rofundo terror! ¡Oh, Dios! ¡Un horror que sobrepasa mis peores miedos! Voy a morir a causa de esto, sin duda alguna. Ha venido mi tío desde Greenwich y me ha hecho llamar. ¿Qué puede querer de mí? Estoy segura de que la conversación que mantuve con el rey ha llegado a sus oídos y se ha imaginado lo peor, y querrá devolverme a casa con mi abuela, por mi indecorosa conducta. Me voy a morir. Si me devuelve a Lambeth me moriré de humillación. Pero si me envía de regreso a Horsham me alegraré de morirme de aburrimiento. Pienso arrojarme al río que hay allí, como se llame, el río Horsh, el río Sham, incluso al estanque de los patos si es preciso, y me ahogaré, y todos lamentarán que me haya ahogado y haberme perdido para siempre.
P
Debió de sucederle lo mismo a la reina Ana cuando se enteró de que iba a comparecer ante él acusada de adulterio y se dio cuenta de que él no iba a ponerse de su parte. Debió de sentirse aterrorizada, enferma de pavor, pero juro que no más de lo que siento yo en este momento. Podría morir de miedo, podría morirme incluso antes de verlo.
He de encontrarme con él en los propios aposentos de lady Rochford; es obvio que la ignominia es tan grande que ha de quedar entre nosotros, los Howard. Cuando entro, la encuentro sentada en el antepecho de la ventana, de manera que supongo que ha sido ella la que le ha hablado del asunto. Me sonríe, yo la miro con expresión ceñuda por ser una vieja chivata y pongo un gesto antipático para indicarle a quién doy las gracias por mi triste suerte.
—Mi señor tío, os ruego que no me enviéis a Horsham —digo nada más trasponer la puerta.
Él me mira con el ceño fruncido.
—Yo también te doy los buenos días, sobrina —responde en tono glacial.
Me inclino en una reverencia, casi hasta ponerme de rodillas.
—Os lo ruego, mi señor, no me enviéis tampoco a Lambeth —digo —. Os lo suplico. Lady Ana no está disgustada conmigo, rió cuando le dije que... —Dejo la frase sin terminar. Me doy cuenta, demasiado tarde, de
que tal vez no sea demasiado inteligente contarle a mi tío que le he dicho a la prometida del rey que, aunque él está gordo y viejo, también es profundamente vanidoso—. No le dije nada —me corrijo—. Pero está complacida conmigo y dice que seguirá mi consejo aunque mi abuela piense que soy una lerda.
La carcajada sardónica que lanza mi tío me indica que coincide con el veredicto de mi abuela.
—Bueno, exactamente mi consejo no, mi señor; pero está complacida conmigo, y el rey también, por eso me ha regalado un broche de oro. ¡Oh, os lo ruego, tío, si permitís que me quede no volveré a decir nada, no respiraré siquiera! Os lo suplico. ¡Soy completamente inocente de todo!
Él lanza otra carcajada.
—Lo soy —insisto—. Os lo ruego, tío, no me volváis el rostro, confiad en mí. Seré buena, lograré que sintáis orgullo por mí, procuraré ser una perfecta...
—Oh, calla, estoy contento contigo —dice él.
—Haré lo que sea...
—He dicho que estoy contento contigo. Levanto la vista.
—¿De veras?
—Por lo visto tu comportamiento ha sido excelente. ¿El rey ha bailado contigo?
—Sí.
—¿Y ha conversado contigo? —Sí.
—¿Y ha dado la sensación de haberse quedado impresionado contigo?
He de reflexionar un instante. Yo no habría dicho que la palabra exacta sea «impresionado». No actuaba igual que un joven que bajara los ojos de mi rostro para mirarme los pechos al tiempo que me hablaba, ni se sonrojara cuando yo le sonreía. Además, el rey estuvo a punto de caer sobre mí cuando retrocedió ante el rechazo de lady Ana. Todavía estaba afectado. Habría hablado con quien fuera, con tal de disimular lo dolido y violento que se sentía.
—Conversó conmigo —repito con un gesto de impotencia.
—Me complace mucho que te haya honrado prestándote atención — dice mi tío. Habla despacio, como si fuera un preceptor de escuela y yo debiera entender algo.
—Oh. —Mucho.
Lanzo una mirada fugaz a lady Rochford para ver si ella le encuentra alguna lógica a esto. Ella me responde con una sonrisa breve y un gesto de asentimiento.
