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Methods and Methodology

3. Methodological Concerns

De acuerdo a la perspectiva ecológica, se entiende que la influencia que tenga el individuo en los diferentes sistemas, podrá ser positiva o negativa. Por ejemplo, carencias afectivas a nivel del microsistema familiar en el niño, afectarán su desarrollo y su rol en otros microsistemas, como el escolar. Las interacciones y relaciones que el individuo mantenga con los demás en la niñez, como en la adolescencia, con rasgos propios a cada etapa, condicionarán las siguientes relaciones futuras. Esta idea se asocia y complementa a los postulados de la psicología evolutiva o modelo del desarrollo, como así a la teoría de factores de riesgo y protección. Siendo estos, características internas (individuales) o externas (contexto), que aumentan o disminuyen respectivamente, la probabilidad de que un fenómeno ocurra. Hablamos de probabilidad de ocurrencia del fenómeno, no pudiendo afirmar una relación causa-efecto entre las variables y la conducta, en este caso del adolescente (Peñafiel, 2009). Los factores de riesgo entonces podrían conducir a un comportamiento de riesgo, o sea a un comportamiento que puede comprometer el desarrollo exitoso del adolescente; en tanto los factores de protección influirían positivamente, contraponiéndose al desarrollo de comportamientos problemáticos.

Desde la perspectiva de la psicología evolutiva, que analiza “las condiciones de riesgo y protección que pueden existir en cada momento evolutivo en función de las tareas y de las habilidades vitales básicas” (Díaz-Aguado, 2005 a, p. 19), se destaca lo fundamental de las relaciones de apego vividas a nivel familiar desde el nacimiento, principalmente con los padres, como primer modelo de relaciones sociales del niño. El recibir amor, apoyo, empatía, solidaridad, le permitirá identificar y desarrollar estos valores, como así confianza en si mismo. La vinculación adecuada en los diferentes contextos sociales contribuirá en el logro de su independencia. Por el contrario, el niño que se desarrolle en condiciones más negativas, tendrá por consiguiente una visión también negativa del mundo y de si mismo, en general responderá con retraimiento y violencia, con tendencia a que esto sea un obstáculo en sus relaciones futuras. A partir

de los 2 años, el desarrollo de la personalidad del niño, requiere la orientación de conductas hacia la obtención de objetivos personales, siendo la familia y la escuela determinantes aquí, como en el aprender a aceptar ciertos fracasos. El niño desvalorizado por su entorno, en general no confía en si mismo, se vuelve mas dependiente e inseguro. Los adultos han de colaborar para que el niño se desarrolle con una medida equilibrada de confianza en si mismo y respeto por los demás (Díaz-Aguado y cols., 2004; Orpinas, 2009). Desde los 6 años es importante el vínculo con amistades e iguales, como medio para adquirir habilidades sociales de negociación, cooperación, intercambio, discrepar, crear normas. Las habilidades sociales adquiridas previamente contribuirán a la saludable interacción con los iguales en esta etapa. Por el contrario, la ausencia de habilidades sociales adquiridas previamente condicionarán en forma negativa las relaciones de esta etapa.

Es de vital importancia el desarrollo de relaciones positivas en las que no se permita el trato violento y se de espacio al desarrollo de la confianza y la seguridad en si mismo para con el niño. Investigaciones a nivel internacional reflejan la importancia de contexto de desarrollo de los niños en asociación al desarrollo de la violencia. A modo de ejemplo, el estudio del impacto de la violencia en niños realizado por Osofsky (1999) a partir de investigaciones realizadas en Estados Unidos entre los años 1985 y 1996, corrobora que la violencia vivida por los niños incide en ellos, en todas las edades, y en cualquier medio socio cultural y económico. Los niños consumen violencia desde los medios de comunicación, desde la comunidad en general y desde sus propias familias en muchos casos. Estos estudios señalan ciertos síntomas manifestados por niños expuestos a situaciones de violencia; entre ellos la irritabilidad excesiva, conductas inmaduras, perturbaciones del sueño, dolores generales, miedo a estar solos y regresiones en el uso del idioma. La violencia en la niñez, interfiere en el desarrollo normal de su confianza y conductas exploratorias hacia su autonomía. En la edad escolar, la exposición a violencia comunitaria, desencadena en los casos estudiados ansiedad, depresión, perturbaciones del sueño y conductas agresivas con otros niños. En casos crónicos se desvelan otros variados efectos a nivel nervioso, entre ellos los mencionados y también el miedo a salir de casa. Otros estudios confirmaron la correlación inversa existente entre habilidades verbales y la impulsividad y el comportamiento criminal en la edad adulta (Moffit, 1993, en Tremblay 1996). Desde una investigación muy actual, se aporta la información (Klomek y cols., 2009) acerca de la asociación existente entre bullying o maltrato vivido en la niñez y la presencia de intentos de suicidio o consumación de suicidio en edades posteriores. La investigación evaluó a 5302 niños nacidos en 1981 y en conclusión, se consideró que encarnar roles en la dinámica bullying en la niñez, es un factor de riesgo futuro de suicidio. De otra parte, la investigación retrospectiva (Hugh-Jones y Smith, 1999; Van der Meulen y cols., 2003) ha evaluado los posibles efectos a largo plazo del maltrato en vivido en el pasado

en el ámbito educativo, comprobándose la influencia negativa del mismo. Los adultos con un pasado relacionado a la violencia escolar, se encontró, vivían problemas actuales a nivel de autoestima, depresión, relaciones sociales, entre otros.

En contrapartida Osofsky (1999) plantea que en los casos de niños expuestos a la violencia, en diferentes situaciones, el “recurso” más importante de protección frente a tal adversidad, resulta ser el trato afectivo, positivo, de fuerte vinculación con un adulto, que en general es alguno de los padres. Estos niños reflejan, asociado a tal protección, menores síntomas en comparación a otros niños expuestos a la violencia,

particularmente menor ansiedad. Otra condición o factor de protección destacado por

Osofsky, es la protección que pueda percibir en la escuela y en algún centro comunitario, lugares donde se les brinde oportunidades y se promueva el apoyo entre iguales. Se destaca entonces la importancia de que un niño que se desarrolle en ambientes que no permiten la agresión física, que premian el comportamiento pro-social logrará sus objetivos y la expresión de sus frustraciones, por medios diferentes a la agresión física. El desarrollo de alternativas a la agresión, como medio de comunicación, es fundamental, a menor edad mejor, pero en el caso de adolescentes también esta sigue siendo la idea fundamental a la hora de intervenir.

Si bien la presente investigación centra su estudio en los adolescentes, resulta relevante conocer estos aspectos acerca del desarrollo de la violencia durante la niñez. Los adolescentes cuentan con una historia personal con la cual llegan a la institución educativa, historia que condiciona su situación actual, y de la cual desde el ámbito educativo no se ha de estar ajeno, y menos aún, si el interés es estudiar la situación actual de la violencia escolar, para trabajar en su erradicación. Es decir, se ha de tener presente el contexto actual e histórico de los adolescentes con que se trabaja cotidianamente para poder comprender su situación actual.