calló.
-El superviviente tendría más poder e influencia, ¿no?
-Y una parte mayor en el botín -dijo Tashmetu-. Es demasiado cierto como para ser increíble. Pero ¿cómo? ¿Y qué pasa con la herida?
Ninurta resopló levemente.
-Los escitas tienen malos pensamientos; creen a todo el mundo capaz de todo, sobre todo a los aqueos. Ese hombre dice que lo que ha oído acerca de la herida de Filoctetes le recuerda ciertas cosas.
-¿El qué? La herida apesta, está ulcerada, destila un líquido repugnante y duele tanto que Filoctetes no deja dormir a la gente con sus gritos... por eso se lo han llevado a Lemnos.
-El escita dice que hay un veneno que se unta en las flechas... en las puntas de las flechas, más exactamente. Dice además que las bélicas mujeres de Azzi, las amazzyunas, son especialmente buenas envenenando flechas. Si el veneno es antiguo, tiene exactamente el efecto de la mordedura de la serpiente en Filoctetes.
Tashmetu suspiró ligeramente. Se volvió boca arriba y miró la negrura del cielo.
-El veneno de las flechas de las amazzyunas... y la mordedura de la serpiente de Filoctetes. Me parece que están más separadas que nosotros aquí abajo y las estrellas allí arriba.
Entonces se detuvo.
-¿O no? ¿No se supone que Filoctetes heredó las flechas de Hércules?
-Así es, oh prudentísima de las bellas y bellísima de las prudentes. Las flechas envenenadas del gran matón, que en el viaje de vuelta desde la Cólquida estuvo con Jasón y con Teseo y los otros en la costa del país de Azzi, donde causaron tales estragos que se dice que una tropa de mujeres furiosas los persiguió hasta Atenas. Su jefa montaba un caballo negro, por eso los aqueos la llamaron Melanipe.
-Pero... -Tashmetu titubeó. Finalmente, dijo-: ¿Quieres decir que alguien cogió una serpiente inofensiva, la soltó junto al altar de Apolo y pinchó al mismo tiempo a Filoctetes con una de sus propias flechas? Pero ¿quién;
Ninurta no respondió.
-Naturalmente; tienes razón. -Se sentó y le miró-. Hay que tener una mente muy retorcida para idear algo así. Pero está claro; sólo uno de los príncipes pudo llegar hasta el carcaj. Y fue muy inteligente al matar enseguida a la serpiente.
-En una ocasión quise meterle por los ojos un arco, pero ya tenía uno. Sabe manejar las flechas. Tashmetu volvió a dejarse caer, esta vez del otro lado, mirando frente a frente a Ninurta.
-Es extraño lo que se le ocurre a la gente si nadie se lo impide. Ynosotros nos sentamos aquí en el muelle, vemos romper las olas, contamos las estrellas y nos ejercitamos en el dulce no hacer nada.
El asirio sonrió.
-Algunas formas de no hacer nada que producen sudor me son especialmente queridas, gracias a tu colaboración.
-Eso habla en nuestro favor, creo yo. Cualquier idiota puede destilar diligencia. Requiere mucha