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4.4 Discussion

6.4.4 Methodological Considerations

En toda pedagogía se encuentra una idea de hombre, de ser humano. Por eso algo tenemos que decir de la que subyace a la edificación pedagógica que intentamos. Efectivamente, lo que hemos dicho anteriormente nos hace darnos cuenta de que el ser humano es un núcleo de intencionalidades, sobre todo teniendo una cognoscitiva y otra volitiva o afectiva. La educación, por eso, es encauzamiento de esa corriente humana, parte de esa concepción del hombre como nudo intencional. Y, ya que la intencionalidad es cognoscitiva y volitiva, o afectiva, la educación tiene que entenderse como formación de la teoría y de la práctica, del intelecto y del afecto.

A ello acuden las virtudes, que son como los cauces específicos de la intencionalidad humana, la orientan y la desarrollan. Son virtudes teóricas, como —según los griegos, señaladamente Aristóteles— el arte, la prudencia, el

intelecto, la ciencia y la sabiduría, así como virtudes prácticas, tales la templanza, la fortaleza y la justicia. Son las mejores para realizar los valores, ya que las virtudes son concretas y prácticas, mientras que los valores son abstractos y piden ser llevados a la conducta humana.

En todos esos casos se trata de la formación del juicio, del juicio teórico y del juicio práctico, sobre todo del juicio prudencial, que es el que conjunta la teoría y la praxis. Es la formación del criterio, que después se despliega desde la teoría, aplicándose en la práctica. Es la capacidad de la deliberación, que antiguamente se formaba con la retórica, pero dándole por contenido la filosofía. Aquí el juicio se forma en la praxis, con buenos modelos y mucho ejercicio; por eso el maestro es un paradigma para los alumnos, como se estila ya en filosofía de la ciencia, después de Wittgenstein y Thomas Kuhn. Se educa con el ejemplo y la semejanza con los paradigmas.10

Eso era lo central de la educación, filosóficamente hablando. De esta manera volvemos a una filosofía de la educación. Por eso nos ha llevado a la antropología filosófica que subyace a la pedagogía. Y en ella encontramos la antigua idea del ser humano como microcosmos. Tal vez más que idea es una imagen, casi una metáfora. El hombre es el espejo del cosmos, es el compendio del universo, la síntesis del mundo mayor, o, por lo menos, si no logra ser la síntesis perfecta o acabada, ya que la analogía conlleva una dialéctica abierta e inacabada, es la concordancia de todos los aspectos del mundo, la confluencia de los contrarios u opuestos, esto es, la concordia discorde (concordia discors o discordia concors).

Esta idea-imagen del hombre como microcosmos nos arroja a una playa interesante y acogedora, a un puerto seguro, que es el de la captación del puesto del hombre en el cosmos. Nos aclara el dinamismo del ser humano, para ver hacia donde tiende, cuál es su intencionalidad, cuáles son sus energías, en el exacto sentido de la palabra: en qué se realiza. Con ello podremos saber hacia dónde dirigir la educación, porque sabremos para qué lo estamos haciendo. Y es que nos explicita la antropología filosófica o filosofía del hombre que está implícita en nuestro proyecto educativo. Y la antropología filosófica es resultado de la interpretación que hacemos del hombre, es una hermenéutica del ser humano. Y, en nuestro caso, queremos que sea una hermenéutica analógica de la facticidad humana, para ver en qué sentido lo habremos de orientar mediante la educación.

Debemos tener claro qué tipo o modelo de hombre queremos formar en los alumnos. Y eso es únicamente posible mediante la aplicación de la hermenéutica. Sin embargo, hemos de evitar una hermenéutica unívoca, que nos dará un ser humano cerrado y rígido; pero también una hermenéutica equívoca, que nos dará un ser humano demasiado abierto y fragmentado, inútil por tanta dispersión. Ahora que estamos en la época del fragmento, requerimos una hermenéutica analógica, para poder llegar a alguna totalidad, para asomarnos un poco a lo universal.

Conclusión

Nuestro breve recorrido por los temas anteriores nos ha brindado algunas enseñanzas, nos ha llevado a ciertas conclusiones. En primer lugar, la educación necesita de la hermenéutica, porque, antes que nada, tiene que llevar al descubrimiento del sentido, sin el cual no nos movemos a ninguna parte. Además, nos hace ver al ser humano como núcleo o nudo de intencionalidades, resaltando la cognoscitiva y la volitiva o afectiva. Se trata de encauzar esa corriente de sus energías, mediante las virtudes. Y es una formación del juicio, tanto teórico como práctico, así como también se afana por templar los sentimientos.

En todo ello nos ayuda la formación en virtudes, pues ellas son las que dan cauce a la intencionalidad humana. En el lado teórico, están las virtudes epistémicas; en el lado práctico, las virtudes éticas; y en el lado afectivo, emocional o de los sentimientos, la phrónesis o prudencia, que, según Aristóteles, era la que operaba a través de la tragedia griega, para dar proporción a las pasiones, de modo que no fueran demasiado fuertes ni demasiado débiles. Y todo esto se ajusta a una hermenéutica analógica, porque ella tiene como cosa propia la búsqueda de la proporción, del equilibrio proporcional, que es indispensable para la vida plena del hombre.