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Aunque es cierto que el psicoanálisis, conocido también como psicología dinámica o profunda, parte de unos presupuestos distintos y peculiares al de otras perspectivas psicológicas (por ejemplo, el conductismo), no por ello se aleja de los compromisos que todo científico de la conducta asume: establecer un campo real de estudio, en este caso, los procesos psíquicos inconscientes, es decir, ignorados por el sujeto, parte de los cuales pueden aflorar a la mente sometiéndose a una terapia psicoanalítica. In- consciente aquí no significa por tanto algo que se hace sin querer, de forma acciden- tal, sino que alude a los deseos, ideas, sentimientos, etc., desconocidos y generalmente repudiados por el sujeto por su carácter vergonzoso, agresivo, sexual, etc; investigar-
lo con una metodología adecuada (la técnica psicoanalítica, esto es, la terapia psico- lógica diseñada por Freud, a la que luego se le han hecho distintas modificaciones o innovaciones teórico-técnicas, por lo que hay muchas formas de hacer psicoterapia de inspiración psicoanalítica) y constituir un conjunto de principios o leyes que expli- quen, predigan y controlen los fenómenos mentales. De ello, se deduce la idea de que el psicoanálisis puede ser considerado una disciplina científica o sistema psicológico, aunque no de carácter empírico, sino de naturaleza histórico-hermenéutica o inter- pretativa, lo que implica la búsqueda de una comprensión dinámica y profunda del sentido de la conducta normal y anormal a la luz de sus determinantes inconscientes (Sánchez-Barranco, 1999), a lo que se oponen quienes creen que sólo con la meto- dología experimental puede decirse si un saber es científico o no, tildando así al psi- coanálisis de mito o pseudociencia. Frente a tal postura, historiadores de la psicología como Caparrós (1979) afirman que los psicoanalistas constituyen una comunidad científica particular, con unidad interna a pesar de que existan muchas subescuelas, con unos objetivos compartidos por sus miembros, con unos postulados teóricos y téc- nicos, con un sistema de instrucción para sus futuros miembros, con unos canales pro- pios institucionalizados de comunicación, etc.
Por otro lado, al poner en primer plano los procesos psíquicos inconscientes, el sa- ber psicoanalítico se opuso a la psicología académica coetánea que primaba el estudio de los procesos psíquicos conscientes, de ahí que fueran los únicos conocidos con el ca- lificativo de vida psíquica. Podemos decir, además, que los principios básicos, los modelos teóricos y los conceptos claves de la teoría psicoanalítica, se hallan compren- didos en la metapsicología freudiana, la cual incluye la descripción de los procesos psí- quicos desde una perspectiva estructural, económica y dinámica (e incluso evolutiva o genética). La perspectiva estructural o topográfica alude a las diferentes instancias que conviven en el aparato psíquico, las cuales no deben ser identificadas con estructura anatómica o neurofisiológica alguna, sino como una forma de explicar el funciona- miento de nuestra mente. Fue así como el creador del psicoanálisis formuló dos mo- delos o tópicas, acogiendo la primera de ellas al inconsciente (y no al subconsciente, término creado por P. Janet (1859-1947, psiquiatra francés, cuyo uso popular podemos achacarlo a la televisión o al cine), sin que Freud nunca lo usara y con el que se puede generar la falsa impresión de que se alude a algo ubicado en el cerebro debajo del cons- ciente, preconsciente y consciente. La segunda tópica incluye el ello, el yo y el super- yó, instancias que no se superponen con las anteriores, al coexistir en el yo y el super- yó elementos de naturaleza consciente o inconsciente, de ahí que el cambio terminológico se deba a razones teóricas y clínicas de Freud. El ello, que constituye la parte más primitiva de nuestro psiquismo, es decir, la que se forma en primer lugar, aco- ge aquellos deseos o impulsos (pulsiones) prohibidos o repudiados, de modo que entre el pasado y el presente no hay diferencia, de ahí su carácter atemporal, evidenciable en que en un sueño tengamos siete años y nos parezca muy real; otro de sus rasgos es el de guiarse por el principio del placer, esto es, por la consecución de un objetivo sin para ello tener en cuenta criterios morales o éticos, conductas reprobables que en ocasiones vivenciamos en los sueños, aunque distorsionando su contenido (deformación onírica), por lo que al levantarnos olvidamos que soñamos o expresamos nuestra extrañeza por tal sueño. El superyó, sin embargo, actúa como una especie de juez interior que nos dice lo que está bien o lo que está mal, siendo el yo el que debe mediar entre los dese- os del ello y las prohibiciones normativas impuestas por el superyó.
En cuanto a la perspectiva económica, supone concebir que nuestra mente posea una determinada cantidad de energía psíquica, que use de forma adecuada o inade- cuada, de ahí que se diga que tal energía está libre o ligada en nuestro psiquismo. En lo que respecta a la perspectiva dinámica, Freud pensaba que existen deseos de na- turaleza opuesta que perturban al sujeto, quien debe dar una solución a tal dilema (por ejemplo, deseos y posibilidad de mantener relaciones sexuales y al mismo tiempo poseer una conciencia moral demasiado rígida). Finalmente, la perspectiva ge- nética (o evolutiva) está vinculada a las fases de desarrollo psicosexual (oral, anal, fá- lica y genital) descritas por Freud para explicar el desarrollo afectivo y sexual de los seres humanos.