Cuando la avaricia de alguien no tiene límites, las cosas pueden complicarse y salirse de control pues el utilizar la sexualidad olvidando por completo la línea entre lo moralmente tolerable y lo totalmente inadecuado y extremo, puede dejarnos envueltos en una situación bastante comprometedora sin darnos cuenta siquiera.
Por el contrario, la expectativa de tener sexo con alguien también genera un fuerte poder en algunos casos y el término que mejor ejemplifica a quienes utilizan esta artimaña para lograr beneficios es “calienta pelotas”, pues es justo a lo que se dedican durante meses, a dar largas y dejar entre ver que al final de una gran lista de favores, terminarán teniendo sexo.
Durante un par de años me dediqué a organizar eventos en diferentes instituciones, para los cuales necesitaba forzosamente interactuar con la mano derecha del director de mi organización a fin de que me facilitara permisos, personal, material o incluso me abriera un par de puertas con alguna llamada telefónica a altos mandos.
Desde el día en que me presentaron con él, su trato y sus miradas no dejaron lugar a dudas de lo libidinoso de su personalidad. Era un tipo con un muy buen nivel, totalmente seguro de si mismo y de un ego inalcanzable pero sumamente amable cuando se trataba de ligarse a una chica.
Por supuesto todos mis primeros encuentros con él fueron sutiles y muy profesionales, yendo directamente al punto del tema a tratar y tocando muy brevemente temas personales. Poco a poco éstos fueron ocupando más espacio en nuestros encuentros, hasta llegar al punto de comenzar a intercambiar comentarios sexuales. Al principio los comentarios se daban de forma casual y muy en general pero con el tiempo ambos fuimos personali- zando aquellas ideas.
Comentarios como: “con este frío se antoja un encerrón” fueron subiendo de tono hasta llegar a convertirse en frases como “¿no se te antojaría empiernarte conmigo?” y cosas por el estilo. Por supuesto que a mi me encantaba aquél hombre pero el acostarme con él estaba totalmente fuera
de mis intenciones, yo únicamente disfrutaba darle alas, coquetearle de vez en cuando y dejarle entrever que algún día pasaría algo entre nosotros, al fin y al cabo, aquel comportamiento me había lle- vado a conseguir absolutamente todo lo que había querido hasta ese momento. Como es de suponerse, este tipo de situaciones tienen un límite, mismo que depende de la paciencia de aquél que otorga todos los beneficios, así que la situación pronto alcanzó el punto en el que o hacía algo, o perdería absoluta- mente todo lo que había logrado hasta el momento. Un jueves por la tarde le llamé para ver si podía pasarlo a visitar antes de irme a casa para tratar los últimos detalles de un evento que llevaríamos a cabo el viernes, así que pinté mi boca, me arreglé un poco, subí mi falda y me puse unos tacones súper sexys. Al llegar a su oficina cerré la puerta detrás de mi y al saludarlo le planté un beso en la comisura de sus labios. Al sentir mis intenciones y mi proximidad, su respuesta no se hizo esperar y, antes de dejar que me separara de él, me tomó por la cintura y me jaló para no soltarme más. Sin decir nada me regresó el beso pero esta vez fue un beso de verdad, con una pasión que hacía mucho no sentía en alguien y junto con aquella intensidad, comenzó a sacar mi camisa de la falda que llevaba puesta, así que le ayudé un poco e incluso desabo- toné lentamente todos y cada uno de los broches de mi blusa para dejar totalmente al descubierto la
sexy lencería que intencionalmente llevaba puesta ese día.
Sin quitar totalmente mi ropa, subí la falda y me senté sobre su escritorio, abrí sus pantalones y saqué aquello que tantas ganas acumuladas había generado en mi. Al sentirlo tan duro y erguido comencé a tener ligeros espasmos de excitación y no pude resistir jalarlo hacia mi y tumbarme total- mente sobre su escritorio para hacerlo entrar en mi de inmediato. La imagen de mis piernas abrazán- dolo del torso, con los tacones al aire, logró calen- tarme aún más y no paré hasta sentir como me empapaba sin parar. Ya un poco más tranquilos y con el pulso totalmente acelerado aún de tanta adrenalina, tan solo pudimos exhalar un “hasta que se nos hizo” y ahí acabó todo. Y cuando digo que ahí acabó todo, me refiero a absolutamente todo lo que yo había ganado hasta antes de ese día pues el trato entre nosotros se tornó extraño, lleno de nerviosismo a partir de ese momento y nunca más conseguí tantos beneficios como los que antes tenía gracias a su apoyo.
Al contrario de la historia anterior, aquí el sexo lo terminó arruinando todo pues mientras ambos le entramos al juego de la seducción y el misterio todo marchó perfectamente y nos mantuvo a ambos al borde de la locura y del deseo.
El poder del sexo no necesariamente tiene que circunscribirse al puro y simple acto sexual. Es
importante darnos cuenta qué funciona con cada quien y cuál es el juego que nos está produciendo excitación y nos mantiene a todos con ganas de seguir por un poco más, pues si nos equivocamos en el camino, correremos el riesgo de perder todo el poder que el sexo nos había otorgado hasta entonces.