3. Structural basis for Mep2 ammonium transceptor activation by phosphorylation
3.7. Mep2 function does not correlate with protein expression levels
El comercio ilegal de arte precolombino se ha convertido en una especialidad en constante crecimiento,
desde hace unos sesenta años. Floreciente y lucrativo, el mercadeo de tiestos, cerámicas, bronces y esculturas talladas en piedra, posee una atracción tal que es explicable no sólo por la belleza intrínseca de las piezas que se trafican, sino por una serie de factores que las han hecho tremendamente codiciadas.
Soto, 1997. COLECCIONISMO EN EL SIGLO XIX E INICIOS DEL XX
Para abordar este tema, se revisó diferentes fuentes, tanto primarias como secundarias y terciarias, con el fin de cruzar variables que permitiera lograr una mejor panorámica de la situación. Se partió con el escrutinio de la literatura especializada (catálogos, informes de extranjeros, libros, entre otros) para ubicar los datos de del siglo XIX y antes de 1938. Mientras que para el tracto que va de ese año, hasta 1982 se revisó la documentación de los permisos de exportación presente en el Departamento de Protección del Patrimonio, MNCR, así como otros catálogos y bibliografía referente al tema.
Las antigüedades en el exilio: bienes arqueológicos costarricenses en el extranjero Para el siglo XIX, las investigaciones arqueológicas científicas, semi científicas y de saqueo se llevaron a cabo en los lugares que estaban mayormente poblados, tal es el caso de la depresión tectónica Central, Guanacaste y de forma aislada en los de expansión de fronteras agrícolas como la zona Sur, San Ramón, Turrialba, etc. (así como cerca de los sitios de paso cercanos a las obras de comunicación importantes: caminos carreteros al pacífico, y líneas férreas especialmente la del Caribe).
Como se mencionó en el apartado del saqueo, los artefactos producto de las culturas indígenas ya interesaban a los viajeros y coleccionistas europeos desde el siglo XVIII y XIX, así como norteamericanos, estos últimos principalmente a partir del XX.
Dicho fenómeno no fue exclusivo de Costa Rica, todo lo contrario, se puede extrapolar a toda América Central. Entre los nombres más populares están: los nobles Bourbourgh, von Frantzius, von Friedrichsthal, von Nordenskiöld, Maler, de Périgny; los
187
empresarios cafetaleros como Dieselsdorff, Sapper, von Schröder, Wiss, empresarios ferroviarios y mercantiles como Meyer y Keith. De igual manera no escapó el poder eclesiástico, como ellos Storck y Thiel. Entre los diplomáticos más reconocidos estuvieron von Scherzer, Squier, y como periodistas resaltan Wagner y Belly (Künne, 2007, s. p.).
A mediados del siglo XIX los nuevos Estados centroamericanos, buscaron conocer científicamente sus territorios, delimitarlos e inventariar sus riquezas. Es así como llegaron muchos de los científicos citados. Los objetos excavados se consideraron generalmente como yacimientos naturales. La revaloración del pasado arqueológico americano, desde el punto de vista europeo expansionista de la cultura, se dio por medio de un proceso de idealización de las culturas prehispánicas americanas:
“La nueva manera de visualizar el continente americano fue primeramente esbozada por el
sabio alemán Alexander von Humboldt. Se afirma que fue este investigador alemán quien redefinió a la América española después de la independencia. Fue el pionero en “reinventar” el continente americano para las nuevas élites burguesas europeas del siglo diecinueve, para las que era necesario tener una nueva imagen de América que le permitiera adecuarla a las “vastas posibilidades expansionistas del capital europeo, su tecnología, bienes y sistemas de pensamiento”. Por ello, ocurrió una “transformación espectacular” en la mentalidad de las élites no sólo europeas sino igualmente de las élites latinoamericanas, que comenzaron a adoptar para sí una visión que la “intelligentsia” europea tenía el paisaje y de los habitantes originales de América […]” (Pratt, 1995:12).
De acuerdo con las ideas de Humboldt y sus seguidores, los vastos espacios territoriales americanos eran concebidos como naturaleza originaria, ocupados por plantas y criaturas entre ellas las humanas, listas para empezarlas a historizar (Ibíd.:127). Gracias a esta nueva interpretación de los hallazgos arqueológicos y los objetos que de ellos se obtenían, surge un mercado internacional, cuya intensificación se da alrededor del año 1850. “Su aparición causó una división laboral entre búsqueda, rescate, transporte y venta de
los objetos encontrados (Hartman, 1901, 1907). Los numerosos compendios arqueológicos resultantes, derivaron tanto de la iniciativa de coleccionistas de origen europeo (von Schröder, Wiss, de Zeltner) y norteamericano (Brandsford, Keith, Mc Neil) como del interés de los aficionados arqueológicos de América Central (Matarrita, de Obaldía, Troyo, Velasco)” (Künne, 2007, s. p.).