—Me ha regalado un broche —le recuerdo a mi tío. Él me mira con fijeza.
Hago un pequeño mohín.
—Nada comparable a la marta cibelina que le ha regalado a lady Ana.
—Espero que no. Pero ¿es de oro? —Sí, y muy bonito.
Se vuelve hacia lady Rochford. —¿Lo es?
—Sí —contesta ella. Ambos intercambian una sonrisa tenue, como si se entendieran bien el uno al otro.
—Si su majestad te honra hablando de nuevo contigo, has de procurar ser muy agradable y encantadora.
—Sí, mi señor tío.
—De pequeñas atenciones como ésas surgen grandes favores. El rey no se siente complacido con lady Ana.
—Le ha regalado una marta cibelina —le recuerdo—. Muy lujosa. —Ya lo sé, pero ésa no es la cuestión.
Al parecer, la cuestión soy yo, pero, muy inteligentemente, no corrijo lo que dice, sino que me quedo quieta y espero.
—Te verá a diario —dice mi tío—, y tú has de seguir agradándole. Entonces es posible que te regale una marta cibelina también a ti. ¿Comprendes?
Lo de la marta cibelina lo entiendo a la perfección. —Sí.
—De modo que si quieres regalos, y mi aprobación, habrás de hacer todo lo que esté en tu mano para comportarte con el rey de forma encantadora y complaciente. Lady Rochford te aconsejará al respecto.
La aludida afirma con la cabeza.
—Lady Rochford es una dama de la corte sumamente sabia y experta —prosigue mi tío—. Hay pocas personas que hayan conocido mejor al rey a lo largo de su vida. Lady Rochford te explicará cómo has de proceder. Es nuestra esperanza y nuestra intención que el rey te procure un trato de favor, que, dicho en pocas palabras, se enamore de ti.
—¿De mí?
Ambos asienten. ¿Se han vuelto locos? El rey es un viejo, hace años que debe de haber renunciado a todo pensamiento relativo al amor. Tiene una hija, lady María, que es mucho mayor que yo, casi lo suficiente para poder ser mi madre. Es feo, tiene la dentadura podrida y cojea de tal forma que se balancea igual que un ganso gordo y viejo. Un hombre así debe de haber dejado atrás todo pensamiento referente al amor hace mucho tiempo. Es posible que a mí me vea como a una nieta, pero nada más.
—Pero si va a casarse con lady Ana —señalo. —Aun así.
—Es demasiado viejo para enamorarse.
Mi tío me lanza tal mirada ceñuda que dejo escapar un leve grito de terror.
—Necia —dice al poco.
Dudo unos momentos. ¿De verdad estarán intentando decir que desean que ese rey anciano sea mi amante? ¿Debería yo decir algo acerca de mi virginidad y mi reputación intachable, cosa que en Lambeth parecía importar mucho?
—¿Y mi reputación? —digo con un hilo de voz. Mi tío vuelve a reír.
—Eso no importa —replica.
Vuelvo la mirada hacia lady Rochford, que se suponía que debía ser mi carabina en una corte lasciva, vigilar mi comportamiento y proteger mi reputación.
—Ya te lo explicaré más tarde —me dice.
En ese momento comprendo que no debo decir nada. —Sí, mi señor —respondo en tono sumiso.
—Eres una muchacha muy bonita —me dice mi tío—. He dado dinero a lady Rochford para que te hagan un vestido nuevo.
—¡Oh, gracias!
Mi tío sonríe al ver mi repentino entusiasmo y acto seguido se vuelve hacia lady Rochford.
—Voy a poner un sirviente a vuestra disposición. Podrá ocuparse de vos y de lo que le mandéis. Según parece, es posible que merezca la pena poner un hombre a vuestro lado. ¿Quién lo habría pensado? Sea como sea, mantenedme informado de cómo evolucionan las cosas.
Lady Rochford se levanta del asiento y hace una reverencia. Mi tío se va sin pronunciar otra palabra. Las dos nos quedamos solas.
—¿Qué es lo que quiere? —pregunto totalmente desconcertada. Ella me mira como si estuviera tomándome medidas para un vestido, me recorre de arriba abajo con los ojos.
—Por ahora no te preocupes —responde en tono amable—. Está complacido contigo, y eso es lo principal.