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actuaban con independencia, controlando y administrando una ha­

cienda, conocida como peculium. Era un recurso legal inventado, en

primer lugar, para permitir que los adultos funcionaran independien­

temente cuando aún estaban técnicamente bajo la patria potestas,

cuya tenacidad en Roma es una de las características más notables de

la historia social de esta civilización. La extensión del peculium a

los esclavos creó problemas legales de gran complejidad — en el caso de un proceso, por dar el ejemplo más claro— , pero no voy a tratar de ellos ahora, salvo alguna anomalía notable. Se podía dar el

caso, que de ningún modo era raro, de que un peculium^incluyera a

peculium quedaba como propietario de otros esclavos de fado, aun­

que no de iure. Las razones por las que he resaltado el peculium

quizá se puedan clarificar mejor mediante algunas preguntas retóri­ cas. ¿En qué sentido eran miembros de la misma clase, que nosotros (y los romanos) llamamos «esclavos», un esclavo cargado con cadenas

en uno de los ergastula agrícolas famosos y un esclavo que adminis­

traba una curtiduría importante, que era su peculium? ¿Cuál era

más libre, o más carente de libertad: un esclavo con su peculium o

un esclavo por deudas «libre»? ¿Se puede usar con utilidad el con­ cepto de libertad en tales comparaciones?

4. Con el fin de asegurar su control administrativo, los prime­

ros emperadores, empezando con Augusto y llegando al máximo con Claudio y Nerón, hicieron un uso cada vez más frecuente de sus propias familia; para administrar el imperio. Los servi y liberti Cíe sa­ ris, los propios esclavos y libertos del emperador, se encargaban de

las oficinas e incluso las dirigían durante un tiempo. Una cuidadosa investigación ha demostrado que, incluso entre estos esclavos impe­ riales, sus hijos no eran regularmente manumitidos a la vez que ellos, si es que también eran esclavos — aquí hay complicaciones, según la categoría social de sus madres, en las que no voy a entrar— , sino que seguían siendo servi Ceesaris, ascendiendo en el servicio, si eran

capaces de ello y ganando su propia libertad en su momento. De aquí que se produjera la interesante situación de que servidores civiles importantes no sólo salían de su dase de esclavos, sino que dejaban a sus hijos detrás, en esa dase. Y más interesante aún: se puede decir, generalizando, que, en la Roma del siglo i de nuestra era, las mayo­ res oportunidades para la movilidad social se daban entre los escla­ vos imperiales. Ni un solo hombre libre pobre podía haber al­ canzado una categoría social semejante a la del jefe de la ofidna de cuentas, o, para d caso, de alguno de los puestos más bajos de la administración. Dudo que se necesiten más comentarios.

III

Todas las sociedades que he estudiado, desde las del Oriente Pró­ ximo, en el tercer milenio a. de C., hasta el final del imperio roma­ no, compartieron, sin excepción y a lo largo de toda su historia, la necesidad de una mano de obra dependiente, sometida por coerción.

Estructural e ideológicamente, la mano de obra dependiente era in­

tegral, indispensable. En el primer libro del pseudoaristotélico Econó­

mico leemos: «De la propiedad, la especie primera y más necesaria,

la mejor y más manejable, es el hombre. Por ello, el primer paso consiste en procurarse buenos esclavos. Hay dos clases de esclavos: el intendente y el trabajador». Así, tal cual, sin justificación ni em­ bellecimiento. No hay necesidad de amontonar citas; es más sencillo señalar que ni siquiera los antiguos creyentes en la hermandad del hombre se oponían a la esclavitud; lo mejor que pudieron ofrecer el estoico Séneca y san Pablo el cristiano, fue alguna variación sobre el tema: «el rango social no importa». Se cuenta que Diógenes el cínico una vez fue capturado por piratas y llevado a Corinto para ser vendido. De pie en el lugar de la subasta, señaló a cierto corintio entre los compradores y dijo: «Véndeme a éste; necesita un amo» (Diógenes Laercio, VI, 74).