Los encargados de suplir con bienes a los coleccionistas del siglo XIX llevaban principalmente, objetos que consideraban rituales o suntuarios posteriormente, se coleccionó también artefactos de la cultura cotidiana (al menos las enviadas a Europa), (Eisleb, 2001; Hermannstädter, 2002; Kraus, 2004, en Künne, 2007, s. p.). Se intentó llevar
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inventarios de la procedencia de los objetos, aunque estos no eran muy detallados en la mayoría de los casos.
Inicialmente, estas colecciones interesaron por los detalles estilísticos, en menor cantidad funcionales, y aún más escasamente en lo cronológico; por lo que estas posibilitaron hacer los primeros acercamientos a caracterizaciones arqueológicas de la zona (e. g. Mc Curdy, 1911; Lothrop, 1926, Mason, 1945; entre otros). Unido a lo anterior, se buscó definir los orígenes y difusión de culturas antiguas (e. g. Lehmann, 1907; Lothrop, 1926). Más adelante, estas interpretaciones estuvieron apoyadas en la información recientemente recopilada por medio de documentos históricos, para el caso de Costa Rica inclusive se catalogaba los materiales según etnias descritos en tres principales grupos: Huetares, Bruncas y Chorotegas (Lines, 1939). Así, ante las amenazas de olvido que conllevaba el avance industrial, el establecimiento sistemático de colecciones arqueológicas servía a la conservación de una memoria universal de la historia, la cual podría ser considerada como una biblioteca de objetos para el futuro (Künne, 2007, s. p.).
Los primeros objetos procedentes de la península de Nicoya y adquiridos por una institución científica fueron reunidos por el cónsul alemán en San José Johann Friedrich Lahmann y vendidos al Museo de Historia Natural en Bremen para una fecha tan temprana como lo fue 1862. Dichos artefactos se integraron a la colección general de antigüedades de Costa Rica, cuya cantidad de ejemplares rondaban las mil unidades (Hartman, 1991: 122). Lahmann reunió cientos de artefactos “antigüedades” costarricenses durante su vida en el país. Esta atrajo al zoólogo y mineralogista alemán Freiburg Heinrich Fisher, especialista en nefrita y jadeíta, quien para 1875 estudió 65 de estos objetos desde 3 puntos de vista (formal estilístico, tecnológico y mineralógico) y presentó resultados muy detallados y adelantados para la época (Hurtado de Mendoza, Alvarado y Lüke, 2007: 36-37).
A pesar de que estas prácticas coleccionistas son los antecedentes del trabajo de los arqueólogos pioneros, dicho desarrollo fue circunstancial y estuvo asociado a los fines de los museos norteamericanos y europeos, quienes interesados en los artefactos del tercer mundo, financiaban las exploraciones, compra de piezas y colecciones, actitud que era fomentada entre sus compatriotas en el extranjero, es así como:
“El mismo Fischer, en una nota de pie de página, nos informa q
de jade que sometió a estudio, es “una pequeña parte de la más de 1000 piezas que contiene la colección de antigüedades costarricenses, las cuales fueron recolectadas en el transcurso de varios años por el Sr. Cónsul Joh. Friedr.
comprada por una asociación de ciudadanos de Bremen por un precio de 10 000 marcos alemanes a manera de contribución voluntaria, y fue donada de la manera más generosa a las colecciones estatales de historia na
(Hurtado de Mendoza, Alvarado y Lüke, 2007: 37
Figura Nº 45 Material arqueológico coleccionado por Carl Hartman, regado del Ing. Ake Sjögren.
Fuente: Museo Etnográfico de Estocolmo, Suecia, 13.