Lo más sintomático es la firme deducción en muchos textos anti­ guos, y a menudo la aseveración explícita, de que un elemento de la libertad era la libertad de esclavizar a otros. Aristóteles escribió lo siguiente en su Política (1.333 b 38 ss., traducido por Barker): «El

ejercicio de la guerra no debe perseguirse con el fin de esclavizar a los que no lo merecen, sino, en primer lugar, para no ser esclaviza­ dos por otros; en segundo lugar, para procurar la hegemonía ... y en tercer lugar, para enseñorearse de los que merecen la esclavitud».12 Se me puede objetar que soy injusto por seleccionar un texto de Aris­ tóteles, el exponente más rotundo de la doctrina de la esclavitud na­ tural, doctrina combatida en sus días ya y generalmente rechazada por filósofos de las generaciones posteriores. Probemos, pues, con otro texto (Lisias, 24, 6). Hacia el 400 a. de C. un ateniense invá­ lido, a quien se había quitado el subsidio con el pretexto de que su patrimonio le impedía cobrarlo, recurrió formalmente ante el Con­ sejo para que se reconsiderara su caso. Uno de sus argumentos era que ni siquiera podía permitirse comprar un esclavo que le ayudara, aunque esperaba poder hacerlo algún día. Aquí no se trata de ningún teorizante, sino de un humilde ateniense, que se dirige al cuerpo de conciudadanos con la esperanza de lograr de ellos una pequeña renta. Las deducciones — y la psicología entera— apenas podían salir a la luz con mayor agudeza.

No me propongo reanimar la vieja cuestión del origen de la de­ sigualdad de clases, ni preguntar por qué el trabajo dependiente era

indispensable. Mi punto de partida es el hecho de que, en todas las civilizaciones que estamos considerando, remontándonos hasta donde nos permite la documentación (incluyendo los nuevos documentos suministrados por las tablillas en Lineal B), había una confianza bien establecida en el trabajo dependiente. Todas estas sociedades, hasta donde podemos seguirles la huella, eran ya complejas, articuladas, je­ rárquicas, con una diferenciación considerable de funciones y una división del trabajo, con amplio comercio exterior y con instituciones políticas y religiosas bien definidas.

Lo que ocurrió después es lo que ahora me interesa más: la evo­ lución esencialmente distinta entre el Oriente Próximo y el mundo grecorromano, y, en este último, las fuertes diferencias en distin­ tos períodos, así como también la desigualdad de desarrollo en dife­ rentes sectores. Ya he indicado la diferencia fundamental, es decir, el cambio, entre griegos y romanos, de depositar confianza en el semilibre del interior a depositar confianza en los esclavos de propie­ dad del exterior, y, como corolario, la aparición de la idea de libertad. Surgió una situación social enteramente nueva, en la que no sólo algunos componentes eran diferentes de cualquier otro conocido hasta entonces, sino también las relaciones y difusión entre ellos, y el pensamiento. No somos capaces de rastrear el proceso, pero sí pode­ mos señalar su primera indicación literaria, fuera de toda duda, en el largo poema, Los trabajos y los días, en el que Hesíodo, un pro­

pietario beocio independiente del siglo vn a. de C., presumía de criticar libremente a sus superiores, los «príncipes devoradores de

regalos», con sus «juicios torcidos». En otro poema, Teogonia, tam­

bién atribuida a Hesíodo — y no importa si la atribución es correcta

o no, pues la Teogonia y Los trabajos y los días eran aproximada­

mente contemporáneos, lo cual basta para esta discusión— , la misma nueva situación social encontró expresión en otra área del comportamiento humano, en las relaciones del hombre con sus dio­

ses. Como expresó Henri Frankfort, el autor de la Teogonia «ca­

rece de precedente oriental en un aspecto: los dioses y el universo eran descritos por él como un asunto de interés privado. Tal liber­ tad nunca se oyó en el Oriente Próximo ...» .13 Era una doctrina firme en el antiguo Oriente Próximo que el hombre fue creado para la única y específica finalidad de servir a los dioses: ésta era la clara extensión, en un plano superior, de la estructura jerárquica de la sociedad. Ni la religión griega ni la romana compartieron esa idea.

El hombre fue creado por los dioses, naturalmente, y se esperaba de él que los sirviera de muchas maneras, y a la vez que los temiera, pero su finalidad, su función no era ésa, y por supuesto, no ésta sola. Institucionalmente, la diferencia se puede expresar así: mien­ tras que en el Oriente Próximo el gobierno y la política eran una función de la organización religiosa, la religión griega y romana era una función de la organización política.

Se llama a menudo a Hesíodo poeta-campesino, lo cual es inexac­ to, pues Hesíodo no sólo era un propietario de esclavos, sino que también asume la esclavitud como una condición de vida esencial para su clase. Desde el principio, por consiguiente, el esclavo del exterior era una condición para la libertad tan necesaria como la emancipación de los clientes junto con los esclavos por deudas. Los métodos con que se introducían los del exterior en la sociedad no reclaman nuestro interés. Pero vale la pena considerar por un mo­ mento un aspecto de la situación de los del exterior, el aspecto «facial», que es discutido mucho hoy día tanto por historiadores como por sociólogos, especialmente con referencia al Sur de Estados Unidos. Es importante tener presente que a menudo los «del exte­ rior» eran vecinos de estirpe y cultura similares; que, aunque los griegos intentaron denigrar a la mayoría de sus esclavos con la eti­ queta de «bárbaros» y aunque los escritores romanos (y sus segui­ dores modernos) están llenos de referencias desdeñosas a «orienta­ les» entre sus esclavos y libertos, la debilidad de esta simple clasi­ ficación y sus consecuencias eran bastante evidentes, incluso para ellos. El hecho decisivo es que la manumisión extendida y la ausen­ cia de endogamia estricta destruye cualquier fundamento para una comparación útil con el Sur de Estados Unidos en este aspecto. Cuando los legisladores romanos se ponían de acuerdo en la formu­ lación — «La esclavitud es una institución del ius gentium [derecho