En la última década del siglo XIX, llegó a Costa Rica Carl V. Hartman gracias a una beca que obtuvo en Suecia y con financiamiento complementario de su amigo Sjögren quien lo alentó por primera vez en 1896 para
“[…] hiciera excavaciones en Costa Rica con el propósito de lograr una bonita colección
de piezas indígenas, tanto para el Museo Etnográfico de Estocolmo, como para el propio Sjögren […] al visitar Costa Rica y hacer excavaciones
reunir objetos encontrados y formar con ellos colecciones completas primera estadía en 1896
detalladas descripciones de los lugares donde las encontró
zona de Nicoya] que ya conocía, y a comprar algunas colecciones importantes para el
Museo Carnegie, que él sabía estaban en venta. De esta manera aseguró para ese museo norteamericano la colección más grande de objetos arqueológicos costarricenses fue Costa Rica” (Brunius; 1984, en Hartman, 199114
189
El mismo Fischer, en una nota de pie de página, nos informa que la colección de objetos de jade que sometió a estudio, es “una pequeña parte de la más de 1000 piezas que contiene la colección de antigüedades costarricenses, las cuales fueron recolectadas en el transcurso de varios años por el Sr. Cónsul Joh. Friedr. Lahmann en San José. La colección entera fue comprada por una asociación de ciudadanos de Bremen por un precio de 10 000 marcos alemanes a manera de contribución voluntaria, y fue donada de la manera más generosa a las colecciones estatales de historia natural y etnografía de Bremen en diciembre de 1879”
(Hurtado de Mendoza, Alvarado y Lüke, 2007: 37-38).
Material arqueológico coleccionado por Carl Hartman, regado del Ing. Ake
Fuente: Museo Etnográfico de Estocolmo, Suecia, colección Hartman. En: Hartman, 1991:
En la última década del siglo XIX, llegó a Costa Rica Carl V. Hartman gracias a una beca que obtuvo en Suecia y con financiamiento complementario de su amigo
por primera vez en 1896 para que,
hiciera excavaciones en Costa Rica con el propósito de lograr una bonita colección de piezas indígenas, tanto para el Museo Etnográfico de Estocolmo, como para el propio
al visitar Costa Rica y hacer excavaciones […] Hartman tenía en
reunir objetos encontrados y formar con ellos colecciones completas
primera estadía en 1896-1897 envió a Suecia más de 3600 piezas indígenas con sus detalladas descripciones de los lugares donde las encontró […] [en 1903 vuelve pero
que ya conocía, y a comprar algunas colecciones importantes para el Museo Carnegie, que él sabía estaban en venta. De esta manera aseguró para ese museo norteamericano la colección más grande de objetos arqueológicos costarricenses fue
” (Brunius; 1984, en Hartman, 199114-15).
ue la colección de objetos de jade que sometió a estudio, es “una pequeña parte de la más de 1000 piezas que contiene la colección de antigüedades costarricenses, las cuales fueron recolectadas en el transcurso Lahmann en San José. La colección entera fue comprada por una asociación de ciudadanos de Bremen por un precio de 10 000 marcos alemanes a manera de contribución voluntaria, y fue donada de la manera más generosa a tural y etnografía de Bremen en diciembre de 1879””
Material arqueológico coleccionado por Carl Hartman, regado del Ing. Ake
colección Hartman. En: Hartman, 1991:
En la última década del siglo XIX, llegó a Costa Rica Carl V. Hartman gracias a una beca que obtuvo en Suecia y con financiamiento complementario de su amigo Ake
hiciera excavaciones en Costa Rica con el propósito de lograr una bonita colección de piezas indígenas, tanto para el Museo Etnográfico de Estocolmo, como para el propio Hartman tenía en mente reunir objetos encontrados y formar con ellos colecciones completas […]. Durante su
1897 envió a Suecia más de 3600 piezas indígenas con sus
[…] [en 1903 vuelve pero a la
que ya conocía, y a comprar algunas colecciones importantes para el Museo Carnegie, que él sabía estaban en venta. De esta manera aseguró para ese museo norteamericano la colección más grande de objetos arqueológicos costarricenses fuera de
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Tabla N° 9 Colecciones en el extranjero para finales del siglo XIX e inicios del XX
La tabla N° 8 resume las principales colecciones conocidas para la época. La gran mayoría fueron acumuladas por europeos, lo cual coincide con la importancia que
34 Regalo de su amigo Ake Sjögren.
Dueño Lugar Cantidad Referencia Ubicación conocida
Europa Johan Friedrich Lahmann Guanacaste y Valle Central (VC en adelante) Aprox. 5600 Bransford, 1881, 1884; Hurtado de Mendoza, Alvarado y Lüke, 2007 Ethnologisches Museum Berlin; y Museo de Historia Natural de Bremen desde 1862.
Carl V. Hartman34
Guanacaste Más de 31 Hartman, 1991:
118
Sin dato, Fotografía Museo Estocolmo Carl V. Hartman Limón, VC, Puntarenas, Guanacaste Aproxima damente 17400 Hartman, 1901; 1991 Carnegie Museum of Natural History Pittsburgh, Ethnografiska Museet Stockholm. Áke Sjögren Costa del Pacífico, Guanacaste No se indica Hartman, 1991: 123
No se indica, algunas las obsequia a su amigo Carl Hartman.