de gentes], según la cual uno se ve sujeto al dominium de otro,

contrario a la naturaleza» (Digesto, I, 5, 4, 1)— decían en realidad

que la esclavitud era indispensable, que sólo era justificable con esta base, y que uno podía ser esclavizado precisamente porque venía del exterior. Un extranjero, en resumen, era del exterior. Esta defi­ nición tautológica es la mejor que podemos ofrecer. Por esto la ex­ pansión del imperio romano, por ejemplo, convertía automáticamente a grupos del exterior en habitantes del interior, libres.

histórica en algunas comunidades griegas, como en Atenas, y en Roma, hacia la polaridad del habitante del interior libre y el del exterior esclavo, mientras que en otras partes no se produjo una evolución comparable (o, si aparecieron signos incipientes de ello, pronto abortaron)? Max Weber sugirió que la respuesta estaba en la relajación del control real sobre el comercio y la aparición consi­ guiente de una clase comerciante libre que actuaron de catalizadores sociales.14 No tengo gran confianza en esta hipótesis, que no puede ser verificada ni falsada a partir de los datos griegos y romanos. Los cambios decisivos ocurrieron precisamente en los siglos de los que carecemos de documentación, y de los que no hay perspectivas rea­ listas de que se descubra nueva documentación. He de confesar in­ mediatamente ^que carezco de otra explicación. Volver a examinar el conjunto del mito griego y romano puede servir de ayuda, pero la esperanza reside, en mi opinión, en la documentación muy extensa del antiguo Próximo Oriente.

He dicho «esperanza», y nada más, porque no sirve de nada pre­ tender que el estudio de la esclavitud en el Oriente Próximo nos haya llevado muy lejos. Una razón es la clasificación primitiva en esclavos y libres, que ha sido mi tema, y ahora deseo volver a ello y proponer un enfoque. Decir simplemente, como he dicho hasta aquí, que había categorías sociales entre la esclavitud y la libertad, no basta, obviamente. ¿Cómo se ha de proceder para formular las diferencias entre un siervo bíblico que esperaba su liberación y el hombre que elegía la esclavitud a perpetuidad y tenía la oreja perfo­ rada para señalar su nueva categoría social? ¿O entre un ilota en Esparta y un esclavo en propiedad en Atenas?

El historiador griego de Sicilia, Diodoro, que escribió en la época de Julio César, nos da la siguiente variación del mito de He­ racles y Onfale. Dice que Heracles tuvo dos hijos mientras estuvo con la reina lidia, el primero de una esclava, mientras él estaba bajo esclavitud; el segundo de la propia Onfale, cuando había recuperado su libertad. Sin darse cuenta, Diodoro apuntó el camino. Todos los hombres, a no ser que sean Robinson Crusoe, son cúmulos de reivin­ dicaciones, privilegios, inmunidades, responsabilidades y obligaciones con respecto a otros. La categoría social de un hombre se define por el total de esos elementos que posee o que tiene (o no tiene) la posibilidad de adquirir. Hay que considerar a la vez lo actual y lo potencial: lo potencial de los serví Csssaris, por ejemplo, era siem­

pre un factor en la psicología de la categoría social del imperio ro­ mano de la primera época, y a veces pasó a ser una realidad, cuando uno de ellos subió lo bastante en la escala civil y llegó a ser liberto. Como es evidente, nada de eso puede expresarse en términos numé­ ricos, cuantitativos: no se trata de un hombre que tiene más privi­ legios o más responsabilidad que otro. Más bien se trata de la colo­ cación de la categoría social en un espectro o en una serie continua; los ¡serví Csesaris como clase, en este lenguaje, se hallaban más cerca

de la libertad que los esclavos de cualquier propietario privado ro­ mano.

Es posible, además, trazar una tipología de derechos y deberes. A título de ilustración, sugiero el siguiente esquema, a grandes líneas:15

1) Reivindicaciones a la propiedad, o poder sobre las cosas, ca­