Juan J. Matarrita
Nicoya 80 Hartman, 1991:
107
Entregó a Carl Hartman, posiblemente Museo Etnográfico de Estocolmo. Guido von Schroeder Las Guacas (cerca, Irazú) Aprox. 1200
Hartman, 1991: 73; Museo Etnográfico de Viena.
Sin dato Limón y VC Mínimo 4 Lothrop, 1926 Museo Británico.
Estados Unidos de Norteamérica Minor Keith VC, Guanacaste, Limón y Pacífico Sur 16608 artefactos Lothrop, 1926; Saville, 1929; Mason, 1945; Steward, 1967; Künne, 2007 Museos: American of Natural History; of the American Indian; National Washington y el Brooklyn Museum de 1914 a 1929.
Sin dato Guanacaste,
VC y Limón
Mínimo 51
Lothrop, 1926 Museo Nacional de
Estados Unidos.
Sin dato Guanacaste,
VC, Limón y Buenos Aires
Mínimo 36
Lothrop, 1926 Museo Peabody.
Padre Velasco III y IV Colección de las Guacas, Guanacaste III: 2600 IV: 2172 Hartman, 1901, 1907 y 1991; Museo Mercantil de Filadelfia, luego al Museo Libre de Ciencia y Arte de Pennsylvania y al Museo Carnegie.
191
tuvieron los estudiosos de ese continente en la elaboración de inventarios y estudios sobre botánica, geografía, geología, etnografía, entre otras tan frecuentes para finales del siglo XIX. Muchos extranjeros fueron protagonistas en la temática en la tenencia de colecciones, pero uno de los más reconocidos fue el empresario norteamericano Minor Cooper Keith quien acaparó una gran colección con objetos procedentes de la zona de Línea Vieja, Limón (Lothrop, 1926; Mason, 1945; Steward, 1967).
No obstante, el mismo Hartman aclaró para finales del siglo XIX, que objetos extraídos de esa zona se encontraban en múltiples manos, tal es el caso de un artefacto muy difícil de observar, un cilindro de piedra semejante al usado por los peones para afilar sus machetes el cual estaba adornado con cabezas pequeñas de animales en uno de sus extremos; según indicó al momento de sus escritos, ya existía uno muy semejante a ese en el Museo Nacional de Washington y cuya procedencia era muy probable, que fuese del mismo sitio: finca Las Mercedes (Hartman, 1991: 68).
Con Keith que se abrió -para las épocas republicanas- la primera etapa de saqueo arqueológico, ya que luego de una tormenta y de forma “accidental” observa en una finca bananera en Las Mercedes de Guácimo, un artefacto de oro. Es así como de “manera
casual” se dedica a desenterrar -con cuadrillas de trabajadores-, objetos arqueológicos de materiales y características diversas. Su interés en estos le llevó a coleccionar artefactos provenientes de regiones como el Valle Central-Caribe, Guanacaste y el Pacífico Sur (Stewart, 1967: 183; Skinner, 1926; Mason, 1945). Su colección alcanzó los 16 608 artefactos de oro, jade, cerámica y lítica; dicha colección fue traslada a Estados Unidos y al morir se subastó (Lines, 1955: 61-49).
Otras son citadas en la literatura de la época, lamentablemente no se presenta mayor dato sobre las mismas, tal es el caso de las que para 1926 todavía conservaba la familia Keith, la de Mr. Anderson, de las cuales Lothrop 1926 señala 6 artefactos procedentes de Guanacaste, así como 1 que le perteneció a la Sra. Doña Angélica Baldioceda.
Coleccionismo en Costa Rica
Para el siglo XIX era habitual que la élite dueña de grandes propiedades, ejemplo de ello don José Ramón Rojas Troyo (dueño de la Hacienda Guayabo y Agua Caliente ambas en Cartago), extrajeran de sus fincas grandes colecciones de artefactos
192
arqueológicos. Al morir Troyo le heredó al Estado parte de su colección, la cual junto a otras, incidió en la apertura del Museo Nacional de Costa Rica en 1888 (Alvarado, 2008: 1). Algunos de los artefactos de la colección Thiel, así como de la Troyo y los recuperados por Anastasio Alfaro (extraídos de Agua Caliente y Guayabo de Turrialba), formaron la muestra de objetos arqueológicos que representaron al país en la Exhibición Iberoamericana en Madrid en 1892. De lo anterior existe un catálogo que ilustra parte de las características de dichos artefactos (Peralta y Alfaro, 1893).
Aquí es preciso diferenciar entre los coleccionistas, cuya afición por poseer bienes los lleva casi de manera dependiente a adquirirlos de manera compulsiva y selectiva, siendo los artefactos valorados por lo que representan para sus dueños (entre eso la selectividad, como se expuso en la primera sección del presente apartado), de las personas con tenencia, cuyos fines son muy diferentes por ejemplo, quienes acaparan una gran cantidad de objetos con el único fin de trasegar con ellos, tal y como lo hicieron Velazco y Matarrita, quienes comercializaban lotes de piezas, las cuales se constituyeron en colecciones una vez que fueron vendidos y atesorados como tales.
Para esas fechas, la codicia y dividendos que generaba el trasiego arqueológico, impulsó aun más el saqueo. Siguiendo con el ejemplo anterior, en 1877 dos costarricenses Antonio Carrillo y el cura de Nicoya José María Velasco, formaron una sociedad comercial para excavar tumbas aborígenes y vender su contenido.
La primera colección obtenida la llevaron al Museo Nacional de Costa Rica y la segunda que constó de 2600 piezas la embarcaron para exhibirla en la “Exposición de Algodón de Atlanta”. Pocas semanas después, el presbítero Velasco la vendió al museo de Carnegie por una suma considerable. Tan magnífico era el conjunto que el famoso investigador Max Uhle manifestó: “Examiné la colección arqueológica de Velasco procedente de
Costa Rica con vivo placer, y la considero como la base más representativa de antigüedades de Centroamérica. Esta colección es de extraordinaria importancia” (Quesada, 1976ba: 6). El papel del Sr. Matarrita fue de importancia para el MNCR, ya que fue un informante clave sobre las actividades de extracción por huaquerismo y del hallazgo de nuevos contextos en la zona (Fernández, 1898, citado por Corrales 2002: 269).
El poder eclesiástico fue clave en el tema del coleccionismo, como se indicó el padre Velasco en Santa Cruz Guanacaste, acopió un gran lote de piezas procedentes de Las Huacas, parte de la cual fue adquirida por el Museo Nacional en 1894 (Corrales,
2002:268). El Obispo Bernardo Augusto Thiel, en sus visitas a dis
(Talamanca, Zona Norte, y Palmar en el Pacífico Sur), aprovechaba para adquirir algunos artefactos precolombinos logrando acumular una gran colección que le permitió organizar el primer museo en Costa Rica en el Palacio Episcopal.;
conservan actualmente en el Museo Nacional, y una pequeña parte está custodiada por el Colegio Técnico Don Bosco en San José.
“Además, otros inventarios fueron reducidos o reordenados por ventas y donaciones
posteriores. El sacerdote presbiteriano José
1907-11) vendió sus colecciones a Carl Hartman (Carnegie Museum of Natural History Pittsburgh, Ethnografiska Museet Stockholm), a Anastasio Alfaro (Museo Nacional de Costa Rica) y a Walter Lehmann (Ethnologisches Museum Berlin). Los compendios de Thiel, Matarrita, Velasco y Troyo representan componentes integrantes de las colecciones arqueológicas del Museo Nacional de Costa Rica en el presente”
Figura Nº 46 Exposición de la colección Troyo, exhibición en la I sede del Museo Nacional de Costa Rica.
Fuente: Colección MNCR. San Román,
En este contexto, las culturas prehispánicas fueron vistas como “
paganismo que había sido erradicado por la Biblia y la espada
lo anterior, durante la primera mitad del siglo en cuestión, el interés por las “antigüedades” estuvo restringido a unos pocos sacerdotes quienes mantenían sus propias colecciones, lo cu
institución a la que servían (la Iglesia) era la que generalmente destruía los objetos al considerarlos como “supercherías demoníacas
193
l Obispo Bernardo Augusto Thiel, en sus visitas a distintos lugares del país, (Talamanca, Zona Norte, y Palmar en el Pacífico Sur), aprovechaba para adquirir algunos artefactos precolombinos logrando acumular una gran colección que le permitió organizar el primer museo en Costa Rica en el Palacio Episcopal.; la mayoría de sus artefactos se conservan actualmente en el Museo Nacional, y una pequeña parte está custodiada por el Colegio Técnico Don Bosco en San José.
Además, otros inventarios fueron reducidos o reordenados por ventas y donaciones sacerdote presbiteriano José María Velasco (Museo Nacional de Costa Rica, 11) vendió sus colecciones a Carl Hartman (Carnegie Museum of Natural History Pittsburgh, Ethnografiska Museet Stockholm), a Anastasio Alfaro (Museo Nacional de